Cuando la FIFA eligió a EE. UU. como sede del Mundial de 1994, la decisión parecía absurda.
El país más poderoso del planeta acababa de recibir el torneo más importante del deporte más popular del mundo, pese a que la inmensa mayoría de sus ciudadanos apenas le prestaban atención. La liga profesional había desaparecido pocos años antes, el fútbol ocupaba un lugar marginal frente al fútbol americano, el béisbol y el baloncesto, y millones de estadounidenses ni siquiera utilizaban la palabra football para referirse al deporte que paraliza a buena parte del planeta. Para el público estadounidense, las siglas “FIFA” ni siquiera tienen sentido. Sin embargo, aquella decisión terminó cambiando la historia de los mundiales.
Treinta y dos años después, la Copa del Mundo ha vuelto a EE. UU. para la edición de 2026, la primera con 48 selecciones y la más grande jamás organizada y poco ha cambiado. Para el gran público estadounidense, eventos como las finales de la NBA y la UFC en la Casa Blanca llaman más la atención que un Irán vs Nueva Zelanda y, sí, la mayoría todavía le llama soccer. A simple vista, y por lo menos desde un punto de vista logístico, la elección, empero, parece lógica: estadios gigantescos, infraestructura moderna, capacidad hotelera y el mercado publicitario más poderoso del mundo.
Pero detrás de esta elección existe una historia mucho más interesante,. Una historia que ayuda a responder una pregunta que persigue a los mundiales desde hace décadas; y es que los mundiales no suelen ser muy rentables para sus países anfitriones. Eso levanta la duda de, si los beneficios económicos rara vez cumplen las expectativas, ¿por qué los países siguen peleándose por organizarlos? La respuesta es que la Copa del Mundo nunca fue únicamente un negocio.
El fútbol, el poder blando más efectivo
Durante buena parte del siglo XX, hasta la actualidad, los mundiales se han vuelto instrumentos de prestigio nacional. México entendió esto muy pronto.
Cuando obtuvo la sede de 1970, derrotando a Argentina en la votación de la FIFA, el gobierno mexicano no estaba comprando un evento deportivo, sino una narrativa de Estado. Como explicamos hace una semana, el país atravesaba el auge del llamado milagro mexicano y buscaba proyectarse como una nación moderna, estable y capaz de competir con las grandes economías industrializadas. El Mundial de 1970 y los Juegos Olímpicos de 1968 formaban parte de una misma estrategia de imagen internacional.
El torneo fue un éxito. Pero también inauguró una lógica que acompañaría a la FIFA durante décadas: los mundiales podían utilizarse para construir reputación. La misma lógica reapareció en 1986.
La historia de aquella adjudicación demuestra que las sedes mundialistas nunca han sido simplemente una cuestión deportiva. México contaba con infraestructura y experiencia, pero también con relaciones privilegiadas dentro de la FIFA. La cercanía entre João Havelange, entonces presidente de la organización, y figuras clave del fútbol y la televisión mexicana ayudó a inclinar la balanza. El Mundial regresó a México porque el país ofrecía estadios y capacidad organizativa, pero también porque ocupaba una posición privilegiada dentro de las redes de poder de la FIFA.
Y EE. UU., que también luchó por hacerse con la sede de ese mundial, tomó nota de lo que se vivió al sur de su frontera. La derrota de 1986 convenció a la federación estadounidense de que el fútbol podía convertirse en un activo estratégico. Dos años después consiguió la sede de 1994. La decisión sorprendió a muchos observadores. EE. UU. no era un país futbolero. Pero la FIFA había comenzado a entender algo más importante: el futuro del torneo dependía menos de la pasión y más del mercado.
Una expectativa cumplida
El Mundial de 1994 rompió récords de asistencia. Más de 3.5M de espectadores acudieron a los estadios. Las audiencias televisivas fueron masivas y la organización dejó como legado la creación de la Major League Soccer. Pero, sobre todo, confirmó una nueva realidad. El torneo podía prosperar incluso en lugares donde el fútbol no ocupaba el centro de la cultura nacional.
Pero aquella transformación coincidió con otro fenómeno. Mientras la FIFA descubría el potencial comercial de nuevos mercados, los costos de organizar un mundial comenzaron a dispararse. Los defensores de estas candidaturas suelen prometer crecimiento económico, turismo, empleo e inversión. Sin embargo, estudios como The Quest for the Cup: Assessing the Economic Impact of the World Cup (Baade y Matheson, 2004) y Circus Maximus: The Economic Gamble Behind Hosting the Olympics and the World Cup (Zimbalist, 2015) han encontrado que los beneficios reales suelen ser mucho más modestos que las proyecciones iniciales.
Se estima que el mundial le generó a Qatar alrededor de USD 1.56MM: una pérdida de hasta USD 218MM. Entonces, la duda persiste. Si el retorno económico es tan incierto, ¿por qué siguen existiendo candidatos?
Sudáfrica gastó aproximadamente USD 4MM para albergar el torneo de 2010 y varios de sus estadios terminaron subutilizados. Brasil, por su parte, enfrentó protestas masivas durante el Mundial de 2014 debido a los elevados costos de infraestructura, con un costo de hasta USD 11.6MM. Rusia invirtió más de USD 14MM para organizar la Copa de 2018. Qatar llevó esta tendencia a un nivel completamente distinto, convirtiendo la edición de 2022 en una de las más costosas de la historia, elevando los costos hasta USD 220MM. En esa edición, el país prácticamente construyó toda la infraestructura “futbolera” desde cero. Se estima que el mundial le generó a Qatar alrededor de USD 1.56MM: una pérdida de hasta USD 218MM.
Entonces, la duda persiste. Si el retorno económico es tan incierto, ¿por qué siguen existiendo candidatos?
Pérdida económica, ganancia política
Porque los Estados no persiguen únicamente ingresos, persiguen prestigio, no importa el costo. Un mundial permite proyectar una imagen de modernidad, estabilidad, capacidad organizativa e influencia internacional. Para algunas potencias emergentes, representa una oportunidad para redefinir cómo son percibidas por el resto del mundo. Para otras, funciona como una herramienta de política exterior. En muchos casos, el valor político y simbólico supera ampliamente cualquier cálculo financiero.
Por eso la Copa del Mundo ha sobrevivido a décadas de críticas sobre sus costos. Para muchos, Sudáfrica era un país del que se sabía entre poco y nada desde el fin del apartheid. En 2010, el mundo aprendió a hablar zulu y muchos recuerdan todavía el significado del Bafana Bafana. En el caso de Rusia, el país dejó de ser una autocracia temida globalmente a recibir a más de 5M de turistas en un solo mes. Y ni hablar de Qatar, un país de solo 3M de habitantes que en 2022 recibió hasta 1M de turistas (un tercio de su población) y tuvo la visibilidad de más de 5MM de fans a lo largo de ese mes.
Y por eso la edición de 2026 resulta tan interesante.
A diferencia de Qatar, Rusia o incluso México en 1970, EE. UU. no necesita demostrar que es una potencia. Tampoco necesita construir una marca país. Ni siquiera necesita justificar la inversión en infraestructura. La mayoría de los estadios, aeropuertos, carreteras y hoteles ya existen.
Lo que Norteamérica ofrece es algo diferente: escala gigantesca, un mercado para abastecer consumo casi infinito, audiencias fuera de dimensiones y patrocinios por doquier. Es el país menos futbolero que mejor espectáculo futbolístico puede montar.
La candidatura conjunta de EE. UU., México y Canadá no ganó porque prometiera transformar la región, sino porque ofrecía el menor riesgo y el mayor potencial de ingresos para la FIFA. Esa es la gran diferencia entre el mundial de 1994 y el de 2026. Hace tres décadas, la FIFA llegó a EE. UU. para conquistar un mercado y hoy regresa porque la apuesta funcionó y ese mercado ya fue conquistado.
Mientras tanto, EE. UU. recibe un tanque de oxígeno considerable. Durante este mes, los ojos se alejan de Irán, de Israel, de Venezuela, de Cuba y de los altos costos de la gasolina. Durante este mes, las entradas, la mercancía, la comida, la bebida y el transporte exorbitantemente caros se ignoran; son parte de la experiencia del mundial, ya habrá tiempo de quejarse de algo más. Mientras EE. UU. celebra su 250 aniversario como nación, todos los problemas se olvidan. A los ojos del mundo solo importa una cosa: esa fiesta que alrededor de un 75 % de la población mundial lleva cuatro años esperando.
Y quizás esa sea la mejor demostración de cómo ha cambiado el fútbol moderno. Durante décadas, la Copa del Mundo viajó por el planeta buscando países que necesitaban demostrar algo. En 2026 aterriza en una región que ya no necesita demostrar nada sobre sí misma. Lo que busca ahora es algo mucho más simple: maximizar el negocio global del deporte más popular del mundo.
La Copa del Mundo: ganar dinero perdiéndolo
Cuando la FIFA eligió a EE. UU. como sede del Mundial de 1994, la decisión parecía absurda.
El país más poderoso del planeta acababa de recibir el torneo más importante del deporte más popular del mundo, pese a que la inmensa mayoría de sus ciudadanos apenas le prestaban atención. La liga profesional había desaparecido pocos años antes, el fútbol ocupaba un lugar marginal frente al fútbol americano, el béisbol y el baloncesto, y millones de estadounidenses ni siquiera utilizaban la palabra football para referirse al deporte que paraliza a buena parte del planeta. Para el público estadounidense, las siglas “FIFA” ni siquiera tienen sentido. Sin embargo, aquella decisión terminó cambiando la historia de los mundiales.
Treinta y dos años después, la Copa del Mundo ha vuelto a EE. UU. para la edición de 2026, la primera con 48 selecciones y la más grande jamás organizada y poco ha cambiado. Para el gran público estadounidense, eventos como las finales de la NBA y la UFC en la Casa Blanca llaman más la atención que un Irán vs Nueva Zelanda y, sí, la mayoría todavía le llama soccer. A simple vista, y por lo menos desde un punto de vista logístico, la elección, empero, parece lógica: estadios gigantescos, infraestructura moderna, capacidad hotelera y el mercado publicitario más poderoso del mundo.
Pero detrás de esta elección existe una historia mucho más interesante,. Una historia que ayuda a responder una pregunta que persigue a los mundiales desde hace décadas; y es que los mundiales no suelen ser muy rentables para sus países anfitriones. Eso levanta la duda de, si los beneficios económicos rara vez cumplen las expectativas, ¿por qué los países siguen peleándose por organizarlos? La respuesta es que la Copa del Mundo nunca fue únicamente un negocio.
El fútbol, el poder blando más efectivo
Durante buena parte del siglo XX, hasta la actualidad, los mundiales se han vuelto instrumentos de prestigio nacional. México entendió esto muy pronto.
Cuando obtuvo la sede de 1970, derrotando a Argentina en la votación de la FIFA, el gobierno mexicano no estaba comprando un evento deportivo, sino una narrativa de Estado. Como explicamos hace una semana, el país atravesaba el auge del llamado milagro mexicano y buscaba proyectarse como una nación moderna, estable y capaz de competir con las grandes economías industrializadas. El Mundial de 1970 y los Juegos Olímpicos de 1968 formaban parte de una misma estrategia de imagen internacional.
El torneo fue un éxito. Pero también inauguró una lógica que acompañaría a la FIFA durante décadas: los mundiales podían utilizarse para construir reputación. La misma lógica reapareció en 1986.
La historia de aquella adjudicación demuestra que las sedes mundialistas nunca han sido simplemente una cuestión deportiva. México contaba con infraestructura y experiencia, pero también con relaciones privilegiadas dentro de la FIFA. La cercanía entre João Havelange, entonces presidente de la organización, y figuras clave del fútbol y la televisión mexicana ayudó a inclinar la balanza. El Mundial regresó a México porque el país ofrecía estadios y capacidad organizativa, pero también porque ocupaba una posición privilegiada dentro de las redes de poder de la FIFA.
Y EE. UU., que también luchó por hacerse con la sede de ese mundial, tomó nota de lo que se vivió al sur de su frontera. La derrota de 1986 convenció a la federación estadounidense de que el fútbol podía convertirse en un activo estratégico. Dos años después consiguió la sede de 1994. La decisión sorprendió a muchos observadores. EE. UU. no era un país futbolero. Pero la FIFA había comenzado a entender algo más importante: el futuro del torneo dependía menos de la pasión y más del mercado.
Una expectativa cumplida
El Mundial de 1994 rompió récords de asistencia. Más de 3.5M de espectadores acudieron a los estadios. Las audiencias televisivas fueron masivas y la organización dejó como legado la creación de la Major League Soccer. Pero, sobre todo, confirmó una nueva realidad. El torneo podía prosperar incluso en lugares donde el fútbol no ocupaba el centro de la cultura nacional.
Pero aquella transformación coincidió con otro fenómeno. Mientras la FIFA descubría el potencial comercial de nuevos mercados, los costos de organizar un mundial comenzaron a dispararse. Los defensores de estas candidaturas suelen prometer crecimiento económico, turismo, empleo e inversión. Sin embargo, estudios como The Quest for the Cup: Assessing the Economic Impact of the World Cup (Baade y Matheson, 2004) y Circus Maximus: The Economic Gamble Behind Hosting the Olympics and the World Cup (Zimbalist, 2015) han encontrado que los beneficios reales suelen ser mucho más modestos que las proyecciones iniciales.
Se estima que el mundial le generó a Qatar alrededor de USD 1.56MM: una pérdida de hasta USD 218MM. Entonces, la duda persiste. Si el retorno económico es tan incierto, ¿por qué siguen existiendo candidatos?
Sudáfrica gastó aproximadamente USD 4MM para albergar el torneo de 2010 y varios de sus estadios terminaron subutilizados. Brasil, por su parte, enfrentó protestas masivas durante el Mundial de 2014 debido a los elevados costos de infraestructura, con un costo de hasta USD 11.6MM. Rusia invirtió más de USD 14MM para organizar la Copa de 2018. Qatar llevó esta tendencia a un nivel completamente distinto, convirtiendo la edición de 2022 en una de las más costosas de la historia, elevando los costos hasta USD 220MM. En esa edición, el país prácticamente construyó toda la infraestructura “futbolera” desde cero. Se estima que el mundial le generó a Qatar alrededor de USD 1.56MM: una pérdida de hasta USD 218MM.
Entonces, la duda persiste. Si el retorno económico es tan incierto, ¿por qué siguen existiendo candidatos?
Pérdida económica, ganancia política
Porque los Estados no persiguen únicamente ingresos, persiguen prestigio, no importa el costo. Un mundial permite proyectar una imagen de modernidad, estabilidad, capacidad organizativa e influencia internacional. Para algunas potencias emergentes, representa una oportunidad para redefinir cómo son percibidas por el resto del mundo. Para otras, funciona como una herramienta de política exterior. En muchos casos, el valor político y simbólico supera ampliamente cualquier cálculo financiero.
Por eso la Copa del Mundo ha sobrevivido a décadas de críticas sobre sus costos. Para muchos, Sudáfrica era un país del que se sabía entre poco y nada desde el fin del apartheid. En 2010, el mundo aprendió a hablar zulu y muchos recuerdan todavía el significado del Bafana Bafana. En el caso de Rusia, el país dejó de ser una autocracia temida globalmente a recibir a más de 5M de turistas en un solo mes. Y ni hablar de Qatar, un país de solo 3M de habitantes que en 2022 recibió hasta 1M de turistas (un tercio de su población) y tuvo la visibilidad de más de 5MM de fans a lo largo de ese mes.
Y por eso la edición de 2026 resulta tan interesante.
A diferencia de Qatar, Rusia o incluso México en 1970, EE. UU. no necesita demostrar que es una potencia. Tampoco necesita construir una marca país. Ni siquiera necesita justificar la inversión en infraestructura. La mayoría de los estadios, aeropuertos, carreteras y hoteles ya existen.
Lo que Norteamérica ofrece es algo diferente: escala gigantesca, un mercado para abastecer consumo casi infinito, audiencias fuera de dimensiones y patrocinios por doquier. Es el país menos futbolero que mejor espectáculo futbolístico puede montar.
La candidatura conjunta de EE. UU., México y Canadá no ganó porque prometiera transformar la región, sino porque ofrecía el menor riesgo y el mayor potencial de ingresos para la FIFA. Esa es la gran diferencia entre el mundial de 1994 y el de 2026. Hace tres décadas, la FIFA llegó a EE. UU. para conquistar un mercado y hoy regresa porque la apuesta funcionó y ese mercado ya fue conquistado.
Mientras tanto, EE. UU. recibe un tanque de oxígeno considerable. Durante este mes, los ojos se alejan de Irán, de Israel, de Venezuela, de Cuba y de los altos costos de la gasolina. Durante este mes, las entradas, la mercancía, la comida, la bebida y el transporte exorbitantemente caros se ignoran; son parte de la experiencia del mundial, ya habrá tiempo de quejarse de algo más. Mientras EE. UU. celebra su 250 aniversario como nación, todos los problemas se olvidan. A los ojos del mundo solo importa una cosa: esa fiesta que alrededor de un 75 % de la población mundial lleva cuatro años esperando.
Y quizás esa sea la mejor demostración de cómo ha cambiado el fútbol moderno. Durante décadas, la Copa del Mundo viajó por el planeta buscando países que necesitaban demostrar algo. En 2026 aterriza en una región que ya no necesita demostrar nada sobre sí misma. Lo que busca ahora es algo mucho más simple: maximizar el negocio global del deporte más popular del mundo.
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