Actualidad
Actualidad
Política
Política
Empresa
Empresa
Opinión
Opinión
Inmobiliaria
Inmobiliaria
Agenda Empresarial
Agenda Empresarial

La calle donde vivieron dos Nobel

.
Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
05 de mayo, 2026

Johannesburgo es una ciudad que te enseña algo antes incluso de dejarse conocer: caminar puede ser un lujo. Hay lugares donde pasear es un gesto banal y otros donde es una decisión estratégica. El miedo forma parte del mobiliario urbano con la misma naturalidad que los semáforos, las verjas electrificadas o los guardias de seguridad. La consigna, sobre todo en el centro, era clara: un blanco no camina, toma un taxi. No era una exageración ni una cortesía preventiva; era una norma tácita de supervivencia. Y, sin embargo, en esa ciudad edificada sobre el oro, la desigualdad y la violencia, yo no iba buscando minas ni rascacielos ni cicatrices del apartheid. Iba buscando una calle. Una calle cualquiera, en apariencia. Una calle donde habían vivido dos premios Nobel de la Paz. Una calle donde la Historia, en lugar de erigir estatuas, había criado vecinos. 

La ciudad que no baja la guardia 

Johannesburgo tiene algo que en Latinoamérica reconocemos enseguida: esa electricidad nerviosa de las ciudades que parecen vivir siempre al borde de algo. Al borde de despegar o de romperse. Hay urbes —San Salvador, Ciudad de Guatemala, Tegucigalpa, ciertas zonas de Santo Domingo— donde uno percibe que la ciudad lo observa antes de concederle paso. Johannesburgo pertenece a esa estirpe: lugares donde la desigualdad no es un dato económico, sino una arquitectura visible. 

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER

Antes de viajar allí, una de las lecturas que más me había marcado fue My Traitor’s Heart, de Rian Malan. Un libro feroz, incómodo, brillante, donde Malan disecciona Sudáfrica desde dentro, desde la culpa, la violencia y la herencia del privilegio blanco. Una lectura formativa para mí. Me ayudó a entender que Sudáfrica no era solo una geografía política, sino un conflicto moral. Y Johannesburgo, al pisarla, confirmaba esa intuición: no es una ciudad que se visita, es una ciudad que se interpreta. 

Quizá por eso Soweto me impresionó tanto. 

Porque Soweto no nació como barrio, sino como acrónimo: South Western Townships. Un nombre administrativo para una operación de ingeniería racial. El apartheid tenía ese talento burocrático para disfrazar la brutalidad de tecnicismo. Separar, desplazar, clasificar. Meter a millones de personas en la periferia para preservar el centro. 

Pero Soweto hizo algo extraordinario: convirtió la exclusión en identidad. 

El tamaño de la memoria 

Yo había leído sobre Soweto mucho antes de llegar. Sobre la revuelta de 1976, los estudiantes asesinados por rebelarse contra la imposición del afrikáans en las escuelas y sobre aquella imagen inmortal de Hector Pieterson, convertido en símbolo involuntario de una generación. 

Pero una cosa es leer Soweto y otra entrar allí. 

Mi primer error fue imaginarlo pequeño. 

Pensé en un barrio y encontré una ciudad dentro de otra ciudad. Un territorio vastísimo, con una vida propia, con ritmo propio, con su propio pulso. Lo primero que me sorprendió fue la escala. Lo segundo, la energía. 

Esperaba recogimiento y encontré movimiento. 

Música saliendo de las casas, humo de carne asada, niños jugando, vendedores ambulantes, coches cruzando calles polvorientas, conversaciones que parecían discusiones y risas que parecían celebraciones. Allí comprendí algo esencial: la memoria no siempre requiere silencio. A veces se conserva haciendo ruido. 

Eso me gustó. 

Porque en Soweto el dolor no había sido embalsamado. Seguía mezclado con la vida. 

Y entonces llegué a Vilakazi Street. 

La calle improbable 

Hay calles célebres por lo que pasa en ellas y otras prominentes por quienes las habitaron. Vilakazi pertenece a ambas categorías. Es la única calle del mundo que puede presumir de haber alojado a dos premios Nobel de la Paz: Nelson Mandela y Desmond Tutu. 

Pensé mucho en eso mientras la caminaba. 

Dos hombres radicalmente distintos y decisivos, separados por apenas unos metros y unidos por una misma batalla ética. 

Mandela fue la estrategia, la resistencia organizada, la inteligencia política. 

Tutu fue la conciencia, la ironía moral, la vigilancia espiritual. 

Uno conquistó el poder. 

El otro lo interrogó. 

Y allí estaban sus casas. Sencillas. Contenidas. Nada monumental. Nada teatral. 

Eso me impresionó. 

Porque la Historia suele venderse en formato épico, pero casi siempre empieza en espacios domésticos. En una casa pequeña. En una calle corta. En una conversación cualquiera. 

Vilakazi no tiene grandeza arquitectónica. No es una avenida imperial ni una plaza ceremonial. Es, precisamente por eso, más poderosa. Porque recuerda algo esencial: la Historia casi nunca ocurre donde uno espera. 

Ocurre en la esquina de alguien. 

Durante aquellos días en Johannesburgo no entrevisté a Mandela. No se dio. El periodismo también es eso: la suma de las entrevistas hechas y de las que rozaste sin alcanzar. Pero sí llegué a verlo de lejos, ya muy anciano, visiblemente enfermo, en el hotel donde yo me alojaba. 

Fue apenas un instante. 

Sin palabras, sin ceremonia, sin fotografía. 

Solo la impresión extraña de compartir espacio con alguien que había alterado el curso moral del siglo XX. 

A veces la proximidad no necesita conversación. 

Años después, ya en España, me entrevistaron en la radio junto a John Carlin, seguramente uno de los periodistas que mejor ha entendido y contado a Mandela. Carlin sabía infinitamente más que yo sobre él, había convivido con su figura política y humana mucho más de cerca. Y, sin embargo, me sorprendió su actitud: ninguna superioridad, ninguna condescendencia, ninguna necesidad de marcar territorio. Solo generosidad intelectual. Eso también me pareció una lección mandeliana, aunque quizá él nunca lo admitiría. 

La paradoja de Soweto 

Fue caminando Vilakazi cuando entendí la paradoja. 

Soweto fue concebido para separar y terminó ayudando a unir un país. 

Fue diseñado para arrinconar y acabó siendo el corazón moral de Sudáfrica. 

Nació como periferia y acabó siendo centro. 

Eso, en Latinoamérica, nos resulta familiar. 

Sabemos que la verdad de una ciudad rara vez está en su distrito financiero. Está en sus márgenes. En sus barrios incómodos. En esos lugares que los mapas oficiales nombran con desgana y la Historia termina subrayando. 

Soweto pertenece a esa geografía universal. 

La de los lugares estigmatizados que terminan explicando un país entero. 

Y Johannesburgo, con toda su tensión, su riqueza obscena y su fragilidad cotidiana, sigue girando alrededor de esa verdad. 

El lugar donde se ensaya el futuro 

Al marcharme de Vilakazi Street pensé que hay calles que sirven para desplazarse y otras – como esta – que sirven para comprender. Johannesburgo me enseñó que el miedo puede organizar una ciudad; Soweto me enseñó que la memoria puede sostenerla. Y en esa calle breve, donde un día jugaron dos niños llamados Nelson y Desmond sin saber lo que serían, comprendí algo que todavía me acompaña: que la Historia rara vez comienza en palacios, parlamentos o grandes escenarios. Casi siempre empieza delante de casa, entre polvo, vecinos y ruido. Como empieza la vida. Como empieza el futuro. Y a veces, si uno tiene suerte, puede caminar por esa calle y escuchar todavía el eco de lo que estaba por venir. 

La calle donde vivieron dos Nobel

Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
05 de mayo, 2026
.

Johannesburgo es una ciudad que te enseña algo antes incluso de dejarse conocer: caminar puede ser un lujo. Hay lugares donde pasear es un gesto banal y otros donde es una decisión estratégica. El miedo forma parte del mobiliario urbano con la misma naturalidad que los semáforos, las verjas electrificadas o los guardias de seguridad. La consigna, sobre todo en el centro, era clara: un blanco no camina, toma un taxi. No era una exageración ni una cortesía preventiva; era una norma tácita de supervivencia. Y, sin embargo, en esa ciudad edificada sobre el oro, la desigualdad y la violencia, yo no iba buscando minas ni rascacielos ni cicatrices del apartheid. Iba buscando una calle. Una calle cualquiera, en apariencia. Una calle donde habían vivido dos premios Nobel de la Paz. Una calle donde la Historia, en lugar de erigir estatuas, había criado vecinos. 

La ciudad que no baja la guardia 

Johannesburgo tiene algo que en Latinoamérica reconocemos enseguida: esa electricidad nerviosa de las ciudades que parecen vivir siempre al borde de algo. Al borde de despegar o de romperse. Hay urbes —San Salvador, Ciudad de Guatemala, Tegucigalpa, ciertas zonas de Santo Domingo— donde uno percibe que la ciudad lo observa antes de concederle paso. Johannesburgo pertenece a esa estirpe: lugares donde la desigualdad no es un dato económico, sino una arquitectura visible. 

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER

Antes de viajar allí, una de las lecturas que más me había marcado fue My Traitor’s Heart, de Rian Malan. Un libro feroz, incómodo, brillante, donde Malan disecciona Sudáfrica desde dentro, desde la culpa, la violencia y la herencia del privilegio blanco. Una lectura formativa para mí. Me ayudó a entender que Sudáfrica no era solo una geografía política, sino un conflicto moral. Y Johannesburgo, al pisarla, confirmaba esa intuición: no es una ciudad que se visita, es una ciudad que se interpreta. 

Quizá por eso Soweto me impresionó tanto. 

Porque Soweto no nació como barrio, sino como acrónimo: South Western Townships. Un nombre administrativo para una operación de ingeniería racial. El apartheid tenía ese talento burocrático para disfrazar la brutalidad de tecnicismo. Separar, desplazar, clasificar. Meter a millones de personas en la periferia para preservar el centro. 

Pero Soweto hizo algo extraordinario: convirtió la exclusión en identidad. 

El tamaño de la memoria 

Yo había leído sobre Soweto mucho antes de llegar. Sobre la revuelta de 1976, los estudiantes asesinados por rebelarse contra la imposición del afrikáans en las escuelas y sobre aquella imagen inmortal de Hector Pieterson, convertido en símbolo involuntario de una generación. 

Pero una cosa es leer Soweto y otra entrar allí. 

Mi primer error fue imaginarlo pequeño. 

Pensé en un barrio y encontré una ciudad dentro de otra ciudad. Un territorio vastísimo, con una vida propia, con ritmo propio, con su propio pulso. Lo primero que me sorprendió fue la escala. Lo segundo, la energía. 

Esperaba recogimiento y encontré movimiento. 

Música saliendo de las casas, humo de carne asada, niños jugando, vendedores ambulantes, coches cruzando calles polvorientas, conversaciones que parecían discusiones y risas que parecían celebraciones. Allí comprendí algo esencial: la memoria no siempre requiere silencio. A veces se conserva haciendo ruido. 

Eso me gustó. 

Porque en Soweto el dolor no había sido embalsamado. Seguía mezclado con la vida. 

Y entonces llegué a Vilakazi Street. 

La calle improbable 

Hay calles célebres por lo que pasa en ellas y otras prominentes por quienes las habitaron. Vilakazi pertenece a ambas categorías. Es la única calle del mundo que puede presumir de haber alojado a dos premios Nobel de la Paz: Nelson Mandela y Desmond Tutu. 

Pensé mucho en eso mientras la caminaba. 

Dos hombres radicalmente distintos y decisivos, separados por apenas unos metros y unidos por una misma batalla ética. 

Mandela fue la estrategia, la resistencia organizada, la inteligencia política. 

Tutu fue la conciencia, la ironía moral, la vigilancia espiritual. 

Uno conquistó el poder. 

El otro lo interrogó. 

Y allí estaban sus casas. Sencillas. Contenidas. Nada monumental. Nada teatral. 

Eso me impresionó. 

Porque la Historia suele venderse en formato épico, pero casi siempre empieza en espacios domésticos. En una casa pequeña. En una calle corta. En una conversación cualquiera. 

Vilakazi no tiene grandeza arquitectónica. No es una avenida imperial ni una plaza ceremonial. Es, precisamente por eso, más poderosa. Porque recuerda algo esencial: la Historia casi nunca ocurre donde uno espera. 

Ocurre en la esquina de alguien. 

Durante aquellos días en Johannesburgo no entrevisté a Mandela. No se dio. El periodismo también es eso: la suma de las entrevistas hechas y de las que rozaste sin alcanzar. Pero sí llegué a verlo de lejos, ya muy anciano, visiblemente enfermo, en el hotel donde yo me alojaba. 

Fue apenas un instante. 

Sin palabras, sin ceremonia, sin fotografía. 

Solo la impresión extraña de compartir espacio con alguien que había alterado el curso moral del siglo XX. 

A veces la proximidad no necesita conversación. 

Años después, ya en España, me entrevistaron en la radio junto a John Carlin, seguramente uno de los periodistas que mejor ha entendido y contado a Mandela. Carlin sabía infinitamente más que yo sobre él, había convivido con su figura política y humana mucho más de cerca. Y, sin embargo, me sorprendió su actitud: ninguna superioridad, ninguna condescendencia, ninguna necesidad de marcar territorio. Solo generosidad intelectual. Eso también me pareció una lección mandeliana, aunque quizá él nunca lo admitiría. 

La paradoja de Soweto 

Fue caminando Vilakazi cuando entendí la paradoja. 

Soweto fue concebido para separar y terminó ayudando a unir un país. 

Fue diseñado para arrinconar y acabó siendo el corazón moral de Sudáfrica. 

Nació como periferia y acabó siendo centro. 

Eso, en Latinoamérica, nos resulta familiar. 

Sabemos que la verdad de una ciudad rara vez está en su distrito financiero. Está en sus márgenes. En sus barrios incómodos. En esos lugares que los mapas oficiales nombran con desgana y la Historia termina subrayando. 

Soweto pertenece a esa geografía universal. 

La de los lugares estigmatizados que terminan explicando un país entero. 

Y Johannesburgo, con toda su tensión, su riqueza obscena y su fragilidad cotidiana, sigue girando alrededor de esa verdad. 

El lugar donde se ensaya el futuro 

Al marcharme de Vilakazi Street pensé que hay calles que sirven para desplazarse y otras – como esta – que sirven para comprender. Johannesburgo me enseñó que el miedo puede organizar una ciudad; Soweto me enseñó que la memoria puede sostenerla. Y en esa calle breve, donde un día jugaron dos niños llamados Nelson y Desmond sin saber lo que serían, comprendí algo que todavía me acompaña: que la Historia rara vez comienza en palacios, parlamentos o grandes escenarios. Casi siempre empieza delante de casa, entre polvo, vecinos y ruido. Como empieza la vida. Como empieza el futuro. Y a veces, si uno tiene suerte, puede caminar por esa calle y escuchar todavía el eco de lo que estaba por venir. 

¿Quiere recibir notificaciones de alertas?