Hay dos pequeños libros que te quiero recomendar sobre los mayas, su historia y su cultura: el primero es de la arqueóloga Bárbara Arroyo y se titula Kaminaljuyú, la primera ciudad de Guatemala; y el segundo es del “arquitecto con amor prehispánico”, Kevin Escobar, y lleva por título Tahitzá, ensayo histórico de un señorío maya.
Bárbara es directora del proyecto Kaminaljuyú y, desde esa posición, así como desde su larga carrera en las tierras altas y la costa del Pacífico, nos lleva por la historia de los habitantes de aquella ciudad que fue clave para el comercio de obsidiana, por ejemplo, y que se distinguió por el aprovechamiento tecnificado del agua que abundaba en donde ahora se encuentra la capital guatemalteca.
Kaminaljuyú tuvo contactos con sitios que he visitado como Takalik Abaj y Montealto. El yacimiento de obsidiana conocido como El Chayal, queda poco más adelante de Azacualpilla y a sólo 20 kilómetros de “El Cerro de los Muertos”; y el control de la producción y procesamiento de aquella piedra tan útil para hacer cuchillos, navajas y lanzas, debe haber estado bajo el control de la urbe que nos ocupa.
Kaminaljuyú fue habitada durante unos 2,000 años y fue una ciudad cosmopolita donde hay enterrados personajes que vivieron gran parte de sus vidas en el centro de México y otros que llegaron de las tierras bajas de Petén. Pero en el graben que llamamos valle había asentamientos humanos que precedieron a la urbe, junto al cerro del Naranjo y en Las Carcas.
La vida de Kaminaljuyú estuvo íntimamente ligada al lago Miraflores que se empezó a secar cerca del año 100 de la era común. ¿Por qué se secó? Seguramente porque la prosperidad generó abundancia de gente, y la gente cortó muchísimos árboles y eso generó erosión de los suelos y hubo sequías de gran duración. En esas condiciones las élites asociadas con lo divino fueron incapaces de responder a las demandas de agua; y el sitio se vino a menos, luego de rebeliones. De esa época hay entierros de niños sacrificados a quienes se les quitaron los miembros inferiores. ¿Qué ocurrió después? Posiblemente grupos venidos de Quiché (con vínculos con Teotihuacán) tomaron el control.
Como vivo exactamente junto al Montículo de la Culebra —que está íntimamente relacionado con Kaminaljuyú—, esa ciudad me fascina y no te cuento más para que explores su historia fascinante.
Tahitzá, por su parte, es otra forma de aproximación al misterio de los mayas, y parte desde la historia de amor entre la princesa Sac Nicté y el príncipe Ulmil Itzahal, con un tercero en discordia, el temible Ta Itzá. Y aquí, ¡Alto! No te confundas; que Villeda empiece con una leyenda no quiere decir que su aportación no sea valiosa desde perspectivas técnicas e históricas. Lo que quiere decir es que el autor nos lleva por caminos de gran sensibilidad humana para entender a Tayasal, la ciudad que no sólo resistió a sus enemigos mayas, sino a los españoles que no la tomaron hasta 1697. Esa conquista no fue cosa fácil y, si haces la resta, verás que Tayasal cayó 173 años después que Iximché.
Villeda nos lleva a lo largo y lo ancho de los numerosos intentos religiosos, diplomáticos y bélicos emprendidos para controlar Tayasal.
Por supuesto que no hay historia maya sin sacrificios humanos, y mi favorita en este libro es la de los profanadores de Tziminchach, la imagen del caballo divinizado de Hernán Cortés, a quienes les fueron extraídos los corazones, cortadas las cabezas y exhibidas estas en estacas en castigo por aquella profanación. Tahitzá también ayuda al lector a entender la guerra maya como una forma de mantener el equilibrio cósmico en la que la captura de prisioneros para servir como ofrendas en ceremonias es el objetivo principal.
En su libro, Villeda nos permite asomarnos a la complejidad de las relaciones políticas entre los mayas, que eran diversas, cambiantes y altamente ritualizadas incluso en los últimos días de aquella cultura y frente al imparable empeño de los frailes y a la fuerza militar portentosa de las autoridades hispánicas. Es una oportunidad rara para aproximarse, mediante relatos bien contados, a la política maya como las formas de las relaciones de poder entre individuos y entre grupos.
Dos libros breves; pero que iluminan mucho más de lo que su tamaño sugiere. Historia con nombres, lugares y detalles que conectan el pasado con el territorio que habitamos hoy.
Si te interesan estos temas visita luisfi61.com
Kaminaljuyú y Tahitzá en mi mesa
Hay dos pequeños libros que te quiero recomendar sobre los mayas, su historia y su cultura: el primero es de la arqueóloga Bárbara Arroyo y se titula Kaminaljuyú, la primera ciudad de Guatemala; y el segundo es del “arquitecto con amor prehispánico”, Kevin Escobar, y lleva por título Tahitzá, ensayo histórico de un señorío maya.
Bárbara es directora del proyecto Kaminaljuyú y, desde esa posición, así como desde su larga carrera en las tierras altas y la costa del Pacífico, nos lleva por la historia de los habitantes de aquella ciudad que fue clave para el comercio de obsidiana, por ejemplo, y que se distinguió por el aprovechamiento tecnificado del agua que abundaba en donde ahora se encuentra la capital guatemalteca.
Kaminaljuyú tuvo contactos con sitios que he visitado como Takalik Abaj y Montealto. El yacimiento de obsidiana conocido como El Chayal, queda poco más adelante de Azacualpilla y a sólo 20 kilómetros de “El Cerro de los Muertos”; y el control de la producción y procesamiento de aquella piedra tan útil para hacer cuchillos, navajas y lanzas, debe haber estado bajo el control de la urbe que nos ocupa.
Kaminaljuyú fue habitada durante unos 2,000 años y fue una ciudad cosmopolita donde hay enterrados personajes que vivieron gran parte de sus vidas en el centro de México y otros que llegaron de las tierras bajas de Petén. Pero en el graben que llamamos valle había asentamientos humanos que precedieron a la urbe, junto al cerro del Naranjo y en Las Carcas.
La vida de Kaminaljuyú estuvo íntimamente ligada al lago Miraflores que se empezó a secar cerca del año 100 de la era común. ¿Por qué se secó? Seguramente porque la prosperidad generó abundancia de gente, y la gente cortó muchísimos árboles y eso generó erosión de los suelos y hubo sequías de gran duración. En esas condiciones las élites asociadas con lo divino fueron incapaces de responder a las demandas de agua; y el sitio se vino a menos, luego de rebeliones. De esa época hay entierros de niños sacrificados a quienes se les quitaron los miembros inferiores. ¿Qué ocurrió después? Posiblemente grupos venidos de Quiché (con vínculos con Teotihuacán) tomaron el control.
Como vivo exactamente junto al Montículo de la Culebra —que está íntimamente relacionado con Kaminaljuyú—, esa ciudad me fascina y no te cuento más para que explores su historia fascinante.
Tahitzá, por su parte, es otra forma de aproximación al misterio de los mayas, y parte desde la historia de amor entre la princesa Sac Nicté y el príncipe Ulmil Itzahal, con un tercero en discordia, el temible Ta Itzá. Y aquí, ¡Alto! No te confundas; que Villeda empiece con una leyenda no quiere decir que su aportación no sea valiosa desde perspectivas técnicas e históricas. Lo que quiere decir es que el autor nos lleva por caminos de gran sensibilidad humana para entender a Tayasal, la ciudad que no sólo resistió a sus enemigos mayas, sino a los españoles que no la tomaron hasta 1697. Esa conquista no fue cosa fácil y, si haces la resta, verás que Tayasal cayó 173 años después que Iximché.
Villeda nos lleva a lo largo y lo ancho de los numerosos intentos religiosos, diplomáticos y bélicos emprendidos para controlar Tayasal.
Por supuesto que no hay historia maya sin sacrificios humanos, y mi favorita en este libro es la de los profanadores de Tziminchach, la imagen del caballo divinizado de Hernán Cortés, a quienes les fueron extraídos los corazones, cortadas las cabezas y exhibidas estas en estacas en castigo por aquella profanación. Tahitzá también ayuda al lector a entender la guerra maya como una forma de mantener el equilibrio cósmico en la que la captura de prisioneros para servir como ofrendas en ceremonias es el objetivo principal.
En su libro, Villeda nos permite asomarnos a la complejidad de las relaciones políticas entre los mayas, que eran diversas, cambiantes y altamente ritualizadas incluso en los últimos días de aquella cultura y frente al imparable empeño de los frailes y a la fuerza militar portentosa de las autoridades hispánicas. Es una oportunidad rara para aproximarse, mediante relatos bien contados, a la política maya como las formas de las relaciones de poder entre individuos y entre grupos.
Dos libros breves; pero que iluminan mucho más de lo que su tamaño sugiere. Historia con nombres, lugares y detalles que conectan el pasado con el territorio que habitamos hoy.
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