En la entrega pasada recomendamos la obra del periodista Thomas L. Friedman como un marco sumamente útil de referencia para entender el nuevo escenario mundial. Las noticias nos bombardean diariamente sobre sucesos inmediatos que nos hacen perder la perspectiva, y su abrumadora cantidad nos impide integrar estos hechos a la gran imagen a la que pertenecen. Sin duda estamos viviendo una época turbulenta (como cualquier otra del pasado, dicho sea de paso), pero para entenderla me aventuro a continuar con mis recomendaciones.
La guerra convencional también está teniendo sus cambios sutiles. A partir del 9 de septiembre de 2001, cuando se inaugura la guerra contra el terrorismo, muchos teóricos se apresuraron a afirmar que la propia naturaleza de la guerra había cambiado y que los grandes y aparatosos ejércitos eran cosa del pasado. El mismo secretario de Defensa de los Estados Unidos, Donald Rumsfeld afirmó que las Fuerzas Armadas de su país deberían de reducirse significativamente, para fundamentarse en pequeñas unidades operativas altamente entrenadas y equipadas con tecnología de última generación, con capacidad de ser desplegadas en el menor tiempo posible en cualquier punto del planeta. La contratación de ejércitos privados de mercenarios como Blackwater y la subcontratación de capacidades técnicas otrora propias de los ingenieros militares con Hallyburton fueron los pasos que la administración Bush dio en esa dirección.
Sin embargo, la tendencia no fue seguida del todo por las demás potencias. China, por dar un ejemplo, continuó construyendo una armada cada vez más grande y un ejército de tierra capaz de defender las extensas fronteras de su país, desechando la “Doctrina Rumsfeld”, a tal punto que Trump también se ha visto obligado a rechazarla y tratar de recuperar la ventaja de la “Blue Navy” por sobre sus competidores. China utiliza empresas del tipo Blackwater para otra cosa: como defender las extensas obras que su país construye en Pakistán, Perú o África, pero sin cambiar la naturaleza y estructura clásica de sus fuerzas armadas.
La guerra de Ucrania puede aportar una nueva forma de entender y de hacer la guerra sin tener que recurrir a grandes y costosas fuerzas armadas, pero esto es apenas un esbozo de cómo puede ser la guerra en el futuro.
Esta privatización de la guerra es expuesta en toda su crudeza y amoralidad por el periodista Robert Young Pelton en su interesante investigación publicada bajo el título “Licensed to Kill: Hired Guns in The War on Terror”, o bien la historia del conglomerado Blacwater, escrita por Jeremy Scahill, “Blackwater: El auge del ejército mercenario más poderoso del mundo”, editado por Paidós.
Quien sí apostó por la “Doctrina Rumsfeld” y terminó por estrellarse con la realidad de sus inconvenientes fue Rusia, que se apresuró a crear a partir de 2014 un monstruo a sueldo conocido como “Wagner”, un conjunto de empresas paramilitares privadas de cartón financiadas por el estado ruso para resguardar los intereses del país en territorios más allá de sus fronteras. De esa cuenta se reportó la presencia de tropas mercenarias rusas y de repúblicas ex soviéticas en Libia, Siria, Sudán, Mali, Níger, las Comores y Burkina Faso por dar unos pocos ejemplos. El problema de Wagner es que creció demasiado como para llegar a desafiar al propio estado ruso, como recordaremos por la intentona golpista de 2023. Los envalentonados mercenarios, abandonando sus puestos de combate en Ucrania, amenazaron con tomar Moscú por asalto. Sobre el tema de Wagner resulta totalmente esclarecedora la lectura de un libro repleto de información publicado por Altamarea, “Los señores de la guerra: Qué es Wagner y cómo actúa el aparato paramilitar ruso”, de los periodistas Dimitri Zufferey y Lou Osborn. Cada una de sus 368 páginas rebosa de información útil para comprender cómo hacen la guerra las potencias de segundo orden en este nuevo desordenado orden mundial.
Sin embargo, la “Doctrina Rumsfeld” sí puede ser aplicada por países con otro tipo de desafíos para la conservación de sus fuerzas armadas o al menos para una buena parte de ellas. Así parece demostrarlo el reciente ataque de fuerzas especiales ucranianas que operando tras líneas enemigas lograron desbaratar y detener la ofensiva rusa en la región de Sumy, estabilizando el frente y anulando la iniciativa rusa. Esta operación fue ejecutada por la fuerza de élite “Timur” con el apoyo de ataques de artillería y drones. El resultado de la acción sumó a 334 rusos muertos y al menos 550 heridos. Esta parecería ser el futuro de las capacidades militares de ejércitos pequeños, como el de Guatemala, por ejemplo, que ha optado por la especialización de sus efectivos para la lucha en montaña, en selva o en los afamados Kaibiles, entre otros. La guerra de Ucrania puede aportar una nueva forma de entender y de hacer la guerra sin tener que recurrir a grandes y costosas fuerzas armadas, pero esto es apenas un esbozo de cómo puede ser la guerra en el futuro.
Instrucciones para entender el siglo XXI (IV)
En la entrega pasada recomendamos la obra del periodista Thomas L. Friedman como un marco sumamente útil de referencia para entender el nuevo escenario mundial. Las noticias nos bombardean diariamente sobre sucesos inmediatos que nos hacen perder la perspectiva, y su abrumadora cantidad nos impide integrar estos hechos a la gran imagen a la que pertenecen. Sin duda estamos viviendo una época turbulenta (como cualquier otra del pasado, dicho sea de paso), pero para entenderla me aventuro a continuar con mis recomendaciones.
La guerra convencional también está teniendo sus cambios sutiles. A partir del 9 de septiembre de 2001, cuando se inaugura la guerra contra el terrorismo, muchos teóricos se apresuraron a afirmar que la propia naturaleza de la guerra había cambiado y que los grandes y aparatosos ejércitos eran cosa del pasado. El mismo secretario de Defensa de los Estados Unidos, Donald Rumsfeld afirmó que las Fuerzas Armadas de su país deberían de reducirse significativamente, para fundamentarse en pequeñas unidades operativas altamente entrenadas y equipadas con tecnología de última generación, con capacidad de ser desplegadas en el menor tiempo posible en cualquier punto del planeta. La contratación de ejércitos privados de mercenarios como Blackwater y la subcontratación de capacidades técnicas otrora propias de los ingenieros militares con Hallyburton fueron los pasos que la administración Bush dio en esa dirección.
Sin embargo, la tendencia no fue seguida del todo por las demás potencias. China, por dar un ejemplo, continuó construyendo una armada cada vez más grande y un ejército de tierra capaz de defender las extensas fronteras de su país, desechando la “Doctrina Rumsfeld”, a tal punto que Trump también se ha visto obligado a rechazarla y tratar de recuperar la ventaja de la “Blue Navy” por sobre sus competidores. China utiliza empresas del tipo Blackwater para otra cosa: como defender las extensas obras que su país construye en Pakistán, Perú o África, pero sin cambiar la naturaleza y estructura clásica de sus fuerzas armadas.
La guerra de Ucrania puede aportar una nueva forma de entender y de hacer la guerra sin tener que recurrir a grandes y costosas fuerzas armadas, pero esto es apenas un esbozo de cómo puede ser la guerra en el futuro.
Esta privatización de la guerra es expuesta en toda su crudeza y amoralidad por el periodista Robert Young Pelton en su interesante investigación publicada bajo el título “Licensed to Kill: Hired Guns in The War on Terror”, o bien la historia del conglomerado Blacwater, escrita por Jeremy Scahill, “Blackwater: El auge del ejército mercenario más poderoso del mundo”, editado por Paidós.
Quien sí apostó por la “Doctrina Rumsfeld” y terminó por estrellarse con la realidad de sus inconvenientes fue Rusia, que se apresuró a crear a partir de 2014 un monstruo a sueldo conocido como “Wagner”, un conjunto de empresas paramilitares privadas de cartón financiadas por el estado ruso para resguardar los intereses del país en territorios más allá de sus fronteras. De esa cuenta se reportó la presencia de tropas mercenarias rusas y de repúblicas ex soviéticas en Libia, Siria, Sudán, Mali, Níger, las Comores y Burkina Faso por dar unos pocos ejemplos. El problema de Wagner es que creció demasiado como para llegar a desafiar al propio estado ruso, como recordaremos por la intentona golpista de 2023. Los envalentonados mercenarios, abandonando sus puestos de combate en Ucrania, amenazaron con tomar Moscú por asalto. Sobre el tema de Wagner resulta totalmente esclarecedora la lectura de un libro repleto de información publicado por Altamarea, “Los señores de la guerra: Qué es Wagner y cómo actúa el aparato paramilitar ruso”, de los periodistas Dimitri Zufferey y Lou Osborn. Cada una de sus 368 páginas rebosa de información útil para comprender cómo hacen la guerra las potencias de segundo orden en este nuevo desordenado orden mundial.
Sin embargo, la “Doctrina Rumsfeld” sí puede ser aplicada por países con otro tipo de desafíos para la conservación de sus fuerzas armadas o al menos para una buena parte de ellas. Así parece demostrarlo el reciente ataque de fuerzas especiales ucranianas que operando tras líneas enemigas lograron desbaratar y detener la ofensiva rusa en la región de Sumy, estabilizando el frente y anulando la iniciativa rusa. Esta operación fue ejecutada por la fuerza de élite “Timur” con el apoyo de ataques de artillería y drones. El resultado de la acción sumó a 334 rusos muertos y al menos 550 heridos. Esta parecería ser el futuro de las capacidades militares de ejércitos pequeños, como el de Guatemala, por ejemplo, que ha optado por la especialización de sus efectivos para la lucha en montaña, en selva o en los afamados Kaibiles, entre otros. La guerra de Ucrania puede aportar una nueva forma de entender y de hacer la guerra sin tener que recurrir a grandes y costosas fuerzas armadas, pero esto es apenas un esbozo de cómo puede ser la guerra en el futuro.