Un rincón inexplicablemente sucio de la ciudad de Guatemala es la Plaza Rotaria que se encuentra al lado del Obelisco. Pasas caminando por ahí y el hedor lastima el olfato, del mismo modo en que la inmundicia lastima la vista. No sólo hay basura, sino heces fecales en los rincones del lugar. No heces de chuchos, sino heces de humanos.
Eso es una lástima porque en la placita esa hay una estatua chulísima dedicada a “la mujer rotaria, ejemplo de liderazgo, amor y bondad”, virtudes que comparten con otras miles y miles de mujeres chapinas y extranjeras que practican la benevolencia. ¿Cómo no se van a celebrar esas virtudes con una estatua bella?
Sin embargo, el lugar es un cochinero. La suciedad se debe, en buena parte, al diseño absurdo de todo el conjunto monumental. Esa placita está llena de recovecos, recodos y sucuchos perfectos para que los orcos defequen ahí, o tiren basura. La suciedad se debe, en otra buena parte, a que nadie limpia. Y nadie asea porque la burocracia encargada de la limpieza de esos lugares no está en la labor.
El descuido de los monumentos en toda Guatemala es notorio. Es particularmente ominoso el abandono de los cementerios donde abundan los detritus y el saqueo; pero también el de estatuas y otros lugares de valor histórico. José María Reyna Barrios sigue ausente en la Reforma; e Iabel I sigue decapitada en su parque.
Verás: los monumentos públicos no son meros adornos en el paisaje urbano; son elementos que interactúan con la sociedad, la historia y el entorno.
Los monumentos fungen como testigos materiales de la historia. Su rol principal es preservar el recuerdo de eventos, personas, o ideas significativas, y educan a las generaciones presentes y futuras. Me aventuro a decir que son hechos de “paideia” porque invitan a la educación constante por medio de despertar la curiosidad, deberían inspirar a lo bueno y lo bello, y orientan a los jóvenes a prepararse para sus responsabilidades en la “polis”. “Paideia” fue uno de los conceptos más valiosos que aprendí de mi maestro Salvador Aguado-Andreut.
Los monumentos sirven como símbolos que definen la identidad de una ciudad, o nación, y refuerzan valores compartidos, así como un sentido de pertenencia. Los monumentos (racionalmente concebidos) funcionan como intervenciones artísticas que mejoran la calidad visual y espacial de la urbe. No solo embellecen, sino que estructuran los espacios públicos. Sirven como puntos focales en plazas, o avenidas, y mejoran la legibilidad urbana lo que facilita la orientación y crea espacios de encuentro social hasta el punto de humanizar entornos concretos.
El hedor no miente: así tratamos lo que dice ser nuestra identidad.
Si te interesan estos temas visita luisfi61.com
Un rincón inexplicablemente sucio de la ciudad de Guatemala es la Plaza Rotaria que se encuentra al lado del Obelisco. Pasas caminando por ahí y el hedor lastima el olfato, del mismo modo en que la inmundicia lastima la vista. No sólo hay basura, sino heces fecales en los rincones del lugar. No heces de chuchos, sino heces de humanos.
Eso es una lástima porque en la placita esa hay una estatua chulísima dedicada a “la mujer rotaria, ejemplo de liderazgo, amor y bondad”, virtudes que comparten con otras miles y miles de mujeres chapinas y extranjeras que practican la benevolencia. ¿Cómo no se van a celebrar esas virtudes con una estatua bella?
Sin embargo, el lugar es un cochinero. La suciedad se debe, en buena parte, al diseño absurdo de todo el conjunto monumental. Esa placita está llena de recovecos, recodos y sucuchos perfectos para que los orcos defequen ahí, o tiren basura. La suciedad se debe, en otra buena parte, a que nadie limpia. Y nadie asea porque la burocracia encargada de la limpieza de esos lugares no está en la labor.
El descuido de los monumentos en toda Guatemala es notorio. Es particularmente ominoso el abandono de los cementerios donde abundan los detritus y el saqueo; pero también el de estatuas y otros lugares de valor histórico. José María Reyna Barrios sigue ausente en la Reforma; e Iabel I sigue decapitada en su parque.
Verás: los monumentos públicos no son meros adornos en el paisaje urbano; son elementos que interactúan con la sociedad, la historia y el entorno.
Los monumentos fungen como testigos materiales de la historia. Su rol principal es preservar el recuerdo de eventos, personas, o ideas significativas, y educan a las generaciones presentes y futuras. Me aventuro a decir que son hechos de “paideia” porque invitan a la educación constante por medio de despertar la curiosidad, deberían inspirar a lo bueno y lo bello, y orientan a los jóvenes a prepararse para sus responsabilidades en la “polis”. “Paideia” fue uno de los conceptos más valiosos que aprendí de mi maestro Salvador Aguado-Andreut.
Los monumentos sirven como símbolos que definen la identidad de una ciudad, o nación, y refuerzan valores compartidos, así como un sentido de pertenencia. Los monumentos (racionalmente concebidos) funcionan como intervenciones artísticas que mejoran la calidad visual y espacial de la urbe. No solo embellecen, sino que estructuran los espacios públicos. Sirven como puntos focales en plazas, o avenidas, y mejoran la legibilidad urbana lo que facilita la orientación y crea espacios de encuentro social hasta el punto de humanizar entornos concretos.
El hedor no miente: así tratamos lo que dice ser nuestra identidad.
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