En un contexto internacional marcado por la fragmentación económica, tensiones geopolíticas y riesgos a la baja para el crecimiento global, Guatemala inicia 2026 desde una posición poco común en la región: estabilidad macroeconómica, confianza interna y fundamentos externos sólidos. El reto ya no es resistir la tormenta, sino convertir esa estabilidad en crecimiento sostenido, inversión productiva y competitividad.
El entorno internacional no es alentador; las economías avanzadas crecerán alrededor de 1.8 %, mientras que los mercados emergentes y en desarrollo lo harán cerca del 4.2 %, aunque con riesgos claramente sesgados a la baja. A ello se suma la volatilidad del precio internacional del petróleo y la incertidumbre energética global. Venezuela, posee el 17 % de las reservas petroleras del mundo, pero su producción actual apenas supera 1 millón de barriles diarios, muy lejos de los 2.7 millones que producía en 2013. La politización de PDVSA y la falta de inversión convirtieron un activo en una oportunidad desperdiciada. El mensaje es claro: los recursos naturales, no garantizan desarrollo.
Guatemala, sin grandes reservas petroleras, ha logrado algo más valioso: credibilidad macroeconómica. En 2025, el crecimiento acumulado de la actividad económica alcanzó 4.1 %, en línea con lo estimado, incluso en un entorno externo desafiante. La confianza económica se mantuvo en zona de expansión, el número de afiliados al sistema formal alcanzó cifras récord y el crédito bancario al sector privado continuó creciendo. No es casualidad: la estabilidad no se improvisa, se construye.
Uno de los datos más reveladores es la inflación, al cierre de 2025 fue de apenas 1.65 %, por debajo del límite inferior del rango meta. Para 2026 se proyecta que converja hacia el valor central, con expectativas de inflación bien ancladas. En un mundo donde la inflación se ha convertido en un problema estructural para muchas economías, Guatemala ofrece previsibilidad. A ello se suma un tipo de cambio nominal estable y un nivel de reservas internacionales equivalente a cerca de 11 meses de importaciones, una señal contundente de fortaleza externa.
Las remesas familiares continúan siendo un pilar clave, solo al 15 de enero de 2026 ya se habían recibido US$875.2 millones, un crecimiento interanual de 16.3 %. Para el resto del año se espera una moderación al 5 %, lo cual es saludable. La dependencia excesiva de un solo flujo siempre implica riesgos; la moderación abre espacio para que otros motores: inversión, exportaciones y consumo interno, tomen mayor protagonismo.
La Inversión Extranjera Directa mantiene una tendencia al alza, Guatemala compite con estabilidad, pero pierde oportunidades por cuellos de botella estructurales: infraestructura, certeza jurídica, trámites y desigualdad. Por primera vez, el sector público y privado pueden identificar con precisión el aporte económico de cada región, su crecimiento real, su PIB per cápita. Es una herramienta estratégica para decidir dónde invertir, cómo diseñar políticas públicas y cómo cerrar brechas territoriales. Exportar ya no depende solo del tipo de cambio; depende de logística, regulación, infraestructura, capital humano y eficiencia gubernamental.
Las agencias calificadoras lo reconocen, Fitch, S&P y Moody’s coinciden en que Guatemala mantiene debilidades institucionales y estructurales, pero estas se compensan con un desempeño económico, fiscal y externo más sólido que el de muchos países con igual calificación.
El dilema para 2026 no es si Guatemala es estable, la verdadera pregunta es si será capaz de transformar esa estabilidad en desarrollo, inversión de calidad y crecimiento inclusivo. En un mundo donde incluso los gigantes tropiezan, la ventaja comparativa de Guatemala es clara, ahora hace falta decisión, visión y ejecución. La estabilidad es el punto de partida, no debe ser el punto de llegada.
Guatemala, estabilidad probada en un mundo incierto
En un contexto internacional marcado por la fragmentación económica, tensiones geopolíticas y riesgos a la baja para el crecimiento global, Guatemala inicia 2026 desde una posición poco común en la región: estabilidad macroeconómica, confianza interna y fundamentos externos sólidos. El reto ya no es resistir la tormenta, sino convertir esa estabilidad en crecimiento sostenido, inversión productiva y competitividad.
El entorno internacional no es alentador; las economías avanzadas crecerán alrededor de 1.8 %, mientras que los mercados emergentes y en desarrollo lo harán cerca del 4.2 %, aunque con riesgos claramente sesgados a la baja. A ello se suma la volatilidad del precio internacional del petróleo y la incertidumbre energética global. Venezuela, posee el 17 % de las reservas petroleras del mundo, pero su producción actual apenas supera 1 millón de barriles diarios, muy lejos de los 2.7 millones que producía en 2013. La politización de PDVSA y la falta de inversión convirtieron un activo en una oportunidad desperdiciada. El mensaje es claro: los recursos naturales, no garantizan desarrollo.
Guatemala, sin grandes reservas petroleras, ha logrado algo más valioso: credibilidad macroeconómica. En 2025, el crecimiento acumulado de la actividad económica alcanzó 4.1 %, en línea con lo estimado, incluso en un entorno externo desafiante. La confianza económica se mantuvo en zona de expansión, el número de afiliados al sistema formal alcanzó cifras récord y el crédito bancario al sector privado continuó creciendo. No es casualidad: la estabilidad no se improvisa, se construye.
Uno de los datos más reveladores es la inflación, al cierre de 2025 fue de apenas 1.65 %, por debajo del límite inferior del rango meta. Para 2026 se proyecta que converja hacia el valor central, con expectativas de inflación bien ancladas. En un mundo donde la inflación se ha convertido en un problema estructural para muchas economías, Guatemala ofrece previsibilidad. A ello se suma un tipo de cambio nominal estable y un nivel de reservas internacionales equivalente a cerca de 11 meses de importaciones, una señal contundente de fortaleza externa.
Las remesas familiares continúan siendo un pilar clave, solo al 15 de enero de 2026 ya se habían recibido US$875.2 millones, un crecimiento interanual de 16.3 %. Para el resto del año se espera una moderación al 5 %, lo cual es saludable. La dependencia excesiva de un solo flujo siempre implica riesgos; la moderación abre espacio para que otros motores: inversión, exportaciones y consumo interno, tomen mayor protagonismo.
La Inversión Extranjera Directa mantiene una tendencia al alza, Guatemala compite con estabilidad, pero pierde oportunidades por cuellos de botella estructurales: infraestructura, certeza jurídica, trámites y desigualdad. Por primera vez, el sector público y privado pueden identificar con precisión el aporte económico de cada región, su crecimiento real, su PIB per cápita. Es una herramienta estratégica para decidir dónde invertir, cómo diseñar políticas públicas y cómo cerrar brechas territoriales. Exportar ya no depende solo del tipo de cambio; depende de logística, regulación, infraestructura, capital humano y eficiencia gubernamental.
Las agencias calificadoras lo reconocen, Fitch, S&P y Moody’s coinciden en que Guatemala mantiene debilidades institucionales y estructurales, pero estas se compensan con un desempeño económico, fiscal y externo más sólido que el de muchos países con igual calificación.
El dilema para 2026 no es si Guatemala es estable, la verdadera pregunta es si será capaz de transformar esa estabilidad en desarrollo, inversión de calidad y crecimiento inclusivo. En un mundo donde incluso los gigantes tropiezan, la ventaja comparativa de Guatemala es clara, ahora hace falta decisión, visión y ejecución. La estabilidad es el punto de partida, no debe ser el punto de llegada.