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Frustración y Dictadura

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Lisardo Bolaños |
22 de abril, 2026

Es evidente la creciente frustración de muchos segmentos de la población. La brecha entre grandes expectativas y la crasa incapacidad de gestión pública; años de creciente esclerosis institucional; nuevos grupos e instituciones aprendiendo a ejercer vetos, etc., etc. Esta frustración, cuando observan que el gobierno no logra resolver problemas apremiantes de la población está empujando a muchos a una conclusión peligrosa: Guatemala necesita un dictador. Algunos, más sofisticados, o más prudentes, murmuran su deseo por la aparición de un líder providencial, un “dictador ilustrado”, a la manera de Federico el Grande de Prusia, alguien capaz de imponer la eficiencia y el orden por la fuerza, o, un referente más moderno y menos autoritario, un Lee Kwan Yew, de Singapur.

La ciudadanía percibe que la democracia, en su diseño actual, ha perdido por completo la capacidad de ejecución de políticas relevantes. Cuando un Estado no puede prevenir tragedias básicas —como el brote de sarampión por falta de vacunas— ni ejecutar megaproyectos transformacionales que muevan la aguja macroeconómica —como lo fueron en su momento la hidroeléctrica Chixoy o la construcción de los puertos—, la población empieza a anhelar la figura del "dictador ilustrado". El abuso sistemático de los amparos, los embudos asfixiantes del RGAE y el enfoque punitivo de la Contraloría General de Cuentas han creado un entorno donde es más seguro para un funcionario no hacer nada que intentar ejecutar. Se genera la ilusión de que un modelo no democrático puede simplemente saltarse la burocracia, ignorar los bloqueos y "hacer que las cosas funcionen".

La frustración, creo yo, lleva a minimizar los riesgos y a acrecentar los potenciales beneficios. A lo largo de la historia, para evitar que la frustración desemboque en la tentación por la dictadura, las sociedades han requerido cultivar tres aspectos culturales fundamentales. El primero es cultivar el sentimiento visceral sobre lo destructivo que es realmente una dictadura. En el mundo clásico de los romanos, la leyenda fundacional era la de la caída de Lucio Tarquinio, el séptimo y último rey de Roma. Su soberbia desmedida permitió que su hijo, Sexto Tarquinio, violara impunemente a la virtuosa Lucrecia, cuyo suicidio finalmente encendió la indignación del pueblo. Esta poderosa leyenda servía como un recordatorio constante sobre los terribles riesgos del poder absoluto.

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Guatemala no es ajena a este tipo de leyendas para advertirnos del riesgo de caer en dictadura, el problema es que, a pesar del aumento de alfabetismo, hemos perdido la capacidad de leer. La leyenda guatemalteca que más se acerca a este propósito preventivo es aquella narrada en El Señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias. Hoy, ante falta de entendimiento de nuestros mitos fundacionales, pareciera que hemos perdido esa desconfianza, esa repulsión.

El segundo aspecto cultural es la adopción de lo que se llama “moderación institucional” (institutional forbearance). La historia que sirve de moraleja son las acciones de Tiberio Graco en la antigua Roma. Teniendo el puesto de tribuno, Graco decidió llevar su poder al extremo y paralizar el Estado completamente —deteniendo las finanzas y los tribunales— como represalia ante la oposición del senado a su propuesta de reforma agraria. Su disposición radical de emplear el veto hasta sus últimas consecuencias legales no tenía precedente y terminó por sembrar las semillas para la muerte de la república. Graco decidió emplear toda la fuerza que la letra de la ley le otorgaba para tratar de destruir a sus enemigos políticos, un ejemplo de intransigencia legal que inspiraría posteriormente a figuras como a Cayo Mario y Julio César, eventualmente dando paso a la guerra civil.

Guatemala, creo que es evidente en la última década, cómo la falta de moderación institucional ha llevado a la creciente polarización política: el aparato público se vuelve una trinchera para atacar contrincantes. Esfuerzos por bajar la intensidad del conflicto se ven como debilidad y sólo envalentonan más al contrincante. Cada coma de la ley, no importando dónde esté, se emplea como puñal. Aquello que llaman “lawfare”, se emplea por ambos bandos. Por eso es importante la discusión sobre la moderación institucional, porque, la alternativa, como diría el dicho japonés, es esta: “antes que te decidas por el camino de la venganza, cava dos tumbas”.

Por último, para que la frustración ceda el paso al desarrollo, se requiere un tercer aspecto cultural: el entendimiento y la audacia para elaborar reformas de política pública que conjuguen la construcción de la "capacidad estatal" de Francis Fukuyama con el pragmatismo del "posibilismo" de Albert O. Hirschman. Un Estado moderno no puede planificar a largo plazo si sus cuadros técnicos más sofisticados están bajo el asedio constante de la burocracia defensiva o si no cuenta con mecanismos para el reclutamiento de talento especializado.

Si no logramos que las instituciones funcionen y seguimos alimentando este fuego en hojarasca con parálisis constante, la frustración terminará por consumirlo todo. Y cuando el sistema democrático finalmente ceda, no debemos engañarnos: no surgirá de sus cenizas un Park Chung-hee que modernice el país. Lo que nos espera al final de ese camino sin moderación es, irremediablemente, la figura sombría del Señor Presidente; esa dictadura descarada, insaciable e ignorante del trópico que terminará por arrebatarnos todo.

 

Frustración y Dictadura

Lisardo Bolaños |
22 de abril, 2026
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Es evidente la creciente frustración de muchos segmentos de la población. La brecha entre grandes expectativas y la crasa incapacidad de gestión pública; años de creciente esclerosis institucional; nuevos grupos e instituciones aprendiendo a ejercer vetos, etc., etc. Esta frustración, cuando observan que el gobierno no logra resolver problemas apremiantes de la población está empujando a muchos a una conclusión peligrosa: Guatemala necesita un dictador. Algunos, más sofisticados, o más prudentes, murmuran su deseo por la aparición de un líder providencial, un “dictador ilustrado”, a la manera de Federico el Grande de Prusia, alguien capaz de imponer la eficiencia y el orden por la fuerza, o, un referente más moderno y menos autoritario, un Lee Kwan Yew, de Singapur.

La ciudadanía percibe que la democracia, en su diseño actual, ha perdido por completo la capacidad de ejecución de políticas relevantes. Cuando un Estado no puede prevenir tragedias básicas —como el brote de sarampión por falta de vacunas— ni ejecutar megaproyectos transformacionales que muevan la aguja macroeconómica —como lo fueron en su momento la hidroeléctrica Chixoy o la construcción de los puertos—, la población empieza a anhelar la figura del "dictador ilustrado". El abuso sistemático de los amparos, los embudos asfixiantes del RGAE y el enfoque punitivo de la Contraloría General de Cuentas han creado un entorno donde es más seguro para un funcionario no hacer nada que intentar ejecutar. Se genera la ilusión de que un modelo no democrático puede simplemente saltarse la burocracia, ignorar los bloqueos y "hacer que las cosas funcionen".

La frustración, creo yo, lleva a minimizar los riesgos y a acrecentar los potenciales beneficios. A lo largo de la historia, para evitar que la frustración desemboque en la tentación por la dictadura, las sociedades han requerido cultivar tres aspectos culturales fundamentales. El primero es cultivar el sentimiento visceral sobre lo destructivo que es realmente una dictadura. En el mundo clásico de los romanos, la leyenda fundacional era la de la caída de Lucio Tarquinio, el séptimo y último rey de Roma. Su soberbia desmedida permitió que su hijo, Sexto Tarquinio, violara impunemente a la virtuosa Lucrecia, cuyo suicidio finalmente encendió la indignación del pueblo. Esta poderosa leyenda servía como un recordatorio constante sobre los terribles riesgos del poder absoluto.

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Guatemala no es ajena a este tipo de leyendas para advertirnos del riesgo de caer en dictadura, el problema es que, a pesar del aumento de alfabetismo, hemos perdido la capacidad de leer. La leyenda guatemalteca que más se acerca a este propósito preventivo es aquella narrada en El Señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias. Hoy, ante falta de entendimiento de nuestros mitos fundacionales, pareciera que hemos perdido esa desconfianza, esa repulsión.

El segundo aspecto cultural es la adopción de lo que se llama “moderación institucional” (institutional forbearance). La historia que sirve de moraleja son las acciones de Tiberio Graco en la antigua Roma. Teniendo el puesto de tribuno, Graco decidió llevar su poder al extremo y paralizar el Estado completamente —deteniendo las finanzas y los tribunales— como represalia ante la oposición del senado a su propuesta de reforma agraria. Su disposición radical de emplear el veto hasta sus últimas consecuencias legales no tenía precedente y terminó por sembrar las semillas para la muerte de la república. Graco decidió emplear toda la fuerza que la letra de la ley le otorgaba para tratar de destruir a sus enemigos políticos, un ejemplo de intransigencia legal que inspiraría posteriormente a figuras como a Cayo Mario y Julio César, eventualmente dando paso a la guerra civil.

Guatemala, creo que es evidente en la última década, cómo la falta de moderación institucional ha llevado a la creciente polarización política: el aparato público se vuelve una trinchera para atacar contrincantes. Esfuerzos por bajar la intensidad del conflicto se ven como debilidad y sólo envalentonan más al contrincante. Cada coma de la ley, no importando dónde esté, se emplea como puñal. Aquello que llaman “lawfare”, se emplea por ambos bandos. Por eso es importante la discusión sobre la moderación institucional, porque, la alternativa, como diría el dicho japonés, es esta: “antes que te decidas por el camino de la venganza, cava dos tumbas”.

Por último, para que la frustración ceda el paso al desarrollo, se requiere un tercer aspecto cultural: el entendimiento y la audacia para elaborar reformas de política pública que conjuguen la construcción de la "capacidad estatal" de Francis Fukuyama con el pragmatismo del "posibilismo" de Albert O. Hirschman. Un Estado moderno no puede planificar a largo plazo si sus cuadros técnicos más sofisticados están bajo el asedio constante de la burocracia defensiva o si no cuenta con mecanismos para el reclutamiento de talento especializado.

Si no logramos que las instituciones funcionen y seguimos alimentando este fuego en hojarasca con parálisis constante, la frustración terminará por consumirlo todo. Y cuando el sistema democrático finalmente ceda, no debemos engañarnos: no surgirá de sus cenizas un Park Chung-hee que modernice el país. Lo que nos espera al final de ese camino sin moderación es, irremediablemente, la figura sombría del Señor Presidente; esa dictadura descarada, insaciable e ignorante del trópico que terminará por arrebatarnos todo.

 

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