“Entre la Guerra y el Deshonor”
El 30 de septiembre de 1938, Neville Chamberlain, primer ministro del Reino Unido entre 1937 y 1940, regresó a Londres tras haber firmado el Acuerdo de Múnich con Alemania. Fue recibido como un héroe. Este acuerdo permitió a Alemania anexar los Sudetes, una región de Checoslovaquia. En Londres hubo caravanas, desfiles, y bombos y platillos que celebraban a Chamberlain por haber evitado una guerra.
Luego del Tratado de Versalles, que puso fin a la Primera Guerra Mundial, Alemania quedó muy debilitada debido a las duras sanciones económicas y territoriales que le fueron impuestas. Esta situación alimentó el resentimiento de Hitler, quien consideraba el tratado injusto y amenazaba con iniciar una guerra si no se modificaba. Como nadie quería otro conflicto, Chamberlain, con respaldo popular, cedió los Sudetes con la esperanza de mantener la paz. De ahí surge su famosa frase, “peace for our time”.
Sin embargo, hubo un político que no se unió a las celebraciones. Winston Churchill advirtió que concederle a Hitler lo que quería solo lo alentaría a exigir más; “se les dio a elegir entre la guerra y el deshonor. Eligieron el deshonor y tendrán la guerra”, sentenció Churchill. Por su parte, Francia, con la arrogancia que caracteriza a los franceses, confiaba en su poder militar, especialmente en su Armée de l'Air. Consideraban que Alemania no representaría una amenaza para ellos. Al cabo de un año, Hitler había tomado toda Checoslovaquia e invadido Polonia. La Segunda Guerra Mundial había iniciado. Todos sabemos lo que pasó después: la historia le dio la razón a Churchill.
Desde la creación del Estado de Israel en 1948, ninguna amenaza ha sido tan explícita como la del régimen de los ayatolás al afirmar que Israel debe desaparecer. Esta postura no puede ser ignorada por el resto del mundo y, mucho menos, por Israel. Irán ha desarrollado un programa nuclear desde 1957, inicialmente con apoyo de Estados Unidos dentro del programa “Átomos para la Paz”. Sin embargo, con el paso del tiempo, este programa ha generado preocupación. Diversos informes de inteligencia, entre ellos del Mossad, apuntan a posibles avances con fines bélicos. Esta combinación de discurso hostil y capacidad nuclear representa un riesgo real para la estabilidad mundial.
Por otro lado, el Medio Oriente sigue siendo una región clave para el equilibrio económico global, especialmente por su impacto en los mercados del petróleo. Una derrota de Estados Unidos frente a Irán, que le permita continuar con su programa nuclear y consolidar el control del estrecho de Hormuz, podría ocasionar una reacción en cadena. China invade Taiwán, Rusia avanza sobre los países bálticos, Corea del Norte toma Corea del Sur y, quién quita, Guatemala invade Belice. La historia nos enseña lo que pasa cuando se ignoran las amenazas.
La pregunta es si esta vez queremos aprenderlo o repetirlo. Nadie quiere ser hoy un Churchill, quizá porque asumir ese papel resulta incómodo. En su momento, muchos atacaron a Churchill y celebraron el deshonor. Al final, la historia fue la que habló. Y nadie quiere ser recordado como un Chamberlain. ¿Pero quién se atreve a ser el Winston Churchill de hoy?
“Entre la Guerra y el Deshonor”
El 30 de septiembre de 1938, Neville Chamberlain, primer ministro del Reino Unido entre 1937 y 1940, regresó a Londres tras haber firmado el Acuerdo de Múnich con Alemania. Fue recibido como un héroe. Este acuerdo permitió a Alemania anexar los Sudetes, una región de Checoslovaquia. En Londres hubo caravanas, desfiles, y bombos y platillos que celebraban a Chamberlain por haber evitado una guerra.
Luego del Tratado de Versalles, que puso fin a la Primera Guerra Mundial, Alemania quedó muy debilitada debido a las duras sanciones económicas y territoriales que le fueron impuestas. Esta situación alimentó el resentimiento de Hitler, quien consideraba el tratado injusto y amenazaba con iniciar una guerra si no se modificaba. Como nadie quería otro conflicto, Chamberlain, con respaldo popular, cedió los Sudetes con la esperanza de mantener la paz. De ahí surge su famosa frase, “peace for our time”.
Sin embargo, hubo un político que no se unió a las celebraciones. Winston Churchill advirtió que concederle a Hitler lo que quería solo lo alentaría a exigir más; “se les dio a elegir entre la guerra y el deshonor. Eligieron el deshonor y tendrán la guerra”, sentenció Churchill. Por su parte, Francia, con la arrogancia que caracteriza a los franceses, confiaba en su poder militar, especialmente en su Armée de l'Air. Consideraban que Alemania no representaría una amenaza para ellos. Al cabo de un año, Hitler había tomado toda Checoslovaquia e invadido Polonia. La Segunda Guerra Mundial había iniciado. Todos sabemos lo que pasó después: la historia le dio la razón a Churchill.
Desde la creación del Estado de Israel en 1948, ninguna amenaza ha sido tan explícita como la del régimen de los ayatolás al afirmar que Israel debe desaparecer. Esta postura no puede ser ignorada por el resto del mundo y, mucho menos, por Israel. Irán ha desarrollado un programa nuclear desde 1957, inicialmente con apoyo de Estados Unidos dentro del programa “Átomos para la Paz”. Sin embargo, con el paso del tiempo, este programa ha generado preocupación. Diversos informes de inteligencia, entre ellos del Mossad, apuntan a posibles avances con fines bélicos. Esta combinación de discurso hostil y capacidad nuclear representa un riesgo real para la estabilidad mundial.
Por otro lado, el Medio Oriente sigue siendo una región clave para el equilibrio económico global, especialmente por su impacto en los mercados del petróleo. Una derrota de Estados Unidos frente a Irán, que le permita continuar con su programa nuclear y consolidar el control del estrecho de Hormuz, podría ocasionar una reacción en cadena. China invade Taiwán, Rusia avanza sobre los países bálticos, Corea del Norte toma Corea del Sur y, quién quita, Guatemala invade Belice. La historia nos enseña lo que pasa cuando se ignoran las amenazas.
La pregunta es si esta vez queremos aprenderlo o repetirlo. Nadie quiere ser hoy un Churchill, quizá porque asumir ese papel resulta incómodo. En su momento, muchos atacaron a Churchill y celebraron el deshonor. Al final, la historia fue la que habló. Y nadie quiere ser recordado como un Chamberlain. ¿Pero quién se atreve a ser el Winston Churchill de hoy?
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: