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En El Estor la “autoridad” se pifió

.
Luis Figueroa |
29 de agosto, 2025

Técnicamente, pifiarse es golpear en falso la bola de billar, pero uno se pifia cuando mete la pata de forma monumental. De esa palabra me acordé cuando leí que, en El Estor, Izabal, la “fuerza pública” se apersonó para ejecutar el desalojo de usurpadores que, desde 2017, tenían invadida una propiedad.

Después de ocho años, las autoridades llegaron, vieron y se pifiaron, porque los usurpadores usaron niños como escudos para evitar que se cumplieran la ley y la resolución judicial que ordenaba su desalojo. Esa pifia fue faraónica: quedó claro que la autoridad no tiene autoridad, que las autoridades (sin autoridad) no sirven a la justicia, que el cumplimiento de la ley es opcional, que las resoluciones judiciales son solo para quienes no tienen las agallas de retarlas y que, en Guatemala, la propiedad (como la vida y la libertad) no tiene quien la proteja y está a merced de la violencia.

Yo quisiera ser una mosca en la pared durante la sesión de junta directiva en una corporación grande que esté evaluando invertir en Guatemala. Sin puertos, sin carreteras, sin aeropuertos, sin un sistema de justicia funcional y sin seguridad ciudadana. Por eso, la pifia en El Estor es colosal. ¿Quién va a invertir en un país en el que los tribunales tardan ocho años en restituir su propiedad (si es invadida) y la policía no actúa en su defensa cuando debe hacerlo?

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Lo de El Estor fue una pifia porque la propiedad es un derecho individual, y los derechos individuales son principios morales objetivos derivados de la naturaleza racional del ser humano y su necesidad de libertad para vivir y prosperar. Se basan en la realidad, no en acuerdos subjetivos. De ahí que los derechos individuales deban prevalecer sobre los intereses colectivos. Uno de mis maestros decía que es de interés colectivo, que se respeten los derechos individuales, pero ese motivo colectivista no es suficiente.

Al margen de los intereses colectivos, los derechos individuales delimitan la esfera de acción en la que, como individuo, puedes actuar libremente sin interferencia de otros (individuos o grupos).

La lección de El Estor no es solo una advertencia, es un llamado a actuar: sin respeto por la propiedad, no hay libertad ni futuro.

Son un reconocimiento moral de que la coerción (fuerza o fraude) es incompatible con tu naturaleza racional de ser humano.

Dicho lo anterior, ¿la propiedad es un derecho? Veamos: Tu propiedad es el fruto de tu vida y de tu libertad. Es esa parte de la naturaleza que conviertes en valor mediante tu talento, tu trabajo, tu energía, tu tiempo, y también es la propiedad de otros que adquieres mediante el intercambio. Valor, por cierto, es todo aquello que quieres conseguir o conservar. Los valores morales son los que consigues de forma virtuosa.

De ahí que los usurpadores no tengan la calidad moral necesaria para reclamar como propiedad los bienes que invaden. De ahí que la usurpación, basada en el uso de la fuerza o el fraude, no sea distinta al robo. ¡Y no hay forma racional de que el robo sea un derecho que deba ser protegido! Ni siquiera si el robo es “en mara”, como ocurre con las invasiones. ¿Ves lo descomunal de la pifia en El Estor?

La propiedad no se “repiensa”, como dijo un sinvergüenza relator de la ONU al sugerir que se debe imponer una moratoria a los desalojos en los casos de usurpaciones. Las autoridades (sin autoridad) y quienes normalizan las invasiones se pifian, del mismo modo en que nos pifiamos los chapines cuando minamos los principios morales que hacen posible la cooperación social y la prosperidad. No se puede vivir en sociedad, es decir, en paz y con base en acuerdos y contratos, si no se protegen los principios sobre los que se sostiene la sociedad: la vida, la libertad y la propiedad.

No debemos seguir pifiándonos. Si queremos prosperidad y justicia en Guatemala, debemos defender los derechos individuales con firmeza. La lección de El Estor no es solo una advertencia, es un llamado a actuar: sin respeto por la propiedad, no hay libertad ni futuro.

En El Estor la “autoridad” se pifió

Luis Figueroa |
29 de agosto, 2025
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Técnicamente, pifiarse es golpear en falso la bola de billar, pero uno se pifia cuando mete la pata de forma monumental. De esa palabra me acordé cuando leí que, en El Estor, Izabal, la “fuerza pública” se apersonó para ejecutar el desalojo de usurpadores que, desde 2017, tenían invadida una propiedad.

Después de ocho años, las autoridades llegaron, vieron y se pifiaron, porque los usurpadores usaron niños como escudos para evitar que se cumplieran la ley y la resolución judicial que ordenaba su desalojo. Esa pifia fue faraónica: quedó claro que la autoridad no tiene autoridad, que las autoridades (sin autoridad) no sirven a la justicia, que el cumplimiento de la ley es opcional, que las resoluciones judiciales son solo para quienes no tienen las agallas de retarlas y que, en Guatemala, la propiedad (como la vida y la libertad) no tiene quien la proteja y está a merced de la violencia.

Yo quisiera ser una mosca en la pared durante la sesión de junta directiva en una corporación grande que esté evaluando invertir en Guatemala. Sin puertos, sin carreteras, sin aeropuertos, sin un sistema de justicia funcional y sin seguridad ciudadana. Por eso, la pifia en El Estor es colosal. ¿Quién va a invertir en un país en el que los tribunales tardan ocho años en restituir su propiedad (si es invadida) y la policía no actúa en su defensa cuando debe hacerlo?

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Lo de El Estor fue una pifia porque la propiedad es un derecho individual, y los derechos individuales son principios morales objetivos derivados de la naturaleza racional del ser humano y su necesidad de libertad para vivir y prosperar. Se basan en la realidad, no en acuerdos subjetivos. De ahí que los derechos individuales deban prevalecer sobre los intereses colectivos. Uno de mis maestros decía que es de interés colectivo, que se respeten los derechos individuales, pero ese motivo colectivista no es suficiente.

Al margen de los intereses colectivos, los derechos individuales delimitan la esfera de acción en la que, como individuo, puedes actuar libremente sin interferencia de otros (individuos o grupos).

La lección de El Estor no es solo una advertencia, es un llamado a actuar: sin respeto por la propiedad, no hay libertad ni futuro.

Son un reconocimiento moral de que la coerción (fuerza o fraude) es incompatible con tu naturaleza racional de ser humano.

Dicho lo anterior, ¿la propiedad es un derecho? Veamos: Tu propiedad es el fruto de tu vida y de tu libertad. Es esa parte de la naturaleza que conviertes en valor mediante tu talento, tu trabajo, tu energía, tu tiempo, y también es la propiedad de otros que adquieres mediante el intercambio. Valor, por cierto, es todo aquello que quieres conseguir o conservar. Los valores morales son los que consigues de forma virtuosa.

De ahí que los usurpadores no tengan la calidad moral necesaria para reclamar como propiedad los bienes que invaden. De ahí que la usurpación, basada en el uso de la fuerza o el fraude, no sea distinta al robo. ¡Y no hay forma racional de que el robo sea un derecho que deba ser protegido! Ni siquiera si el robo es “en mara”, como ocurre con las invasiones. ¿Ves lo descomunal de la pifia en El Estor?

La propiedad no se “repiensa”, como dijo un sinvergüenza relator de la ONU al sugerir que se debe imponer una moratoria a los desalojos en los casos de usurpaciones. Las autoridades (sin autoridad) y quienes normalizan las invasiones se pifian, del mismo modo en que nos pifiamos los chapines cuando minamos los principios morales que hacen posible la cooperación social y la prosperidad. No se puede vivir en sociedad, es decir, en paz y con base en acuerdos y contratos, si no se protegen los principios sobre los que se sostiene la sociedad: la vida, la libertad y la propiedad.

No debemos seguir pifiándonos. Si queremos prosperidad y justicia en Guatemala, debemos defender los derechos individuales con firmeza. La lección de El Estor no es solo una advertencia, es un llamado a actuar: sin respeto por la propiedad, no hay libertad ni futuro.

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