El trabajo por sí solo no es un valor. Encima, la fiesta de hoy tiene un origen enraizado en la Segunda Internacional, a la sombra de la ideología totalitaria y colectivista que —desde Moscú y luego desde Pekín— costó más de 100 millones de muertos en el siglo XX y aún cuesta vidas en Cuba y en Corea del Norte. En Guatemala todavía hay quienes suspiran por el socialismo y el comunismo, lo cual es inexplicable a la luz de sus resultados económicos y, sobre todo, morales.
Aquello, sin embargo, no quita que sea buena idea meditar sobre el trabajo. Para el negrito del batey, como dice la canción, el trabajo se le deja todo al buey porque el trabajo lo hizo un dios como castigo.
Desde la perspectiva de la Escuela Austríaca el trabajo “es desútil”, solía decir mi maestro Manuel F. Ayau para explicar que “preferimos no hacerlo”. Cuando trabajamos renunciamos al esparcimiento y al ocio creativo (así lo llamaba mi maestra Lucy Martínez-Mont). Renunciamos al tiempo que podríamos usar para otras cosas, de tal manera que los seres humanos generalmente tratamos de obtener satisfacciones con la menor cantidad de trabajo y esfuerzo posibles. Muso explicaba que el trabajo, en sí, no es un beneficio, sino que es la actividad (física o intelectual) a cambio de la cual obtenemos beneficios.
Al concepto desútil de trabajo, el Objetivismo le añade un detalle que lo convierte en valioso: el de la productividad. El trabajo productivo no es un deber impuesto desde afuera, ni una mera forma de ganarse la vida. La productividad es una virtud cardinal relacionada con tu dedicación consciente a la tarea de crear valores materiales o espirituales que sostengan y enriquezcan tu propia vida y la de los demás, mediante el ejercicio de la razón.
Dicho de otra forma, es el proceso por el cual conviertes los productos de tu mente en realidad. No se trata de “trabajar duro”, sino de producir —crear bienes, servicios, conocimientos, arte o invenciones— que sean objetivamente valiosos para la vida humana.
Los humanos debemos producir para sobrevivir. A diferencia de los animales, que encuentran en la naturaleza lo que necesitan, los humanos debemos transformar la naturaleza mediante nuestra razón y esto no es opcional: sin producción no hay comida, techo, medicinas ni tecnología. El trabajo productivo es la principal forma en que realizamos nuestro valor como seres racionales. El trabajo productivo es la evidencia de que uno es competente para vivir. Rand lo expresa con claridad: “La autoestima es la convicción de que uno es capaz de vivir y merecedor de vivir”. Esa convicción se gana, en gran medida, por medio del esfuerzo productivo sostenido. El trabajo productivo es, por lo tanto, una exigencia moral de la vida como hombre. No es un sacrificio; es el medio por el cual uno gana su felicidad.
Tómate aquí un par de minutos para meditar sobre las ideas anteriores porque contradicen mucho de lo que se nos enseña a lo largo de nuestras vidas.
El trabajo productivo es racional, voluntario, orientado a valores, de largo plazo y egoísta. ¿Qué quiere decir esto? Que se basa en la identificación correcta de la realidad y en el pensamiento independiente. Que surge del propio juicio y propósito personal. Produce valores objetivos, o sea cosas que realmente promueven la vida y no es ni actividad frenética ni ocupación inútil. Que implica planificación, perseverancia y mejora continua. Que se hace primero para uno mismo y que el beneficio para otros es consecuencia, no objetivo primario.
Tómate aquí otro par de minutos para meditar.
La fiesta de hoy debería ser la del trabajo productivo físico e intelectual, y no la del músculo. La fiesta de hoy debería celebrar la virtud de la productividad y no el sacrificio, el castigo ni la ocupación inútil. La fiesta de hoy no debería estar vinculada al colectivismo, al totalitarismo, la supuesta lucha de clases ni a una ideología que cobró más de 100 millones de vidas humanas; sino a la celebración de la vida, la prosperidad y la cooperación social.
La productividad no es un castigo místico, ni una obligación colectiva: es la forma más noble y egoísta de afirmar la propia vida.
El trabajo por sí solo no es un valor. Encima, la fiesta de hoy tiene un origen enraizado en la Segunda Internacional, a la sombra de la ideología totalitaria y colectivista que —desde Moscú y luego desde Pekín— costó más de 100 millones de muertos en el siglo XX y aún cuesta vidas en Cuba y en Corea del Norte. En Guatemala todavía hay quienes suspiran por el socialismo y el comunismo, lo cual es inexplicable a la luz de sus resultados económicos y, sobre todo, morales.
Aquello, sin embargo, no quita que sea buena idea meditar sobre el trabajo. Para el negrito del batey, como dice la canción, el trabajo se le deja todo al buey porque el trabajo lo hizo un dios como castigo.
Desde la perspectiva de la Escuela Austríaca el trabajo “es desútil”, solía decir mi maestro Manuel F. Ayau para explicar que “preferimos no hacerlo”. Cuando trabajamos renunciamos al esparcimiento y al ocio creativo (así lo llamaba mi maestra Lucy Martínez-Mont). Renunciamos al tiempo que podríamos usar para otras cosas, de tal manera que los seres humanos generalmente tratamos de obtener satisfacciones con la menor cantidad de trabajo y esfuerzo posibles. Muso explicaba que el trabajo, en sí, no es un beneficio, sino que es la actividad (física o intelectual) a cambio de la cual obtenemos beneficios.
Al concepto desútil de trabajo, el Objetivismo le añade un detalle que lo convierte en valioso: el de la productividad. El trabajo productivo no es un deber impuesto desde afuera, ni una mera forma de ganarse la vida. La productividad es una virtud cardinal relacionada con tu dedicación consciente a la tarea de crear valores materiales o espirituales que sostengan y enriquezcan tu propia vida y la de los demás, mediante el ejercicio de la razón.
Dicho de otra forma, es el proceso por el cual conviertes los productos de tu mente en realidad. No se trata de “trabajar duro”, sino de producir —crear bienes, servicios, conocimientos, arte o invenciones— que sean objetivamente valiosos para la vida humana.
Los humanos debemos producir para sobrevivir. A diferencia de los animales, que encuentran en la naturaleza lo que necesitan, los humanos debemos transformar la naturaleza mediante nuestra razón y esto no es opcional: sin producción no hay comida, techo, medicinas ni tecnología. El trabajo productivo es la principal forma en que realizamos nuestro valor como seres racionales. El trabajo productivo es la evidencia de que uno es competente para vivir. Rand lo expresa con claridad: “La autoestima es la convicción de que uno es capaz de vivir y merecedor de vivir”. Esa convicción se gana, en gran medida, por medio del esfuerzo productivo sostenido. El trabajo productivo es, por lo tanto, una exigencia moral de la vida como hombre. No es un sacrificio; es el medio por el cual uno gana su felicidad.
Tómate aquí un par de minutos para meditar sobre las ideas anteriores porque contradicen mucho de lo que se nos enseña a lo largo de nuestras vidas.
El trabajo productivo es racional, voluntario, orientado a valores, de largo plazo y egoísta. ¿Qué quiere decir esto? Que se basa en la identificación correcta de la realidad y en el pensamiento independiente. Que surge del propio juicio y propósito personal. Produce valores objetivos, o sea cosas que realmente promueven la vida y no es ni actividad frenética ni ocupación inútil. Que implica planificación, perseverancia y mejora continua. Que se hace primero para uno mismo y que el beneficio para otros es consecuencia, no objetivo primario.
Tómate aquí otro par de minutos para meditar.
La fiesta de hoy debería ser la del trabajo productivo físico e intelectual, y no la del músculo. La fiesta de hoy debería celebrar la virtud de la productividad y no el sacrificio, el castigo ni la ocupación inútil. La fiesta de hoy no debería estar vinculada al colectivismo, al totalitarismo, la supuesta lucha de clases ni a una ideología que cobró más de 100 millones de vidas humanas; sino a la celebración de la vida, la prosperidad y la cooperación social.
La productividad no es un castigo místico, ni una obligación colectiva: es la forma más noble y egoísta de afirmar la propia vida.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: