Pocos temas se mantienen tanto tiempo en la discusión pública como ha sido el caso del tráfico en la Ciudad de Guatemala. Y aunque uno quisiera que la conversación alrededor del tema fuera en tono propositivo, es imposible obviar que las posturas están llenas de hastío, frustración, y, tengo que reconocerlo, de oportunismo político.
Y aunque no puedo considerarme un experto en esta área vital del desarrollo urbano, creo que puedo aportar algunas luces y sombras sobre el camino que se debe recorrer para encontrar una solución que genere alguna mejoría perceptible en el corto plazo.
En primer lugar, debe existir un reconocimiento de que el problema se origina en nosotros mismos: un grupo creciente de usuarios que deseamos utilizar un espacio público limitado, finito, y que no crece. El tráfico no lo hacen otros, lo hacemos nosotros cada vez que nos volcamos a las calles, ya de por sí congestionadas, con el ánimo llegar a algún destino.
Lo segundo que quiero aportar, es que hay un desbordamiento de utilización del espacio público, lo que da como resultado un incremento en la congestión. Dicho de otra forma, en la medida en que se añaden vehículos al espacio público existente, la velocidad se reduce, y el tiempo de traslado se incrementa exponencialmente. Una vez se satura la vía, la velocidad se reduce a cero y el tiempo se vuelve infinito.
Y, precisamente, esto es lo que ha sucedido en la Ciudad. En los últimos 20 años, el número de vehículos que ejercen presión sobre la red vial existente se ha multiplicado por 5 veces, y el número de motocicletas que tratan de ocupar el mismo kilómetro de calles se ha multiplicado por 10 veces en el mismo período.
Los datos confirman la teoría. En 2015, se registraban tiempos entre 2 y 3 horas para ingresar a la Ciudad por sus cuatro accesos principales, con una cantidad promedio de más o menos 288,000 vehículos diarios. Diez años después, el Plan Maestro de Movilidad para el Área Metropolitana reporta un promedio diario de más de 821,000 vehículos ingresando a la Ciudad, lo que da como resultado tiempos que rondan las 4 horas por acceso, con agravantes en horas pico o cuándo se presentan eventos fortuitos.
Los resultados de no poder contener esta situación son lamentables: cada día se registran 7 fallecidos y 27 lesionados por accidentes de tránsito. A un guatemalteco, en edad productiva, el tráfico le representa una pérdida de productividad en el orden de los Q1,300 mensuales, lo que equivale al 9.4% del PIB del Departamento de Guatemala.
Y respecto de este último punto quiero hacer una salvedad: El tráfico ya no es un problema que se circunscribe al Municipio de Guatemala o al Departamento de Guatemala. Viendo los mapas de aglomeración y desplazamientos registrados, estamos hablando de un problema que afecta a una población de casi 5 millones de guatemaltecos, distribuidos en 44 municipios conurbados.
¿Qué podemos hacer? De mi parte, creo que debemos iniciar por reconocer la multicausalidad del problema. Pretender que con una ley más o un carro menos se resuelva el tráfico, es pecar de ingenuos. En un inicio, propondría contar con algún tipo de autoridad metropolitana a cargo de conocer y abordar el problema, a lo que se deben sumar sistemas de información, capacidad de análisis, financiamiento, tecnología y algún tipo de regulación complementaria (e. g. revisión del tema de multas y seguros en el Reglamento de Tránsito).
Contando con el andamiaje institucional necesario, ya podremos empezar a hablar del déficit que existe en infraestructura (i. e. Plan de Movilidad propuesto por KOICA para el Área Metropolitana), de la necesidad de mejorar la circulación en los corredores principales de la Ciudad (e. g. semáforos, cruces innecesarios, bloqueos a intersecciones, etc.), y de la deuda que se tiene con el ciudadano en cuanto a un sistema multimodal de transporte masivo, que no solamente conecte por medio de rutas largas, sino que se complemente con rutas cortas en aquellos lugares con una mayor demanda comprobada.
Finalmente, el tráfico no debe verse como una cuestión de vehículos, sino como una mala respuesta al tema de vivienda. Si no somos capaces de reducir el número diario de traslados y las distancias recorridas, solamente iremos agravando el problema. Es posible pensar en espacios mejor articulados dentro de la Ciudad, con cercanía de fuentes de empleo, servicios y vivienda, a lo que debe sumarse una mayor seguridad para propiciar los desplazamientos a pie o por vehículos no motorizados.
No me alcanza el espacio para compartir y rebatir las ideas que muchos me han compartido, pero creo que es suficiente para enfatizar la emergencia que el tráfico representa, y la urgencia que supone contar con algún tipo de coordinación entre actores para que no siga empeorando la calidad de vida de todos los que tenemos nuestro hogar en la Ciudad.
Pocos temas se mantienen tanto tiempo en la discusión pública como ha sido el caso del tráfico en la Ciudad de Guatemala. Y aunque uno quisiera que la conversación alrededor del tema fuera en tono propositivo, es imposible obviar que las posturas están llenas de hastío, frustración, y, tengo que reconocerlo, de oportunismo político.
Y aunque no puedo considerarme un experto en esta área vital del desarrollo urbano, creo que puedo aportar algunas luces y sombras sobre el camino que se debe recorrer para encontrar una solución que genere alguna mejoría perceptible en el corto plazo.
En primer lugar, debe existir un reconocimiento de que el problema se origina en nosotros mismos: un grupo creciente de usuarios que deseamos utilizar un espacio público limitado, finito, y que no crece. El tráfico no lo hacen otros, lo hacemos nosotros cada vez que nos volcamos a las calles, ya de por sí congestionadas, con el ánimo llegar a algún destino.
Lo segundo que quiero aportar, es que hay un desbordamiento de utilización del espacio público, lo que da como resultado un incremento en la congestión. Dicho de otra forma, en la medida en que se añaden vehículos al espacio público existente, la velocidad se reduce, y el tiempo de traslado se incrementa exponencialmente. Una vez se satura la vía, la velocidad se reduce a cero y el tiempo se vuelve infinito.
Y, precisamente, esto es lo que ha sucedido en la Ciudad. En los últimos 20 años, el número de vehículos que ejercen presión sobre la red vial existente se ha multiplicado por 5 veces, y el número de motocicletas que tratan de ocupar el mismo kilómetro de calles se ha multiplicado por 10 veces en el mismo período.
Los datos confirman la teoría. En 2015, se registraban tiempos entre 2 y 3 horas para ingresar a la Ciudad por sus cuatro accesos principales, con una cantidad promedio de más o menos 288,000 vehículos diarios. Diez años después, el Plan Maestro de Movilidad para el Área Metropolitana reporta un promedio diario de más de 821,000 vehículos ingresando a la Ciudad, lo que da como resultado tiempos que rondan las 4 horas por acceso, con agravantes en horas pico o cuándo se presentan eventos fortuitos.
Los resultados de no poder contener esta situación son lamentables: cada día se registran 7 fallecidos y 27 lesionados por accidentes de tránsito. A un guatemalteco, en edad productiva, el tráfico le representa una pérdida de productividad en el orden de los Q1,300 mensuales, lo que equivale al 9.4% del PIB del Departamento de Guatemala.
Y respecto de este último punto quiero hacer una salvedad: El tráfico ya no es un problema que se circunscribe al Municipio de Guatemala o al Departamento de Guatemala. Viendo los mapas de aglomeración y desplazamientos registrados, estamos hablando de un problema que afecta a una población de casi 5 millones de guatemaltecos, distribuidos en 44 municipios conurbados.
¿Qué podemos hacer? De mi parte, creo que debemos iniciar por reconocer la multicausalidad del problema. Pretender que con una ley más o un carro menos se resuelva el tráfico, es pecar de ingenuos. En un inicio, propondría contar con algún tipo de autoridad metropolitana a cargo de conocer y abordar el problema, a lo que se deben sumar sistemas de información, capacidad de análisis, financiamiento, tecnología y algún tipo de regulación complementaria (e. g. revisión del tema de multas y seguros en el Reglamento de Tránsito).
Contando con el andamiaje institucional necesario, ya podremos empezar a hablar del déficit que existe en infraestructura (i. e. Plan de Movilidad propuesto por KOICA para el Área Metropolitana), de la necesidad de mejorar la circulación en los corredores principales de la Ciudad (e. g. semáforos, cruces innecesarios, bloqueos a intersecciones, etc.), y de la deuda que se tiene con el ciudadano en cuanto a un sistema multimodal de transporte masivo, que no solamente conecte por medio de rutas largas, sino que se complemente con rutas cortas en aquellos lugares con una mayor demanda comprobada.
Finalmente, el tráfico no debe verse como una cuestión de vehículos, sino como una mala respuesta al tema de vivienda. Si no somos capaces de reducir el número diario de traslados y las distancias recorridas, solamente iremos agravando el problema. Es posible pensar en espacios mejor articulados dentro de la Ciudad, con cercanía de fuentes de empleo, servicios y vivienda, a lo que debe sumarse una mayor seguridad para propiciar los desplazamientos a pie o por vehículos no motorizados.
No me alcanza el espacio para compartir y rebatir las ideas que muchos me han compartido, pero creo que es suficiente para enfatizar la emergencia que el tráfico representa, y la urgencia que supone contar con algún tipo de coordinación entre actores para que no siga empeorando la calidad de vida de todos los que tenemos nuestro hogar en la Ciudad.