Hay autores a los que no se les lee, se les caricaturiza. Maquiavelo es uno de ellos. Su nombre se ha vuelto, en la conversación ordinaria, sinónimo de astucia sin escrúpulos, manipulación fría y cinismo político. Sin embargo, basta tropezar con una frase suya para advertir que el florentino era algo más incómodo y más lúcido que un simple apologista del engaño. En una carta dirigida a Francesco Guicciardini en mayo de 1521, Maquiavelo escribe, no sin ironía, que desde hacía algún tiempo no decía nunca lo que creía, ni creía nunca lo que decía, y que, si alguna verdad se le escapaba, la escondía entre tantas mentiras que era difícil reconocerla. La carta existe y forma parte de su correspondencia de esos años.
Leída hoy, la frase no suena antigua. Suena contemporánea. Suena, incluso, demasiado familiar. Vivimos en una época en la que la mentira ha dejado de presentarse como una vergüenza para empezar a exhibirse como destreza. No se miente ya solo para ocultar hechos, sino para administrar percepciones, disciplinar emociones y fabricar realidades convenientes. Lo verdaderamente inquietante es que esta práctica ya no pertenece únicamente a los viejos aparatos de propaganda estatal. Se ha vuelto una costumbre cultural, una gramática pública y, a ratos, un criterio de éxito.
Sería un error, sin embargo, culpar a Maquiavelo de ese deterioro. Él no inventó la duplicidad del poder. La describió con una franqueza que todavía hoy incomoda. Como buen humanista del Renacimiento, comprendió que la política no se mueve en el terreno de las intenciones puras, sino en el de los hombres reales, con sus ambiciones, temores y pasiones. Por eso sigue siendo actual. No porque nos autorice a mentir, sino porque nos obliga a reconocer cuánta mentira sostiene la arquitectura del poder cuando la vigilancia cívica se adormece.
Y esa adormidera tiene hoy formas nuevas. El Reuters Institute advirtió en su Digital News Report 2024 que han crecido tanto la preocupación por la desinformación como el cansancio informativo y la evitación de noticias en numerosos países. Al mismo tiempo, el consumo noticioso se fragmenta cada vez más entre plataformas, videos breves y circuitos privados de mensajería. En paralelo, el Global Risks Report 2025 del Foro Económico Mundial sitúa la desinformación y la manipulación informativa entre los principales riesgos de corto plazo para la cohesión social y la gobernanza. Dicho de otro modo, la mentira ya no es solo un vicio moral. Es un problema estructural de la vida pública contemporánea.
En países como Guatemala, donde la conversación política suele oscilar entre la propaganda burda, el moralismo selectivo y la indignación instantánea, convendría leer a Maquiavelo con menos prejuicio y con más seriedad. No para aprender a engañar mejor, sino para inmunizarnos contra el engaño envuelto en retórica sentimental. El ciudadano ingenuo cree que la política se corrompe cuando aparecen los mentirosos. El ciudadano más sobrio entiende que la política siempre ha convivido con ellos y que, precisamente por eso, la responsabilidad de juzgar, contrastar y desconfiar nunca desaparece.
George Orwell advirtió que el lenguaje político está diseñado muchas veces para hacer veraz la mentira y respetable el asesinato. Maquiavelo, varios siglos antes, había comprendido ya que el poder suele hablar con máscaras. Entre ambos hay una continuidad incómoda. La verdad pública no se pierde de golpe, sino por habituación. Se degrada cuando dejamos de exigir precisión, cuando premiamos al que mejor simula y cuando confundimos eficacia con honestidad.
Tal vez por eso Maquiavelo siga siendo un autor necesario. No porque sea el maestro de la mentira, como repiten los lugares comunes, sino porque nos recuerda que una sociedad políticamente inmadura siempre termina admirando, temiendo o eligiendo a quienes han perfeccionado el arte de esconder una verdad entre muchas mentiras.
El prestigio de la mentira
Hay autores a los que no se les lee, se les caricaturiza. Maquiavelo es uno de ellos. Su nombre se ha vuelto, en la conversación ordinaria, sinónimo de astucia sin escrúpulos, manipulación fría y cinismo político. Sin embargo, basta tropezar con una frase suya para advertir que el florentino era algo más incómodo y más lúcido que un simple apologista del engaño. En una carta dirigida a Francesco Guicciardini en mayo de 1521, Maquiavelo escribe, no sin ironía, que desde hacía algún tiempo no decía nunca lo que creía, ni creía nunca lo que decía, y que, si alguna verdad se le escapaba, la escondía entre tantas mentiras que era difícil reconocerla. La carta existe y forma parte de su correspondencia de esos años.
Leída hoy, la frase no suena antigua. Suena contemporánea. Suena, incluso, demasiado familiar. Vivimos en una época en la que la mentira ha dejado de presentarse como una vergüenza para empezar a exhibirse como destreza. No se miente ya solo para ocultar hechos, sino para administrar percepciones, disciplinar emociones y fabricar realidades convenientes. Lo verdaderamente inquietante es que esta práctica ya no pertenece únicamente a los viejos aparatos de propaganda estatal. Se ha vuelto una costumbre cultural, una gramática pública y, a ratos, un criterio de éxito.
Sería un error, sin embargo, culpar a Maquiavelo de ese deterioro. Él no inventó la duplicidad del poder. La describió con una franqueza que todavía hoy incomoda. Como buen humanista del Renacimiento, comprendió que la política no se mueve en el terreno de las intenciones puras, sino en el de los hombres reales, con sus ambiciones, temores y pasiones. Por eso sigue siendo actual. No porque nos autorice a mentir, sino porque nos obliga a reconocer cuánta mentira sostiene la arquitectura del poder cuando la vigilancia cívica se adormece.
Y esa adormidera tiene hoy formas nuevas. El Reuters Institute advirtió en su Digital News Report 2024 que han crecido tanto la preocupación por la desinformación como el cansancio informativo y la evitación de noticias en numerosos países. Al mismo tiempo, el consumo noticioso se fragmenta cada vez más entre plataformas, videos breves y circuitos privados de mensajería. En paralelo, el Global Risks Report 2025 del Foro Económico Mundial sitúa la desinformación y la manipulación informativa entre los principales riesgos de corto plazo para la cohesión social y la gobernanza. Dicho de otro modo, la mentira ya no es solo un vicio moral. Es un problema estructural de la vida pública contemporánea.
En países como Guatemala, donde la conversación política suele oscilar entre la propaganda burda, el moralismo selectivo y la indignación instantánea, convendría leer a Maquiavelo con menos prejuicio y con más seriedad. No para aprender a engañar mejor, sino para inmunizarnos contra el engaño envuelto en retórica sentimental. El ciudadano ingenuo cree que la política se corrompe cuando aparecen los mentirosos. El ciudadano más sobrio entiende que la política siempre ha convivido con ellos y que, precisamente por eso, la responsabilidad de juzgar, contrastar y desconfiar nunca desaparece.
George Orwell advirtió que el lenguaje político está diseñado muchas veces para hacer veraz la mentira y respetable el asesinato. Maquiavelo, varios siglos antes, había comprendido ya que el poder suele hablar con máscaras. Entre ambos hay una continuidad incómoda. La verdad pública no se pierde de golpe, sino por habituación. Se degrada cuando dejamos de exigir precisión, cuando premiamos al que mejor simula y cuando confundimos eficacia con honestidad.
Tal vez por eso Maquiavelo siga siendo un autor necesario. No porque sea el maestro de la mentira, como repiten los lugares comunes, sino porque nos recuerda que una sociedad políticamente inmadura siempre termina admirando, temiendo o eligiendo a quienes han perfeccionado el arte de esconder una verdad entre muchas mentiras.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: