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El precio de llegar tarde

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Redacción República
19 de abril, 2026

Guatemala enfrenta un reto en materia regulación y política pública. La discusión sobre la iniciativa 6593, nueva ley integral contra el lavado de dinero y el financiamiento del terrorismo, no debería plantearse solamente como un cumplimiento en materia de estándares internacionales o como una reforma respaldada en tecnicismos. Es, más bien, una decisión de interés nacional. Las economías abiertas viven de la confianza. Esto en materia financiera, depende de reglas creíbles, de supervisión eficaz y de la capacidad del Estado para demostrar que entiende los riesgos que enfrenta y sabe contenerlos. 

Guatemala no discute esta reforma en abstracto. El país debe llegar a la evaluación de GAFILAT prevista para 2027 con una norma actualizada y, sobre todo, con evidencia de que su marco institucional funciona. La advertencia es clara, llegar tarde no solo expone al país a una mala calificación técnica, también abre la puerta a un deterioro reputacional que, una vez activado, es costoso de revertir. En esta materia, los países no pagan únicamente por hacer mal las cosas. Pagan, también, por hacerlas demasiado tarde. 

Conviene despejar, entonces, una confusión frecuente. Una ley moderna de prevención de lavado no es un ejercicio de relaciones públicas, sino es una pieza de infraestructura económica. Sirve para reducir incertidumbre, bajar costos de transacción y sostener la confianza entre actores que no se conocen entre sí, pero deben operar juntos, por ejemplo, bancos corresponsales, inversionistas, exportadores, aseguradoras, proveedores, clientes y autoridades. Cuando esa infraestructura es débil, la economía no se detiene de un día para otro. Simplemente empieza a volverse más cara, más lenta y más desconfiada. 

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Ese costo no se queda en los grandes balances. Baja por toda la estructura económica. Guatemala recibió US$25,530.2 millones en remesas en 2025. Detrás de esa cifra hay consumo, alquileres, colegiaturas, medicinas, pequeños negocios familiares y liquidez cotidiana para millones de hogares. Si un país cae bajo monitoreo reforzado, la famosa lista gris, el primer efecto no suele ser un colapso espectacular. Suele ser algo más silencioso, mayor cautela en la red internacional que sostiene pagos, transferencias y relaciones de corresponsalía. Por su parte, más revisiones implican más cumplimiento y esto se traduce en más costo. Este costo termina trasladándose a comisiones más altas, más demoras y más fricciones para quienes menos margen tienen para absorberlas. 

Una economía que aspira a atraer inversión no puede tratar su reputación regulatoria como un lujo decorativo. Importadores, exportadores, bancos, aseguradoras, desarrolladores inmobiliarios y pymes operan dentro de un ecosistema en el que la percepción de riesgo importa. La lista gris no distingue entre empresas grandes y pequeñas. Las de mayor tamaño deberán absorber parte del golpe mediante mejores equipos de cumplimiento, asesoría sofisticada y relaciones internacionales más robustas. Las pequeñas, en cambio, son las que más sufren la fricción adicional. Un banco extranjero más renuente, una debida diligencia más larga o una transferencia doblemente revisada, pueden ser suficientes para perder margen, mercado o competitividad. 

La evidencia comparada ayuda a salir de la especulación. Panamá ingresó a la lista gris del GAFI en 2019 y salió en 2023. No lo logró con discursos ni con una única reforma exhibida como gesto político. Lo hizo tras varios años de ajustes sucesivos, nuevas obligaciones de transparencia sobre beneficiarios finales, refuerzo de la supervisión, endurecimiento de sanciones y una verificación in situ. Tras estos cambios la normalización de la percepción internacional no fue instantánea, la Unión Europea mantuvo a Panamá en su propia lista de terceros países de alto riesgo hasta el 2025. La lección es sobria pero útil. De una lista se puede salir. Del costo reputacional, mucho más despacio. 

Jamaica ofrece una advertencia similar. Fue incorporada al monitoreo reforzado en el 2020 y salió hasta el 2024. Su propio Ministerio de Finanzas reconoció que operar desde un país en lista gris encarece las transacciones, mientras que el Banco de Jamaica celebró la salida precisamente porque enviaba una señal favorable a los bancos corresponsales y podía facilitar, con el tiempo, las remesas y las operaciones transfronterizas. Traducido a lenguaje simple, el costo existió mientras el país estuvo dentro y la salida exigió años de reformas legales, regulatorias e institucionales, además de una visita in situ para acreditar que el cumplimiento no era meramente formal. 

Esa es, quizá, la enseñanza más importante para Guatemala. Caer puede ser relativamente rápido. Salir suele ser lento, exigente y caro. Un trabajo del Fondo Monetario Internacional ha estimado, además, que la inclusión en la lista gris se asocia con una reducción significativa de los flujos de capital. No conviene leer esto como profecía mecánica, sino como advertencia seria. La reputación regulatoria tiene efectos económicos reales. 

Desde una perspectiva institucional, el punto de fondo es sencillo. Las instituciones importan porque reducen incertidumbre y permiten que la cooperación entre desconocidos sea menos costosa. Cuando fallan, o cuando se rezagan frente al entorno, los actores económicos reaccionan protegiéndose y trasladan ese costo al resto del sistema. Una carta de crédito más cara, una transferencia detenida, una corresponsalía más difícil de sostener o un proceso de verificación interminable acaban operando como un impuesto. No lo decreta el Congreso. Lo impone la falta de confianza. 

Se debe tener presente que la aprobación es un primer paso urgente, por lo que resulta necesario analizar y discutir las posibles mejoras en su texto al momento de su aprobación por parte del Congreso. Esto debe realizarse de forma prioritaria y con estricto apego técnico. Ya que después vendrá la reglamentación, la supervisión basada en riesgo, la coordinación interinstitucional, la capacitación de sujetos obligados y el deber de evitar excesos regulatorios o arbitrariedades. Pero precisamente por eso conviene no perder más tiempo. Cuando una reforma es necesaria, llegar tarde no es neutral. También tiene precio. 

El precio de llegar tarde

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19 de abril, 2026

Guatemala enfrenta un reto en materia regulación y política pública. La discusión sobre la iniciativa 6593, nueva ley integral contra el lavado de dinero y el financiamiento del terrorismo, no debería plantearse solamente como un cumplimiento en materia de estándares internacionales o como una reforma respaldada en tecnicismos. Es, más bien, una decisión de interés nacional. Las economías abiertas viven de la confianza. Esto en materia financiera, depende de reglas creíbles, de supervisión eficaz y de la capacidad del Estado para demostrar que entiende los riesgos que enfrenta y sabe contenerlos. 

Guatemala no discute esta reforma en abstracto. El país debe llegar a la evaluación de GAFILAT prevista para 2027 con una norma actualizada y, sobre todo, con evidencia de que su marco institucional funciona. La advertencia es clara, llegar tarde no solo expone al país a una mala calificación técnica, también abre la puerta a un deterioro reputacional que, una vez activado, es costoso de revertir. En esta materia, los países no pagan únicamente por hacer mal las cosas. Pagan, también, por hacerlas demasiado tarde. 

Conviene despejar, entonces, una confusión frecuente. Una ley moderna de prevención de lavado no es un ejercicio de relaciones públicas, sino es una pieza de infraestructura económica. Sirve para reducir incertidumbre, bajar costos de transacción y sostener la confianza entre actores que no se conocen entre sí, pero deben operar juntos, por ejemplo, bancos corresponsales, inversionistas, exportadores, aseguradoras, proveedores, clientes y autoridades. Cuando esa infraestructura es débil, la economía no se detiene de un día para otro. Simplemente empieza a volverse más cara, más lenta y más desconfiada. 

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Ese costo no se queda en los grandes balances. Baja por toda la estructura económica. Guatemala recibió US$25,530.2 millones en remesas en 2025. Detrás de esa cifra hay consumo, alquileres, colegiaturas, medicinas, pequeños negocios familiares y liquidez cotidiana para millones de hogares. Si un país cae bajo monitoreo reforzado, la famosa lista gris, el primer efecto no suele ser un colapso espectacular. Suele ser algo más silencioso, mayor cautela en la red internacional que sostiene pagos, transferencias y relaciones de corresponsalía. Por su parte, más revisiones implican más cumplimiento y esto se traduce en más costo. Este costo termina trasladándose a comisiones más altas, más demoras y más fricciones para quienes menos margen tienen para absorberlas. 

Una economía que aspira a atraer inversión no puede tratar su reputación regulatoria como un lujo decorativo. Importadores, exportadores, bancos, aseguradoras, desarrolladores inmobiliarios y pymes operan dentro de un ecosistema en el que la percepción de riesgo importa. La lista gris no distingue entre empresas grandes y pequeñas. Las de mayor tamaño deberán absorber parte del golpe mediante mejores equipos de cumplimiento, asesoría sofisticada y relaciones internacionales más robustas. Las pequeñas, en cambio, son las que más sufren la fricción adicional. Un banco extranjero más renuente, una debida diligencia más larga o una transferencia doblemente revisada, pueden ser suficientes para perder margen, mercado o competitividad. 

La evidencia comparada ayuda a salir de la especulación. Panamá ingresó a la lista gris del GAFI en 2019 y salió en 2023. No lo logró con discursos ni con una única reforma exhibida como gesto político. Lo hizo tras varios años de ajustes sucesivos, nuevas obligaciones de transparencia sobre beneficiarios finales, refuerzo de la supervisión, endurecimiento de sanciones y una verificación in situ. Tras estos cambios la normalización de la percepción internacional no fue instantánea, la Unión Europea mantuvo a Panamá en su propia lista de terceros países de alto riesgo hasta el 2025. La lección es sobria pero útil. De una lista se puede salir. Del costo reputacional, mucho más despacio. 

Jamaica ofrece una advertencia similar. Fue incorporada al monitoreo reforzado en el 2020 y salió hasta el 2024. Su propio Ministerio de Finanzas reconoció que operar desde un país en lista gris encarece las transacciones, mientras que el Banco de Jamaica celebró la salida precisamente porque enviaba una señal favorable a los bancos corresponsales y podía facilitar, con el tiempo, las remesas y las operaciones transfronterizas. Traducido a lenguaje simple, el costo existió mientras el país estuvo dentro y la salida exigió años de reformas legales, regulatorias e institucionales, además de una visita in situ para acreditar que el cumplimiento no era meramente formal. 

Esa es, quizá, la enseñanza más importante para Guatemala. Caer puede ser relativamente rápido. Salir suele ser lento, exigente y caro. Un trabajo del Fondo Monetario Internacional ha estimado, además, que la inclusión en la lista gris se asocia con una reducción significativa de los flujos de capital. No conviene leer esto como profecía mecánica, sino como advertencia seria. La reputación regulatoria tiene efectos económicos reales. 

Desde una perspectiva institucional, el punto de fondo es sencillo. Las instituciones importan porque reducen incertidumbre y permiten que la cooperación entre desconocidos sea menos costosa. Cuando fallan, o cuando se rezagan frente al entorno, los actores económicos reaccionan protegiéndose y trasladan ese costo al resto del sistema. Una carta de crédito más cara, una transferencia detenida, una corresponsalía más difícil de sostener o un proceso de verificación interminable acaban operando como un impuesto. No lo decreta el Congreso. Lo impone la falta de confianza. 

Se debe tener presente que la aprobación es un primer paso urgente, por lo que resulta necesario analizar y discutir las posibles mejoras en su texto al momento de su aprobación por parte del Congreso. Esto debe realizarse de forma prioritaria y con estricto apego técnico. Ya que después vendrá la reglamentación, la supervisión basada en riesgo, la coordinación interinstitucional, la capacitación de sujetos obligados y el deber de evitar excesos regulatorios o arbitrariedades. Pero precisamente por eso conviene no perder más tiempo. Cuando una reforma es necesaria, llegar tarde no es neutral. También tiene precio. 

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