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¿Por qué nunca hemos podido llegar a un mundial?

El país del “casi”

.
Amilcar R. Álvarez |
30 de abril, 2026

Cuando se jugó el Mundial de México en el ‘86, yo estaba por cumplir 10 años. Mi mamá me compró una pelota de fútbol que tenía todas las banderas de los equipos que participaron. Seguramente terminó en el techo de alguna casa. Si nunca hubiese inflado esa pelota, me imagino que hoy valdría mucho dinero. Pero la verdad es que habérmelo disfrutado con mis amigos de la cuadra no tiene precio. Fue muy emocionante ver los partidos de México ‘86; yo le iba a la Francia de Michel Platini, y todavía recuerdo mi emoción en el partido en el que Francia eliminó a Brasil cuando Zico falló un penalti. Por supuesto que también vi el partido de la famosa “mano de Dios”. Yo fui testigo del mejor gol de la historia de Diego Armando Maradona, en el que dribló a toda la defensa de Inglaterra para terminar con un golazo.

Para el mundial de  Italia ‘90, en el colegio, el álbum del Mundial fue un fenómeno total. Mi negocio era comprar estampitas, canjearlas y revenderlas. Con mi amigo Juan Luis, íbamos al Portal del Comercio a buscar las estampitas de los jugadores más famosos y las llevábamos al colegio para revenderlas. Por cierto, en una de esas idas nos asaltaron unos mareros una cuadra antes del Palacio Nacional y, si no mal recuerdo, fue la última vez que visitamos el Portal. Mientras México sueña con su quinto partido, Holanda sueña con ganar una final, Guatemala sueña con asistir a un mundial. Incluso el Pescadito Ruiz ostenta el récord de más goles en una clasificación mundialista sin haber participado nunca en un mundial. ¿Por qué si en Guatemala el fútbol es el deporte más popular nunca hemos podido llegar a un mundial? Por ejemplo, jugando en casa se perdió el partido contra El Salvador, una derrota clave para no clasificar este año. Probablemente fue una combinación de soberbia y debilidad mental.

Un ejemplo del aspecto físico es cuando Guatemala jugó contra Italia en las Olimpiadas de Seúl ‘88 e iba ganando 2 a 0 en el primer tiempo. Yo vi ese juego. Un amigo mío, exseleccionado nacional que jugó como delantero en ese partido, me decía que antes del inicio se sentía muy nervioso, pero que al enfrentarlos se dio cuenta de que los italianos también son humanos. Sin embargo, Guatemala perdió 5 a 2. ¿Les faltó condición física para sostener el resultado hasta el minuto 90? Un jugador de la liga nacional no tiene los mismos estándares de recuperación que uno de la MLS que viaja en avión de un estadio a otro, lo que incide directamente su rendimiento entre partidos. Los guatemaltecos viajan sentados por horas en autobús por nuestras carreteras en mal estado hacia los estadios del interior. Obviamente no es la misma recuperación comparada con la de los jugadores que juegan en Estados Unidos y Europa. Cuando Roberto Arzú presidió la Fedefut, prometió llevar a la selección al mundial y anunció la contratación de Salvador Bilardo, técnico campeón del mundo con Argentina en 1986. Al final, Bilardo decidió enviar a un técnico mexicano de apellido Aguado y todo terminó en demandas. Otro intento fallido.

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Con el paso de los años, la ilusión de un niño por una pelota, el intercambio de estampas y la tranquilidad de un adolescente sin responsabilidades más que estudiar se terminaron. Por eso, tal vez estos son mis mundiales favoritos, porque fueron los últimos que viví con ilusión, antes de ser adulto y ver la realidad de nuestro fútbol.El problema no es el fútbol; es que en Guatemala nos acostumbramos a competir, pero no a ganar. Un entrenador cubano me dijo una vez, “ustedes los chapines no tienen vergüenza deportiva. Se conforman con el paseo, el viaje y no les importa hacer el ridículo con tal de pasear”. ¿Hasta cuándo vamos a seguir haciendo el ridículo en las eliminatorias mundialistas?
Mientras tanto, seguiremos celebrando triunfos de otros países. Mi vaticinio: el Mundial 2026 lo gana Holanda.

 

¿Por qué nunca hemos podido llegar a un mundial?

El país del “casi”

Amilcar R. Álvarez |
30 de abril, 2026
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Cuando se jugó el Mundial de México en el ‘86, yo estaba por cumplir 10 años. Mi mamá me compró una pelota de fútbol que tenía todas las banderas de los equipos que participaron. Seguramente terminó en el techo de alguna casa. Si nunca hubiese inflado esa pelota, me imagino que hoy valdría mucho dinero. Pero la verdad es que habérmelo disfrutado con mis amigos de la cuadra no tiene precio. Fue muy emocionante ver los partidos de México ‘86; yo le iba a la Francia de Michel Platini, y todavía recuerdo mi emoción en el partido en el que Francia eliminó a Brasil cuando Zico falló un penalti. Por supuesto que también vi el partido de la famosa “mano de Dios”. Yo fui testigo del mejor gol de la historia de Diego Armando Maradona, en el que dribló a toda la defensa de Inglaterra para terminar con un golazo.

Para el mundial de  Italia ‘90, en el colegio, el álbum del Mundial fue un fenómeno total. Mi negocio era comprar estampitas, canjearlas y revenderlas. Con mi amigo Juan Luis, íbamos al Portal del Comercio a buscar las estampitas de los jugadores más famosos y las llevábamos al colegio para revenderlas. Por cierto, en una de esas idas nos asaltaron unos mareros una cuadra antes del Palacio Nacional y, si no mal recuerdo, fue la última vez que visitamos el Portal. Mientras México sueña con su quinto partido, Holanda sueña con ganar una final, Guatemala sueña con asistir a un mundial. Incluso el Pescadito Ruiz ostenta el récord de más goles en una clasificación mundialista sin haber participado nunca en un mundial. ¿Por qué si en Guatemala el fútbol es el deporte más popular nunca hemos podido llegar a un mundial? Por ejemplo, jugando en casa se perdió el partido contra El Salvador, una derrota clave para no clasificar este año. Probablemente fue una combinación de soberbia y debilidad mental.

Un ejemplo del aspecto físico es cuando Guatemala jugó contra Italia en las Olimpiadas de Seúl ‘88 e iba ganando 2 a 0 en el primer tiempo. Yo vi ese juego. Un amigo mío, exseleccionado nacional que jugó como delantero en ese partido, me decía que antes del inicio se sentía muy nervioso, pero que al enfrentarlos se dio cuenta de que los italianos también son humanos. Sin embargo, Guatemala perdió 5 a 2. ¿Les faltó condición física para sostener el resultado hasta el minuto 90? Un jugador de la liga nacional no tiene los mismos estándares de recuperación que uno de la MLS que viaja en avión de un estadio a otro, lo que incide directamente su rendimiento entre partidos. Los guatemaltecos viajan sentados por horas en autobús por nuestras carreteras en mal estado hacia los estadios del interior. Obviamente no es la misma recuperación comparada con la de los jugadores que juegan en Estados Unidos y Europa. Cuando Roberto Arzú presidió la Fedefut, prometió llevar a la selección al mundial y anunció la contratación de Salvador Bilardo, técnico campeón del mundo con Argentina en 1986. Al final, Bilardo decidió enviar a un técnico mexicano de apellido Aguado y todo terminó en demandas. Otro intento fallido.

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Con el paso de los años, la ilusión de un niño por una pelota, el intercambio de estampas y la tranquilidad de un adolescente sin responsabilidades más que estudiar se terminaron. Por eso, tal vez estos son mis mundiales favoritos, porque fueron los últimos que viví con ilusión, antes de ser adulto y ver la realidad de nuestro fútbol.El problema no es el fútbol; es que en Guatemala nos acostumbramos a competir, pero no a ganar. Un entrenador cubano me dijo una vez, “ustedes los chapines no tienen vergüenza deportiva. Se conforman con el paseo, el viaje y no les importa hacer el ridículo con tal de pasear”. ¿Hasta cuándo vamos a seguir haciendo el ridículo en las eliminatorias mundialistas?
Mientras tanto, seguiremos celebrando triunfos de otros países. Mi vaticinio: el Mundial 2026 lo gana Holanda.

 

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