Durante años se nos repitió sobre el gran saqueo de España en América Latina. Siglos de historia, toneladas de metales preciosos y una historia que colocó a Europa como la gran beneficiaria del saqueo. Sin embargo, los datos recientes obligan a replantear esa historia y, sobre todo, a mirar hacia el presente con mayor honestidad “intelectual”.
Suiza confirmó a través de registros aduaneros y medios públicos que 127 toneladas de oro venezolano fueron enviadas a Suiza durante un periodo aproximado de cinco años, bajo el gobierno de Nicolás Maduro. El traslado se realizó de forma discreta, técnica, legal en su momento, pero profundamente opaca. Para dimensionar la magnitud: esa cantidad equivale a casi el 20 % de las reservas de oro que llegó a tener Venezuela en su punto más alto y representa miles de millones de dólares movilizados fuera del país en medio de una crisis sin precedentes.
La comparación histórica es inevitable e incómoda. En apenas cinco años se movió una cantidad de oro comparable a la que el Imperio Español extrajo de América en tres siglos, según estimaciones ampliamente citadas. Pero mientras el oro colonial salió en galeones, este salió en vuelos comerciales y barcos de carga, registrado en sistemas financieros modernos y amparado en tecnicismos legales.
Durante ese mismo periodo, la economía venezolana se contrajo más de un 70%, la inflación alcanzó niveles históricos y el ingreso real de los hogares se desplomó. El salario mínimo llegó a equivaler a pocos dólares mensuales, mientras el Estado convertía lingotes en liquidez fuera de sus fronteras.
Los hechos muestran que algunos de los mayores saqueos de riqueza han sido ejecutados por los propios regímenes que decían gobernar “en nombre del pueblo”. No hubo invasión militar ni imposición colonial: hubo decisiones internas, concentradas y opacas.
El oro venezolano no salió rumbo a Suiza para enriquecer una leyenda histórica ni para fines académicos. Salió para ser refinado, estandarizado y monetizado en uno de los centros financieros más sofisticados del mundo. Suiza refina alrededor del 70 % del oro que circula a nivel global, lo que la convierte en un nodo clave del sistema. Allí, el metal deja de tener origen político y se transforma en activo financiero.
Mientras tanto, dentro de Venezuela, hospitales carecían de insumos básicos, el sistema eléctrico colapsaba recurrentemente y más de siete millones de personas abandonaron el país, generando la mayor crisis migratoria del hemisferio occidental en tiempos de paz.
Suiza, actuó conforme a su marco legal, pero el problema no es solo jurídico. ¿Puede el sistema financiero internacional seguir escudándose en la legalidad formal cuando los recursos que circulan provienen de Estados capturados, economías colapsadas y sociedades empobrecidas? Esa pregunta sigue sin respuesta clara.
La evidencia apunta a que la corrupción, el autoritarismo y el saqueo interno han sido herramientas mucho más eficaces que cualquier imperio extranjero para vaciar naciones enteras en el siglo XXI.
Hoy el debate ya no es si el oro fue enviado, sino qué debe hacerse con activos que, aunque hayan circulado legalmente, tienen un origen profundamente cuestionable. Congelación, restitución, uso humanitario o devolución condicionada al pueblo venezolano son escenarios que tarde o temprano se discutirán en tribunales internacionales y foros multilaterales.
Pero más allá del destino final de esas toneladas de oro, queda una lección clave para América Latina: no hay discurso antiimperialista que oculte lingotes viajando en silencio, ni narrativa histórica que justifique el saqueo interno disfrazado de soberanía. Tal vez ha llegado el momento de actualizar la pregunta histórica. No solo quién se llevó el oro ayer, sino quién lo está sacando hoy y en nombre de quién.
Durante años se nos repitió sobre el gran saqueo de España en América Latina. Siglos de historia, toneladas de metales preciosos y una historia que colocó a Europa como la gran beneficiaria del saqueo. Sin embargo, los datos recientes obligan a replantear esa historia y, sobre todo, a mirar hacia el presente con mayor honestidad “intelectual”.
Suiza confirmó a través de registros aduaneros y medios públicos que 127 toneladas de oro venezolano fueron enviadas a Suiza durante un periodo aproximado de cinco años, bajo el gobierno de Nicolás Maduro. El traslado se realizó de forma discreta, técnica, legal en su momento, pero profundamente opaca. Para dimensionar la magnitud: esa cantidad equivale a casi el 20 % de las reservas de oro que llegó a tener Venezuela en su punto más alto y representa miles de millones de dólares movilizados fuera del país en medio de una crisis sin precedentes.
La comparación histórica es inevitable e incómoda. En apenas cinco años se movió una cantidad de oro comparable a la que el Imperio Español extrajo de América en tres siglos, según estimaciones ampliamente citadas. Pero mientras el oro colonial salió en galeones, este salió en vuelos comerciales y barcos de carga, registrado en sistemas financieros modernos y amparado en tecnicismos legales.
Durante ese mismo periodo, la economía venezolana se contrajo más de un 70%, la inflación alcanzó niveles históricos y el ingreso real de los hogares se desplomó. El salario mínimo llegó a equivaler a pocos dólares mensuales, mientras el Estado convertía lingotes en liquidez fuera de sus fronteras.
Los hechos muestran que algunos de los mayores saqueos de riqueza han sido ejecutados por los propios regímenes que decían gobernar “en nombre del pueblo”. No hubo invasión militar ni imposición colonial: hubo decisiones internas, concentradas y opacas.
El oro venezolano no salió rumbo a Suiza para enriquecer una leyenda histórica ni para fines académicos. Salió para ser refinado, estandarizado y monetizado en uno de los centros financieros más sofisticados del mundo. Suiza refina alrededor del 70 % del oro que circula a nivel global, lo que la convierte en un nodo clave del sistema. Allí, el metal deja de tener origen político y se transforma en activo financiero.
Mientras tanto, dentro de Venezuela, hospitales carecían de insumos básicos, el sistema eléctrico colapsaba recurrentemente y más de siete millones de personas abandonaron el país, generando la mayor crisis migratoria del hemisferio occidental en tiempos de paz.
Suiza, actuó conforme a su marco legal, pero el problema no es solo jurídico. ¿Puede el sistema financiero internacional seguir escudándose en la legalidad formal cuando los recursos que circulan provienen de Estados capturados, economías colapsadas y sociedades empobrecidas? Esa pregunta sigue sin respuesta clara.
La evidencia apunta a que la corrupción, el autoritarismo y el saqueo interno han sido herramientas mucho más eficaces que cualquier imperio extranjero para vaciar naciones enteras en el siglo XXI.
Hoy el debate ya no es si el oro fue enviado, sino qué debe hacerse con activos que, aunque hayan circulado legalmente, tienen un origen profundamente cuestionable. Congelación, restitución, uso humanitario o devolución condicionada al pueblo venezolano son escenarios que tarde o temprano se discutirán en tribunales internacionales y foros multilaterales.
Pero más allá del destino final de esas toneladas de oro, queda una lección clave para América Latina: no hay discurso antiimperialista que oculte lingotes viajando en silencio, ni narrativa histórica que justifique el saqueo interno disfrazado de soberanía. Tal vez ha llegado el momento de actualizar la pregunta histórica. No solo quién se llevó el oro ayer, sino quién lo está sacando hoy y en nombre de quién.