Estimado Hugo Maul,
Agradezco sinceramente la mención que haces a mi columna anterior en donde planteo la necesidad de tener una conversación sobre la institucionalidad que puede habilitar el desarrollo de infraestructura en el país: no es que el organigrama genere cambios, pero sí, que la discusión sobre la institucionalidad debe verse como el mecanismo que habilita nuevas herramientas de política pública. Allí donde vemos pocos expertos, el deseo de progreso nos reclama que introduzcamos nuevos regímenes de contratación. Allí donde vemos pocos proyectos transformadores, el deseo de progreso nos reclama que introduzcamos nuevos mecanismos para producir diagnósticos y planes. Allí donde vemos pocos resultados, el deseo de progreso nos reclama que introduzcamos nuevas modalidades de contratación, de supervisión y de financiamiento.
He leído con mucha atención e interés tu reciente columna en EP Investiga, en la cual analizas con la agudeza técnica que te caracteriza los profundos desafíos que enfrenta nuestro país en materia de infraestructura. Para facilitar la discusión más sencilla, has decidido utilizar la metáfora de la jardinería: así como hay condiciones que hacen difícil la siembra —como la escasez o el exceso de agua, o la salinidad del suelo—, también existen factores estructurales que asfixian la creación de infraestructura en el país, tales como instituciones con reglas anticuadas para presupuestar, contratar personal o adquirir obra pública. La metáfora no solo es útil, sino sumamente valiosa.
Siguiendo con tu antología, es evidente que las condiciones del suelo pueden representar un grave problema. Sin embargo, como tus mismos análisis lo demuestran, el entorno no puede ser una excusa eterna: la tecnología y el entendimiento profundo de las condiciones locales son los factores que verdaderamente inclinan la balanza.
Lo vemos con el pueblo israelita, que, allí donde encontró pantanos, sembró árboles de eucalipto para drenar el terreno y reducir la prevalencia de malaria que azotaba a los agricultores; y, allí donde encontró zonas desérticas, implementó el riego por goteo. Hoy sabemos que se puede sembrar en el mar y se puede cultivar en el desierto, siempre y cuando se cuente con la tecnología correcta y con las instituciones que permitan su introducción y mantenimiento.
Coincido plenamente contigo en que el diagnóstico del rezago vial, portuario y logístico de Guatemala ya no admite matices: estamos compitiendo en el siglo XXI con una institucionalidad diseñada para el siglo pasado. Los esfuerzos aislados y los "parches" normativos han demostrado su insuficiencia. El verdadero reto, como bien apuntas, no es solo financiero, sino fundamentalmente de tecnologías, de arquitectura institucional.
A este diagnóstico, sin embargo, yo agregaría un elemento crucial: el reto también es la capacidad de gestión del jardinero y su equipo. No hay Jardines Colgantes de Babilonia sin la determinación del rey Nabucodonosor II. Un paraíso terrenal en manos de un jardinero indeciso, o con poca disposición a trabajar duro de sol a sol, terminará inevitablemente inundado de mala hierba; las mejores semillas no darán frutos, sino espinas. En cambio, la semilla de mostaza, caiga donde caiga, puede germinar con fuerza si el jardinero tiene buena mano, devoción y la tecnología adecuada.
Actualmente, gracias a la Legislatura actual, vemos una plétora de instrumentos gestándose en el país, pero con una alarmante dispersión de enfoque que nos obliga a cuestionar la capacidad de gestión del jardinero.
En el caso de la Ley de Infraestructura Vial Prioritaria, por ejemplo, se evidencia una clara incapacidad de ejecución, que se focaliza en los representantes de gobierno frente al Directorio de la DIPP.
Por el contrario, en el caso de las reformas a la Ley de Alianzas para el Desarrollo de Infraestructura Económica (ANADIE), existe la esperanza de que se estén impulsando las medidas correctas para avanzar en su implementación. Ante las nuevas posibilidades que genera esta ley, sería sumamente positivo conocer a detalle la agenda de los nuevos proyectos planificados. En términos de nuestra metáfora: si ya tenemos un nuevo fertilizante, urge saber qué frutos esperamos cosechar.
Por otro lado, respecto a las herramientas de contratación de Gobierno a Gobierno (G2G), aunque el modelo parece prometedor, debemos reconocer el riesgo de que terminen siendo oportunidades perdidas para el fortalecimiento institucional del Estado. Hoy por hoy, no vemos un programa de becas —por ejemplo, a través de la SEGEPLAN— que esté realmente alineado para formar a una nueva generación de ingenieros y administradores públicos en el extranjero, garantizando que regresen a liderar y dar continuidad a estos proyectos en el futuro. Tampoco se observa un equipo técnico local dedicado a fiscalizar y absorber el conocimiento a la par de las agencias internacionales que gestionan estos acuerdos.
Recordemos uno de los ejemplos más exitosos a nivel global en este sentido: la construcción de la siderúrgica POSCO, un proyecto de cooperación histórica entre Japón y Corea del Sur. Entre 1970 y 1973, el presidente surcoreano Park Chung Hee ordenó colocar a ingenieros coreanos hombro a hombro junto a los constructores japoneses durante todo el proceso de diseño y ejecución. ¿El resultado? Antes de terminar la década de los setenta, los coreanos ya habían adquirido la capacidad técnica para construir, por sí mismos y sin ningún tipo de apoyo externo, su segunda planta de acero. De eso se trata sembrar capacidades de largo plazo.
Para pasar definitivamente del diagnóstico a la acción, la discusión actual debe centrarse en cómo construimos esa nueva institucionalidad. Esto pasa, necesariamente, por tres ejes fundamentales:
- Modernización del marco legal: Avanzar decididamente hacia reformas que otorguen certeza jurídica, agilicen la inversión y transparenten la contratación de la obra pública, transformando entidades clave en entes autónomos, con recursos privativos y alta capacidad técnica. Si bien ya contamos con varias reformas legales que requieren avanzar urgentemente en su reglamentación, la tarea está incompleta: la Ley de la Contraloría General de Cuentas, por mencionar una crucial, sigue pendiente de una reforma profunda.
- Modelos de gestión eficientes: Superar los dogmas ideológicos y comprender que la cooperación público-privada (APP) y las agencias especializadas de infraestructura son herramientas técnicas indispensables para ejecutar macroproyectos que el Estado, bajo el modelo actual, simplemente no tiene la capacidad de absorber.
- Coordinación estratégica: Alinear los esfuerzos del sector público, los hacedores de política económica y la academia, para que la infraestructura deje de ser una lista de deseos electorales y se transforme en una verdadera política de Estado de largo plazo.
En este último punto, el rol de la academia es vital y, lamentablemente, sigue sin entenderse en el país. Las universidades no solo deben ser fábricas de profesionales, sino centros de investigación aplicada que validen las tecnologías locales, auditen la calidad de las obras y actúen como el semillero de los cuadros técnicos que el sector público necesita con urgencia. Sin conocimiento local transferido a las aulas, seguiremos dependiendo de jardineros improvisados.
El debate que has abierto, Hugo, es indispensable. La infraestructura no es un fin en sí mismo, sino la base fértil sobre la cual se construye el empleo formal, la atracción de inversiones y, en última instancia, el bienestar de los guatemaltecos. La tierra está lista y las herramientas existen; la pregunta sigue siendo si el jardinero, y su equipo de trabajo, estarán a la altura de la cosecha que el país necesita.
El Jardinero de la infraestructura
Estimado Hugo Maul,
Agradezco sinceramente la mención que haces a mi columna anterior en donde planteo la necesidad de tener una conversación sobre la institucionalidad que puede habilitar el desarrollo de infraestructura en el país: no es que el organigrama genere cambios, pero sí, que la discusión sobre la institucionalidad debe verse como el mecanismo que habilita nuevas herramientas de política pública. Allí donde vemos pocos expertos, el deseo de progreso nos reclama que introduzcamos nuevos regímenes de contratación. Allí donde vemos pocos proyectos transformadores, el deseo de progreso nos reclama que introduzcamos nuevos mecanismos para producir diagnósticos y planes. Allí donde vemos pocos resultados, el deseo de progreso nos reclama que introduzcamos nuevas modalidades de contratación, de supervisión y de financiamiento.
He leído con mucha atención e interés tu reciente columna en EP Investiga, en la cual analizas con la agudeza técnica que te caracteriza los profundos desafíos que enfrenta nuestro país en materia de infraestructura. Para facilitar la discusión más sencilla, has decidido utilizar la metáfora de la jardinería: así como hay condiciones que hacen difícil la siembra —como la escasez o el exceso de agua, o la salinidad del suelo—, también existen factores estructurales que asfixian la creación de infraestructura en el país, tales como instituciones con reglas anticuadas para presupuestar, contratar personal o adquirir obra pública. La metáfora no solo es útil, sino sumamente valiosa.
Siguiendo con tu antología, es evidente que las condiciones del suelo pueden representar un grave problema. Sin embargo, como tus mismos análisis lo demuestran, el entorno no puede ser una excusa eterna: la tecnología y el entendimiento profundo de las condiciones locales son los factores que verdaderamente inclinan la balanza.
Lo vemos con el pueblo israelita, que, allí donde encontró pantanos, sembró árboles de eucalipto para drenar el terreno y reducir la prevalencia de malaria que azotaba a los agricultores; y, allí donde encontró zonas desérticas, implementó el riego por goteo. Hoy sabemos que se puede sembrar en el mar y se puede cultivar en el desierto, siempre y cuando se cuente con la tecnología correcta y con las instituciones que permitan su introducción y mantenimiento.
Coincido plenamente contigo en que el diagnóstico del rezago vial, portuario y logístico de Guatemala ya no admite matices: estamos compitiendo en el siglo XXI con una institucionalidad diseñada para el siglo pasado. Los esfuerzos aislados y los "parches" normativos han demostrado su insuficiencia. El verdadero reto, como bien apuntas, no es solo financiero, sino fundamentalmente de tecnologías, de arquitectura institucional.
A este diagnóstico, sin embargo, yo agregaría un elemento crucial: el reto también es la capacidad de gestión del jardinero y su equipo. No hay Jardines Colgantes de Babilonia sin la determinación del rey Nabucodonosor II. Un paraíso terrenal en manos de un jardinero indeciso, o con poca disposición a trabajar duro de sol a sol, terminará inevitablemente inundado de mala hierba; las mejores semillas no darán frutos, sino espinas. En cambio, la semilla de mostaza, caiga donde caiga, puede germinar con fuerza si el jardinero tiene buena mano, devoción y la tecnología adecuada.
Actualmente, gracias a la Legislatura actual, vemos una plétora de instrumentos gestándose en el país, pero con una alarmante dispersión de enfoque que nos obliga a cuestionar la capacidad de gestión del jardinero.
En el caso de la Ley de Infraestructura Vial Prioritaria, por ejemplo, se evidencia una clara incapacidad de ejecución, que se focaliza en los representantes de gobierno frente al Directorio de la DIPP.
Por el contrario, en el caso de las reformas a la Ley de Alianzas para el Desarrollo de Infraestructura Económica (ANADIE), existe la esperanza de que se estén impulsando las medidas correctas para avanzar en su implementación. Ante las nuevas posibilidades que genera esta ley, sería sumamente positivo conocer a detalle la agenda de los nuevos proyectos planificados. En términos de nuestra metáfora: si ya tenemos un nuevo fertilizante, urge saber qué frutos esperamos cosechar.
Por otro lado, respecto a las herramientas de contratación de Gobierno a Gobierno (G2G), aunque el modelo parece prometedor, debemos reconocer el riesgo de que terminen siendo oportunidades perdidas para el fortalecimiento institucional del Estado. Hoy por hoy, no vemos un programa de becas —por ejemplo, a través de la SEGEPLAN— que esté realmente alineado para formar a una nueva generación de ingenieros y administradores públicos en el extranjero, garantizando que regresen a liderar y dar continuidad a estos proyectos en el futuro. Tampoco se observa un equipo técnico local dedicado a fiscalizar y absorber el conocimiento a la par de las agencias internacionales que gestionan estos acuerdos.
Recordemos uno de los ejemplos más exitosos a nivel global en este sentido: la construcción de la siderúrgica POSCO, un proyecto de cooperación histórica entre Japón y Corea del Sur. Entre 1970 y 1973, el presidente surcoreano Park Chung Hee ordenó colocar a ingenieros coreanos hombro a hombro junto a los constructores japoneses durante todo el proceso de diseño y ejecución. ¿El resultado? Antes de terminar la década de los setenta, los coreanos ya habían adquirido la capacidad técnica para construir, por sí mismos y sin ningún tipo de apoyo externo, su segunda planta de acero. De eso se trata sembrar capacidades de largo plazo.
Para pasar definitivamente del diagnóstico a la acción, la discusión actual debe centrarse en cómo construimos esa nueva institucionalidad. Esto pasa, necesariamente, por tres ejes fundamentales:
- Modernización del marco legal: Avanzar decididamente hacia reformas que otorguen certeza jurídica, agilicen la inversión y transparenten la contratación de la obra pública, transformando entidades clave en entes autónomos, con recursos privativos y alta capacidad técnica. Si bien ya contamos con varias reformas legales que requieren avanzar urgentemente en su reglamentación, la tarea está incompleta: la Ley de la Contraloría General de Cuentas, por mencionar una crucial, sigue pendiente de una reforma profunda.
- Modelos de gestión eficientes: Superar los dogmas ideológicos y comprender que la cooperación público-privada (APP) y las agencias especializadas de infraestructura son herramientas técnicas indispensables para ejecutar macroproyectos que el Estado, bajo el modelo actual, simplemente no tiene la capacidad de absorber.
- Coordinación estratégica: Alinear los esfuerzos del sector público, los hacedores de política económica y la academia, para que la infraestructura deje de ser una lista de deseos electorales y se transforme en una verdadera política de Estado de largo plazo.
En este último punto, el rol de la academia es vital y, lamentablemente, sigue sin entenderse en el país. Las universidades no solo deben ser fábricas de profesionales, sino centros de investigación aplicada que validen las tecnologías locales, auditen la calidad de las obras y actúen como el semillero de los cuadros técnicos que el sector público necesita con urgencia. Sin conocimiento local transferido a las aulas, seguiremos dependiendo de jardineros improvisados.
El debate que has abierto, Hugo, es indispensable. La infraestructura no es un fin en sí mismo, sino la base fértil sobre la cual se construye el empleo formal, la atracción de inversiones y, en última instancia, el bienestar de los guatemaltecos. La tierra está lista y las herramientas existen; la pregunta sigue siendo si el jardinero, y su equipo de trabajo, estarán a la altura de la cosecha que el país necesita.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: