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El hombre que entendió el fútbol

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Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
02 de junio, 2026

En septiembre de 1998 entré en la sede de la FIFA para entrevistar al hombre que terminaría convirtiendo el fútbol en una mezcla de religión global, negocio planetario y campo de batalla político. Joseph “Sepp” Blatter acababa de conquistar el mando absoluto del deporte más popular del mundo y todavía conservaba el aspecto de un ejecutivo suizo incapaz de levantar la voz. 

El complejo de la FIFA en las afueras de Zúrich tenía algo de diplomacia secreta y de banco privado: silencio espeso, alfombras que parecían absorber conversaciones incómodas y empleados moviéndose con la discreción de quienes administran más poder del que aparentan. Nada en la sonrisa educada de Blatter hacía pensar que, años después, su nombre acabaría asociado a algunos de los mayores escándalos de la historia del deporte moderno. 

La catedral del balón 

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La FIFA todavía conservaba algo de club privado con moqueta cara, lámparas discretas y funcionarios que caminaban como si custodiaran un secreto de Estado. En realidad, lo hacían. El fútbol ya era una religión global. Ellos administraban el Vaticano. 

La entrevista fue en alemán. En un momento dado, Blatter me preguntó por qué lo hablaba sin acento extranjero. Le expliqué que era hispano-alemán. Entonces sonrió con curiosidad futbolera y lanzó otra pregunta: 

—¿Y cuando juegan Alemania y España, con quién va usted? 

Le respondí que con Alemania cuando estoy en España y con España cuando estoy en Alemania. Quizá por espíritu de contradicción. O quizá porque el fútbol, como las patrias o la infancia, funciona mejor cuando uno no termina de pertenecer del todo a ninguna parte. 

Blatter se rio. Creo que entendió la respuesta inmediatamente. 

El futbol como instinto 

De toda aquella conversación hay una frase que nunca olvidé. La dijo sonriendo, casi con orgullo antropológico: 

—¿Cómo no le va a gustar el fútbol a las personas si los niños ya dan patadas desde la barriga de la madre? 

Era una frase perfecta. Popular, sencilla, eficaz. Y probablemente ahí estaba explicado el personaje entero. Blatter entendía el fútbol no como deporte, sino como impulso biológico. Como instinto primario. Algo anterior incluso al pensamiento. Tal vez por eso gobernó la FIFA durante 17 años: porque comprendió antes que muchos que el fútbol no pertenecía a la razón, sino a la emoción colectiva. 

En 1998 todavía no existía el Blatter caricaturesco de los escándalos, las investigaciones y las suspensiones. Existía más bien una especie de diplomático alpino del balón. Un hombre educado, hábil, muy consciente del poder simbólico que manejaba. Hablaba del fútbol como otros hablan de la paz mundial o de la infancia. Y, sin embargo, detrás de aquella sonrisa amable ya estaba naciendo el gran imperio comercial contemporáneo del deporte. 

Con los años, el personaje adquirió otro relieve. O quizá se cayó la escenografía. 

Infancia, petróleo y televisión  

Bajo su mandato, la FIFA multiplicó ingresos, expandió torneos y convirtió el Mundial en el espectáculo político y financiero más rentable del planeta. También se convirtió en una organización rodeada permanentemente de sospechas. Votaciones opacas, alianzas turbias, favores cruzados, dirigentes que parecían salidos de una novela sobre petróleo y dictaduras tropicales. La palabra “corrupción” empezó a aparecer junto a la palabra “fútbol” con una naturalidad inquietante. 

Blatter siempre se defendió diciendo que él no había inventado el sistema, que simplemente lo había heredado. Y en parte era cierto. João Havelange ya había comprendido antes que nadie que el fútbol podía gobernarse como una geopolítica paralela. Blatter perfeccionó aquella maquinaria y la hizo global. Más elegante. Más rentable. Más difícil de desmontar. 

Hay algo fascinante en estos dirigentes deportivos: hablan como custodios de valores universales mientras negocian como ministros de energía. Y quizá el fútbol moderno sea precisamente eso, una mezcla de infancia y petróleo. 

El pirómano nostálgico 

Ahora, cuando se acerca otro Mundial, Blatter ha vuelto a aparecer criticando a la FIFA actual y a su sucesor, Gianni Infantino. Ha dicho que la organización se ha convertido en “una dictadura” y que el fútbol ha olvidado su esencia.   

Escucharlo produce una sensación extraña. Algo parecido a ver a un viejo pirómano denunciando incendios. 

Y, sin embargo, hay una paradoja incómoda: algunas de sus críticas contienen parte de verdad. El fútbol actual parece vivir en expansión perpetua, como si necesitara más partidos, más patrocinadores, más himnos, más ceremonias y más países anfitriones para mantener en marcha una maquinaria económica gigantesca. Incluso aficionados que detestaban a Blatter empiezan a pronunciar la frase más peligrosa: “quizá aquello no era tan malo”. 

Basta asomarse a cualquier conversación futbolera para detectar esa nostalgia incómoda. Algunos recuerdan que Blatter, pese a todo, parecía amar genuinemente el juego, mientras que hoy la FIFA transmite una imagen mucho más corporativa y distante.   

Eso no absuelve a nadie. Simplemente demuestra una vieja verdad humana: siempre puede llegar alguien peor. 

La industria de la pertenencia 

A veces pienso en aquella entrevista de 1998 y en el tono con el que pronunció aquella frase sobre los niños dando patadas en el vientre materno. Entonces me pareció una ocurrencia brillante. Hoy me parece casi un manifiesto involuntario. Blatter entendió que el fútbol era demasiado emocional para fracasar, demasiado masivo para ser moralmente limpio y demasiado querido para dejar de verlo, ocurriera lo que ocurriera. 

Quizá por eso aquel sistema sobrevivió tanto tiempo. 

Porque el verdadero negocio nunca fueron los estadios, ni las televisiones, ni los patrocinadores. El verdadero negocio era algo mucho más profundo: la necesidad humana de pertenecer a un equipo, de celebrar una victoria con desconocidos, de sufrir noventa minutos por unos colores. Eso lo sabía igual un ejecutivo de Zúrich que cualquier aficionado en Centroamérica o el Caribe, donde el fútbol suele vivirse como una identidad antes que como un palmarés. 

Blatter simplemente administró esa necesidad. 

Y nadie lo hizo con tanta eficacia —o con tantas consecuencias— como él. 

El hombre que entendió el fútbol

Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
02 de junio, 2026
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En septiembre de 1998 entré en la sede de la FIFA para entrevistar al hombre que terminaría convirtiendo el fútbol en una mezcla de religión global, negocio planetario y campo de batalla político. Joseph “Sepp” Blatter acababa de conquistar el mando absoluto del deporte más popular del mundo y todavía conservaba el aspecto de un ejecutivo suizo incapaz de levantar la voz. 

El complejo de la FIFA en las afueras de Zúrich tenía algo de diplomacia secreta y de banco privado: silencio espeso, alfombras que parecían absorber conversaciones incómodas y empleados moviéndose con la discreción de quienes administran más poder del que aparentan. Nada en la sonrisa educada de Blatter hacía pensar que, años después, su nombre acabaría asociado a algunos de los mayores escándalos de la historia del deporte moderno. 

La catedral del balón 

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La FIFA todavía conservaba algo de club privado con moqueta cara, lámparas discretas y funcionarios que caminaban como si custodiaran un secreto de Estado. En realidad, lo hacían. El fútbol ya era una religión global. Ellos administraban el Vaticano. 

La entrevista fue en alemán. En un momento dado, Blatter me preguntó por qué lo hablaba sin acento extranjero. Le expliqué que era hispano-alemán. Entonces sonrió con curiosidad futbolera y lanzó otra pregunta: 

—¿Y cuando juegan Alemania y España, con quién va usted? 

Le respondí que con Alemania cuando estoy en España y con España cuando estoy en Alemania. Quizá por espíritu de contradicción. O quizá porque el fútbol, como las patrias o la infancia, funciona mejor cuando uno no termina de pertenecer del todo a ninguna parte. 

Blatter se rio. Creo que entendió la respuesta inmediatamente. 

El futbol como instinto 

De toda aquella conversación hay una frase que nunca olvidé. La dijo sonriendo, casi con orgullo antropológico: 

—¿Cómo no le va a gustar el fútbol a las personas si los niños ya dan patadas desde la barriga de la madre? 

Era una frase perfecta. Popular, sencilla, eficaz. Y probablemente ahí estaba explicado el personaje entero. Blatter entendía el fútbol no como deporte, sino como impulso biológico. Como instinto primario. Algo anterior incluso al pensamiento. Tal vez por eso gobernó la FIFA durante 17 años: porque comprendió antes que muchos que el fútbol no pertenecía a la razón, sino a la emoción colectiva. 

En 1998 todavía no existía el Blatter caricaturesco de los escándalos, las investigaciones y las suspensiones. Existía más bien una especie de diplomático alpino del balón. Un hombre educado, hábil, muy consciente del poder simbólico que manejaba. Hablaba del fútbol como otros hablan de la paz mundial o de la infancia. Y, sin embargo, detrás de aquella sonrisa amable ya estaba naciendo el gran imperio comercial contemporáneo del deporte. 

Con los años, el personaje adquirió otro relieve. O quizá se cayó la escenografía. 

Infancia, petróleo y televisión  

Bajo su mandato, la FIFA multiplicó ingresos, expandió torneos y convirtió el Mundial en el espectáculo político y financiero más rentable del planeta. También se convirtió en una organización rodeada permanentemente de sospechas. Votaciones opacas, alianzas turbias, favores cruzados, dirigentes que parecían salidos de una novela sobre petróleo y dictaduras tropicales. La palabra “corrupción” empezó a aparecer junto a la palabra “fútbol” con una naturalidad inquietante. 

Blatter siempre se defendió diciendo que él no había inventado el sistema, que simplemente lo había heredado. Y en parte era cierto. João Havelange ya había comprendido antes que nadie que el fútbol podía gobernarse como una geopolítica paralela. Blatter perfeccionó aquella maquinaria y la hizo global. Más elegante. Más rentable. Más difícil de desmontar. 

Hay algo fascinante en estos dirigentes deportivos: hablan como custodios de valores universales mientras negocian como ministros de energía. Y quizá el fútbol moderno sea precisamente eso, una mezcla de infancia y petróleo. 

El pirómano nostálgico 

Ahora, cuando se acerca otro Mundial, Blatter ha vuelto a aparecer criticando a la FIFA actual y a su sucesor, Gianni Infantino. Ha dicho que la organización se ha convertido en “una dictadura” y que el fútbol ha olvidado su esencia.   

Escucharlo produce una sensación extraña. Algo parecido a ver a un viejo pirómano denunciando incendios. 

Y, sin embargo, hay una paradoja incómoda: algunas de sus críticas contienen parte de verdad. El fútbol actual parece vivir en expansión perpetua, como si necesitara más partidos, más patrocinadores, más himnos, más ceremonias y más países anfitriones para mantener en marcha una maquinaria económica gigantesca. Incluso aficionados que detestaban a Blatter empiezan a pronunciar la frase más peligrosa: “quizá aquello no era tan malo”. 

Basta asomarse a cualquier conversación futbolera para detectar esa nostalgia incómoda. Algunos recuerdan que Blatter, pese a todo, parecía amar genuinemente el juego, mientras que hoy la FIFA transmite una imagen mucho más corporativa y distante.   

Eso no absuelve a nadie. Simplemente demuestra una vieja verdad humana: siempre puede llegar alguien peor. 

La industria de la pertenencia 

A veces pienso en aquella entrevista de 1998 y en el tono con el que pronunció aquella frase sobre los niños dando patadas en el vientre materno. Entonces me pareció una ocurrencia brillante. Hoy me parece casi un manifiesto involuntario. Blatter entendió que el fútbol era demasiado emocional para fracasar, demasiado masivo para ser moralmente limpio y demasiado querido para dejar de verlo, ocurriera lo que ocurriera. 

Quizá por eso aquel sistema sobrevivió tanto tiempo. 

Porque el verdadero negocio nunca fueron los estadios, ni las televisiones, ni los patrocinadores. El verdadero negocio era algo mucho más profundo: la necesidad humana de pertenecer a un equipo, de celebrar una victoria con desconocidos, de sufrir noventa minutos por unos colores. Eso lo sabía igual un ejecutivo de Zúrich que cualquier aficionado en Centroamérica o el Caribe, donde el fútbol suele vivirse como una identidad antes que como un palmarés. 

Blatter simplemente administró esa necesidad. 

Y nadie lo hizo con tanta eficacia —o con tantas consecuencias— como él. 

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