Hace pocos días tuve la oportunidad de revisar las cifras de productividad publicadas por The Conference Board para Guatemala: $14.35 por hora, calculada para cada trabajador en la Población Ocupada (datos 2025, ajustados por paridad de poder adquisitivo).
Y lo que más desasosiego me dio no fue lo lejos que estamos de países desarrollados como Alemania, Singapur y Estados Unidos, los cuales septuplican la productividad de Guatemala, o el caso de Uruguay que la triplica, y el de Dominicana que la duplica, sino que, en 20 años, nuestro ritmo de crecimiento de la productividad fue 0.46% anual (en 2015, la productividad era $13.10 por hora).
Estamos tan lejos de donde queremos llegar, y avanzamos a paso de tortuga.
Esta reflexión surge porque ayer pasé alrededor de dos horas para pensar en este tema; dos horas en las que estuve atorado en el tráfico en medio de la ciudad más importante del país. De acuerdo al Banco de Guatemala, el Departamento de Guatemala representa el 43.3% del PIB del país, pero estoy seguro de que podría ser mucho más si no pasáramos 54 días al año en el tráfico.
La intención inicial de esta columna era compartir cifras sobre el nivel de productividad en el país, pero fue mayor el sentimiento de frustración que me embargó a lo largo de mi recorrido a ritmo procesional. Es realmente exasperante pasar de una aspiración de 25 minutos a un calvario vial de dos horas. Y esta situación no corresponde solamente a un “retraso”, sino que es un síntoma de que algo en el sistema está profundamente deteriorado. Es como si el progreso decidiera ponerse en reversa justo cuando más prisa tenemos.
Si lo ponemos en perspectiva, el tráfico es una contribución obligatoria que se paga con minutos de vida. En esas dos horas pude haber volado a otro país, haber visto una película de Nolan (y quizás entenderla), o haber tenido al menos dos reuniones productivas. Es una paradoja cruel pedirle a un país que sea competitivo cuando su fuerza laboral está gastando su energía mental antes de siquiera marcar tarjeta; peleando bómper con bómper por un centímetro de asfalto.
No me queda menos que calificar de absurdo el que cada cinco minutos sea atormentado por el mensaje de “recalculando ruta”, cuando el resto del mundo identifica formas innovadoras de aplicar la inteligencia artificial para elevar la productividad. El liderazgo del mundo se mueve en nanosegundos, mientras nosotros rogamos que nadie vaya a obstruir la intersección.
Una población que pasa entre 4 y 5 horas al día desplazándose es similar a querer acelerar con el freno de mano puesto. ¿Cuántas ideas brillantes se pierden en el tráfico? ¿Cuántos negocios no se cierran porque alguien llegó tarde o simplemente llegó aturdido y abrumado?
Lo que pasa a mi alrededor no sólo es el caos por llegar tarde a la oficina. Junto conmigo veo desfilar en cámara lenta a los camiones distribuidores, a los buses escolares, a las ambulancias y a las radiopatrullas; y sí, ahora hasta las motos de reparto hacen cola.
Es una falta de respeto al ciudadano y al trabajador que la mayor ciudad del país colapse ante cualquier eventualidad. No puede haber dignidad en pasar la vida sobre ruedas y en calles sin mantenimiento, y no puede haber productividad si el atasco es la norma y el viaje tranquilo es tan sólo un recuerdo de cuando las cosas funcionaban diferente.
Hace pocos días tuve la oportunidad de revisar las cifras de productividad publicadas por The Conference Board para Guatemala: $14.35 por hora, calculada para cada trabajador en la Población Ocupada (datos 2025, ajustados por paridad de poder adquisitivo).
Y lo que más desasosiego me dio no fue lo lejos que estamos de países desarrollados como Alemania, Singapur y Estados Unidos, los cuales septuplican la productividad de Guatemala, o el caso de Uruguay que la triplica, y el de Dominicana que la duplica, sino que, en 20 años, nuestro ritmo de crecimiento de la productividad fue 0.46% anual (en 2015, la productividad era $13.10 por hora).
Estamos tan lejos de donde queremos llegar, y avanzamos a paso de tortuga.
Esta reflexión surge porque ayer pasé alrededor de dos horas para pensar en este tema; dos horas en las que estuve atorado en el tráfico en medio de la ciudad más importante del país. De acuerdo al Banco de Guatemala, el Departamento de Guatemala representa el 43.3% del PIB del país, pero estoy seguro de que podría ser mucho más si no pasáramos 54 días al año en el tráfico.
La intención inicial de esta columna era compartir cifras sobre el nivel de productividad en el país, pero fue mayor el sentimiento de frustración que me embargó a lo largo de mi recorrido a ritmo procesional. Es realmente exasperante pasar de una aspiración de 25 minutos a un calvario vial de dos horas. Y esta situación no corresponde solamente a un “retraso”, sino que es un síntoma de que algo en el sistema está profundamente deteriorado. Es como si el progreso decidiera ponerse en reversa justo cuando más prisa tenemos.
Si lo ponemos en perspectiva, el tráfico es una contribución obligatoria que se paga con minutos de vida. En esas dos horas pude haber volado a otro país, haber visto una película de Nolan (y quizás entenderla), o haber tenido al menos dos reuniones productivas. Es una paradoja cruel pedirle a un país que sea competitivo cuando su fuerza laboral está gastando su energía mental antes de siquiera marcar tarjeta; peleando bómper con bómper por un centímetro de asfalto.
No me queda menos que calificar de absurdo el que cada cinco minutos sea atormentado por el mensaje de “recalculando ruta”, cuando el resto del mundo identifica formas innovadoras de aplicar la inteligencia artificial para elevar la productividad. El liderazgo del mundo se mueve en nanosegundos, mientras nosotros rogamos que nadie vaya a obstruir la intersección.
Una población que pasa entre 4 y 5 horas al día desplazándose es similar a querer acelerar con el freno de mano puesto. ¿Cuántas ideas brillantes se pierden en el tráfico? ¿Cuántos negocios no se cierran porque alguien llegó tarde o simplemente llegó aturdido y abrumado?
Lo que pasa a mi alrededor no sólo es el caos por llegar tarde a la oficina. Junto conmigo veo desfilar en cámara lenta a los camiones distribuidores, a los buses escolares, a las ambulancias y a las radiopatrullas; y sí, ahora hasta las motos de reparto hacen cola.
Es una falta de respeto al ciudadano y al trabajador que la mayor ciudad del país colapse ante cualquier eventualidad. No puede haber dignidad en pasar la vida sobre ruedas y en calles sin mantenimiento, y no puede haber productividad si el atasco es la norma y el viaje tranquilo es tan sólo un recuerdo de cuando las cosas funcionaban diferente.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: