En esta semana los chapines vimos a un conductor arrastrando y haciendo girar a otro vehículo en el Bulevar Liberación de la ciudad de Guatemala. El enfrentamiento se originó por la disputa del derecho de vía en el tráfico, y ocurrió cuando el conductor de un carro intentó incorporarse y el otro aceleró para bloquearle el paso, lo que causó un choque.
También leí que fue enviado a prisión el conductor de un auto que, en septiembre pasado, atropelló en repetidas ocasiones a un motorista en la zona 9 de esta urbe. El acusado enfrentará juicio por homicidio en grado de tentativa y, debido a la brutalidad del ataque al del motorista, hubo que amputarle la pierna derecha.
Ambos incidentes tienen su origen no en la mala calidad del tráfico en la capital chapina —que es espantosa—, sino en la incapacidad de algunos de controlar sus emociones, en la crispación y en la actitud explosiva con la que toman el volante. Voy a añadir y me voy a enfocar en la mala educación que exhiben cuando se suben a sus autos, o a sus motos. Esto es porque no podemos cambiar la realidad del tráfico, pero sí podemos controlar las formas en las que lo enfrentamos.
¿Qué es una de las primeras cosas que te enseñaron tus padres si te criaron bien? A pedir por favor y a dar las gracias. Con un poco de capacidad de reflexión y análisis, con un poco de inteligencia y autoregulación emocional, con un poco de conciencia y estabilidad emocional uno puede evitar que hechos que no dependen de uno escalen a niveles que puedan acarrear consecuencias jurídicas. Pero aún si faltaran algunos de aquellos elementos, un por favor y un gracias bien puestos y a tiempo pueden ahorrarte conocer la Torre de Tribunales, o un disgusto innecesario.
Henry Hazlitt, autor de “Los fundamentos de la moral”, escribió que los buenos modales son una ética menor; pero que en otro sentido son una ética mayor porque son la ética de la vida diaria. Y, por su parte, la filósofa Ayn Rand explicó que debería preocuparnos la moralidad cotidiana y menos la moralidad de crisis porque por su naturaleza las emergencias son temporales.
En esa dirección, más que preocuparnos por si somos capaces de robar un banco, o de comer carne humana luego de un accidente aéreo, deberíamos meditar sobre ¿por qué bloqueamos un crucero? ¿Por qué nos cruzamos en el tráfico? ¿Por qué no damos paso si alguien se está atravesando, aunque sea de forma abusadora, o imprudente? ¿Por qué vamos peleando en el tráfico? ¿Qué tan importante es avanzar tres metros en vez de ser gentil y generoso? ¿Por qué podemos golpear un retrovisor, o rayar un carro sin sentirnos responsables? ¿Por qué podemos subirnos a las banquetas y poner en peligro la integridad de los peatones?
Preocupa, eso sí, que en redes sociales haya quienes celebren actos de violencia antropoide como el de embestir un carro en el tráfico, o el de querer atravesarse sí o sí. Sospecho que los fans de esos desatinos son el mismo tipo de gente que llegó al Obelisco a robar stickers del álbum del mundial de fútbol y el mismo tipo de gente que lanza bolsas de agua en la fiesta del 14 de septiembre. En todo caso, manejar de forma prudente no es cobardía, sino racionalidad.
Los buenos modales no existen para complicarnos la vida, aunque algunos sean arbitrarios, como saber qué tenedor usar para qué en la mesa. Las buenas costumbres sirven para hacer de la vida un baile armónico y no una serie de golpes y sacudidas, explicó Hazlitt.
Al final del día, el volante es uno de los lugares donde más se pone a prueba nuestra capacidad de elegir la racionalidad por encima del impulso. Cada vez que cedemos el paso, que no respondemos a una provocación o que simplemente agradecemos con un gesto, estamos construyendo, o destruyendo, el tejido mínimo de civilidad que permite que una sociedad funcione sin convertirse en una guerra de todos contra todos.
Si te interesan estos temas visita luisfi61.com
En esta semana los chapines vimos a un conductor arrastrando y haciendo girar a otro vehículo en el Bulevar Liberación de la ciudad de Guatemala. El enfrentamiento se originó por la disputa del derecho de vía en el tráfico, y ocurrió cuando el conductor de un carro intentó incorporarse y el otro aceleró para bloquearle el paso, lo que causó un choque.
También leí que fue enviado a prisión el conductor de un auto que, en septiembre pasado, atropelló en repetidas ocasiones a un motorista en la zona 9 de esta urbe. El acusado enfrentará juicio por homicidio en grado de tentativa y, debido a la brutalidad del ataque al del motorista, hubo que amputarle la pierna derecha.
Ambos incidentes tienen su origen no en la mala calidad del tráfico en la capital chapina —que es espantosa—, sino en la incapacidad de algunos de controlar sus emociones, en la crispación y en la actitud explosiva con la que toman el volante. Voy a añadir y me voy a enfocar en la mala educación que exhiben cuando se suben a sus autos, o a sus motos. Esto es porque no podemos cambiar la realidad del tráfico, pero sí podemos controlar las formas en las que lo enfrentamos.
¿Qué es una de las primeras cosas que te enseñaron tus padres si te criaron bien? A pedir por favor y a dar las gracias. Con un poco de capacidad de reflexión y análisis, con un poco de inteligencia y autoregulación emocional, con un poco de conciencia y estabilidad emocional uno puede evitar que hechos que no dependen de uno escalen a niveles que puedan acarrear consecuencias jurídicas. Pero aún si faltaran algunos de aquellos elementos, un por favor y un gracias bien puestos y a tiempo pueden ahorrarte conocer la Torre de Tribunales, o un disgusto innecesario.
Henry Hazlitt, autor de “Los fundamentos de la moral”, escribió que los buenos modales son una ética menor; pero que en otro sentido son una ética mayor porque son la ética de la vida diaria. Y, por su parte, la filósofa Ayn Rand explicó que debería preocuparnos la moralidad cotidiana y menos la moralidad de crisis porque por su naturaleza las emergencias son temporales.
En esa dirección, más que preocuparnos por si somos capaces de robar un banco, o de comer carne humana luego de un accidente aéreo, deberíamos meditar sobre ¿por qué bloqueamos un crucero? ¿Por qué nos cruzamos en el tráfico? ¿Por qué no damos paso si alguien se está atravesando, aunque sea de forma abusadora, o imprudente? ¿Por qué vamos peleando en el tráfico? ¿Qué tan importante es avanzar tres metros en vez de ser gentil y generoso? ¿Por qué podemos golpear un retrovisor, o rayar un carro sin sentirnos responsables? ¿Por qué podemos subirnos a las banquetas y poner en peligro la integridad de los peatones?
Preocupa, eso sí, que en redes sociales haya quienes celebren actos de violencia antropoide como el de embestir un carro en el tráfico, o el de querer atravesarse sí o sí. Sospecho que los fans de esos desatinos son el mismo tipo de gente que llegó al Obelisco a robar stickers del álbum del mundial de fútbol y el mismo tipo de gente que lanza bolsas de agua en la fiesta del 14 de septiembre. En todo caso, manejar de forma prudente no es cobardía, sino racionalidad.
Los buenos modales no existen para complicarnos la vida, aunque algunos sean arbitrarios, como saber qué tenedor usar para qué en la mesa. Las buenas costumbres sirven para hacer de la vida un baile armónico y no una serie de golpes y sacudidas, explicó Hazlitt.
Al final del día, el volante es uno de los lugares donde más se pone a prueba nuestra capacidad de elegir la racionalidad por encima del impulso. Cada vez que cedemos el paso, que no respondemos a una provocación o que simplemente agradecemos con un gesto, estamos construyendo, o destruyendo, el tejido mínimo de civilidad que permite que una sociedad funcione sin convertirse en una guerra de todos contra todos.
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