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Dueñez Empresaria. Obsesión por la inmediatez

Este nuevo año podemos transformar algo que nos está dañando.

.
Carlos Dumois |
06 de enero, 2026

Vivimos en la era de la gratificación instantánea. Todo ha de ser rápido, accesible, resumido y consumible en segundos. La espera se ha vuelto intolerable, el proceso molesto y la profundidad prescindible. La tiranía de la inmediatez carcome nuestra calidad de vida.

Esta obsesión no es inerte, está transformando la manera como leemos, escuchamos música, comemos y trabajamos, y con ello, la forma en que vivimos.

Inmediatez en la lectura. Hemos acortado nuestros tiempos de atención a fragmentos de segundos. Ya no podemos leer un libro completo o seguir un razonamiento lógico extenso.

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Leemos rápido actuando como inquilinos. El lector impaciente quiere conclusiones sin proceso, recetas sin comprensión, atajos sin aprendizaje. Lee como quien renta ideas por segundos.

Hacemos lectura sin digestión. Reaprendamos a hacerlo con calma, conversando con el autor, asimilando la complejidad. No busquemos solo “qué pensar”, sino descubrir por qué, desde dónde y para qué. Cuando la lectura se vuelve carrera, dejamos de formar criterio y nos volvemos dependientes de opiniones prestadas.

Ahora la lectura es superficial: titulares, resúmenes, frases subrayadas, ideas clave. La lectura profunda ha sido desplazada por el consumo rápido de información. Queremos la idea central sin el argumento, la conclusión sin el análisis, la opinión sin el contexto.

El resultado genera atrofia mental: acumulamos datos, pero perdemos comprensión. Sabemos “de qué trata”, pero no lo digerimos. La lectura deja de ser un diálogo interior para convertirse en una carrera contra el tiempo.

Inmediatez en la Música. Hemos renunciado a la profundidad. Estamos matando a la melodía y enterrando la lírica. La música se ha vuelto más simple, más ruidosa y pobre en vocabulario, porque hemos perdido la capacidad de concentración y pensamiento crítico.

Es importante recuperar el silencio y la escucha activa a través del análisis de lo que escuchamos. Sin herramientas para analizar lo que escuchamos, nos convertimos en rehenes del Marketing.

La música también ha sido capturada por la cultura de la instantaneidad. Canciones diseñadas para enganchar en los primeros segundos, listas de reproducción interminables, saltos constantes de una pieza a otra.

Hemos perdido el hábito de escuchar un álbum completo, de seguir una narrativa musical, de permitir que una canción evolucione lentamente. Disfrutar la música implica presencia: permitir que la pieza despliegue, aceptar los silencios, sostener la atención. La música deja de ser una experiencia emocional profunda y se convierte en ruido, en estímulo rápido.

Inmediatez en la comida. Esta tendencia ha inundado nuestras mesas. Comemos rápido, solos, a deshoras, frente a pantallas. La comida deja de ser acontecimiento, ritual, encuentro y pausa, para convertirse en combustible. Queremos sabor inmediato, preparación mínima, satisfacción instantánea.

Ahora toda la comida es rápida, y la vivencia breve. Esta relación acelerada con el comer no solo empobrece la experiencia gastronómica, sino que rompe nuestra conexión con el origen de los alimentos, con el acto de preparar, compartir y agradecer. Comer sin tiempo es otra forma de vivir sin tiempo.

Inmediatez en el trabajo. En la empresa, esta obsesión se manifiesta como urgencia permanente. Correos que exigen respuesta inmediata, decisiones apresuradas, reuniones sin reflexión. Confundimos velocidad con eficiencia y reacción con liderazgo. La estrategia, la formación de personas, la cultura organizacional y la sucesión no admiten prisas. Requieren pausa, conversación y decisiones maduras.

Trabajamos mucho, pero pensamos poco. La estrategia pierde frente a la táctica, el largo plazo frente al resultado inmediato. En este entorno, la calidad se sacrifica por la rapidez y el aprendizaje profundo por soluciones ágiles. La prisa constante termina generando desgaste, errores repetidos y pérdida de sentido.

La inmediatez elimina la espera, la paciencia, el silencio, la reflexión profunda, pero tiene un costo alto: nos vuelve impacientes, superficiales y reactivos. Nos roba la capacidad de esperar, de convivir, de profundizar, de madurar ideas y decisiones. Todo lo valioso —el conocimiento, la música que conmueve, la comida como vivencia compartida, el trabajo que trasciende— necesita tiempo.

Tal vez no se trate de hacer todo más lento, sino de devolverle tiempo a lo que realmente importa. Que el 2026 podamos vivirlo con profundidad. ¡Feliz Año!

Dueñez Empresaria. Obsesión por la inmediatez

Este nuevo año podemos transformar algo que nos está dañando.

Carlos Dumois |
06 de enero, 2026
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Vivimos en la era de la gratificación instantánea. Todo ha de ser rápido, accesible, resumido y consumible en segundos. La espera se ha vuelto intolerable, el proceso molesto y la profundidad prescindible. La tiranía de la inmediatez carcome nuestra calidad de vida.

Esta obsesión no es inerte, está transformando la manera como leemos, escuchamos música, comemos y trabajamos, y con ello, la forma en que vivimos.

Inmediatez en la lectura. Hemos acortado nuestros tiempos de atención a fragmentos de segundos. Ya no podemos leer un libro completo o seguir un razonamiento lógico extenso.

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Leemos rápido actuando como inquilinos. El lector impaciente quiere conclusiones sin proceso, recetas sin comprensión, atajos sin aprendizaje. Lee como quien renta ideas por segundos.

Hacemos lectura sin digestión. Reaprendamos a hacerlo con calma, conversando con el autor, asimilando la complejidad. No busquemos solo “qué pensar”, sino descubrir por qué, desde dónde y para qué. Cuando la lectura se vuelve carrera, dejamos de formar criterio y nos volvemos dependientes de opiniones prestadas.

Ahora la lectura es superficial: titulares, resúmenes, frases subrayadas, ideas clave. La lectura profunda ha sido desplazada por el consumo rápido de información. Queremos la idea central sin el argumento, la conclusión sin el análisis, la opinión sin el contexto.

El resultado genera atrofia mental: acumulamos datos, pero perdemos comprensión. Sabemos “de qué trata”, pero no lo digerimos. La lectura deja de ser un diálogo interior para convertirse en una carrera contra el tiempo.

Inmediatez en la Música. Hemos renunciado a la profundidad. Estamos matando a la melodía y enterrando la lírica. La música se ha vuelto más simple, más ruidosa y pobre en vocabulario, porque hemos perdido la capacidad de concentración y pensamiento crítico.

Es importante recuperar el silencio y la escucha activa a través del análisis de lo que escuchamos. Sin herramientas para analizar lo que escuchamos, nos convertimos en rehenes del Marketing.

La música también ha sido capturada por la cultura de la instantaneidad. Canciones diseñadas para enganchar en los primeros segundos, listas de reproducción interminables, saltos constantes de una pieza a otra.

Hemos perdido el hábito de escuchar un álbum completo, de seguir una narrativa musical, de permitir que una canción evolucione lentamente. Disfrutar la música implica presencia: permitir que la pieza despliegue, aceptar los silencios, sostener la atención. La música deja de ser una experiencia emocional profunda y se convierte en ruido, en estímulo rápido.

Inmediatez en la comida. Esta tendencia ha inundado nuestras mesas. Comemos rápido, solos, a deshoras, frente a pantallas. La comida deja de ser acontecimiento, ritual, encuentro y pausa, para convertirse en combustible. Queremos sabor inmediato, preparación mínima, satisfacción instantánea.

Ahora toda la comida es rápida, y la vivencia breve. Esta relación acelerada con el comer no solo empobrece la experiencia gastronómica, sino que rompe nuestra conexión con el origen de los alimentos, con el acto de preparar, compartir y agradecer. Comer sin tiempo es otra forma de vivir sin tiempo.

Inmediatez en el trabajo. En la empresa, esta obsesión se manifiesta como urgencia permanente. Correos que exigen respuesta inmediata, decisiones apresuradas, reuniones sin reflexión. Confundimos velocidad con eficiencia y reacción con liderazgo. La estrategia, la formación de personas, la cultura organizacional y la sucesión no admiten prisas. Requieren pausa, conversación y decisiones maduras.

Trabajamos mucho, pero pensamos poco. La estrategia pierde frente a la táctica, el largo plazo frente al resultado inmediato. En este entorno, la calidad se sacrifica por la rapidez y el aprendizaje profundo por soluciones ágiles. La prisa constante termina generando desgaste, errores repetidos y pérdida de sentido.

La inmediatez elimina la espera, la paciencia, el silencio, la reflexión profunda, pero tiene un costo alto: nos vuelve impacientes, superficiales y reactivos. Nos roba la capacidad de esperar, de convivir, de profundizar, de madurar ideas y decisiones. Todo lo valioso —el conocimiento, la música que conmueve, la comida como vivencia compartida, el trabajo que trasciende— necesita tiempo.

Tal vez no se trate de hacer todo más lento, sino de devolverle tiempo a lo que realmente importa. Que el 2026 podamos vivirlo con profundidad. ¡Feliz Año!

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