Cualquier análisis serio sobre las restricciones al crecimiento en Guatemala debiera considerar dos elementos fundamentales: Infraestructura y Desnutrición Crónica. Cualquier otro elemento que se agregue, me atrevo a afirmar, carecerá de justificación si no se abordan estratégicamente los dos primeros.
En otras oportunidades he compartido algunas ideas sobre los retos que enfrenta el ecosistema de inversión en infraestructura en Guatemala; pero, en esta ocasión, quiero esbozar algunas líneas sobre el tema que me más me ha apasionado en los últimos 15 años: los Desnutridos Crónicos en Guatemala.
En primer lugar, debo reconocer que la desnutrición es, necesariamente, un tema que requiere de un abordaje desde la esfera pública. ¿Por qué me atrevo a hacer semejante afirmación? Porque es un padecimiento que, al momento de sufrirlo, no hay algo que el afectado pueda hacer para enfrentarlo. Y, cuando el afectado tiene la capacidad de hacer algo al respecto, lamentablemente es demasiado tarde. La desnutrición crónica necesita del reconocimiento público para garantizar que una condición prevenible no evolucione a un padecimiento crónico.
En segundo lugar, quiero resaltar la importancia de poner nombre y apellido al problema. Es fácil hablar de una tasa de desnutrición crónica que pasó de 46.5% (ENSMI, 2015) a 42% (ENDESA, 2025) de los niños y las niñas menores de cinco años. Pero si lo vemos en cantidad de individuos, en 2015 se registraron casi 869,000 desnutridos crónicos, mientras que en 2025 la cifra se redujo a poco más de 764,000. No se debe citar un 4.5% menos de desnutrición crónica, sino un 12% menos de niños y niñas con este padecimiento.
Este logro es importantísimo, pero muy pocos podrán considerarlo como suficiente. La USAC ya contaba con varias tesis sobre el tema hace casi 100 años, y Guatemala fue el primer país de la región en contar con un estudio longitudinal que evaluó el impacto de la desnutrición crónica infantil en adultos durante la etapa productiva de su vida.
Dicho de otra forma, y este mi tercer punto sobre el tema, no hay evidencia que muestre que el abordaje de la nutrición es prioridad. El programa 54: Asuntos de Seguridad Alimentaria y Nutricional, pasó de ejecutar 50.98 millones en 2015 a ejecutar 65.22 millones en 2025.
Al vencerse la ventana de los 1,000 días, el veredicto solo puede ser si la cohorte fue un rotundo éxito o si fue un rotundo fracaso. Se tienen solamente 1,000 días para acompañar a la madre embarazada y al niño menor de dos años en cada una de las acciones esenciales para prevenir la desnutrición crónica. Y para lograr con este cometido, hay que contar con sistemas sofisticados de identificación, registro, monitoreo y evaluación de resultados; no sólo para la población en riesgo, sino para todas las mujeres en edad reproductiva y para todos los niños menores de dos años.
En el año 2019, Guatemala fue rankeado en el 4° puesto de un total de 45 países en el HANCI Index (ranking 1 en el año 2017), el cual mide a través de 22 indicadores el compromiso político de un país de hacer frente a la Desnutrición (crónica y aguda). Aún así, los resultados evidencian que hacer frente el tema necesita de técnica, no sólo de mística.
Promisorio es ver que, para el 2026, el presupuesto vigente para el Programa 54 asciende a los Q157 millones, aunque el nivel de ejecución a la fecha es de apenas el 12.32% (Q19.34 millones). Sin embargo, mientras no haya un equipo con dedicación exclusiva a informar sobre la implementación de cada una de las actividades en materia de salud (e. g. Vacunación) y nutrición, la asignación de recursos termina siendo prácticamente inocua para la prevención de la desnutrición crónica.
La invitación es a hacer más y a hablar menos. Y para evidenciar resultados, se necesitan mejores mediciones predictivas sobre el avance que se va a tener con cada cohorte, ya que la estadística después de 10 años termina siendo solamente la confirmación de un esfuerzo infructuoso.
Tengo la convicción de que hay muchos que quieren aportar su tiempo, talento y recursos para lograr acelerar la tendencia (el ODM para Guatemala era menos del 29% de desnutrición crónica para el año 2015), pero si no se hace énfasis en que este es el tema principal sobre el cual se debe construir el presente y futuro de Guatemala, pasarán los años y seguiremos quedando en deuda con una población que merece ser el centro del desarrollo del país.
Cualquier análisis serio sobre las restricciones al crecimiento en Guatemala debiera considerar dos elementos fundamentales: Infraestructura y Desnutrición Crónica. Cualquier otro elemento que se agregue, me atrevo a afirmar, carecerá de justificación si no se abordan estratégicamente los dos primeros.
En otras oportunidades he compartido algunas ideas sobre los retos que enfrenta el ecosistema de inversión en infraestructura en Guatemala; pero, en esta ocasión, quiero esbozar algunas líneas sobre el tema que me más me ha apasionado en los últimos 15 años: los Desnutridos Crónicos en Guatemala.
En primer lugar, debo reconocer que la desnutrición es, necesariamente, un tema que requiere de un abordaje desde la esfera pública. ¿Por qué me atrevo a hacer semejante afirmación? Porque es un padecimiento que, al momento de sufrirlo, no hay algo que el afectado pueda hacer para enfrentarlo. Y, cuando el afectado tiene la capacidad de hacer algo al respecto, lamentablemente es demasiado tarde. La desnutrición crónica necesita del reconocimiento público para garantizar que una condición prevenible no evolucione a un padecimiento crónico.
En segundo lugar, quiero resaltar la importancia de poner nombre y apellido al problema. Es fácil hablar de una tasa de desnutrición crónica que pasó de 46.5% (ENSMI, 2015) a 42% (ENDESA, 2025) de los niños y las niñas menores de cinco años. Pero si lo vemos en cantidad de individuos, en 2015 se registraron casi 869,000 desnutridos crónicos, mientras que en 2025 la cifra se redujo a poco más de 764,000. No se debe citar un 4.5% menos de desnutrición crónica, sino un 12% menos de niños y niñas con este padecimiento.
Este logro es importantísimo, pero muy pocos podrán considerarlo como suficiente. La USAC ya contaba con varias tesis sobre el tema hace casi 100 años, y Guatemala fue el primer país de la región en contar con un estudio longitudinal que evaluó el impacto de la desnutrición crónica infantil en adultos durante la etapa productiva de su vida.
Dicho de otra forma, y este mi tercer punto sobre el tema, no hay evidencia que muestre que el abordaje de la nutrición es prioridad. El programa 54: Asuntos de Seguridad Alimentaria y Nutricional, pasó de ejecutar 50.98 millones en 2015 a ejecutar 65.22 millones en 2025.
Al vencerse la ventana de los 1,000 días, el veredicto solo puede ser si la cohorte fue un rotundo éxito o si fue un rotundo fracaso. Se tienen solamente 1,000 días para acompañar a la madre embarazada y al niño menor de dos años en cada una de las acciones esenciales para prevenir la desnutrición crónica. Y para lograr con este cometido, hay que contar con sistemas sofisticados de identificación, registro, monitoreo y evaluación de resultados; no sólo para la población en riesgo, sino para todas las mujeres en edad reproductiva y para todos los niños menores de dos años.
En el año 2019, Guatemala fue rankeado en el 4° puesto de un total de 45 países en el HANCI Index (ranking 1 en el año 2017), el cual mide a través de 22 indicadores el compromiso político de un país de hacer frente a la Desnutrición (crónica y aguda). Aún así, los resultados evidencian que hacer frente el tema necesita de técnica, no sólo de mística.
Promisorio es ver que, para el 2026, el presupuesto vigente para el Programa 54 asciende a los Q157 millones, aunque el nivel de ejecución a la fecha es de apenas el 12.32% (Q19.34 millones). Sin embargo, mientras no haya un equipo con dedicación exclusiva a informar sobre la implementación de cada una de las actividades en materia de salud (e. g. Vacunación) y nutrición, la asignación de recursos termina siendo prácticamente inocua para la prevención de la desnutrición crónica.
La invitación es a hacer más y a hablar menos. Y para evidenciar resultados, se necesitan mejores mediciones predictivas sobre el avance que se va a tener con cada cohorte, ya que la estadística después de 10 años termina siendo solamente la confirmación de un esfuerzo infructuoso.
Tengo la convicción de que hay muchos que quieren aportar su tiempo, talento y recursos para lograr acelerar la tendencia (el ODM para Guatemala era menos del 29% de desnutrición crónica para el año 2015), pero si no se hace énfasis en que este es el tema principal sobre el cual se debe construir el presente y futuro de Guatemala, pasarán los años y seguiremos quedando en deuda con una población que merece ser el centro del desarrollo del país.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: