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Cuba: transición, no cambio abrupto

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Alejandro Palmieri
22 de marzo, 2026

Mientras el 16 de marzo de 2026 el sistema eléctrico cubano se desplomaba por completo —el tercer apagón nacional en cuatro meses—, dejando a 11M de personas a oscuras durante casi 30 horas, la isla vivía un momento histórico y previsible al mismo tiempo. Horas antes, manifestantes en Morón habían asaltado la sede provincial del Partido Comunista, quemando muebles y símbolos del poder. No eran solo cacerolazos. Era rabia acumulada por la escasez, los hospitales sin luz y la comida que se pudre.

En medio del caos, el régimen dio un paso sin precedentes. El viceministro Óscar Pérez-Oliva Fraga anunció que los cubanos residentes en el exterior —incluidos los cubanoamericanos de Miami— podrán invertir, ser propietarios y operar negocios privados en prácticamente todos los sectores, incluso grandes proyectos. “No hay limitaciones”, dijo. Las puertas se abrían al capital que durante décadas se había demonizado.

La respuesta de Washington llegó inmediata y cristalina. Y no vino solo de Donald Trump; quien marcó el tono fue Marco Rubio, secretario de Estado y arquitecto de la política estadounidense hacia la isla. “Cuba tiene una economía que no funciona y un sistema político y gubernamental que no puede arreglarla […] así que tienen que cambiar dramáticamente […] lo que anunciaron ayer no es lo suficientemente dramático, no va a solucionarlo”, declaró Rubio ante la prensa en la Casa Blanca. Y remató: “Las personas a cargo no saben cómo arreglarlo, así que tienen que poner gente nueva al mando”.

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El mensaje es preciso y define el momento: esto es el principio del fin de la dictadura cubana tal como la conocemos desde 1959. Pero no será mediante un “regime change” clásico, invasión o imposición externa. De forma similar a como ocurrió con Venezuela, EE. UU. no colocará un títere. Ejercerá, en cambio, presión económica creciente sobre quienes terminen tomando el control real —casi con certeza alguien nuevo, ajeno a Miguel Díaz-Canel y a los últimos vestigios de la familia Castro— para que, paso a paso, la isla se abra al mundo, cese la represión sistemática y afloje el control total sobre casi todos los aspectos de la vida de los cubanos.

Sin intervención directa, pero con presión decisiva

Los días de imponer democracias de la noche a la mañana han terminado. Más que en Venezuela, en Cuba no existe oposición organizada ni cuadros técnicos o políticos formados para administrar el Estado ni convocar elecciones creíbles a corto plazo. Tras 67 años de partido único, una transición democrática plena es hoy tan impensable como lo fue en la Unión Soviética de 1985, por más deseable que sea.

El comunismo, como ideología aplicada, murió hace décadas. Las inversiones extranjeras privadas (con participación estatal) y la precariedad crónica han creado un capitalismo incipiente y desordenado, pero real. Desde 2021 las mipymes proliferan. Ahora, con esta apertura a la diáspora, el régimen reconoce lo obvio: sin dólares del exilio y sin alivio externo, el modelo colapsa.

Por eso, aunque no habrá un cambio de régimen abrupto, sí hay un cambio de disposición en La Habana. Díaz-Canel ha confirmado conversaciones diplomáticas de alto nivel. Se liberaron presos políticos como gesto. Y se invita al capital que antes se llamaba “imperialista”. Son señales de supervivencia pura.

Rubio, cubanoamericano de segunda generación y crítico implacable del régimen desde hace años, ha sido claro: el embargo está “atado a un cambio político”. Sin embargo, también ha matizado que “Cuba necesita cambiar. No tiene que cambiar de la noche a la mañana […] pero necesita cambiar dramáticamente” porque el statu quo es insostenible; el 15 % de la población ha emigrado desde 2021. Los subsidios venezolanos se acabaron tras la caída de Maduro. México y otros suspendieron envíos por temor a aranceles. La presión funciona.

Más allá de la retórica ocasional de Trump sobre un posible “friendly takeover” o convertir a Cuba en algo parecido a un “estado 51” —comentarios que ha hecho sobre varios países—, la estrategia real es más sofisticada y la encarna Rubio: presión sostenida para que quien herede el poder negocie una apertura controlada. Las instrucciones vendrán en inglés, sí, pero se ejecutarán en español y con ritmo cubano.

El resultado más probable no será una democracia liberal instantánea. Será un régimen autoritario que se relaja económicamente para sobrevivir, parecido a lo que hicieron China o Vietnam, pero con mayor peso del capital cubanoamericano y las remesas. Un híbrido donde la apertura económica preceda —y eventualmente impulse— mayores libertades políticas y el fin de la represión.

Los riesgos son evidentes. Una presión demasiado brusca puede generar más violencia y represión. Una apertura demasiado lenta acelerará la sangría migratoria. Pero la dirección está trazada: después de 67 años de aislamiento y control absoluto, Cuba elige entre morir de asfixia o negociar una salida pragmática.

Marco Rubio lo resumió sin rodeos: la gente a cargo no sabe arreglarlo. Necesitan gente nueva. Y el régimen, por primera vez en décadas, parece empezar a entender que no podrá seguir solo. El comunismo puro se convirtió en retórica hueca hace tiempo; ahora solo queda el poder y la supervivencia. Para los cubanos de a pie, esto significa que el cambio no llegará con banderas e himnos, sino con luz más estable, comida en la mesa, internet sin censura y, sobre todo, menos miedo. Será lento, imperfecto y lleno de contradicciones. Pero es el principio del fin. Y esta vez, el futuro no depende solo de La Habana. Depende también de las duras instrucciones que llegan desde el norte.

Cuba: transición, no cambio abrupto

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Alejandro Palmieri
22 de marzo, 2026

Mientras el 16 de marzo de 2026 el sistema eléctrico cubano se desplomaba por completo —el tercer apagón nacional en cuatro meses—, dejando a 11M de personas a oscuras durante casi 30 horas, la isla vivía un momento histórico y previsible al mismo tiempo. Horas antes, manifestantes en Morón habían asaltado la sede provincial del Partido Comunista, quemando muebles y símbolos del poder. No eran solo cacerolazos. Era rabia acumulada por la escasez, los hospitales sin luz y la comida que se pudre.

En medio del caos, el régimen dio un paso sin precedentes. El viceministro Óscar Pérez-Oliva Fraga anunció que los cubanos residentes en el exterior —incluidos los cubanoamericanos de Miami— podrán invertir, ser propietarios y operar negocios privados en prácticamente todos los sectores, incluso grandes proyectos. “No hay limitaciones”, dijo. Las puertas se abrían al capital que durante décadas se había demonizado.

La respuesta de Washington llegó inmediata y cristalina. Y no vino solo de Donald Trump; quien marcó el tono fue Marco Rubio, secretario de Estado y arquitecto de la política estadounidense hacia la isla. “Cuba tiene una economía que no funciona y un sistema político y gubernamental que no puede arreglarla […] así que tienen que cambiar dramáticamente […] lo que anunciaron ayer no es lo suficientemente dramático, no va a solucionarlo”, declaró Rubio ante la prensa en la Casa Blanca. Y remató: “Las personas a cargo no saben cómo arreglarlo, así que tienen que poner gente nueva al mando”.

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El mensaje es preciso y define el momento: esto es el principio del fin de la dictadura cubana tal como la conocemos desde 1959. Pero no será mediante un “regime change” clásico, invasión o imposición externa. De forma similar a como ocurrió con Venezuela, EE. UU. no colocará un títere. Ejercerá, en cambio, presión económica creciente sobre quienes terminen tomando el control real —casi con certeza alguien nuevo, ajeno a Miguel Díaz-Canel y a los últimos vestigios de la familia Castro— para que, paso a paso, la isla se abra al mundo, cese la represión sistemática y afloje el control total sobre casi todos los aspectos de la vida de los cubanos.

Sin intervención directa, pero con presión decisiva

Los días de imponer democracias de la noche a la mañana han terminado. Más que en Venezuela, en Cuba no existe oposición organizada ni cuadros técnicos o políticos formados para administrar el Estado ni convocar elecciones creíbles a corto plazo. Tras 67 años de partido único, una transición democrática plena es hoy tan impensable como lo fue en la Unión Soviética de 1985, por más deseable que sea.

El comunismo, como ideología aplicada, murió hace décadas. Las inversiones extranjeras privadas (con participación estatal) y la precariedad crónica han creado un capitalismo incipiente y desordenado, pero real. Desde 2021 las mipymes proliferan. Ahora, con esta apertura a la diáspora, el régimen reconoce lo obvio: sin dólares del exilio y sin alivio externo, el modelo colapsa.

Por eso, aunque no habrá un cambio de régimen abrupto, sí hay un cambio de disposición en La Habana. Díaz-Canel ha confirmado conversaciones diplomáticas de alto nivel. Se liberaron presos políticos como gesto. Y se invita al capital que antes se llamaba “imperialista”. Son señales de supervivencia pura.

Rubio, cubanoamericano de segunda generación y crítico implacable del régimen desde hace años, ha sido claro: el embargo está “atado a un cambio político”. Sin embargo, también ha matizado que “Cuba necesita cambiar. No tiene que cambiar de la noche a la mañana […] pero necesita cambiar dramáticamente” porque el statu quo es insostenible; el 15 % de la población ha emigrado desde 2021. Los subsidios venezolanos se acabaron tras la caída de Maduro. México y otros suspendieron envíos por temor a aranceles. La presión funciona.

Más allá de la retórica ocasional de Trump sobre un posible “friendly takeover” o convertir a Cuba en algo parecido a un “estado 51” —comentarios que ha hecho sobre varios países—, la estrategia real es más sofisticada y la encarna Rubio: presión sostenida para que quien herede el poder negocie una apertura controlada. Las instrucciones vendrán en inglés, sí, pero se ejecutarán en español y con ritmo cubano.

El resultado más probable no será una democracia liberal instantánea. Será un régimen autoritario que se relaja económicamente para sobrevivir, parecido a lo que hicieron China o Vietnam, pero con mayor peso del capital cubanoamericano y las remesas. Un híbrido donde la apertura económica preceda —y eventualmente impulse— mayores libertades políticas y el fin de la represión.

Los riesgos son evidentes. Una presión demasiado brusca puede generar más violencia y represión. Una apertura demasiado lenta acelerará la sangría migratoria. Pero la dirección está trazada: después de 67 años de aislamiento y control absoluto, Cuba elige entre morir de asfixia o negociar una salida pragmática.

Marco Rubio lo resumió sin rodeos: la gente a cargo no sabe arreglarlo. Necesitan gente nueva. Y el régimen, por primera vez en décadas, parece empezar a entender que no podrá seguir solo. El comunismo puro se convirtió en retórica hueca hace tiempo; ahora solo queda el poder y la supervivencia. Para los cubanos de a pie, esto significa que el cambio no llegará con banderas e himnos, sino con luz más estable, comida en la mesa, internet sin censura y, sobre todo, menos miedo. Será lento, imperfecto y lleno de contradicciones. Pero es el principio del fin. Y esta vez, el futuro no depende solo de La Habana. Depende también de las duras instrucciones que llegan desde el norte.

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