Era julio de 1779 y Matías de Gálvez llevaba apenas trece meses en Guatemala. En ese tiempo había hecho lo que ningún gobernador anterior había logrado en seis años: poner la primera piedra de la Catedral, levantar el Palacio Real, instalar el alumbrado público, hacer funcionar la Casa de Moneda y transformar un laberinto de zanjas y maleza en algo parecido a una capital. El cabildo de la época lo describió así, sin exageración: gobernaba una república opulenta, con instituciones, con comercio, con orden. No era una villa abandonada en medio del desierto. Era un Reino próspero.
Entonces llegó la noticia. Una cédula real sellada con el escudo de Carlos III le informaba que España había declarado la guerra a Gran Bretaña. Pero la cédula no llegó sola. Llegó acompañada por el rumor, pronto confirmado, de que los ingleses ya habían actuado: ocupaban el fuerte de San Fernando de Omoa, controlaban tramos de la Costa Mosquitia y amenazaban el río San Juan. El enemigo no estaba viniendo. Ya estaba adentro.
No hay registro de lo que pensó Matías de Gálvez esa noche. Quizás convocó un consejo del Reino. Quizás habló en voz baja con su esposa o con algún oficial de confianza. Quizás se quedó solo frente a un mapa, calculando lo que ninguno de sus antecesores había tenido que calcular: cómo defender y construir al mismo tiempo, sin ejército regular, sin refuerzos de España, con lo que había. Lo que hizo a continuación, según dejó escrito el cabildo, fue volar a la reconquista. Esa fue la palabra exacta: voló. Sin detenerse en su edad ni en sus achaques. Sitió Omoa, recuperó el fuerte del río San Juan, destruyó las fortificaciones inglesas en Roatán. Y entre batalla y batalla, siguió construyendo la ciudad. No eligió entre defender y edificar. Hizo las dos cosas.
En 1782, el cabildo le escribió al rey pidiendo que se le erigiera una estatua con la inscripción: Al Primer Padre de la Patria. No fue autorizado. Guatemala lleva doscientos cuarenta años sin cumplirle esa promesa al hombre que la construyó mientras la defendía.
Pero hay algo que me inquieta más que el olvido de Gálvez. Es que ese Reino que él gobernaba no era la primera vez que Guatemala llegaba a la cúspide. Dos mil años antes de que él pusiera la primera piedra de la Catedral, este mismo territorio ya había sido el centro exportador de tecnología de punta del mundo conocido. No una vez. Dos veces.
La primera fue Kaminal Juyú en el preclásico. Las minas de El Chayal, en lo que hoy es Palencia, producían el material más cortante que existía: el equivalente del acero quirúrgico de su época. El geoarqueólogo Geoffrey Braswell documentó que en sitios tan distantes como Cobá, en el norte de Yucatán, el 90 por ciento de la obsidiana provenía de las canteras de El Chayal. El historiador Luis Hurtado de Mendoza fue más preciso todavía: durante los primeros siglos de la era cristiana, Kaminal Juyú fue un centro de minería de obsidiana a gran escala cuya exportación alcanzaba Belice y más al norte del Petén. Como lo documento en mi libro ¿De dónde venimos, Guatemala? (2022), Kaminal Juyú fue el Silicon Valley del primer milenio.
La segunda fue Tikal en el clásico. Para entonces Guatemala no solo exportaba tecnología: exportaba los bienes suntuarios de la época, jadeíta, plumas de quetzal, cacao, mantas de algodón, y para mover ese comercio había construido los Saqbej, calzadas de hasta trescientos kilómetros de largo y veinte metros de ancho, cubiertas de cal blanca que se iluminaban en las noches para facilitar el tránsito entre las ciudades-Estado. La Gran Ruta de Comercio Occidental, documentada por el arqueólogo Arthur Demarest de la Universidad Vanderbilt, conectaba el altiplano y las minas de El Chayal con las tierras bajas del Petén y el Caribe. Fuimos la Suiza y el Taiwán al mismo tiempo: el centro financiero y el centro tecnológico de nuestro mundo.
La tercera fue el Reino de Guatemala que gobernó Matías de Gálvez. Una ciudad opulenta con instituciones, con cabildo que le escribía al rey directamente, con un gobernador que construía y defendía al mismo tiempo.
Tres veces cúspide. Y hoy, puesto 27 de 30 en riqueza por persona en nuestra propia región.
Eso también somos nosotros.
Cien columnas después de haber comenzado esta conversación, lo que más me pesa no es lo que hemos descubierto sino lo que seguimos sin decidir. Hemos documentado con datos duros que Guatemala tiene el potencial geográfico para ser el corredor logístico del mundo, la energía renovable más barata de la región, un turismo que podría multiplicarse siete veces, un talento individual capaz de ganar campeonatos mundiales desde Melchor de Mencos, y una historia de resiliencia que ningún trauma ha logrado borrar del todo. Y sin embargo, seguimos en el puesto 27 de 30 en riqueza por persona en nuestra propia región. Seguimos siendo el país que exporta jornaleros en lugar de productos. Seguimos produciendo héroes individuales dentro de un sistema que no está a su altura.
No es un problema de capacidad. Es un problema de decisión.
En estos veintitrés meses he aprendido que Guatemala tiene cuatro heridas que se alimentan entre sí. La primera es económica: seguimos creciendo hacia adentro cuando el mundo compite hacia afuera. Las remesas sostienen el consumo pero no construyen riqueza. Las exportaciones han caído del 27% al 16% del PIB en una década. La inversión extranjera directa es catorce veces menor que las remesas. Un país que depende del sacrificio de los que se fueron no tiene un modelo de desarrollo: tiene una renta migratoria que algún día se terminará.
La segunda herida es institucional: llevamos siglos rompiendo contratos, invalidando licencias, expropiando propiedades y fallando arbitrajes internacionales. El mundo nos ha tomado la palabra. Por eso la inversión que merece nuestra geografía no llega. No es por falta de oportunidades. Es por exceso de desconfianza acumulada, decreto a decreto, gobierno a gobierno, desde la expulsión de los jesuitas en 1767 hasta el último contrato petrolero cancelado a destiempo.
La tercera herida es cultural: somos un país con una relación doliente con el tiempo. Lo sentimos pasar pero no lo aprovechamos. Cada decisión tarda demasiado. Cada proceso parece diseñado para que nada cambie. Un país que no sabe darle valor a su tiempo tampoco sabe crear prosperidad. Y mientras Suiza construyó su identidad sobre la precisión del reloj, nosotros seguimos midiendo el futuro en promesas y próximas administraciones.
La cuarta herida es política: seguimos confundiendo la pregunta de quién gobierna con la pregunta de cómo se limita el poder de quien gobierna. El comunismo que regresa disfrazado de justicia social, el populismo de derecha que promete redención sin sacrificio, el caudillismo que seduce a los cansados: todos son variantes del mismo error que Polibio diagnosticó dos mil años antes de que Marx naciera. Sin contrapesos reales, sin propiedad privada protegida, sin instituciones que sobrevivan a los gobernantes, cualquier sistema degenera. La historia no lo sugiere. Lo garantiza.
Pero estas no son columnas de denuncia. Son columnas de propuesta. Y la propuesta es siempre la misma, dicha de distintas formas a lo largo de cien entregas: Guatemala no necesita un salvador. Necesita una República.
Una República que entienda que crear riqueza es un imperativo moral, no una traición a los pobres. Que financie al estudiante en lugar de financiar las estructuras que lo capturan. Que cumpla los contratos que firma, porque la confianza no se decreta sino que se construye acto a acto. Que respete el tiempo de sus ciudadanos como el bien más escaso que existe. Que forme héroes colectivos, no solo campeones individuales que brillan a pesar del sistema.
Cien columnas no son suficientes para convencer a nadie que no quiera ser convencido. Pero sí son suficientes para dejar un registro. Para decir que el diagnóstico existe, que la evidencia está, que los modelos funcionan en otros países porque son universales y no porque esos países tengan algo que nosotros no tenemos.
Singapur no tenía recursos naturales. Irlanda era el país más pobre de Europa occidental. Estonia salió de la Unión Soviética con una economía devastada. Bulgaria tardó veinte años en transformarse. Todos ellos tomaron una decisión: dejar de administrar lo que había y empezar a construir lo que podía ser. No eligieron entre defender su presente y edificar su futuro. Como Matías de Gálvez, hicieron las dos cosas al mismo tiempo.
La pregunta para las próximas cincuenta columnas es simple y no tiene respuesta fácil: ¿cuándo decide Guatemala dejar de ser el país que podría ser y empezar a ser el país que decide ser?
Esa respuesta no está en un partido, ni en un caudillo, ni en una promesa de campaña. Está en una generación que entienda que la República no se hereda. Se reconstruye.
Ni caudillo, ni partido. República.
Ramiro Bolaños, PhD. Presidente del Centro de Pensamiento y Acción: Factoría Libertatis
Referencias y columnas citadas
Fuente histórica
Bolaños, Ramiro. ¿De dónde venimos, Guatemala? Las civilizaciones originales. Tomo I. (Guatemala: Editorial SET, 2022). Datos sobre las exportaciones de obsidiana de El Chayal, los Saqbej y la Gran Ruta de Comercio Occidental citados en la apertura de esta columna.
Arévalo, Rafael. Colección de documentos antiguos del Archivo del Ayuntamiento de la Ciudad de Guatemala. (Guatemala: Imprenta de Luna, 1857), pp. 171-176.
Eje I — Riqueza
Columna 59 — ¿Y si el secreto del progreso no fuera gastar más, sino ahorrar más para invertir mejor? (28 de julio de 2025)
Columna 61 — El secreto mejor guardado: la eficiencia de la inversión extranjera directa en Guatemala (11 de agosto de 2025)
Columna 62 — El motor escondido del progreso: cómo la productividad industrial define el destino de los países (18 de agosto de 2025)
Columna 72 — El imperativo moral del crecimiento: por qué Guatemala no tiene un problema de pobreza, sino de riqueza (27 de octubre de 2025)
Columna 73 — Argentina votó por la libertad: las lecciones de Milei para el desarrollo de Guatemala (3 de noviembre de 2025)
Columna 82 — Más sobre la revancha del sentido común: cuando el crecimiento no depende del Estado (12 de enero de 2026)
Columna 87 — La enfermedad holandesa: cómo las remesas (y nuestros errores) mataron el milagro exportador desde 2013 (16 de febrero de 2026)
Columna 88 — El espejismo del segundo lugar: tamaño no es prosperidad (23 de febrero de 2026)
Columna 89 — El modelo de los cinco motores para una Guatemala de riqueza por persona (2 de marzo de 2026)
Columna 93 — El modelo Arévalo vs el modelo Milei: hipotecar hoy o construir el mañana (30 de marzo de 2026)
Columna 95 — Migrante: una flecha con futuro insuficiente (13 de abril de 2026)
Columna 96 — El turismo ausente: el costo de no atraer inversión (20 de abril de 2026)
Eje II — República
Columna 52 — El modelo importa: la España de Aznar y la Madrid de Ayuso frente al populismo y la implosión socialista de Sánchez y Barcelona (9 de junio de 2025)
Columna 53 — Un año de virtud: por qué la libertad necesita carácter (16 de junio de 2025)
Columna 56 — Y tropezó de nuevo con la misma piedra: la generación que llevó a la ruina a Colombia en una sola elección (14 de julio de 2025)
Columna 57 — Cuando el crimen se vuelve ley: por qué la corrupción está hundiendo al mundo (14 de julio de 2025)
Columna 63 — ¿Por qué nadie confía en Guatemala? El pecado serial de invalidar la seguridad jurídica (23 de agosto de 2025)
Columna 64 — ¿Y si el secreto de la riqueza estuviera escrito en leyes milenarias? (1 de septiembre de 2025)
Columna 66 — Guatemala y la palabra empeñada: por qué la confianza es nuestra deuda más grande (15 de septiembre de 2025)
Columna 77 — Cuando mueren los héroes: la urgencia de recuperar la virtud perdida en Guatemala (1 de diciembre de 2025)
Columna 84 — 56 años después: nuestra república sitiada de nuevo (26 de enero de 2026)
Columna 85 — Roma republicana vs. Guatemala: por qué los romanos construyeron un imperio y nosotros seguimos licitando carreteras (2 de febrero de 2026)
Columna 98 — Ni caudillo ni partido: la República (4 de mayo de 2026)
Eje III — Decisión y cultura
Columna 71 — A propósito del Nobel de Economía 2025: cómo la cultura define la riqueza de las naciones (20 de octubre de 2025)
Columna 75 — El adiós al Mundial: cuando Guatemala y la selección repiten el mismo destino (17 de noviembre de 2025)
Columna 76 — El tiempo perdido hasta los santos lo lloran: cómo la cultura del paso lento frena la prosperidad (24 de noviembre de 2025)
Columna 83 — Matías de Gálvez: el héroe que salvó a Guatemala en medio de una guerra mundial (19 de enero de 2026)
Columna 86 — El deber antes que el miedo: la hazaña milagrosa del niño de trece años que salvó a su familia (9 de febrero de 2026)
Columna 90 — Atreverse: el salto de fe de Guatemala (9 de marzo de 2026)
Columna 91 — Chapín: una identidad construida por muchos pueblos (16 de marzo de 2026)
Columna 92 — El paralelismo histórico de Jasaw Chan K'awiil y la conquista mundial de boxeo de Lester Martínez Tut (23 de marzo de 2026)
Eje IV — Futuro
Columna 54 — Guatemala ya es el mejor destino del mundo. ¿Qué pasaría si ahora trabajamos juntos para convertirla en el centro turístico del planeta? (23 de junio de 2025)
Columna 60 — ¿Y si Guatemala pudiera estar entre los mejores? El plan que hace nuestro sueño realidad (4 de agosto de 2025)
Columna 70 — Un menú de infraestructura: propuestas para Guatemala con sentido de la historia (13 de octubre de 2025)
Columna 74 — Del esplendor al colapso: Nueva York ante un alcalde progresista radical (10 de noviembre de 2025)
Columna 79 — La economía digital no espera: cómo los empresarios guatemaltecos compiten por el futuro (15 de diciembre de 2025)
Columna 81 — Predicciones 2026: la revancha del sentido común en Occidente (29 de diciembre de 2025)
Columna 94 — El Corredor Interoceánico de Guatemala: la carrera por asegurar la geopolítica de la redundancia (6 de abril de 2026)
Columna 97 — ¿Qué hace un país cuando pierde una guerra en días? Educación (27 de abril de 2026)
Columna 99 — Ni gasto ni abandono: estimulemos la demanda (11 de mayo de 2026)
Cien razones para reconstruir la República
Era julio de 1779 y Matías de Gálvez llevaba apenas trece meses en Guatemala. En ese tiempo había hecho lo que ningún gobernador anterior había logrado en seis años: poner la primera piedra de la Catedral, levantar el Palacio Real, instalar el alumbrado público, hacer funcionar la Casa de Moneda y transformar un laberinto de zanjas y maleza en algo parecido a una capital. El cabildo de la época lo describió así, sin exageración: gobernaba una república opulenta, con instituciones, con comercio, con orden. No era una villa abandonada en medio del desierto. Era un Reino próspero.
Entonces llegó la noticia. Una cédula real sellada con el escudo de Carlos III le informaba que España había declarado la guerra a Gran Bretaña. Pero la cédula no llegó sola. Llegó acompañada por el rumor, pronto confirmado, de que los ingleses ya habían actuado: ocupaban el fuerte de San Fernando de Omoa, controlaban tramos de la Costa Mosquitia y amenazaban el río San Juan. El enemigo no estaba viniendo. Ya estaba adentro.
No hay registro de lo que pensó Matías de Gálvez esa noche. Quizás convocó un consejo del Reino. Quizás habló en voz baja con su esposa o con algún oficial de confianza. Quizás se quedó solo frente a un mapa, calculando lo que ninguno de sus antecesores había tenido que calcular: cómo defender y construir al mismo tiempo, sin ejército regular, sin refuerzos de España, con lo que había. Lo que hizo a continuación, según dejó escrito el cabildo, fue volar a la reconquista. Esa fue la palabra exacta: voló. Sin detenerse en su edad ni en sus achaques. Sitió Omoa, recuperó el fuerte del río San Juan, destruyó las fortificaciones inglesas en Roatán. Y entre batalla y batalla, siguió construyendo la ciudad. No eligió entre defender y edificar. Hizo las dos cosas.
En 1782, el cabildo le escribió al rey pidiendo que se le erigiera una estatua con la inscripción: Al Primer Padre de la Patria. No fue autorizado. Guatemala lleva doscientos cuarenta años sin cumplirle esa promesa al hombre que la construyó mientras la defendía.
Pero hay algo que me inquieta más que el olvido de Gálvez. Es que ese Reino que él gobernaba no era la primera vez que Guatemala llegaba a la cúspide. Dos mil años antes de que él pusiera la primera piedra de la Catedral, este mismo territorio ya había sido el centro exportador de tecnología de punta del mundo conocido. No una vez. Dos veces.
La primera fue Kaminal Juyú en el preclásico. Las minas de El Chayal, en lo que hoy es Palencia, producían el material más cortante que existía: el equivalente del acero quirúrgico de su época. El geoarqueólogo Geoffrey Braswell documentó que en sitios tan distantes como Cobá, en el norte de Yucatán, el 90 por ciento de la obsidiana provenía de las canteras de El Chayal. El historiador Luis Hurtado de Mendoza fue más preciso todavía: durante los primeros siglos de la era cristiana, Kaminal Juyú fue un centro de minería de obsidiana a gran escala cuya exportación alcanzaba Belice y más al norte del Petén. Como lo documento en mi libro ¿De dónde venimos, Guatemala? (2022), Kaminal Juyú fue el Silicon Valley del primer milenio.
La segunda fue Tikal en el clásico. Para entonces Guatemala no solo exportaba tecnología: exportaba los bienes suntuarios de la época, jadeíta, plumas de quetzal, cacao, mantas de algodón, y para mover ese comercio había construido los Saqbej, calzadas de hasta trescientos kilómetros de largo y veinte metros de ancho, cubiertas de cal blanca que se iluminaban en las noches para facilitar el tránsito entre las ciudades-Estado. La Gran Ruta de Comercio Occidental, documentada por el arqueólogo Arthur Demarest de la Universidad Vanderbilt, conectaba el altiplano y las minas de El Chayal con las tierras bajas del Petén y el Caribe. Fuimos la Suiza y el Taiwán al mismo tiempo: el centro financiero y el centro tecnológico de nuestro mundo.
La tercera fue el Reino de Guatemala que gobernó Matías de Gálvez. Una ciudad opulenta con instituciones, con cabildo que le escribía al rey directamente, con un gobernador que construía y defendía al mismo tiempo.
Tres veces cúspide. Y hoy, puesto 27 de 30 en riqueza por persona en nuestra propia región.
Eso también somos nosotros.
Cien columnas después de haber comenzado esta conversación, lo que más me pesa no es lo que hemos descubierto sino lo que seguimos sin decidir. Hemos documentado con datos duros que Guatemala tiene el potencial geográfico para ser el corredor logístico del mundo, la energía renovable más barata de la región, un turismo que podría multiplicarse siete veces, un talento individual capaz de ganar campeonatos mundiales desde Melchor de Mencos, y una historia de resiliencia que ningún trauma ha logrado borrar del todo. Y sin embargo, seguimos en el puesto 27 de 30 en riqueza por persona en nuestra propia región. Seguimos siendo el país que exporta jornaleros en lugar de productos. Seguimos produciendo héroes individuales dentro de un sistema que no está a su altura.
No es un problema de capacidad. Es un problema de decisión.
En estos veintitrés meses he aprendido que Guatemala tiene cuatro heridas que se alimentan entre sí. La primera es económica: seguimos creciendo hacia adentro cuando el mundo compite hacia afuera. Las remesas sostienen el consumo pero no construyen riqueza. Las exportaciones han caído del 27% al 16% del PIB en una década. La inversión extranjera directa es catorce veces menor que las remesas. Un país que depende del sacrificio de los que se fueron no tiene un modelo de desarrollo: tiene una renta migratoria que algún día se terminará.
La segunda herida es institucional: llevamos siglos rompiendo contratos, invalidando licencias, expropiando propiedades y fallando arbitrajes internacionales. El mundo nos ha tomado la palabra. Por eso la inversión que merece nuestra geografía no llega. No es por falta de oportunidades. Es por exceso de desconfianza acumulada, decreto a decreto, gobierno a gobierno, desde la expulsión de los jesuitas en 1767 hasta el último contrato petrolero cancelado a destiempo.
La tercera herida es cultural: somos un país con una relación doliente con el tiempo. Lo sentimos pasar pero no lo aprovechamos. Cada decisión tarda demasiado. Cada proceso parece diseñado para que nada cambie. Un país que no sabe darle valor a su tiempo tampoco sabe crear prosperidad. Y mientras Suiza construyó su identidad sobre la precisión del reloj, nosotros seguimos midiendo el futuro en promesas y próximas administraciones.
La cuarta herida es política: seguimos confundiendo la pregunta de quién gobierna con la pregunta de cómo se limita el poder de quien gobierna. El comunismo que regresa disfrazado de justicia social, el populismo de derecha que promete redención sin sacrificio, el caudillismo que seduce a los cansados: todos son variantes del mismo error que Polibio diagnosticó dos mil años antes de que Marx naciera. Sin contrapesos reales, sin propiedad privada protegida, sin instituciones que sobrevivan a los gobernantes, cualquier sistema degenera. La historia no lo sugiere. Lo garantiza.
Pero estas no son columnas de denuncia. Son columnas de propuesta. Y la propuesta es siempre la misma, dicha de distintas formas a lo largo de cien entregas: Guatemala no necesita un salvador. Necesita una República.
Una República que entienda que crear riqueza es un imperativo moral, no una traición a los pobres. Que financie al estudiante en lugar de financiar las estructuras que lo capturan. Que cumpla los contratos que firma, porque la confianza no se decreta sino que se construye acto a acto. Que respete el tiempo de sus ciudadanos como el bien más escaso que existe. Que forme héroes colectivos, no solo campeones individuales que brillan a pesar del sistema.
Cien columnas no son suficientes para convencer a nadie que no quiera ser convencido. Pero sí son suficientes para dejar un registro. Para decir que el diagnóstico existe, que la evidencia está, que los modelos funcionan en otros países porque son universales y no porque esos países tengan algo que nosotros no tenemos.
Singapur no tenía recursos naturales. Irlanda era el país más pobre de Europa occidental. Estonia salió de la Unión Soviética con una economía devastada. Bulgaria tardó veinte años en transformarse. Todos ellos tomaron una decisión: dejar de administrar lo que había y empezar a construir lo que podía ser. No eligieron entre defender su presente y edificar su futuro. Como Matías de Gálvez, hicieron las dos cosas al mismo tiempo.
La pregunta para las próximas cincuenta columnas es simple y no tiene respuesta fácil: ¿cuándo decide Guatemala dejar de ser el país que podría ser y empezar a ser el país que decide ser?
Esa respuesta no está en un partido, ni en un caudillo, ni en una promesa de campaña. Está en una generación que entienda que la República no se hereda. Se reconstruye.
Ni caudillo, ni partido. República.
Ramiro Bolaños, PhD. Presidente del Centro de Pensamiento y Acción: Factoría Libertatis
Referencias y columnas citadas
Fuente histórica
Bolaños, Ramiro. ¿De dónde venimos, Guatemala? Las civilizaciones originales. Tomo I. (Guatemala: Editorial SET, 2022). Datos sobre las exportaciones de obsidiana de El Chayal, los Saqbej y la Gran Ruta de Comercio Occidental citados en la apertura de esta columna.
Arévalo, Rafael. Colección de documentos antiguos del Archivo del Ayuntamiento de la Ciudad de Guatemala. (Guatemala: Imprenta de Luna, 1857), pp. 171-176.
Eje I — Riqueza
Columna 59 — ¿Y si el secreto del progreso no fuera gastar más, sino ahorrar más para invertir mejor? (28 de julio de 2025)
Columna 61 — El secreto mejor guardado: la eficiencia de la inversión extranjera directa en Guatemala (11 de agosto de 2025)
Columna 62 — El motor escondido del progreso: cómo la productividad industrial define el destino de los países (18 de agosto de 2025)
Columna 72 — El imperativo moral del crecimiento: por qué Guatemala no tiene un problema de pobreza, sino de riqueza (27 de octubre de 2025)
Columna 73 — Argentina votó por la libertad: las lecciones de Milei para el desarrollo de Guatemala (3 de noviembre de 2025)
Columna 82 — Más sobre la revancha del sentido común: cuando el crecimiento no depende del Estado (12 de enero de 2026)
Columna 87 — La enfermedad holandesa: cómo las remesas (y nuestros errores) mataron el milagro exportador desde 2013 (16 de febrero de 2026)
Columna 88 — El espejismo del segundo lugar: tamaño no es prosperidad (23 de febrero de 2026)
Columna 89 — El modelo de los cinco motores para una Guatemala de riqueza por persona (2 de marzo de 2026)
Columna 93 — El modelo Arévalo vs el modelo Milei: hipotecar hoy o construir el mañana (30 de marzo de 2026)
Columna 95 — Migrante: una flecha con futuro insuficiente (13 de abril de 2026)
Columna 96 — El turismo ausente: el costo de no atraer inversión (20 de abril de 2026)
Eje II — República
Columna 52 — El modelo importa: la España de Aznar y la Madrid de Ayuso frente al populismo y la implosión socialista de Sánchez y Barcelona (9 de junio de 2025)
Columna 53 — Un año de virtud: por qué la libertad necesita carácter (16 de junio de 2025)
Columna 56 — Y tropezó de nuevo con la misma piedra: la generación que llevó a la ruina a Colombia en una sola elección (14 de julio de 2025)
Columna 57 — Cuando el crimen se vuelve ley: por qué la corrupción está hundiendo al mundo (14 de julio de 2025)
Columna 63 — ¿Por qué nadie confía en Guatemala? El pecado serial de invalidar la seguridad jurídica (23 de agosto de 2025)
Columna 64 — ¿Y si el secreto de la riqueza estuviera escrito en leyes milenarias? (1 de septiembre de 2025)
Columna 66 — Guatemala y la palabra empeñada: por qué la confianza es nuestra deuda más grande (15 de septiembre de 2025)
Columna 77 — Cuando mueren los héroes: la urgencia de recuperar la virtud perdida en Guatemala (1 de diciembre de 2025)
Columna 84 — 56 años después: nuestra república sitiada de nuevo (26 de enero de 2026)
Columna 85 — Roma republicana vs. Guatemala: por qué los romanos construyeron un imperio y nosotros seguimos licitando carreteras (2 de febrero de 2026)
Columna 98 — Ni caudillo ni partido: la República (4 de mayo de 2026)
Eje III — Decisión y cultura
Columna 71 — A propósito del Nobel de Economía 2025: cómo la cultura define la riqueza de las naciones (20 de octubre de 2025)
Columna 75 — El adiós al Mundial: cuando Guatemala y la selección repiten el mismo destino (17 de noviembre de 2025)
Columna 76 — El tiempo perdido hasta los santos lo lloran: cómo la cultura del paso lento frena la prosperidad (24 de noviembre de 2025)
Columna 83 — Matías de Gálvez: el héroe que salvó a Guatemala en medio de una guerra mundial (19 de enero de 2026)
Columna 86 — El deber antes que el miedo: la hazaña milagrosa del niño de trece años que salvó a su familia (9 de febrero de 2026)
Columna 90 — Atreverse: el salto de fe de Guatemala (9 de marzo de 2026)
Columna 91 — Chapín: una identidad construida por muchos pueblos (16 de marzo de 2026)
Columna 92 — El paralelismo histórico de Jasaw Chan K'awiil y la conquista mundial de boxeo de Lester Martínez Tut (23 de marzo de 2026)
Eje IV — Futuro
Columna 54 — Guatemala ya es el mejor destino del mundo. ¿Qué pasaría si ahora trabajamos juntos para convertirla en el centro turístico del planeta? (23 de junio de 2025)
Columna 60 — ¿Y si Guatemala pudiera estar entre los mejores? El plan que hace nuestro sueño realidad (4 de agosto de 2025)
Columna 70 — Un menú de infraestructura: propuestas para Guatemala con sentido de la historia (13 de octubre de 2025)
Columna 74 — Del esplendor al colapso: Nueva York ante un alcalde progresista radical (10 de noviembre de 2025)
Columna 79 — La economía digital no espera: cómo los empresarios guatemaltecos compiten por el futuro (15 de diciembre de 2025)
Columna 81 — Predicciones 2026: la revancha del sentido común en Occidente (29 de diciembre de 2025)
Columna 94 — El Corredor Interoceánico de Guatemala: la carrera por asegurar la geopolítica de la redundancia (6 de abril de 2026)
Columna 97 — ¿Qué hace un país cuando pierde una guerra en días? Educación (27 de abril de 2026)
Columna 99 — Ni gasto ni abandono: estimulemos la demanda (11 de mayo de 2026)
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: