«No es porque las cosas sean difíciles que no nos atrevemos; es porque no nos atrevemos que son difíciles».
– Séneca, Epístolas morales.
En La enfermedad mortal (1849), Søren Kierkegaard sostiene que el heroísmo es atreverse: lanzarse a lo desconocido sabiendo que podemos perderlo todo, pero entendiendo que esa es la única forma auténtica de existir.
Nos desafía a atrevernos a ser nosotros mismos y a cumplir nuestro potencial. En el danés original, vove es la acción voluntaria de quien se lanza al vacío de la libertad porque sabe que quedarse en la orilla también es una forma de muerte lenta. Ese salto de fe –y el esfuerzo físico y mental que exige– es la responsabilidad de quien enfrenta un reto.
Mi propuesta es sencilla: que los guatemaltecos tomemos hoy la decisión de cambiar nuestro modelo de país para transformar el destino de nuestro pueblo.
Kierkegaard es reconocido como el padre del existencialismo, una doctrina que sitúa el conocimiento de la realidad en la experiencia inmediata de la propia existencia. El filósofo del lenguaje Ludwig Wittgenstein lo consideró el pensador más profundo del siglo XIX e incluso llegó a describirlo como un santo, cualidad que probablemente no le faltaba.
No fue solo un teólogo danés: fue también filósofo y crítico social. Murió a los 42 años, pero dejó en tinta indeleble una obra que insiste en la responsabilidad del individuo para elegir con libertad. Atreverse, lanzarse, no quedar paralizado en la orilla: dar el salto de fe.
La historia ofrece numerosos ejemplos de ese salto. Julio César dio una cuando, al atravesar el Rubicón, pronunció las palabras que sellaron su destino: Iacta alea est.
«Marchemos –dijo–, pues los dioses lo muestran y el inicuo llamamiento de nuestros enemigos así lo exige. La suerte está echada».
Cruzar el Rubicón significaba atravesar la frontera entre su provincia, la Galia Cisalpina, y la Italia romana. Hacerlo al mando de sus tropas implicaba romper la ley y desencadenar una guerra civil. Según la tradición, César dudó un instante. Una visión –un músico divino tocando la trompeta de guerra–lo llamó a la batalla. Además, Pompeyo y el Senado ya lo habían declarado enemigo del Estado tres días antes.
Así, entre el desafío de sus adversarios y lo que interpretó como el designio de los dioses, decidió cruzar el río. El resto es historia.
Los países también enfrentan, en ciertos momentos, ese llamado. ¿Estaremos preparados los guatemaltecos cuando nos llegue? ¿O será que ya nos está llamando y aún no lo hemos advertido?
Otro contemporáneo de Kierkegaard, aunque de temperamento muy distinto, fue el filósofo alemán Friedrich Nietzsche. No fue llamado santo, sino maldito. Proclamó la «muerte de Dios», no como un acontecimiento literal, sino como el reconocimiento de que el hombre había ocupado el lugar que antes atribuía a lo divino.
En 1889, en Turín, sufrió un colapso tras ver a un cochero azotando a un caballo. Se lanzó al cuello del animal para protegerlo y nunca volvió a recuperar la razón. Pasó sus últimos once años en silencio.
Pero antes había escrito en La gaya ciencia (1882): «El secreto para cosechar la mayor fecundidad y el mayor goce de la existencia se resume en esto: ¡vivid peligrosamente! Construyan sus ciudades junto al Vesubio. Envíen sus barcos a mares inexplorados.»
Nietzsche fue «maldito» no por maldad, sino por su audacia intelectual. Fue quien se atrevió a mirar al abismo cuando otros preferían la comodidad de las verdades heredadas.
Pareciera que Nietzsche le hablaba al oído a Hernán Cortés. El conquistador de la Nueva España vivió, sin duda, peligrosamente.
En julio de 1520, después de semanas de hambre y seis días de combate continuo, enfrentó en la batalla de Otumba a un ejército de decenas de miles de mexicas con apenas 440 españoles, 23 caballos, 12 ballesteros y unos tres mil aliados tlaxcaltecas. Aquel puñado de hombres sobrevivientes de la Noche Triste se encontraba al borde de la aniquilación.
Bernal Díaz del Castillo relata que, mientras intentaban retirarse por la calzada de Tacuba, los mexicas les arrojaron las cabezas de españoles capturados y les gritaban: «Así os mataremos, y estas son sus cabezas; por eso conocedlas bien». Al mismo tiempo resonaban los tambores del templo mayor de Huitzilipochtli, donde los corazones de los prisioneros eran ofrecidos en sacrificio.
Aquellos hombres sabían que no había retirada posible.
Cuando Hernán Cortés llegó a Yucatán en 1519, la leyenda dice que quemó sus naves. En realidad, las barrenó.
En su segunda carta al emperador Carlos V explica que, para impedir que los partidarios del gobernador de Cuba, Diego Velásquez, huyeran de regreso, decidió agujerear las embarcaciones hasta hacerlas inútiles. El objetivo era simple: eliminar toda posibilidad de retirada.
«Quemar las naves» quedó como una metáfora histórica del punto de no retorno. Pero la decisión de Cortés combinó audacia con astucia. Con trece navíos reconstruidos más tarde en Veracruz, pudo sitiar Tenochtitlán durante cerca de tres meses y derrotar al imperio mexica.
La lección para Guatemala es clara: las grandes transformaciones empiezan cuando se cierra la puerta del regreso. Prepararnos hoy –con más ahorro y menos deuda– es nuestra forma de hundir las naves antes de los temporales que se anuncian en un mundo convulso.
Aristóteles enseñaba que la cobardía es el defecto de la valentía, mientras que la temeridad es su exceso. Temerario sería continuar endeudándonos sin tener un plan de seguridad, sin prepararnos para cuando el entorno global se vuelva adverso.
Valiente, en cambio, sería cambiar de modelo: aprovechar las remesas para fomentar el ahorro y la inversión, elevar nuestra productividad y competir en el mundo exportando más antes de que sea demasiado tarde.
La historia enseña que el atrevimiento no es un acto de locura, sino de precisión.
En los llanos de Otumba, cuando los 440 sobrevivientes de la Noche Triste se vieron rodeados por miles de enemigos, el destino de lo que después sería nuestra civilización pendía de un hilo. Fue allí donde un acto individual cambió el curso de la historia.
Mientras Cortés identificaba el punto decisivo, un soldado –Juan de Salamanca– se lanzó al corazón del combate y derribó el estandarte de Cihuacóatl, el comandante supremo del ejército mexica. Los ejércitos mexicas combatían en unidades organizadas alrededor de estandartes que marcaban la posición de los jefes y mantenían la cohesión del combate. Cuando el estandarte principal caía, el mando podía desorganizarse rápidamente.
En ese instante el ejército mexica vaciló. Y la batalla cambió de rumbo.
Así fue como un puñado de hombres logró quebrar la voluntad de un ejército muy superior.
Hoy, Guatemala se encuentra en su propia «Otumba».
Nos rodean el estancamiento, la desconfianza y el miedo al cambio. Con frecuencia esperamos que «el sistema» o «el gobierno» den el primer paso, olvidando que –como diría el filósofo prusiano, Immanuel Kant– el atrevimiento es la salida de nuestra propia minoría de edad.
Atreverse exige inteligencia. No se trata de quemar nuestro pasado con resentimiento, sino de hundir lo que ya no flota para rescatar los clavos, el velamen y la madera con los que construiremos el futuro. Como advirtió Kierkegaard, no atreverse es perderse a sí mismo. Guatemala no puede permitirse ese lujo. El verdadero riesgo no es dar el salto hacia una cultura de éxito y desarrollo, sino permanecer inmóviles mientras el mundo continúa su marcha.
Es hora de identificar nuestros propios «estandartes de derrota» y, como Salamanca, atrevernos a derribarlos.
Porque la historia no la escriben los que se quedan en la orilla cuidando barcos inútiles, sino quienes –tras haber cerrado toda retirada– comprenden que la única dirección posible es hacia adelante. La suerte está echada. Ha llegado la hora de que Guatemala camine con decisión hacia su destino de grandeza.
Ramiro Bolaños, PhD. / Presidente del Centro de Pensamiento y Acción
Quiero decir, Sancho, que el deseo de alcanzar fama es activo en gran manera. ¿Quién piensas tú que arrojó a Horacio del puente abajo, armado de todas armas, en la profundidad del Tíber? ¿Quién abrasó el brazo y la mano a Mucio? ¿Quién impelió a Curcio a lanzarse en la profunda sima ardiente que apareció en la mitad de Roma? ¿Quién, contra todos los agüeros que en contra se le habían mostrado, hizo pasar el Rubicón a César?
Y, con ejemplos más modernos, ¿quién barrenó los navíos y dejó en seco y aislados los valerosos españoles guiados por el cortesísimo Cortés en el Nuevo Mundo? Todas estas y otras grandes y diferentes hazañas son, fueron y serán obras de la fama que los mortales desean como premio y parto de la inmortalidad que sus famosos hechos merecen; puesto que los cristianos, católicos y andantes caballeros más debemos de atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en las regiones etéreas y celestes, que a la vanidad de la fama que en este presente y acabable siglo se alcanza; la cual fama, por mucho que dure, en fin se ha de acabar con el mismo mundo, que tiene su fin señalado.
- Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Tomo II.
Referencias
Séneca, Lucio Anneo, Epístolas morales a Lucilio, trad. por Ismael Roca Meliá (Madrid: Gredos, 1986), carta 104, Sec. 26, p. 115.
Kierkegaard, Søren, La enfermedad mortal. (Madrid: Editorial Trotta, S.A., 2008), p. 25.
Kierkegaard, Søren, [pseud. Anti-Climacus], Sygdommen til Døden, en Søren Kierkegaards Skrifter, vol. xi (2006), p. 121.
Drury, Maurice O’Connor, The Danger of Words and Writings on Wittgenstein, ed. por David Berman, Michael Fitzgerald y John Hayes (Bristol: Thoemmes Press, 1996), p. 88.
C. Suetonius Tranquillus, Divus Julius, edited by Maximilian Ihm. (Leipzig: Teubner Verlag, 1908), libro i, capítulo 32.1 [En línea] <https://www.perseus.tufts.edu/hopper/> [Consultado el 06 de junio de 2026]
Chamberlain, Lesley, Nietzsche en Turín, trad. por Pablo Sauczuk (Barcelona: Gedisa, 1998), p. 201.
Nietzsche, Friedrich, La gaya ciencia, trad. Por José Jara (Madrid: EDAF, 2002), Libro IV, af. 283, p. 208.
Cortés, Hernán, “Segunda carta-relación de Hernán Cortés al Emperador: fecha en Segura de la Sierra a 30 de octubre de 1520” en Cartas y Relaciones de Hernán Cortés al emperador Carlos V. (París: Imprenta Central de los Ferrocarriles, 1866), p. 54.
Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España - Aparato de variantes, edición de Guillermo Serés. (Madrid: Real Academia Española, 2011), capítulo CLII, p. 587; capítulo CXXVIII, p. 440.
Pedro Salmerón Sanginés, La Batalla por Tenochitlán. (Ciudad de México: Fonde de Cultura Económica, 2021), p. 126.
David F. Marley, Wars of the Americas: A Chronology of Armed Conflict in the Western Hemisphere, 1492 to the Present. (Santa Barbara, Denver & Oxford: ABC-Clio, 2008), p. 30.
Aristóteles, Ética Nicomáquea. (Madrid: Editorial Gredos, 1985), Libro II, p. 175; Libro III, p. 195.
Sánchez de Toca Catalá, José María, ‘Doctrina y armamento: La batalla de Otumba’, Revista Ejército, n.º 948 (abril de 2020), p. 68.
Immanuel Kant, ¿Qué es la ilustración?, trad. por Agapito Maestre y Román García (Madrid: Alianza, 2004), p. 83.
Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha – Conmemoración IV Centenario de la Segunda Parte del Quijote por Enrique Suárez Figaredo. (Madrid: Lemir 19, 2015)
Atreverse: el salto de fe de Guatemala
«No es porque las cosas sean difíciles que no nos atrevemos; es porque no nos atrevemos que son difíciles».
– Séneca, Epístolas morales.
En La enfermedad mortal (1849), Søren Kierkegaard sostiene que el heroísmo es atreverse: lanzarse a lo desconocido sabiendo que podemos perderlo todo, pero entendiendo que esa es la única forma auténtica de existir.
Nos desafía a atrevernos a ser nosotros mismos y a cumplir nuestro potencial. En el danés original, vove es la acción voluntaria de quien se lanza al vacío de la libertad porque sabe que quedarse en la orilla también es una forma de muerte lenta. Ese salto de fe –y el esfuerzo físico y mental que exige– es la responsabilidad de quien enfrenta un reto.
Mi propuesta es sencilla: que los guatemaltecos tomemos hoy la decisión de cambiar nuestro modelo de país para transformar el destino de nuestro pueblo.
Kierkegaard es reconocido como el padre del existencialismo, una doctrina que sitúa el conocimiento de la realidad en la experiencia inmediata de la propia existencia. El filósofo del lenguaje Ludwig Wittgenstein lo consideró el pensador más profundo del siglo XIX e incluso llegó a describirlo como un santo, cualidad que probablemente no le faltaba.
No fue solo un teólogo danés: fue también filósofo y crítico social. Murió a los 42 años, pero dejó en tinta indeleble una obra que insiste en la responsabilidad del individuo para elegir con libertad. Atreverse, lanzarse, no quedar paralizado en la orilla: dar el salto de fe.
La historia ofrece numerosos ejemplos de ese salto. Julio César dio una cuando, al atravesar el Rubicón, pronunció las palabras que sellaron su destino: Iacta alea est.
«Marchemos –dijo–, pues los dioses lo muestran y el inicuo llamamiento de nuestros enemigos así lo exige. La suerte está echada».
Cruzar el Rubicón significaba atravesar la frontera entre su provincia, la Galia Cisalpina, y la Italia romana. Hacerlo al mando de sus tropas implicaba romper la ley y desencadenar una guerra civil. Según la tradición, César dudó un instante. Una visión –un músico divino tocando la trompeta de guerra–lo llamó a la batalla. Además, Pompeyo y el Senado ya lo habían declarado enemigo del Estado tres días antes.
Así, entre el desafío de sus adversarios y lo que interpretó como el designio de los dioses, decidió cruzar el río. El resto es historia.
Los países también enfrentan, en ciertos momentos, ese llamado. ¿Estaremos preparados los guatemaltecos cuando nos llegue? ¿O será que ya nos está llamando y aún no lo hemos advertido?
Otro contemporáneo de Kierkegaard, aunque de temperamento muy distinto, fue el filósofo alemán Friedrich Nietzsche. No fue llamado santo, sino maldito. Proclamó la «muerte de Dios», no como un acontecimiento literal, sino como el reconocimiento de que el hombre había ocupado el lugar que antes atribuía a lo divino.
En 1889, en Turín, sufrió un colapso tras ver a un cochero azotando a un caballo. Se lanzó al cuello del animal para protegerlo y nunca volvió a recuperar la razón. Pasó sus últimos once años en silencio.
Pero antes había escrito en La gaya ciencia (1882): «El secreto para cosechar la mayor fecundidad y el mayor goce de la existencia se resume en esto: ¡vivid peligrosamente! Construyan sus ciudades junto al Vesubio. Envíen sus barcos a mares inexplorados.»
Nietzsche fue «maldito» no por maldad, sino por su audacia intelectual. Fue quien se atrevió a mirar al abismo cuando otros preferían la comodidad de las verdades heredadas.
Pareciera que Nietzsche le hablaba al oído a Hernán Cortés. El conquistador de la Nueva España vivió, sin duda, peligrosamente.
En julio de 1520, después de semanas de hambre y seis días de combate continuo, enfrentó en la batalla de Otumba a un ejército de decenas de miles de mexicas con apenas 440 españoles, 23 caballos, 12 ballesteros y unos tres mil aliados tlaxcaltecas. Aquel puñado de hombres sobrevivientes de la Noche Triste se encontraba al borde de la aniquilación.
Bernal Díaz del Castillo relata que, mientras intentaban retirarse por la calzada de Tacuba, los mexicas les arrojaron las cabezas de españoles capturados y les gritaban: «Así os mataremos, y estas son sus cabezas; por eso conocedlas bien». Al mismo tiempo resonaban los tambores del templo mayor de Huitzilipochtli, donde los corazones de los prisioneros eran ofrecidos en sacrificio.
Aquellos hombres sabían que no había retirada posible.
Cuando Hernán Cortés llegó a Yucatán en 1519, la leyenda dice que quemó sus naves. En realidad, las barrenó.
En su segunda carta al emperador Carlos V explica que, para impedir que los partidarios del gobernador de Cuba, Diego Velásquez, huyeran de regreso, decidió agujerear las embarcaciones hasta hacerlas inútiles. El objetivo era simple: eliminar toda posibilidad de retirada.
«Quemar las naves» quedó como una metáfora histórica del punto de no retorno. Pero la decisión de Cortés combinó audacia con astucia. Con trece navíos reconstruidos más tarde en Veracruz, pudo sitiar Tenochtitlán durante cerca de tres meses y derrotar al imperio mexica.
La lección para Guatemala es clara: las grandes transformaciones empiezan cuando se cierra la puerta del regreso. Prepararnos hoy –con más ahorro y menos deuda– es nuestra forma de hundir las naves antes de los temporales que se anuncian en un mundo convulso.
Aristóteles enseñaba que la cobardía es el defecto de la valentía, mientras que la temeridad es su exceso. Temerario sería continuar endeudándonos sin tener un plan de seguridad, sin prepararnos para cuando el entorno global se vuelva adverso.
Valiente, en cambio, sería cambiar de modelo: aprovechar las remesas para fomentar el ahorro y la inversión, elevar nuestra productividad y competir en el mundo exportando más antes de que sea demasiado tarde.
La historia enseña que el atrevimiento no es un acto de locura, sino de precisión.
En los llanos de Otumba, cuando los 440 sobrevivientes de la Noche Triste se vieron rodeados por miles de enemigos, el destino de lo que después sería nuestra civilización pendía de un hilo. Fue allí donde un acto individual cambió el curso de la historia.
Mientras Cortés identificaba el punto decisivo, un soldado –Juan de Salamanca– se lanzó al corazón del combate y derribó el estandarte de Cihuacóatl, el comandante supremo del ejército mexica. Los ejércitos mexicas combatían en unidades organizadas alrededor de estandartes que marcaban la posición de los jefes y mantenían la cohesión del combate. Cuando el estandarte principal caía, el mando podía desorganizarse rápidamente.
En ese instante el ejército mexica vaciló. Y la batalla cambió de rumbo.
Así fue como un puñado de hombres logró quebrar la voluntad de un ejército muy superior.
Hoy, Guatemala se encuentra en su propia «Otumba».
Nos rodean el estancamiento, la desconfianza y el miedo al cambio. Con frecuencia esperamos que «el sistema» o «el gobierno» den el primer paso, olvidando que –como diría el filósofo prusiano, Immanuel Kant– el atrevimiento es la salida de nuestra propia minoría de edad.
Atreverse exige inteligencia. No se trata de quemar nuestro pasado con resentimiento, sino de hundir lo que ya no flota para rescatar los clavos, el velamen y la madera con los que construiremos el futuro. Como advirtió Kierkegaard, no atreverse es perderse a sí mismo. Guatemala no puede permitirse ese lujo. El verdadero riesgo no es dar el salto hacia una cultura de éxito y desarrollo, sino permanecer inmóviles mientras el mundo continúa su marcha.
Es hora de identificar nuestros propios «estandartes de derrota» y, como Salamanca, atrevernos a derribarlos.
Porque la historia no la escriben los que se quedan en la orilla cuidando barcos inútiles, sino quienes –tras haber cerrado toda retirada– comprenden que la única dirección posible es hacia adelante. La suerte está echada. Ha llegado la hora de que Guatemala camine con decisión hacia su destino de grandeza.
Ramiro Bolaños, PhD. / Presidente del Centro de Pensamiento y Acción
Quiero decir, Sancho, que el deseo de alcanzar fama es activo en gran manera. ¿Quién piensas tú que arrojó a Horacio del puente abajo, armado de todas armas, en la profundidad del Tíber? ¿Quién abrasó el brazo y la mano a Mucio? ¿Quién impelió a Curcio a lanzarse en la profunda sima ardiente que apareció en la mitad de Roma? ¿Quién, contra todos los agüeros que en contra se le habían mostrado, hizo pasar el Rubicón a César?
Y, con ejemplos más modernos, ¿quién barrenó los navíos y dejó en seco y aislados los valerosos españoles guiados por el cortesísimo Cortés en el Nuevo Mundo? Todas estas y otras grandes y diferentes hazañas son, fueron y serán obras de la fama que los mortales desean como premio y parto de la inmortalidad que sus famosos hechos merecen; puesto que los cristianos, católicos y andantes caballeros más debemos de atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en las regiones etéreas y celestes, que a la vanidad de la fama que en este presente y acabable siglo se alcanza; la cual fama, por mucho que dure, en fin se ha de acabar con el mismo mundo, que tiene su fin señalado.
- Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Tomo II.
Referencias
Séneca, Lucio Anneo, Epístolas morales a Lucilio, trad. por Ismael Roca Meliá (Madrid: Gredos, 1986), carta 104, Sec. 26, p. 115.
Kierkegaard, Søren, La enfermedad mortal. (Madrid: Editorial Trotta, S.A., 2008), p. 25.
Kierkegaard, Søren, [pseud. Anti-Climacus], Sygdommen til Døden, en Søren Kierkegaards Skrifter, vol. xi (2006), p. 121.
Drury, Maurice O’Connor, The Danger of Words and Writings on Wittgenstein, ed. por David Berman, Michael Fitzgerald y John Hayes (Bristol: Thoemmes Press, 1996), p. 88.
C. Suetonius Tranquillus, Divus Julius, edited by Maximilian Ihm. (Leipzig: Teubner Verlag, 1908), libro i, capítulo 32.1 [En línea] <https://www.perseus.tufts.edu/hopper/> [Consultado el 06 de junio de 2026]
Chamberlain, Lesley, Nietzsche en Turín, trad. por Pablo Sauczuk (Barcelona: Gedisa, 1998), p. 201.
Nietzsche, Friedrich, La gaya ciencia, trad. Por José Jara (Madrid: EDAF, 2002), Libro IV, af. 283, p. 208.
Cortés, Hernán, “Segunda carta-relación de Hernán Cortés al Emperador: fecha en Segura de la Sierra a 30 de octubre de 1520” en Cartas y Relaciones de Hernán Cortés al emperador Carlos V. (París: Imprenta Central de los Ferrocarriles, 1866), p. 54.
Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España - Aparato de variantes, edición de Guillermo Serés. (Madrid: Real Academia Española, 2011), capítulo CLII, p. 587; capítulo CXXVIII, p. 440.
Pedro Salmerón Sanginés, La Batalla por Tenochitlán. (Ciudad de México: Fonde de Cultura Económica, 2021), p. 126.
David F. Marley, Wars of the Americas: A Chronology of Armed Conflict in the Western Hemisphere, 1492 to the Present. (Santa Barbara, Denver & Oxford: ABC-Clio, 2008), p. 30.
Aristóteles, Ética Nicomáquea. (Madrid: Editorial Gredos, 1985), Libro II, p. 175; Libro III, p. 195.
Sánchez de Toca Catalá, José María, ‘Doctrina y armamento: La batalla de Otumba’, Revista Ejército, n.º 948 (abril de 2020), p. 68.
Immanuel Kant, ¿Qué es la ilustración?, trad. por Agapito Maestre y Román García (Madrid: Alianza, 2004), p. 83.
Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha – Conmemoración IV Centenario de la Segunda Parte del Quijote por Enrique Suárez Figaredo. (Madrid: Lemir 19, 2015)
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