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La izquierda patrimonial de Guatemala

Redacción República
04 de septiembre, 2014

El siglo XXI ha



sido un período fecundo para la izquierda en América Latina. 10 países de la



región son gobernados por fuerzas progresistas. Figuras como Lula en Brasil, Bachelet



en Chile o Mujica en Uruguay, se han convertido en estandartes de la social-democracia,



mientras Chávez, Correa y Evo han sido referentes del populismo social y del



anti-norteamericanismo.

El espíritu del



tiempo parece favorecer las ideas de izquierda. Eso dicen los números. Cada dos



años, Latinobarómetro elabora un



estudio sobre las tendencias ideológicas en el continente, y la conclusión es que



el progresismo se ha consolidado. De acuerdo a su escala de medición -en la que



0 es izquierda y 10 derecha- la media ideológica latinoamericana ha virado de



5.2 (centro-derecha) en el 2004 a 4.1 (centro izquierda) en el 2012. Guatemala



no es ajena a este fenómeno. En el 2008, la media estaba en 5.8, pero para el



2012 la media viró hacia un 4.8.

Pero aún en este



contexto favorable para su causa, la izquierda nacional ha sido incapaz de



convertirse en una fuerza política de relevancia. Un magro 3% de votos en los



comicios 2011 constituye el mayor testimonio de dicho fracaso. Recientemente, Edelberto



Torres presentó su visión sobre el fracaso electoral de la izquierda, y entre



las causales enlistó el carácter conservador de la población, la represión del



Estado y la falta de unidad de liderazgos sociales.

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Sin embargo,



Torres olvida mencionar una característica de la izquierda local que le vuelve menos



atractiva en comparación con sus pares regionales: Su carácter patrimonial, es



decir, su deseo innato de mantener un Estado que actúe como árbitro gestor de



oportunidades de riqueza, sustituyendo únicamente a los beneficiarios de esa



repartición de lo público.

Los escasos



ejemplos de gobiernos definidos como de izquierda evidencian ese carácter. El



régimen de Jacobo Árbenz, estandarte histórico de la izquierda local, adoleció



de dicha falencia. Piero Gleijesses, en Esperanza



Rota
, relata cómo los Comités Agrarios Locales -órganos ejecutores de la



Reforma Agraria- degeneraron en roscas clientelares que obtuvieron beneficios



particulares en el proceso de repartición de tierras.

El gobierno de



la Unidad Nacional de la Esperanza, auto denominado como social-demócrata,



también cayó presa del patrimonialismo. Sus vínculos con farmacéuticas,



proveedoras de fertilizantes, y contratistas de obra gris fueron una constante.



La única diferencia fue abrir la puerta para que nuevas expresiones de capital



emergente accedieran con mayor voracidad al patrimonio público.

Expresiones del



liderazgo social, que en cualquier sistema aspirarían a entrar al ruedo



político, prefieren participar de esa competencia por el patrimonio del Estado,



a promover reformas estructurales. El liderazgo sindical, materializado principalmente



en el magisterio, ha encontrado en los pactos colectivos el acceso a beneficios



financieros para su dirigencia y la rosca de asesores. Los sindicatos de salubristas



tampoco se quedan atrás, con el agravante que muchos de sus dirigentes utilizan



el Programa de Extensión de Cobertura como trampolín para acceder a bolsones de



recursos. En el mundo de lo agrario, la intermediación de grupos campesinos en



la entrega de fertilizantes o en la compra-venta de fincas, ha generado



beneficios clientelares y de negocios para líderes sociales.

El personalismo también



está a la orden del día. Al igual que en el resto de organizaciones



partidarias, el núcleo de cada vehículo de la izquierda orbita entorno a un



personaje o a una rosca de líderes. Esta dinámica les ha condenado a mantener



su condición de partido de armadura, es decir, cohesionados por intereses



coyunturales, débiles en sus bases y sin recambio generacional de liderazgos.

El fracaso de la



izquierda guatemalteca es su carácter pétreo. No pretende una modificación de



estructuras–como en teoría ocurre con las izquierdas-, sino que únicamente



aspira a cambiar a los actores que hoy se benefician del sistema patrimonial. Su



modelo de Estado sigue siendo el mismo: un botín, pero en manos de otros.

La izquierda patrimonial de Guatemala

Redacción República
04 de septiembre, 2014

El siglo XXI ha



sido un período fecundo para la izquierda en América Latina. 10 países de la



región son gobernados por fuerzas progresistas. Figuras como Lula en Brasil, Bachelet



en Chile o Mujica en Uruguay, se han convertido en estandartes de la social-democracia,



mientras Chávez, Correa y Evo han sido referentes del populismo social y del



anti-norteamericanismo.

El espíritu del



tiempo parece favorecer las ideas de izquierda. Eso dicen los números. Cada dos



años, Latinobarómetro elabora un



estudio sobre las tendencias ideológicas en el continente, y la conclusión es que



el progresismo se ha consolidado. De acuerdo a su escala de medición -en la que



0 es izquierda y 10 derecha- la media ideológica latinoamericana ha virado de



5.2 (centro-derecha) en el 2004 a 4.1 (centro izquierda) en el 2012. Guatemala



no es ajena a este fenómeno. En el 2008, la media estaba en 5.8, pero para el



2012 la media viró hacia un 4.8.

Pero aún en este



contexto favorable para su causa, la izquierda nacional ha sido incapaz de



convertirse en una fuerza política de relevancia. Un magro 3% de votos en los



comicios 2011 constituye el mayor testimonio de dicho fracaso. Recientemente, Edelberto



Torres presentó su visión sobre el fracaso electoral de la izquierda, y entre



las causales enlistó el carácter conservador de la población, la represión del



Estado y la falta de unidad de liderazgos sociales.

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Sin embargo,



Torres olvida mencionar una característica de la izquierda local que le vuelve menos



atractiva en comparación con sus pares regionales: Su carácter patrimonial, es



decir, su deseo innato de mantener un Estado que actúe como árbitro gestor de



oportunidades de riqueza, sustituyendo únicamente a los beneficiarios de esa



repartición de lo público.

Los escasos



ejemplos de gobiernos definidos como de izquierda evidencian ese carácter. El



régimen de Jacobo Árbenz, estandarte histórico de la izquierda local, adoleció



de dicha falencia. Piero Gleijesses, en Esperanza



Rota
, relata cómo los Comités Agrarios Locales -órganos ejecutores de la



Reforma Agraria- degeneraron en roscas clientelares que obtuvieron beneficios



particulares en el proceso de repartición de tierras.

El gobierno de



la Unidad Nacional de la Esperanza, auto denominado como social-demócrata,



también cayó presa del patrimonialismo. Sus vínculos con farmacéuticas,



proveedoras de fertilizantes, y contratistas de obra gris fueron una constante.



La única diferencia fue abrir la puerta para que nuevas expresiones de capital



emergente accedieran con mayor voracidad al patrimonio público.

Expresiones del



liderazgo social, que en cualquier sistema aspirarían a entrar al ruedo



político, prefieren participar de esa competencia por el patrimonio del Estado,



a promover reformas estructurales. El liderazgo sindical, materializado principalmente



en el magisterio, ha encontrado en los pactos colectivos el acceso a beneficios



financieros para su dirigencia y la rosca de asesores. Los sindicatos de salubristas



tampoco se quedan atrás, con el agravante que muchos de sus dirigentes utilizan



el Programa de Extensión de Cobertura como trampolín para acceder a bolsones de



recursos. En el mundo de lo agrario, la intermediación de grupos campesinos en



la entrega de fertilizantes o en la compra-venta de fincas, ha generado



beneficios clientelares y de negocios para líderes sociales.

El personalismo también



está a la orden del día. Al igual que en el resto de organizaciones



partidarias, el núcleo de cada vehículo de la izquierda orbita entorno a un



personaje o a una rosca de líderes. Esta dinámica les ha condenado a mantener



su condición de partido de armadura, es decir, cohesionados por intereses



coyunturales, débiles en sus bases y sin recambio generacional de liderazgos.

El fracaso de la



izquierda guatemalteca es su carácter pétreo. No pretende una modificación de



estructuras–como en teoría ocurre con las izquierdas-, sino que únicamente



aspira a cambiar a los actores que hoy se benefician del sistema patrimonial. Su



modelo de Estado sigue siendo el mismo: un botín, pero en manos de otros.

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