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La Ley de Vegetales

Redacción República
03 de septiembre, 2014

La oposición a la famosa Ley Monsanto reúne a



una alianza política algo extraña, curiosa por la diversidad de razones e



ideologías detrás de la postura de rechazo.



Por supuesto, entre los más recios en su oposición son los mismo grupos



de presión de izquierda de siempre, aquella conglomeración de actores de



izquierda que se reúne en oposición a cualquier tema favorecido por la grande



empresa, en nombre del medioambiente, equidad de género, los derechos humanos –



de los pueblos indígenas, y, la última moda, los homosexuales y



transgenero.

Pero también hay que reconocer que no solo



grupos de izquierda se oponen a la Ley de Vegetales, también llamada la Ley



Monsanto, por la gigantesca empresa de la agroindustria que domina más del 80%



del mercado Estadunidense tanto en maíz como en algodón cosechado de semillas



genéticamente modificadas patentadas. La



Ley Monsanto pretende defender los derechos de propiedad intelectual de quienes



hacen innovaciones en materia de la genética de alguna especie vegetal. Hasta aquí bien.

Es punto de consenso intelectual que el Estado



tiene interés primordial en defender el estado de derecho y la propiedad



privada. Muchos dicen que esto incluye



la propiedad intelectual, pero aquí no hay consenso. Existen argumentos libertarios interesantes y



lógicamente validos que rechazan la noción que el estado debería de otorgar



derechos monopólicos a empresas particulares y luego proteger estos arreglos



mercantilistas con la fuerza de ley. Existen



otros argumentos que hay que premiar a los esfuerzos emprendedores para



incentivar la invención y la innovación.



Dios no está haciendo más tierra, y si en materia alimenticia queremos



postergar el estado estacionario Solowiano y Malthusiano, debemos apostar por



el progreso tecnológico en la agricultura.

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Empresas que derivan todo su valor agregado



por un derecho de propiedad intelectual que (1) es determinado por el Estado y



(2) defendido por el Estado, no precisamente están en la mejor posición de



rechazar regulaciones e intervenciones estatales en la economía. El Estado se funda sobre las preocupaciones



acerca de la seguridad y protección de la vida.



Escasamente se puede concebir un tema de mayor relevancia como tema de



política pública que la seguridad alimentaria del pueblo.

Cuando se analizan temas de seguridad, en



cualquiera de sus dimensiones, la postura racional es de extrema cautela, o sea



una racional aversión al riesgo. No se



piensa en lo que posiblemente pudiese lograr el mejor resultado posible, sino



como evitar por seguro el peor resultado, la hambruna, la muerte, etc. Aquí el tema que concierne con la Ley de



Vegetales se pone delicado. ¿Semillas



genéticamente modificadas podrían alterar el buen funcionamiento a largo plazo



de la cadena de alimentos en el planeta? No sabemos, pero es posible. ¿Puede por si sola la empresa productora de



semillas genéticamente modificadas proteger su propiedad intelectual?



Seguramente que no. Ya con esto existen



razones fundamentadas para que el Estado tome interés en estos asuntos de



importancia pública.

Un tema que se ha pasado por alto es el tema



de las obligaciones del Estado guatemalteco en materia de competencia. Por razones de tratado internacional,



Guatemala debe adoptar una Ley de Competencia.



El Estado debe cuidar del poder de mercado concentrado. La razón por la que la Ley de Vegetales se



llama la Ley Monsanto es el tremendo poder de mercado que ha acumulado la



empresa Monsanto. El daño que podría



ocasionar el abuso de poder de mercado de una empresa tan grande, en un asunto



tan importante, como lo es la seguridad alimentaria, es tan grande que sería de



esperar que cualquier Estado tomase interés público en un asunto tan delicado



como la introducción de semillas genéticamente modificadas y patentadas en la agricultura



nacional. 

Recordemos que con estas semillas su



obsolescencia es plantificada, es decir fueron diseñadas para que no se



pudiesen resembrar en años futuros. Esto



tiene el racional (para la empresa) efecto de obligar la re-compra de sus



semillas año tras año tras año en el futuro.



No se sabe con certeza que pasara si las semillas modificadas en el



tiempo desplacen a las variedades naturales (que si se pueden resembrar en años



futuros). En cuyo caso se perdería una



valiosa opción cuya existencia incorpora milenios de conocimiento



acumulado.

La Ley de Vegetales

Redacción República
03 de septiembre, 2014

La oposición a la famosa Ley Monsanto reúne a



una alianza política algo extraña, curiosa por la diversidad de razones e



ideologías detrás de la postura de rechazo.



Por supuesto, entre los más recios en su oposición son los mismo grupos



de presión de izquierda de siempre, aquella conglomeración de actores de



izquierda que se reúne en oposición a cualquier tema favorecido por la grande



empresa, en nombre del medioambiente, equidad de género, los derechos humanos –



de los pueblos indígenas, y, la última moda, los homosexuales y



transgenero.

Pero también hay que reconocer que no solo



grupos de izquierda se oponen a la Ley de Vegetales, también llamada la Ley



Monsanto, por la gigantesca empresa de la agroindustria que domina más del 80%



del mercado Estadunidense tanto en maíz como en algodón cosechado de semillas



genéticamente modificadas patentadas. La



Ley Monsanto pretende defender los derechos de propiedad intelectual de quienes



hacen innovaciones en materia de la genética de alguna especie vegetal. Hasta aquí bien.

Es punto de consenso intelectual que el Estado



tiene interés primordial en defender el estado de derecho y la propiedad



privada. Muchos dicen que esto incluye



la propiedad intelectual, pero aquí no hay consenso. Existen argumentos libertarios interesantes y



lógicamente validos que rechazan la noción que el estado debería de otorgar



derechos monopólicos a empresas particulares y luego proteger estos arreglos



mercantilistas con la fuerza de ley. Existen



otros argumentos que hay que premiar a los esfuerzos emprendedores para



incentivar la invención y la innovación.



Dios no está haciendo más tierra, y si en materia alimenticia queremos



postergar el estado estacionario Solowiano y Malthusiano, debemos apostar por



el progreso tecnológico en la agricultura.

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(2) defendido por el Estado, no precisamente están en la mejor posición de



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acerca de la seguridad y protección de la vida.



Escasamente se puede concebir un tema de mayor relevancia como tema de



política pública que la seguridad alimentaria del pueblo.

Cuando se analizan temas de seguridad, en



cualquiera de sus dimensiones, la postura racional es de extrema cautela, o sea



una racional aversión al riesgo. No se



piensa en lo que posiblemente pudiese lograr el mejor resultado posible, sino



como evitar por seguro el peor resultado, la hambruna, la muerte, etc. Aquí el tema que concierne con la Ley de



Vegetales se pone delicado. ¿Semillas



genéticamente modificadas podrían alterar el buen funcionamiento a largo plazo



de la cadena de alimentos en el planeta? No sabemos, pero es posible. ¿Puede por si sola la empresa productora de



semillas genéticamente modificadas proteger su propiedad intelectual?



Seguramente que no. Ya con esto existen



razones fundamentadas para que el Estado tome interés en estos asuntos de



importancia pública.

Un tema que se ha pasado por alto es el tema



de las obligaciones del Estado guatemalteco en materia de competencia. Por razones de tratado internacional,



Guatemala debe adoptar una Ley de Competencia.



El Estado debe cuidar del poder de mercado concentrado. La razón por la que la Ley de Vegetales se



llama la Ley Monsanto es el tremendo poder de mercado que ha acumulado la



empresa Monsanto. El daño que podría



ocasionar el abuso de poder de mercado de una empresa tan grande, en un asunto



tan importante, como lo es la seguridad alimentaria, es tan grande que sería de



esperar que cualquier Estado tomase interés público en un asunto tan delicado



como la introducción de semillas genéticamente modificadas y patentadas en la agricultura



nacional. 

Recordemos que con estas semillas su



obsolescencia es plantificada, es decir fueron diseñadas para que no se



pudiesen resembrar en años futuros. Esto



tiene el racional (para la empresa) efecto de obligar la re-compra de sus



semillas año tras año tras año en el futuro.



No se sabe con certeza que pasara si las semillas modificadas en el



tiempo desplacen a las variedades naturales (que si se pueden resembrar en años



futuros). En cuyo caso se perdería una



valiosa opción cuya existencia incorpora milenios de conocimiento



acumulado.

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