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Caen los trancazos y luego llega la policía

Redacción República
25 de septiembre, 2014

Un nuevo acto de salvajismo -uno más en la infame lista que poco a poco nos



ha vuelto unos insensibles ante la desgracia ajena- desató ríos de tinta en las



noticias y columnas de opinión. Se trata de la masacre de alrededor de 11



personas en la aldea Los Pajoques en San Juan Sacatepéquez a manos de un grupo



de agitadores que se opone a la construcción del Anillo Regional (una carretera



que aliviará el tránsito pesado en muchas partes del país) y a una planta de



Cementos Progreso.





En esa región del país, ¡que queda a 24



insignificantes kilómetros de la capital!, el Estado brilla por su ausencia. La



policía no penetra en esas aldeas y el “orden” lo impone un grupo de



encapuchados que desde hace años amedrenta con violencia (desde daño físico y a



la propiedad, hasta asesinatos) a los vecinos que trabajan para Cementos



Progreso. El espanto sucedido a la familia Pajoc Matz el 20 de septiembre



pasado fue porque ellos, al igual que otras personas, habían vendido sus



terrenos donde pasará el Anillo Regional (una parte de la carretera será



construida por Cementos Progreso).





Mientras los encapuchados rodeaban la casa de la



familia Pajoc Matz, Marcelo, uno de sus miembros, llamó a las autoridades exigiendo



ayuda, pero la ayuda nunca llegó porque le es imposible a las fuerzas de



seguridad entrar al lugar. Luego que cayeron los trancazos, luego que



humillaron y masacraron a personas que nada malo habían hecho, la policía entró



y el Ministerio de Gobernación tomó cartas en el asunto. ¡DEMASIADO TARDE,



SEÑORES! Según ha informado Cementos Progreso, el lamentable acontecimiento involucra



a figuras públicas como el dirigente del CUC, Daniel Pascual, y el diputado Amílcar



Pop, que en reiteradas ocasiones pidió al Ministerio de Comunicaciones la lista



de las personas que habían vendido sus terrenos para la construcción de la



carretera.

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Estos no son actos espontáneos de violencia ni



de delincuencia común. Tampoco es cierto ese antagonismo categórico entre



pueblos indígenas y grandes empresas, pues muchas de las personas que trabajan



en ellas son indígenas que han encontrado en esa industria una forma de vida



más humana que la agricultura de subsistencia.





Hasta el cansancio se ha denunciado que quienes



que se oponen con violencia a estos proyectos son agitadores profesionales,



terroristas altamente organizados que reciben financiamiento de países



europeos, personas que se atribuyen la defensa de pueblos indígenas pero poco



les importa esos pueblos y mucho los jugosos dólares y euros que reciben para



hacer del caos una lucrativa forma de vida.





La anarquía que se ha desatado desde la entrada



en vigencia de la Constitución actual y la firma de los Acuerdos de Paz ha



destruido al Estado, entendido éste en su concepción moderna como el monopolio



de la fuerza. Guatemala tiene un Estado premoderno, porque existen varios



feudos que cuentan con sus propias armas y formas de organización y que son los



que imponen el orden en sus respectivos territorios, como sucede en San Juan



Sacatepéquez.





A todo esto, ¿dónde está la CICIG? ¿No debería



estar investigando a estos grupos y toda su estructura de financiamiento,



planificación y ejecución? ¿Será que no han dicho nada porque temen arruinar



años de investigación? Lo dudo mucho. El mandato de la CICIG le manda a



investigar a los cuerpos ilegales de seguridad y aparatos clandestinos de



seguridad que cometen delitos contra los derechos humanos, pero la Comisión



actúa de acuerdo a una agenda ideológica propia y los cuerpos ilegales de



seguridad que se encargan de boicotear industrias extractivas seguro no son de



su interés. Espero equivocarme.

Caen los trancazos y luego llega la policía

Redacción República
25 de septiembre, 2014

Un nuevo acto de salvajismo -uno más en la infame lista que poco a poco nos



ha vuelto unos insensibles ante la desgracia ajena- desató ríos de tinta en las



noticias y columnas de opinión. Se trata de la masacre de alrededor de 11



personas en la aldea Los Pajoques en San Juan Sacatepéquez a manos de un grupo



de agitadores que se opone a la construcción del Anillo Regional (una carretera



que aliviará el tránsito pesado en muchas partes del país) y a una planta de



Cementos Progreso.





En esa región del país, ¡que queda a 24



insignificantes kilómetros de la capital!, el Estado brilla por su ausencia. La



policía no penetra en esas aldeas y el “orden” lo impone un grupo de



encapuchados que desde hace años amedrenta con violencia (desde daño físico y a



la propiedad, hasta asesinatos) a los vecinos que trabajan para Cementos



Progreso. El espanto sucedido a la familia Pajoc Matz el 20 de septiembre



pasado fue porque ellos, al igual que otras personas, habían vendido sus



terrenos donde pasará el Anillo Regional (una parte de la carretera será



construida por Cementos Progreso).





Mientras los encapuchados rodeaban la casa de la



familia Pajoc Matz, Marcelo, uno de sus miembros, llamó a las autoridades exigiendo



ayuda, pero la ayuda nunca llegó porque le es imposible a las fuerzas de



seguridad entrar al lugar. Luego que cayeron los trancazos, luego que



humillaron y masacraron a personas que nada malo habían hecho, la policía entró



y el Ministerio de Gobernación tomó cartas en el asunto. ¡DEMASIADO TARDE,



SEÑORES! Según ha informado Cementos Progreso, el lamentable acontecimiento involucra



a figuras públicas como el dirigente del CUC, Daniel Pascual, y el diputado Amílcar



Pop, que en reiteradas ocasiones pidió al Ministerio de Comunicaciones la lista



de las personas que habían vendido sus terrenos para la construcción de la



carretera.

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Estos no son actos espontáneos de violencia ni



de delincuencia común. Tampoco es cierto ese antagonismo categórico entre



pueblos indígenas y grandes empresas, pues muchas de las personas que trabajan



en ellas son indígenas que han encontrado en esa industria una forma de vida



más humana que la agricultura de subsistencia.





Hasta el cansancio se ha denunciado que quienes



que se oponen con violencia a estos proyectos son agitadores profesionales,



terroristas altamente organizados que reciben financiamiento de países



europeos, personas que se atribuyen la defensa de pueblos indígenas pero poco



les importa esos pueblos y mucho los jugosos dólares y euros que reciben para



hacer del caos una lucrativa forma de vida.





La anarquía que se ha desatado desde la entrada



en vigencia de la Constitución actual y la firma de los Acuerdos de Paz ha



destruido al Estado, entendido éste en su concepción moderna como el monopolio



de la fuerza. Guatemala tiene un Estado premoderno, porque existen varios



feudos que cuentan con sus propias armas y formas de organización y que son los



que imponen el orden en sus respectivos territorios, como sucede en San Juan



Sacatepéquez.





A todo esto, ¿dónde está la CICIG? ¿No debería



estar investigando a estos grupos y toda su estructura de financiamiento,



planificación y ejecución? ¿Será que no han dicho nada porque temen arruinar



años de investigación? Lo dudo mucho. El mandato de la CICIG le manda a



investigar a los cuerpos ilegales de seguridad y aparatos clandestinos de



seguridad que cometen delitos contra los derechos humanos, pero la Comisión



actúa de acuerdo a una agenda ideológica propia y los cuerpos ilegales de



seguridad que se encargan de boicotear industrias extractivas seguro no son de



su interés. Espero equivocarme.

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