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Nuevas formas del viejo terrorismo en Guatemala

Redacción República
25 de septiembre, 2014

Guatemala no



tiene ahora, afortunadamente, ningún conflicto político o social agudo: no hay



guerrillas en el país y, aunque el sistema político deja un tanto que desear,



existe libertad de prensa, se efectúan elecciones libres y el debate político



se realiza en general dentro de los límites institucionales.

Pero, como lo



prueban recientes hechos, existen grupos



minoritarios que se empeñan en quebrar la estabilidad de esta nación centroamericana



utilizando nuevas formas de terrorismo.

Pobladores de



algunas aldeas no muy distantes de la capital produjeron hace poco hechos de violencia que dieron por



resultado la muerte de unas diez personas, el incendio de vehículos y viviendas



y el destrozo de valiosos bienes. ¿Sus razones? Aunque parezca difícil de



creer, lo que expresaron algunos dirigentes vecinales fue su oposición a



la construcción de una importante carretera periférica —que aliviaría los



problemas de tránsito nacional e internacional— y de una planta cementera que



ampliaría la capacidad productora del país (que tiene obvios problemas de



vivienda).

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Escudada en



esas posiciones radicales, una turba de vecinos, sin provocación alguna, agredió y asesinó a otros pobladores,



acusados de vender sus terrenos para la construcción de esa vía de



comunicación, o de simplemente trabajar como obreros de las cementeras. El



Gobierno, después de los hechos, ha decidido restringir algunas garantías



constitucionales en el municipio donde se produjo tan grave atentado a la paz.

No se trata



de una reacción espontánea ante alguna injusticia, ni de un arrebato que se



generó por causa de provocaciones o conflictos personales. Prueba de ello es



que, desde hace bastante tiempo, se producen constantemente bloqueos de



carreteras y actos de agresión en diferentes puntos del país que han provocado



muertos y heridos entre las fuerzas policiales y entre los ciudadanos que se



ven afectados por esas protestas, las cuales les impiden desarrollar



pacíficamente sus actividades cotidianas.

Y no son



pocas las organizaciones que reclaman la autoría de estas violentas acciones o



que las avalan con sus comunicados a la prensa y sus declaraciones públicas.

Algunas de



ellas, como el Comité de Unidad Campesina (CUC), se crearon en tiempos de la



guerrilla para dar un respaldo “de masas” a la acción de los grupos armados que



luchaban por imponer el socialismo totalitario. El mencionado CUC, por ejemplo,



fue la organización de masas para las áreas rurales que creó el Ejército



Guerrillero de los Pobres (EGP), una guerrilla de clara inspiración maoísta,



cuya dirigencia actual sigue enfrascada en una labor constante de



desestabilización.

¿Qué se busca



con estas violentas protestas? Todo indica que se trata de una estrategia trazada



por una coordinadora de organizaciones que intentan desestabilizar al país para



que pueda imponerse algún tipo de régimen autoritario de izquierda, como el que



oprime hoy a Venezuela.

No es



paranoia: los ataques contra empresas mineras y constructoras de plantas



hidroeléctricas, caminos o proyectos de desarrollo de todo tipo suceden en



todos los rincones de Guatemala; una organización promueve abiertamente el robo



de electricidad y otros grupos, en años recientes, han dinamitado algunas



torres de transporte de energía.

Lo que se



busca es mantener la agitación por cualquier medio y, aunque los manifestantes



sean una exigua minoría, los efectos de sus acciones violentas e intimidatorias



alcanzan a millones de ciudadanos.

El Gobierno



parece atrapado entre el reclamo de la mayoría de la población, que exige un



alto a la violencia, y el enjuiciamiento de los responsables de la agresión,



por una parte, y sus temores de ser acusado de violar los derechos humanos y la



libertad de manifestación, como ya lo han expresado algunas organizaciones no



gubernamentales vinculadas a la izquierda y que reciben, en muchos casos, ayuda



financiera internacional.

Es



comprensible que en esferas gubernamentales, preocupadas ya por las próximas



elecciones generales de 2015, haya vacilaciones y un cuidado extremo para no



aparecer ante el público como represores de la protesta “popular”.

Pero el



verdadero problema es que, si no se pone coto a la actividad de quienes acuden



a la violencia, el país puede verse envuelto en un proceso bastante similar al



de la subversión guerrillera de otros tiempos, ahuyentando las necesarias



inversiones y retardando el crecimiento económico, con lo que se crearía un



caldo de cultivo apropiado para el despliegue de los grupos violentos.

Por eso,



pensamos, es imprescindible que se deje en claro ahora que la protesta pacífica



es aceptada y bienvenida, pero que la violencia de cualquier tipo que sea debe



ser enfrentada con todas las armas legales disponibles.

*Leído en: PanAmPost (http://es.panampost.com)

Nuevas formas del viejo terrorismo en Guatemala

Redacción República
25 de septiembre, 2014

Guatemala no



tiene ahora, afortunadamente, ningún conflicto político o social agudo: no hay



guerrillas en el país y, aunque el sistema político deja un tanto que desear,



existe libertad de prensa, se efectúan elecciones libres y el debate político



se realiza en general dentro de los límites institucionales.

Pero, como lo



prueban recientes hechos, existen grupos



minoritarios que se empeñan en quebrar la estabilidad de esta nación centroamericana



utilizando nuevas formas de terrorismo.

Pobladores de



algunas aldeas no muy distantes de la capital produjeron hace poco hechos de violencia que dieron por



resultado la muerte de unas diez personas, el incendio de vehículos y viviendas



y el destrozo de valiosos bienes. ¿Sus razones? Aunque parezca difícil de



creer, lo que expresaron algunos dirigentes vecinales fue su oposición a



la construcción de una importante carretera periférica —que aliviaría los



problemas de tránsito nacional e internacional— y de una planta cementera que



ampliaría la capacidad productora del país (que tiene obvios problemas de



vivienda).

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Escudada en



esas posiciones radicales, una turba de vecinos, sin provocación alguna, agredió y asesinó a otros pobladores,



acusados de vender sus terrenos para la construcción de esa vía de



comunicación, o de simplemente trabajar como obreros de las cementeras. El



Gobierno, después de los hechos, ha decidido restringir algunas garantías



constitucionales en el municipio donde se produjo tan grave atentado a la paz.

No se trata



de una reacción espontánea ante alguna injusticia, ni de un arrebato que se



generó por causa de provocaciones o conflictos personales. Prueba de ello es



que, desde hace bastante tiempo, se producen constantemente bloqueos de



carreteras y actos de agresión en diferentes puntos del país que han provocado



muertos y heridos entre las fuerzas policiales y entre los ciudadanos que se



ven afectados por esas protestas, las cuales les impiden desarrollar



pacíficamente sus actividades cotidianas.

Y no son



pocas las organizaciones que reclaman la autoría de estas violentas acciones o



que las avalan con sus comunicados a la prensa y sus declaraciones públicas.

Algunas de



ellas, como el Comité de Unidad Campesina (CUC), se crearon en tiempos de la



guerrilla para dar un respaldo “de masas” a la acción de los grupos armados que



luchaban por imponer el socialismo totalitario. El mencionado CUC, por ejemplo,



fue la organización de masas para las áreas rurales que creó el Ejército



Guerrillero de los Pobres (EGP), una guerrilla de clara inspiración maoísta,



cuya dirigencia actual sigue enfrascada en una labor constante de



desestabilización.

¿Qué se busca



con estas violentas protestas? Todo indica que se trata de una estrategia trazada



por una coordinadora de organizaciones que intentan desestabilizar al país para



que pueda imponerse algún tipo de régimen autoritario de izquierda, como el que



oprime hoy a Venezuela.

No es



paranoia: los ataques contra empresas mineras y constructoras de plantas



hidroeléctricas, caminos o proyectos de desarrollo de todo tipo suceden en



todos los rincones de Guatemala; una organización promueve abiertamente el robo



de electricidad y otros grupos, en años recientes, han dinamitado algunas



torres de transporte de energía.

Lo que se



busca es mantener la agitación por cualquier medio y, aunque los manifestantes



sean una exigua minoría, los efectos de sus acciones violentas e intimidatorias



alcanzan a millones de ciudadanos.

El Gobierno



parece atrapado entre el reclamo de la mayoría de la población, que exige un



alto a la violencia, y el enjuiciamiento de los responsables de la agresión,



por una parte, y sus temores de ser acusado de violar los derechos humanos y la



libertad de manifestación, como ya lo han expresado algunas organizaciones no



gubernamentales vinculadas a la izquierda y que reciben, en muchos casos, ayuda



financiera internacional.

Es



comprensible que en esferas gubernamentales, preocupadas ya por las próximas



elecciones generales de 2015, haya vacilaciones y un cuidado extremo para no



aparecer ante el público como represores de la protesta “popular”.

Pero el



verdadero problema es que, si no se pone coto a la actividad de quienes acuden



a la violencia, el país puede verse envuelto en un proceso bastante similar al



de la subversión guerrillera de otros tiempos, ahuyentando las necesarias



inversiones y retardando el crecimiento económico, con lo que se crearía un



caldo de cultivo apropiado para el despliegue de los grupos violentos.

Por eso,



pensamos, es imprescindible que se deje en claro ahora que la protesta pacífica



es aceptada y bienvenida, pero que la violencia de cualquier tipo que sea debe



ser enfrentada con todas las armas legales disponibles.

*Leído en: PanAmPost (http://es.panampost.com)

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