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Gestión ambiental municipal

Redacción República
21 de septiembre, 2014

El



Dr. Eduardo Mayora, profesor y amigo, anota que una de las peores ideas de



todos los tiempos ha sido la de colocar bajo la responsabilidad de entidades



públicas la producción y distribución de bienes y servicios “susceptibles de



estar en el comercio de los hombres”—refiriendo esta última frase, a los tratadistas



del Derecho Privado. Y es que la gestión ambiental municipal constituye uno de los



tantos rubros que han usurpado los gobiernos de la esfera privada de las



personas.





El



agua, la energía, los bosques y el subsuelo constituyen bienes naturales



susceptibles de estar en el comercio de los hombres pero por razones históricas



y otras muy recientes, estos sencillamente están al amparo del gobierno central



y las autoridades municipales. Todas nuestras constituciones consignan la idea



de que estos bienes pertenecen al Estado y por tanto son de gestión pública. El



cambio climático antropogénico (provocado por el hombre) es la causa reciente;



arguyen que este fenómeno es el riesgo más grande que enfrenta la humanidad y



que es menester del alcalde velar por mitigar sus efectos. No reparan, por



supuesto, en vasta información verdaderamente científica—no política, que no



confirma la cuota de participación del hombre y mucho menos justifica la



intervención estatal como una solución.





Así,



alcaldes y consejos municipales se insertan en una espiral perversa; se empeñan



en implementar viveros forestales, declarar áreas protegidas, actualizar tasas



ambientales, desarrollar planes de ordenamiento territorial, promover el uso de



estufas ahorradoras de leña, instalar laboratorios de monitoreo ambiental,



estimular la reforestación y las energías renovables, impulsar la educación



ambiental, aprobar impuestos a los combustibles,crear



policías ambientales municipales, crear empresas públicas, y más recientemente,



alianzas público-privadas, adquirir nuevas flotillas de camiones recolectores



de basura, cambiar luminarias tradicionales a tecnología Led y aprobar



ordenanzas, reglamentos y multas. Estas “buenas prácticas” suponen aprobar un



confuso entramado conceptual y por supuesto, mendigar financiamientos



internacionales, generalmente gubernamentales.

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Pero



nada más lejos de evitar los grandes vicios que verdaderamente debiesen ocuparnos—pobreza,



violencia, impunidad y corrupción campante. Cuando aquellas acciones surgen en



el ámbito privado es porque el emprendedor oteó una oportunidad en el mercado y



deberá asumir los riesgos. Pero cuando aquellas iniciativas emanan y son



tuteladas por los gobiernos municipales abonan más bien a los vicios antes



mencionados.





Entiendo



que es sumamente complejo el contexto local, que arrastramos un legado



histórico perverso, que hay leyes nacionales que limitan la autonomía municipal



y que la época actual impone el reto de distinguir la fantasía de la realidad,



la ciencia de la ideología, pero es necesario proponer a los gobiernos



municipales un nuevo paradigma: el de un gobierno local limitado.





Esto



significa reconocer que el conocimiento es disperso y que la planificación



centralizada del tema ambiental responde a la premisa contraria; que el sistema



de gobierno más justo es aquel que distingue claramente la esfera pública de la



esfera privada. Que el gobierno local debe ser reconocido únicamente por el



inestimable valor de la seguridad y la justicia (esfera pública). Que a mayor



tamaño del gobierno en funciones, presupuesto y personal, mayores son las



probabilidades para la discrecionalidad y la corrupción. Que el alcalde también



se ve impelido por su propio interés y que por tanto limitar su ámbito de



acción es sano para la transparencia de su gestión.





Todo



aquello que pueda estar en el comercio de los hombres, que lo esté y éste



debiese ser la principal estrategia de los alcaldes y regidores. Claros



derechos de propiedad que devuelvan los bienes naturales a las personas



(incluyendo las áreas protegidas), someter aquellos recursos al ético afán de



lucro y promover un sistema de seguridad y justicia que sepa dirimir el



incumplimiento de contratos es lo único que deben impulsar los gobiernos



locales. Ese es su ámbito legítimo de acción, por añadidura y sin menoscabo de



la libertad, muy probablemente alcanzarán un buen desempeño ambiental.

















Gestión ambiental municipal

Redacción República
21 de septiembre, 2014

El



Dr. Eduardo Mayora, profesor y amigo, anota que una de las peores ideas de



todos los tiempos ha sido la de colocar bajo la responsabilidad de entidades



públicas la producción y distribución de bienes y servicios “susceptibles de



estar en el comercio de los hombres”—refiriendo esta última frase, a los tratadistas



del Derecho Privado. Y es que la gestión ambiental municipal constituye uno de los



tantos rubros que han usurpado los gobiernos de la esfera privada de las



personas.





El



agua, la energía, los bosques y el subsuelo constituyen bienes naturales



susceptibles de estar en el comercio de los hombres pero por razones históricas



y otras muy recientes, estos sencillamente están al amparo del gobierno central



y las autoridades municipales. Todas nuestras constituciones consignan la idea



de que estos bienes pertenecen al Estado y por tanto son de gestión pública. El



cambio climático antropogénico (provocado por el hombre) es la causa reciente;



arguyen que este fenómeno es el riesgo más grande que enfrenta la humanidad y



que es menester del alcalde velar por mitigar sus efectos. No reparan, por



supuesto, en vasta información verdaderamente científica—no política, que no



confirma la cuota de participación del hombre y mucho menos justifica la



intervención estatal como una solución.





Así,



alcaldes y consejos municipales se insertan en una espiral perversa; se empeñan



en implementar viveros forestales, declarar áreas protegidas, actualizar tasas



ambientales, desarrollar planes de ordenamiento territorial, promover el uso de



estufas ahorradoras de leña, instalar laboratorios de monitoreo ambiental,



estimular la reforestación y las energías renovables, impulsar la educación



ambiental, aprobar impuestos a los combustibles,crear



policías ambientales municipales, crear empresas públicas, y más recientemente,



alianzas público-privadas, adquirir nuevas flotillas de camiones recolectores



de basura, cambiar luminarias tradicionales a tecnología Led y aprobar



ordenanzas, reglamentos y multas. Estas “buenas prácticas” suponen aprobar un



confuso entramado conceptual y por supuesto, mendigar financiamientos



internacionales, generalmente gubernamentales.

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Pero



nada más lejos de evitar los grandes vicios que verdaderamente debiesen ocuparnos—pobreza,



violencia, impunidad y corrupción campante. Cuando aquellas acciones surgen en



el ámbito privado es porque el emprendedor oteó una oportunidad en el mercado y



deberá asumir los riesgos. Pero cuando aquellas iniciativas emanan y son



tuteladas por los gobiernos municipales abonan más bien a los vicios antes



mencionados.





Entiendo



que es sumamente complejo el contexto local, que arrastramos un legado



histórico perverso, que hay leyes nacionales que limitan la autonomía municipal



y que la época actual impone el reto de distinguir la fantasía de la realidad,



la ciencia de la ideología, pero es necesario proponer a los gobiernos



municipales un nuevo paradigma: el de un gobierno local limitado.





Esto



significa reconocer que el conocimiento es disperso y que la planificación



centralizada del tema ambiental responde a la premisa contraria; que el sistema



de gobierno más justo es aquel que distingue claramente la esfera pública de la



esfera privada. Que el gobierno local debe ser reconocido únicamente por el



inestimable valor de la seguridad y la justicia (esfera pública). Que a mayor



tamaño del gobierno en funciones, presupuesto y personal, mayores son las



probabilidades para la discrecionalidad y la corrupción. Que el alcalde también



se ve impelido por su propio interés y que por tanto limitar su ámbito de



acción es sano para la transparencia de su gestión.





Todo



aquello que pueda estar en el comercio de los hombres, que lo esté y éste



debiese ser la principal estrategia de los alcaldes y regidores. Claros



derechos de propiedad que devuelvan los bienes naturales a las personas



(incluyendo las áreas protegidas), someter aquellos recursos al ético afán de



lucro y promover un sistema de seguridad y justicia que sepa dirimir el



incumplimiento de contratos es lo único que deben impulsar los gobiernos



locales. Ese es su ámbito legítimo de acción, por añadidura y sin menoscabo de



la libertad, muy probablemente alcanzarán un buen desempeño ambiental.

















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