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El Principito, ¿cuento infantil u obra existencial?

Redacción República
01 de septiembre, 2014

La dulce historia de un pequeño príncipe, encontrado



fortuitamente en medio de un desierto, muy desierto, valga la redundancia; es



un cuento clásico infantil. Las palabras acompañadas por dibujos primitivos, que por momentos comunican más que ellas, y en



una combinación literaria que abre la creatividad de visión del lector, de la edad que sea.





En ella se conoce la creatividad de un niño, la interpretación



inesperada, a veces incorrecta, y a veces correcta, de algo aparentemente



incomprensible; sus trazos o sus letras comparten una sabiduría humana



milenaria, un reconocimiento del alma y el espíritu, y el deseo de compartir.





El principito, obra maestra de un aviador, Antoine de



Saint-Exupery, obra maestra por ser la suya más conocida por el mundo. Se sugiere que tiene rasgos autobiográficos.



Lo que se goza en su lectura son las observaciones de las características del



ser humano, con la facilidad o dificultad de verlas con los ojos del alma; la



gracia de la creatividad, la interpretación de eventos desde distintos puntos



de vista, y las emociones que son el resultado de la interacción de un adulto



enfrentando un reto de difícil resolución, y un niño, realeza de origen, quien a través



de viajes en búsqueda de apoyo, se encontró con personajes de diversos



cualidades, las cuales le permiten aprender como es el ser humano.

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La interacción con la serpiente, la rosa, el volcán, el



zorro, el guardagujas, el vendedor de píldoras que quitan la sed, el cordero, y el encuentro con el aviador, perfilan e



ejemplifican las debilidades y fortalezas humanas; y un repetida lectura



permite el redescubrimiento de la profundidad de la obra, y el aprendizaje



sutil que comunica, abiertamente para los ojos del adulto, y con lúdica para



los ojos del niño o joven.





El autor Saint-Exupery fue comentado en “el Periódico” del



viernes primero de agosto; se observan dos retratos suyos en atuendo de aviador, en dos



momentos de su vida, y el comentario sobre su desaparición inesperada en una



misión de guerra. Sus ojos encapuchados confirman lo que el comentarista comparte; el autor



Saint-Exupery quiso dejar la aviación y dedicarse a escribir, pero no lo pudo



hacer. Sin duda, los hechos de repetidos accidentes retratan lo que se asevera,



pues el alma guía al cuerpo, y si no fue feliz en su quehacer, el espíritu se



lo estaba comunicando.





A esta contemplación se llega. El innovador autor falleció a



los cuarenta y cuatro años, una edad joven con un brillante por venir si



hubiera seguido su sueño. Sus comentarios sobre la actualidad de la vida, las



idiosincrasias humanas, observadas desde su cristal y el cristal del



Principito. ¿Qué otras maravillas no podrá haber creado si cumpliera lo que



fuera su sueño?





Y de esa manera, con ese cristal, cada persona debe examinar



su vida. Vivir el sueño personal



plenamente, con entrega y pasión.





La educación forma una parte esencial, vital en el afianzarse



en el desarrollo personal, la formación del cristal con que se vive el sueño.



La innovación, la creatividad, la capacidad de soñar y visualizar. Si se ve, ¡es posible! La



educación tiene que afianzar el sueño, alimentar el sueño, con las herramientas



de las competencias de vida.





La obra personal influye en la vida de los demás, y enriquece la misma propia, y al finalizar ;



como las contemplaciones finales de la dulce historia, ¿Se podrá escuchar los



cascabeles, y preguntar por el paradero de la bella rosa?





El Principito, ¿cuento infantil u obra existencial?

Redacción República
01 de septiembre, 2014

La dulce historia de un pequeño príncipe, encontrado



fortuitamente en medio de un desierto, muy desierto, valga la redundancia; es



un cuento clásico infantil. Las palabras acompañadas por dibujos primitivos, que por momentos comunican más que ellas, y en



una combinación literaria que abre la creatividad de visión del lector, de la edad que sea.





En ella se conoce la creatividad de un niño, la interpretación



inesperada, a veces incorrecta, y a veces correcta, de algo aparentemente



incomprensible; sus trazos o sus letras comparten una sabiduría humana



milenaria, un reconocimiento del alma y el espíritu, y el deseo de compartir.





El principito, obra maestra de un aviador, Antoine de



Saint-Exupery, obra maestra por ser la suya más conocida por el mundo. Se sugiere que tiene rasgos autobiográficos.



Lo que se goza en su lectura son las observaciones de las características del



ser humano, con la facilidad o dificultad de verlas con los ojos del alma; la



gracia de la creatividad, la interpretación de eventos desde distintos puntos



de vista, y las emociones que son el resultado de la interacción de un adulto



enfrentando un reto de difícil resolución, y un niño, realeza de origen, quien a través



de viajes en búsqueda de apoyo, se encontró con personajes de diversos



cualidades, las cuales le permiten aprender como es el ser humano.

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La interacción con la serpiente, la rosa, el volcán, el



zorro, el guardagujas, el vendedor de píldoras que quitan la sed, el cordero, y el encuentro con el aviador, perfilan e



ejemplifican las debilidades y fortalezas humanas; y un repetida lectura



permite el redescubrimiento de la profundidad de la obra, y el aprendizaje



sutil que comunica, abiertamente para los ojos del adulto, y con lúdica para



los ojos del niño o joven.





El autor Saint-Exupery fue comentado en “el Periódico” del



viernes primero de agosto; se observan dos retratos suyos en atuendo de aviador, en dos



momentos de su vida, y el comentario sobre su desaparición inesperada en una



misión de guerra. Sus ojos encapuchados confirman lo que el comentarista comparte; el autor



Saint-Exupery quiso dejar la aviación y dedicarse a escribir, pero no lo pudo



hacer. Sin duda, los hechos de repetidos accidentes retratan lo que se asevera,



pues el alma guía al cuerpo, y si no fue feliz en su quehacer, el espíritu se



lo estaba comunicando.





A esta contemplación se llega. El innovador autor falleció a



los cuarenta y cuatro años, una edad joven con un brillante por venir si



hubiera seguido su sueño. Sus comentarios sobre la actualidad de la vida, las



idiosincrasias humanas, observadas desde su cristal y el cristal del



Principito. ¿Qué otras maravillas no podrá haber creado si cumpliera lo que



fuera su sueño?





Y de esa manera, con ese cristal, cada persona debe examinar



su vida. Vivir el sueño personal



plenamente, con entrega y pasión.





La educación forma una parte esencial, vital en el afianzarse



en el desarrollo personal, la formación del cristal con que se vive el sueño.



La innovación, la creatividad, la capacidad de soñar y visualizar. Si se ve, ¡es posible! La



educación tiene que afianzar el sueño, alimentar el sueño, con las herramientas



de las competencias de vida.





La obra personal influye en la vida de los demás, y enriquece la misma propia, y al finalizar ;



como las contemplaciones finales de la dulce historia, ¿Se podrá escuchar los



cascabeles, y preguntar por el paradero de la bella rosa?





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