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Peor que el Perro del Hortelano

Redacción
20 de agosto, 2014

Ellos comen pero no dejan comer. No tienen propuesta para crear más



empleos, pero se oponen a cualquier política que pudiera hacerlo. Demandan



aumentos en los ingresos laborales pero se oponen a cualquier medida que



pudiera aumentarlos a los millones de guatemaltecos que viven en pobreza y trabajan



en la informalidad. Dicen defender derechos irrenunciables pero se oponen a que



más guatemaltecos puedan gozar de los mismos. Dicen defender al pueblo, pero se



oponen a las propuestas legítimas de la población para crear nuevas



oportunidades de trabajo en el país. Peor que el perro del hortelano. Así es la



oposición del liderazgo sindical, y de sus aliados de siempre, a la propuesta



de diferenciación salarial presentada por los municipios de Masagua,



Guastatoya, San Agustín Acasagustlán y Estanzuela.

La realidad en esos municipios, tal y como lo demuestran las encuestas



nacionales de empleo, y como lo han ratificado públicamente los líderes



políticos y sociales de esos lugares, es que no existen suficientes fuentes de



empleo formal para absorber a toda la población desempleada y subempleada y que



los niveles de ingresos laborales están muy por debajo del salario mínimo



vigente en el país. Esto, claro está, después de casi medio siglo de continuas



promesas por parte de políticos y líderes sindicales basadas en aumentos



constantes al salario mínimo. Es difícil



pedirle a alguien que siempre ha estado desempleado que no puede renunciar a



sus derechos laborales, entre ellos el salario mínimo vigente, de un poco más



de Q 2,100, cuando jamás ha ganado ni la mitad de esa cifra en toda su vida y



nunca ha gozado de los derechos que la ley establece.

Es difícil entender la oposición del sindicalismo a la posibilidad que



estas personas puedan ganar el doble de lo que hoy ganan en trabajando en la



informalidad, el subempleo y el autoempleo. Qué sentido tiene para los



habitantes de estos cuatro municipios que un líder sindical reclame que “los



derechos de los trabajadores son irrenunciables y no pueden ser disminuidos”



cuando la mayoría de los beneficiarios de la propuesta de diferenciación



salarial nunca han tenido acceso a los mismos. O que otro líder considere



ilegal la medida por el “derecho adquirido del salario mínimo” cuando casi



nadie tiene acceso al mismo ya que no existen suficientes empresas formales



interesadas en radicarse en esos lugares y crear plazas formales de empleo. 

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Para quien no tiene empleo formal y acceso al salario mínimo, dado que no hay



fuentes de empleo formales en esos lugares, y que nunca ha gozado de los



irrenunciables derechos que establece la ley, ya que las empresas locales son



muy pequeñas e informales para poder honrar tales compromisos, tales



declaraciones de los líderes sindicales son un insulto a esas personas. En la



práctica, estos líderes sindicales terminan exigiendo al pueblo fidelidad



absoluta a celosos dioses falsos, que no son incapaces de cumplir lo que



prometen pero que castigan duramente a quienes ponen en duda la validez de su



doctrina.

Peor que el Perro del Hortelano

Redacción
20 de agosto, 2014

Ellos comen pero no dejan comer. No tienen propuesta para crear más



empleos, pero se oponen a cualquier política que pudiera hacerlo. Demandan



aumentos en los ingresos laborales pero se oponen a cualquier medida que



pudiera aumentarlos a los millones de guatemaltecos que viven en pobreza y trabajan



en la informalidad. Dicen defender derechos irrenunciables pero se oponen a que



más guatemaltecos puedan gozar de los mismos. Dicen defender al pueblo, pero se



oponen a las propuestas legítimas de la población para crear nuevas



oportunidades de trabajo en el país. Peor que el perro del hortelano. Así es la



oposición del liderazgo sindical, y de sus aliados de siempre, a la propuesta



de diferenciación salarial presentada por los municipios de Masagua,



Guastatoya, San Agustín Acasagustlán y Estanzuela.

La realidad en esos municipios, tal y como lo demuestran las encuestas



nacionales de empleo, y como lo han ratificado públicamente los líderes



políticos y sociales de esos lugares, es que no existen suficientes fuentes de



empleo formal para absorber a toda la población desempleada y subempleada y que



los niveles de ingresos laborales están muy por debajo del salario mínimo



vigente en el país. Esto, claro está, después de casi medio siglo de continuas



promesas por parte de políticos y líderes sindicales basadas en aumentos



constantes al salario mínimo. Es difícil



pedirle a alguien que siempre ha estado desempleado que no puede renunciar a



sus derechos laborales, entre ellos el salario mínimo vigente, de un poco más



de Q 2,100, cuando jamás ha ganado ni la mitad de esa cifra en toda su vida y



nunca ha gozado de los derechos que la ley establece.

Es difícil entender la oposición del sindicalismo a la posibilidad que



estas personas puedan ganar el doble de lo que hoy ganan en trabajando en la



informalidad, el subempleo y el autoempleo. Qué sentido tiene para los



habitantes de estos cuatro municipios que un líder sindical reclame que “los



derechos de los trabajadores son irrenunciables y no pueden ser disminuidos”



cuando la mayoría de los beneficiarios de la propuesta de diferenciación



salarial nunca han tenido acceso a los mismos. O que otro líder considere



ilegal la medida por el “derecho adquirido del salario mínimo” cuando casi



nadie tiene acceso al mismo ya que no existen suficientes empresas formales



interesadas en radicarse en esos lugares y crear plazas formales de empleo. 

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Para quien no tiene empleo formal y acceso al salario mínimo, dado que no hay



fuentes de empleo formales en esos lugares, y que nunca ha gozado de los



irrenunciables derechos que establece la ley, ya que las empresas locales son



muy pequeñas e informales para poder honrar tales compromisos, tales



declaraciones de los líderes sindicales son un insulto a esas personas. En la



práctica, estos líderes sindicales terminan exigiendo al pueblo fidelidad



absoluta a celosos dioses falsos, que no son incapaces de cumplir lo que



prometen pero que castigan duramente a quienes ponen en duda la validez de su



doctrina.

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