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Sobre los recientes acontecimientos en el legislativo

Redacción República
23 de octubre, 2014

Esta semana fueron noticia los incidentes que ocurrieron en



el Congreso de la República de Guatemala.



Varios manifestantes se plantaron en las afueras del edificio



legislativo y pretendían impedir el ingreso de varios diputados al recinto.

Aunque quedan algunos detalles por aclarar respecto de



algunas motivaciones de los protagonistas de los hechos, es claro que el



tumultuoso suceso se relacionaba con la elección de la junta directiva del



legislativo. Los disturbios llegaron a



ocasionar lesiones leves a algunos congresistas.

Mi interés no consiste en dilucidar quiénes son los bandos



involucrados ni cuál era el interés en juego entre los actores



involucrados. Me interesa señalar cómo



ha sido posible que la situación se haya ido degradando progresivamente hasta



llegar a incidentes como el ocurrido esta semana.

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Como es de esperarse muchas personas se han indignado ante



el suceso y atribuyen a la falta de integridad y valores de los políticos el



origen de todos estos males. Es claro



que quienes promueven estas conductas carecen de muchas virtudes pero la



cuestión a responder es por qué los menos virtuosos están a la cabeza.

La situación tiene su origen en un mal diseño institucional



y en una inexistente noción de límites al ejercicio del poder público.

Me refiero a un mal diseño institucional porque el actual



esquema de partidos políticos hace sumamente rentable crear un partido político



para colocar un parlamentario y acceder al control de los recursos



públicos. Así, lo único que hace falta



es conseguir los requisitos formales que la Ley Electoral y de Partidos



Políticos existe y luego conseguir entre quince mil y treinta mil votos para



conseguir un escaño. Claro está que para ejecutar la faena hacen falta



recursos.

Dado este esquema los “peores”, aquellos que ven en el



Estado una fuente para enriquecerse, ven una gran oportunidad de financiar



(“invertir”) un partido político para conseguir que un parlamentario sea



elegido para que más tarde le haga “recuperar” su inversión vía asignación de



obras y adjudicación de puestos en la administración pública.

Nótese que en este esquema los “buenos” o “virtuosos” tienen



muy pocas oportunidades de triunfar. Los



diputados son elegidos por un sistema de listas cuya clave está en obtener el



número mágico para adjudicar candidatos.



Los “peores” están dispuestos a destinar grandes sumas de dinero para



ganar la partida y los “buenos” no entrarán en el mismo juego y las virtudes que



puedan ostentar son estériles en un esquema en el cual los cargos se adjudican



a un partido político y no a una trayectoria personal.

En la medida que el sistema se ha alimentado de esta



estrategia los problemas se han ido agravando.



Una vez que los “peores” han tomado la cabeza se han dado cuenta que



prácticamente no hay límites a la actividad legislativa y política para obtener



beneficios. Ellos tienen la última



palabra para designar a las más altas magistraturas y para disponer de fondos



públicos.

Peor aún, la Constitución no le impone límites concretos a



la dimensión material de la legislación de tal manera que la última



preocupación en la agenda de los legisladores es la calidad de la producción



legislativa. El único límite acaba



siendo aquel impuesto por los grupos de interés. El resultado trágico es que los sectores



organizados acaban exprimiendo a los desorganizados (todos nosotros).

Sobre los recientes acontecimientos en el legislativo

Redacción República
23 de octubre, 2014

Esta semana fueron noticia los incidentes que ocurrieron en



el Congreso de la República de Guatemala.



Varios manifestantes se plantaron en las afueras del edificio



legislativo y pretendían impedir el ingreso de varios diputados al recinto.

Aunque quedan algunos detalles por aclarar respecto de



algunas motivaciones de los protagonistas de los hechos, es claro que el



tumultuoso suceso se relacionaba con la elección de la junta directiva del



legislativo. Los disturbios llegaron a



ocasionar lesiones leves a algunos congresistas.

Mi interés no consiste en dilucidar quiénes son los bandos



involucrados ni cuál era el interés en juego entre los actores



involucrados. Me interesa señalar cómo



ha sido posible que la situación se haya ido degradando progresivamente hasta



llegar a incidentes como el ocurrido esta semana.

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el suceso y atribuyen a la falta de integridad y valores de los políticos el



origen de todos estos males. Es claro



que quienes promueven estas conductas carecen de muchas virtudes pero la



cuestión a responder es por qué los menos virtuosos están a la cabeza.

La situación tiene su origen en un mal diseño institucional



y en una inexistente noción de límites al ejercicio del poder público.

Me refiero a un mal diseño institucional porque el actual



esquema de partidos políticos hace sumamente rentable crear un partido político



para colocar un parlamentario y acceder al control de los recursos



públicos. Así, lo único que hace falta



es conseguir los requisitos formales que la Ley Electoral y de Partidos



Políticos existe y luego conseguir entre quince mil y treinta mil votos para



conseguir un escaño. Claro está que para ejecutar la faena hacen falta



recursos.

Dado este esquema los “peores”, aquellos que ven en el



Estado una fuente para enriquecerse, ven una gran oportunidad de financiar



(“invertir”) un partido político para conseguir que un parlamentario sea



elegido para que más tarde le haga “recuperar” su inversión vía asignación de



obras y adjudicación de puestos en la administración pública.

Nótese que en este esquema los “buenos” o “virtuosos” tienen



muy pocas oportunidades de triunfar. Los



diputados son elegidos por un sistema de listas cuya clave está en obtener el



número mágico para adjudicar candidatos.



Los “peores” están dispuestos a destinar grandes sumas de dinero para



ganar la partida y los “buenos” no entrarán en el mismo juego y las virtudes que



puedan ostentar son estériles en un esquema en el cual los cargos se adjudican



a un partido político y no a una trayectoria personal.

En la medida que el sistema se ha alimentado de esta



estrategia los problemas se han ido agravando.



Una vez que los “peores” han tomado la cabeza se han dado cuenta que



prácticamente no hay límites a la actividad legislativa y política para obtener



beneficios. Ellos tienen la última



palabra para designar a las más altas magistraturas y para disponer de fondos



públicos.

Peor aún, la Constitución no le impone límites concretos a



la dimensión material de la legislación de tal manera que la última



preocupación en la agenda de los legisladores es la calidad de la producción



legislativa. El único límite acaba



siendo aquel impuesto por los grupos de interés. El resultado trágico es que los sectores



organizados acaban exprimiendo a los desorganizados (todos nosotros).

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