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Lágrimas de cocodrilo y demasiada casualidad

Redacción República
14 de octubre, 2014

El



1 de octubre pasado en la Ciudad de Guatemala comenzó el juicio contra Pedro



García Arredondo, exjefe de un comando de la Policía Nacional en 1980, acusado



de “masacre” y “quema” de la Embajada de España el 31 de enero de aquel año. El



juicio, como era de esperarse, se ha convertido en un show mediático con



actuación estelar de la destacada actriz y escritora guatemalteca Rigoberta



Menchú Tum, quien, por sus capacidades teatrales y literarias, fue galardonada



con el Premio Nobel de la Paz en 1992.

Para



los lectores quienes no están al tanto de lo sucedido en aquel evento,



resumamos los hechos. El 31 de enero del 1980, año del conflicto armado interno



entre los guerrilleros marxistas y las fuerzas de estado, un grupo de unos 30



“pacíficos” campesinos y estudiantes del departamento de El Quiché, armados con



machetes y bombas molotov, irrumpió



en la embajada española en la capital guatemalteca para “llamar la atención del



mundo sobre las barbaridades que se cometían en el país”. Estos pacíficos



guerrilleros, todos representantes del Comité de Unidad Campesina – CUC –



encabezados por el comandante Vicente Menchú – padre de la actriz guatemalteca



más famosa – muy pacíficamente tomaron como rehenes al personal de la embajada



y todas las personas que se encontraban allí.

Muy



por casualidad (demasiada casualidad para mi gusto), estaban reunidos con el



embajador español Máximo Cajal varios importantes políticos guatemaltecos: el



exvicepresidente Eduardo Cáceres Lehnoff, excanciller Adolfo Molina Orantes y



el abogado Mario Aguirre Godoy. Todos ellos fueron convocados por Cajal para



esta fecha y esta misma hora a la cita en la embajada. Muy por casualidad



(demasiada casualidad para mi gusto) unos días antes el embajador Cajal había



visitado El Quiché donde se había reunido con los guerrilleros del CUC y con el



comandante guerrillero Gustavo Meoño, quien, “casualmente”, ahora está a cargo



del Archivo de la Policía Nacional Civil.

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER

El



día del evento, 31 de enero, la secretaria de Cajal llamó insistentemente a los



tres políticos guatemaltecos para recordarles de la reunión y pedir que



llegaran puntuales. Al tomar a los rehenes, los “pacíficos” los amenazan y se



encierran con ellos en la embajada. En Guatemala, como en cualquier parte del



mundo, las personas que cometen delitos de secuestro asesinatos masivos se consideran terroristas.



El embajador Cajal, al permitir el acceso de los terroristas, violó el artículo



41 de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas y de esta manera se



convirtió en uno de ellos. Por otro lado, el mismo Cajal prohibió a la Policía



guatemalteca entrar en el inmueble español para que liberara a los rehenes



tanto guatemaltecos como españoles. Todo esto pasaba ante los ojos de los



transeúntes y simples curiosos que resultaron en el lugar de los hechos en el



momento del secuestro de la embajada por los guerrilleros.

Sin



embargo, la policía desobedeció la prohibición de Cajal e intentó penetrar en



el edificio, a pesar de que la Policía recibía constantes llamadas telefónicas



de los rehenes que pedían auxilio. En el



momento que los policías antimotines intentan entrar en la sede diplomática



española, rompen la puerta del despacho del embajador – donde se reunieron los



terroristas armados con bombas molotov



y adonde llevaron a los rehenes – y disparan. Las bombas comienzan a explotar



lo que provoca un incendio con el saldo de 37 muertos (todos calcinados). De



los que estaban en aquel salón, solo se salvaron el propio embajador Cajal



(demasiada casualidad para mi gusto) y un campesino que, dos días después, fue



secuestrado del hospital y asesinado por unos desconocidos.

Le



recomiendo al lector un análisis serio realizado por el veterano periodista y



exdiplomático guatemalteco Jorge Palmieri sobre todo lo sucedido. La opinión de



Palmieri se basa no solo en el análisis de la prensa de aquella época, tanto



guatemalteca como español, sino también en sus propias observaciones ya que él



fue testigo de los hechos al llegar a la Embajada española.

Por



supuesto que la guerrilla guatemalteca siempre ha insistido en que todo lo



sucedido es la culpa de las fuerzas de seguridad del estado. Era más que



evidente que en algún momento los terroristas, derrocados en el conflicto



armado, cambiarían las armas por otros medios y buscarían la venganza. Después



de la firma de los Acuerdo de Paz, en 1996, Rigoberta Menchú intentaba sin



éxito llevar su venganza a los tribunales europeos. No obstante, sus



solicitudes fueron rechazadas. Con esta apertura del juicio en Guatemala, los



exguerrilleros comprueban una vez más que no están dispuestos a afrontar la



verdad y que el negocio de la miseria de su propio país es más importante para



ellos. Las patéticas imágenes de Rigoberta Menchú llorando con lágrimas de



cocodrilo en el juicio por querer “cerrar un capítulo de 34



años” podrían convencer a los ingenuos e ignorantes. O a los



interesados en el negocio de la venganza guerrillera.

http://esblog.panampost.com/author/anton-toursinov/

Lágrimas de cocodrilo y demasiada casualidad

Redacción República
14 de octubre, 2014

El



1 de octubre pasado en la Ciudad de Guatemala comenzó el juicio contra Pedro



García Arredondo, exjefe de un comando de la Policía Nacional en 1980, acusado



de “masacre” y “quema” de la Embajada de España el 31 de enero de aquel año. El



juicio, como era de esperarse, se ha convertido en un show mediático con



actuación estelar de la destacada actriz y escritora guatemalteca Rigoberta



Menchú Tum, quien, por sus capacidades teatrales y literarias, fue galardonada



con el Premio Nobel de la Paz en 1992.

Para



los lectores quienes no están al tanto de lo sucedido en aquel evento,



resumamos los hechos. El 31 de enero del 1980, año del conflicto armado interno



entre los guerrilleros marxistas y las fuerzas de estado, un grupo de unos 30



“pacíficos” campesinos y estudiantes del departamento de El Quiché, armados con



machetes y bombas molotov, irrumpió



en la embajada española en la capital guatemalteca para “llamar la atención del



mundo sobre las barbaridades que se cometían en el país”. Estos pacíficos



guerrilleros, todos representantes del Comité de Unidad Campesina – CUC –



encabezados por el comandante Vicente Menchú – padre de la actriz guatemalteca



más famosa – muy pacíficamente tomaron como rehenes al personal de la embajada



y todas las personas que se encontraban allí.

Muy



por casualidad (demasiada casualidad para mi gusto), estaban reunidos con el



embajador español Máximo Cajal varios importantes políticos guatemaltecos: el



exvicepresidente Eduardo Cáceres Lehnoff, excanciller Adolfo Molina Orantes y



el abogado Mario Aguirre Godoy. Todos ellos fueron convocados por Cajal para



esta fecha y esta misma hora a la cita en la embajada. Muy por casualidad



(demasiada casualidad para mi gusto) unos días antes el embajador Cajal había



visitado El Quiché donde se había reunido con los guerrilleros del CUC y con el



comandante guerrillero Gustavo Meoño, quien, “casualmente”, ahora está a cargo



del Archivo de la Policía Nacional Civil.

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El



día del evento, 31 de enero, la secretaria de Cajal llamó insistentemente a los



tres políticos guatemaltecos para recordarles de la reunión y pedir que



llegaran puntuales. Al tomar a los rehenes, los “pacíficos” los amenazan y se



encierran con ellos en la embajada. En Guatemala, como en cualquier parte del



mundo, las personas que cometen delitos de secuestro asesinatos masivos se consideran terroristas.



El embajador Cajal, al permitir el acceso de los terroristas, violó el artículo



41 de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas y de esta manera se



convirtió en uno de ellos. Por otro lado, el mismo Cajal prohibió a la Policía



guatemalteca entrar en el inmueble español para que liberara a los rehenes



tanto guatemaltecos como españoles. Todo esto pasaba ante los ojos de los



transeúntes y simples curiosos que resultaron en el lugar de los hechos en el



momento del secuestro de la embajada por los guerrilleros.

Sin



embargo, la policía desobedeció la prohibición de Cajal e intentó penetrar en



el edificio, a pesar de que la Policía recibía constantes llamadas telefónicas



de los rehenes que pedían auxilio. En el



momento que los policías antimotines intentan entrar en la sede diplomática



española, rompen la puerta del despacho del embajador – donde se reunieron los



terroristas armados con bombas molotov



y adonde llevaron a los rehenes – y disparan. Las bombas comienzan a explotar



lo que provoca un incendio con el saldo de 37 muertos (todos calcinados). De



los que estaban en aquel salón, solo se salvaron el propio embajador Cajal



(demasiada casualidad para mi gusto) y un campesino que, dos días después, fue



secuestrado del hospital y asesinado por unos desconocidos.

Le



recomiendo al lector un análisis serio realizado por el veterano periodista y



exdiplomático guatemalteco Jorge Palmieri sobre todo lo sucedido. La opinión de



Palmieri se basa no solo en el análisis de la prensa de aquella época, tanto



guatemalteca como español, sino también en sus propias observaciones ya que él



fue testigo de los hechos al llegar a la Embajada española.

Por



supuesto que la guerrilla guatemalteca siempre ha insistido en que todo lo



sucedido es la culpa de las fuerzas de seguridad del estado. Era más que



evidente que en algún momento los terroristas, derrocados en el conflicto



armado, cambiarían las armas por otros medios y buscarían la venganza. Después



de la firma de los Acuerdo de Paz, en 1996, Rigoberta Menchú intentaba sin



éxito llevar su venganza a los tribunales europeos. No obstante, sus



solicitudes fueron rechazadas. Con esta apertura del juicio en Guatemala, los



exguerrilleros comprueban una vez más que no están dispuestos a afrontar la



verdad y que el negocio de la miseria de su propio país es más importante para



ellos. Las patéticas imágenes de Rigoberta Menchú llorando con lágrimas de



cocodrilo en el juicio por querer “cerrar un capítulo de 34



años” podrían convencer a los ingenuos e ignorantes. O a los



interesados en el negocio de la venganza guerrillera.

http://esblog.panampost.com/author/anton-toursinov/

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