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Talentos jóvenes: tres hermanas que encontraron en la música su lenguaje de vida

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Glenda Sanchez
17 de mayo, 2026

En una casa del sur de la ciudad de Guatemala, el sonido de un violín convive con las teclas de un piano y el ritmo de una batería. Cada tarde, las habitaciones se transforman en pequeños salones de práctica para tres hermanas fascinadas con la música.  Margarita de 15 años, Gris de 10 y Aracelly de 8. Todas de apellidos Coloma Sánchez. Construyen su propio camino con disciplina, constancia y sueños ambiciosos.   

Las tres artistas son hijas de Ranferi Coloma y Mira Sánchez, profesionales egresados de la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC).  Sus padres impulsaron la curiosidad de las niñas y buscaron opciones para acercarlas al solfeo, las corcheas y el do, re, mi, fa, sol. Ellos cuentan que cada una, poco a poco, encontró el instrumento con el que más se identificaba.   

Las tres estudian en el Conservatorio Nacional de Música Germán Alcántara, en plan fin de semana. Ellas organizan sus días entre tareas escolares, ensayos y clases musicales.  Además, en su agenda deben incluir la práctica de marimba. Instrumento que practica en el Paraninfo Universitario de la USAC.    

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Cada sábado la familia se organiza para salir al conservatorio. Por lo corrido de la jornada, el desayuno lo toman al terminar la primera clase. Cada niña tiene horarios y clases diferentes. Ranferi, el padre, las ayuda a localizar el salón que les corresponde. Él trata de ayudar a todas; sin embargo, en ocasiones se concentra en la que más lo requiera.   

Una niñez entre cuerdas y notas   

La mayor pasión de Gris es el violín. Su historia empezó frente a una pantalla. Un día vio a una violinista interpretar una melodía y quedó fascinada. “Yo quiero tocar violín”, recuerda que pensó en ese momento.  

Desde entonces, la idea no salió de su cabeza. Primero aprendió solfeo y lectura musical. A los cinco años inició clases virtuales con un maestro mexicano; fue durante la pandemia. Él le enseñó cómo sostener el arco, cómo colocar el violín y cómo producir un sonido limpio. “Tocar violín es complicado, pero me gustó”, dice Gris, con una sonrisa tímida.  

Cuando cumplió siete años, ingresó al conservatorio. Ahora ensaya todos los días por la tarde, entre las cinco y las seis. Después de salir del colegio y terminar sus tareas. Ella busca un espacio tranquilo para concentrarse en las melodías que estudia.   

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Gris habla del violín con emoción. Cada corrección del maestro representa un nuevo reto. Las ligaduras, el ritmo y la técnica forman parte de una rutina que asume con seriedad pese a su corta edad. Sueña con interpretar melodías más complejas y presentarse en un concierto en la Gran Sala.  

Ritmo de emociones   

En otro cuarto de la casa, Margarita encuentra en el piano una forma de expresar emociones. Habla con claridad y madurez sobre la música. Para ella, el arte funciona como un lenguaje capaz de transmitir sentimientos que a veces no salen con palabras. “El piano me permite expresar emociones mixtas”, explica.  

También combina el estudio académico con las clases de piano. Comprende perfectamente que el talento por sí solo no basta. “La disciplina y práctica constante vencen al talento”, afirma Margarita mientras acomoda su cabello.   

Esa idea guía su disciplina diaria. Estudia partituras, practica solfeo y trabaja la coordinación de ambas manos mientras mantiene el ritmo. Reconoce que algunas partes del aprendizaje resultan difíciles, especialmente cuando debe llevar el tiempo exacto en los ejercicios, pero insiste hasta dominar cada pieza.  

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Menciona que entre las melodías que más disfruta tocar está Corazón de Niño. Además, sueña con interpretar sonatas de Johann Sebastian Bach dentro del conservatorio. Imagina su futuro ligado a la enseñanza musical. “Me gustaría ser maestra”.   

Su relación con sus hermanas también gira alrededor de la música. La ayuda con ejercicios de solfeo y comparte consejos cuando alguna tiene dificultades. En la casa, cada una entiende el esfuerzo de la otra. No existe competencia. Existe apoyo.  

Explosión musical   

La más pequeña, Aracelly, eligió un instrumento completamente distinto: la batería.  Los tambores y los redobles son sus preferidos. Habla con entusiasmo cada vez que menciona el instrumento. Después de hacer las tareas del colegio, practica. “Me siento feliz porque me gusta la batería”, dice.  

Debido al volumen del instrumento, Aracelly practica de último para no afectar a sus hermanas. Mientras el violín y el piano pueden sonar en habitaciones cercanas, la batería invade la sala de la casa. Cada integrante de la familia busca horarios distintos. Una práctica en la sala, otra en un cuarto y otra en un espacio diferente.   

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Aracelly también estudia marimba y disfruta asistir a sus clases en el conservatorio. Aunque todavía es pequeña, ya imagina un futuro relacionado con la música. “Fue una buena decisión porque mi mamita está feliz”, comenta sobre el camino artístico que comparte con sus hermanas.  

La familia Coloma Sánchez apuesta por el arte como una herramienta de desarrollo y expresión. Acompañan a sus hijas a cada ensayo, cada clase y cada presentación. Saben que estudiar música requiere tiempo, paciencia y recursos. Entienden que el arte fortalece la sensibilidad, la disciplina y la confianza de sus hijas.  

Mientras muchas personas consideran la música como un simple pasatiempo, estas tres hermanas la viven como una pasión que ocupa espacio en cada rincón de su casa. Entre partituras, cuadernos escolares y sonidos distintos, construyen un sueño que nació en la infancia y que hoy avanza nota por nota.  

En un país donde el acceso al arte todavía representa un privilegio para muchas familias, Gris, Margarita y Aracelly demuestran que la perseverancia también puede abrir escenarios. 

Talentos jóvenes: tres hermanas que encontraron en la música su lenguaje de vida

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Glenda Sanchez
17 de mayo, 2026

En una casa del sur de la ciudad de Guatemala, el sonido de un violín convive con las teclas de un piano y el ritmo de una batería. Cada tarde, las habitaciones se transforman en pequeños salones de práctica para tres hermanas fascinadas con la música.  Margarita de 15 años, Gris de 10 y Aracelly de 8. Todas de apellidos Coloma Sánchez. Construyen su propio camino con disciplina, constancia y sueños ambiciosos.   

Las tres artistas son hijas de Ranferi Coloma y Mira Sánchez, profesionales egresados de la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC).  Sus padres impulsaron la curiosidad de las niñas y buscaron opciones para acercarlas al solfeo, las corcheas y el do, re, mi, fa, sol. Ellos cuentan que cada una, poco a poco, encontró el instrumento con el que más se identificaba.   

Las tres estudian en el Conservatorio Nacional de Música Germán Alcántara, en plan fin de semana. Ellas organizan sus días entre tareas escolares, ensayos y clases musicales.  Además, en su agenda deben incluir la práctica de marimba. Instrumento que practica en el Paraninfo Universitario de la USAC.    

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Cada sábado la familia se organiza para salir al conservatorio. Por lo corrido de la jornada, el desayuno lo toman al terminar la primera clase. Cada niña tiene horarios y clases diferentes. Ranferi, el padre, las ayuda a localizar el salón que les corresponde. Él trata de ayudar a todas; sin embargo, en ocasiones se concentra en la que más lo requiera.   

Una niñez entre cuerdas y notas   

La mayor pasión de Gris es el violín. Su historia empezó frente a una pantalla. Un día vio a una violinista interpretar una melodía y quedó fascinada. “Yo quiero tocar violín”, recuerda que pensó en ese momento.  

Desde entonces, la idea no salió de su cabeza. Primero aprendió solfeo y lectura musical. A los cinco años inició clases virtuales con un maestro mexicano; fue durante la pandemia. Él le enseñó cómo sostener el arco, cómo colocar el violín y cómo producir un sonido limpio. “Tocar violín es complicado, pero me gustó”, dice Gris, con una sonrisa tímida.  

Cuando cumplió siete años, ingresó al conservatorio. Ahora ensaya todos los días por la tarde, entre las cinco y las seis. Después de salir del colegio y terminar sus tareas. Ella busca un espacio tranquilo para concentrarse en las melodías que estudia.   

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Gris habla del violín con emoción. Cada corrección del maestro representa un nuevo reto. Las ligaduras, el ritmo y la técnica forman parte de una rutina que asume con seriedad pese a su corta edad. Sueña con interpretar melodías más complejas y presentarse en un concierto en la Gran Sala.  

Ritmo de emociones   

En otro cuarto de la casa, Margarita encuentra en el piano una forma de expresar emociones. Habla con claridad y madurez sobre la música. Para ella, el arte funciona como un lenguaje capaz de transmitir sentimientos que a veces no salen con palabras. “El piano me permite expresar emociones mixtas”, explica.  

También combina el estudio académico con las clases de piano. Comprende perfectamente que el talento por sí solo no basta. “La disciplina y práctica constante vencen al talento”, afirma Margarita mientras acomoda su cabello.   

Esa idea guía su disciplina diaria. Estudia partituras, practica solfeo y trabaja la coordinación de ambas manos mientras mantiene el ritmo. Reconoce que algunas partes del aprendizaje resultan difíciles, especialmente cuando debe llevar el tiempo exacto en los ejercicios, pero insiste hasta dominar cada pieza.  

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Menciona que entre las melodías que más disfruta tocar está Corazón de Niño. Además, sueña con interpretar sonatas de Johann Sebastian Bach dentro del conservatorio. Imagina su futuro ligado a la enseñanza musical. “Me gustaría ser maestra”.   

Su relación con sus hermanas también gira alrededor de la música. La ayuda con ejercicios de solfeo y comparte consejos cuando alguna tiene dificultades. En la casa, cada una entiende el esfuerzo de la otra. No existe competencia. Existe apoyo.  

Explosión musical   

La más pequeña, Aracelly, eligió un instrumento completamente distinto: la batería.  Los tambores y los redobles son sus preferidos. Habla con entusiasmo cada vez que menciona el instrumento. Después de hacer las tareas del colegio, practica. “Me siento feliz porque me gusta la batería”, dice.  

Debido al volumen del instrumento, Aracelly practica de último para no afectar a sus hermanas. Mientras el violín y el piano pueden sonar en habitaciones cercanas, la batería invade la sala de la casa. Cada integrante de la familia busca horarios distintos. Una práctica en la sala, otra en un cuarto y otra en un espacio diferente.   

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Aracelly también estudia marimba y disfruta asistir a sus clases en el conservatorio. Aunque todavía es pequeña, ya imagina un futuro relacionado con la música. “Fue una buena decisión porque mi mamita está feliz”, comenta sobre el camino artístico que comparte con sus hermanas.  

La familia Coloma Sánchez apuesta por el arte como una herramienta de desarrollo y expresión. Acompañan a sus hijas a cada ensayo, cada clase y cada presentación. Saben que estudiar música requiere tiempo, paciencia y recursos. Entienden que el arte fortalece la sensibilidad, la disciplina y la confianza de sus hijas.  

Mientras muchas personas consideran la música como un simple pasatiempo, estas tres hermanas la viven como una pasión que ocupa espacio en cada rincón de su casa. Entre partituras, cuadernos escolares y sonidos distintos, construyen un sueño que nació en la infancia y que hoy avanza nota por nota.  

En un país donde el acceso al arte todavía representa un privilegio para muchas familias, Gris, Margarita y Aracelly demuestran que la perseverancia también puede abrir escenarios. 

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