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Seis meses sin ti, papá

.
Redacción República
14 de junio, 2026

Cuando te fuiste en noviembre de 2025, después de una dura lucha contra la diabetes, sentí que el tiempo se detuvo.

De repente, todo lo que era cotidiano se volvió extraño. Tus cosas quedaron en la casa como testigos mudos de una vida que ya no estaba. El mejor papá del mundo, los brazos que me sostuvieron al nacer, ya no volverían a abrazarme. Me enojé con Dios porque no entendía por qué había decidido llevarte. No encontraba ninguna enseñanza en tu partida, solo un vacío imposible de llenar.

Lo que más me duele es pensar en los momentos que no compartirás conmigo. No estarás en mi graduación, sentado en la primera fila, esperando escuchar mi nombre y aplaudir con orgullo. No estarás para abrazarme cuando reciba mi título ni para decirme que todo el esfuerzo valió la pena. Tampoco estarás el día que camine hacia el altar: no tendré tu brazo fuerte sosteniéndome ni tu mirada serena dándome seguridad. Esa ausencia se siente como un vacío que ninguna otra presencia puede llenar. Son escenas que me acompañarán siempre, porque aunque no estés físicamente, sé que en espíritu estarás conmigo en cada paso.

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A veces cierro los ojos y me invento otro universo donde sí estuviste más tiempo conmigo. Me viste cumplir mis metas, conocer a tus nietos y felicitarme en cada cumpleaños. En esa vida quizá pude salvarte para que nunca te fueras. Contigo todo era más fácil y seguro. Sueño que vuelves cansado del trabajo, que me cuentas tu día, que yo regreso de la universidad y comparto mis anécdotas, y que tú las escuchas y las presumes con orgullo. Extraño esa mirada tuya, pero ahora me gusta pensar que me escuchas desde el cielo y que les cuentas mis historias a los ángeles.

El duelo es extraño: a veces olvido que ya no estás y, por un segundo, creo que sigues en la casa. Lo más duro es sentirla vacía, porque tú le dabas vida a todo. Estos meses han sido los más difíciles: avanzo un poco y, de pronto, me golpea tu ausencia. Daría lo que fuera por escucharte una vez más. He aprendido muchas cosas desde que te fuiste, menos una: vivir sin ti.

Y, sin embargo, en medio de ese dolor, me consuela imaginar la paz que encontraste. No pienso en tu partida como un final oscuro, sino como la llegada a un lugar donde ya no hay sufrimiento. Me gusta creer que al llegar al cielo hubo alegría, que fuiste recibido con amor y que tu fuerza y tu bondad se transformaron en luz. Cuando miro la inmensidad y la belleza del cielo, siento que ahora eres parte de esa claridad, de ese gozo que no se apaga.

Viviste una buena vida y lo diste todo. Nunca te quejaste de tu enfermedad; al contrario, nos mostraste fortaleza para que no sufriéramos. Me enseñaste el camino del amor y la humanidad, y tus actos siempre fueron más grandes que tus palabras. Gracias por demostrarme que la felicidad es una elección.

No tengo palabras suficientes para expresar lo que siento cuando pienso en ti. Solo agradezco a Dios por permitirme ser tu hija y aprender tanto de ti. Si pudiera elegir de nuevo, volvería a ser tu hija sin dudarlo, incluso sabiendo que el final sería perderte. Aunque no estés físicamente, sé que me acompañas con la misma fuerza que en vida. Ahora te siento como energía pura y te encuentro en cada cosa hermosa: en las mariposas, en los cielos radiantes y en esos pequeños momentos que me recuerdan tu amor. Me siento privilegiada porque, de ahora en adelante, cada paso que dé lo darás conmigo.

Gracias por haber sido mi hogar, incluso ahora que vives en el cielo.

Te amo, papi. Te voy a extrañar siempre. Estarás en mi corazón toda la vida y sé que algún día nos volveremos a encontrar. Prepárate, porque cuando llegue ese momento tendré tantas cosas que contarte y mostrarte. Descansa mientras tanto. Cuando nos veamos de nuevo, nos llenaremos de risas, abrazos y palabras bonitas.

Seis meses sin ti, papá

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Redacción República
14 de junio, 2026

Cuando te fuiste en noviembre de 2025, después de una dura lucha contra la diabetes, sentí que el tiempo se detuvo.

De repente, todo lo que era cotidiano se volvió extraño. Tus cosas quedaron en la casa como testigos mudos de una vida que ya no estaba. El mejor papá del mundo, los brazos que me sostuvieron al nacer, ya no volverían a abrazarme. Me enojé con Dios porque no entendía por qué había decidido llevarte. No encontraba ninguna enseñanza en tu partida, solo un vacío imposible de llenar.

Lo que más me duele es pensar en los momentos que no compartirás conmigo. No estarás en mi graduación, sentado en la primera fila, esperando escuchar mi nombre y aplaudir con orgullo. No estarás para abrazarme cuando reciba mi título ni para decirme que todo el esfuerzo valió la pena. Tampoco estarás el día que camine hacia el altar: no tendré tu brazo fuerte sosteniéndome ni tu mirada serena dándome seguridad. Esa ausencia se siente como un vacío que ninguna otra presencia puede llenar. Son escenas que me acompañarán siempre, porque aunque no estés físicamente, sé que en espíritu estarás conmigo en cada paso.

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A veces cierro los ojos y me invento otro universo donde sí estuviste más tiempo conmigo. Me viste cumplir mis metas, conocer a tus nietos y felicitarme en cada cumpleaños. En esa vida quizá pude salvarte para que nunca te fueras. Contigo todo era más fácil y seguro. Sueño que vuelves cansado del trabajo, que me cuentas tu día, que yo regreso de la universidad y comparto mis anécdotas, y que tú las escuchas y las presumes con orgullo. Extraño esa mirada tuya, pero ahora me gusta pensar que me escuchas desde el cielo y que les cuentas mis historias a los ángeles.

El duelo es extraño: a veces olvido que ya no estás y, por un segundo, creo que sigues en la casa. Lo más duro es sentirla vacía, porque tú le dabas vida a todo. Estos meses han sido los más difíciles: avanzo un poco y, de pronto, me golpea tu ausencia. Daría lo que fuera por escucharte una vez más. He aprendido muchas cosas desde que te fuiste, menos una: vivir sin ti.

Y, sin embargo, en medio de ese dolor, me consuela imaginar la paz que encontraste. No pienso en tu partida como un final oscuro, sino como la llegada a un lugar donde ya no hay sufrimiento. Me gusta creer que al llegar al cielo hubo alegría, que fuiste recibido con amor y que tu fuerza y tu bondad se transformaron en luz. Cuando miro la inmensidad y la belleza del cielo, siento que ahora eres parte de esa claridad, de ese gozo que no se apaga.

Viviste una buena vida y lo diste todo. Nunca te quejaste de tu enfermedad; al contrario, nos mostraste fortaleza para que no sufriéramos. Me enseñaste el camino del amor y la humanidad, y tus actos siempre fueron más grandes que tus palabras. Gracias por demostrarme que la felicidad es una elección.

No tengo palabras suficientes para expresar lo que siento cuando pienso en ti. Solo agradezco a Dios por permitirme ser tu hija y aprender tanto de ti. Si pudiera elegir de nuevo, volvería a ser tu hija sin dudarlo, incluso sabiendo que el final sería perderte. Aunque no estés físicamente, sé que me acompañas con la misma fuerza que en vida. Ahora te siento como energía pura y te encuentro en cada cosa hermosa: en las mariposas, en los cielos radiantes y en esos pequeños momentos que me recuerdan tu amor. Me siento privilegiada porque, de ahora en adelante, cada paso que dé lo darás conmigo.

Gracias por haber sido mi hogar, incluso ahora que vives en el cielo.

Te amo, papi. Te voy a extrañar siempre. Estarás en mi corazón toda la vida y sé que algún día nos volveremos a encontrar. Prepárate, porque cuando llegue ese momento tendré tantas cosas que contarte y mostrarte. Descansa mientras tanto. Cuando nos veamos de nuevo, nos llenaremos de risas, abrazos y palabras bonitas.

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