Actualidad
Actualidad
Política
Política
Empresa
Empresa
Opinión
Opinión
Inmobiliaria
Inmobiliaria
Agenda Empresarial
Agenda Empresarial

No vive del deporte, pero brilló en Boston: la historia de Juan Fernando Tarragó

Fotos: Diego Cabrera / República
Alicia Utrera
03 de mayo, 2026

El nombre de Juan Fernando Tarragó empezó a circular con fuerza tras su paso por la Maratón de Boston, una de las pruebas más exigentes del calendario internacional, donde registró el mejor tiempo entre los corredores centroamericanos. No es una carrera cualquiera para Guatemala: el 19 de abril de 1952, Doroteo Guamuch —Mateo Flores— ganó el primer lugar con un tiempo de 2:31:53 y se convirtió en el primer latinoamericano en lograrlo. Ese antecedente coloca en perspectiva la actuación reciente y ayuda a dimensionar su alcance.

Pero lo de Boston no es un hecho aislado. Tarragó ya había marcado un precedente en la edición 2025 del Maratón de Berlín, donde se convirtió en el primer guatemalteco y el primer centroamericano en cruzar la meta en esa competencia. Su recorrido también incluye el Maratón de Chicago, una de las pruebas clave dentro del circuito de los World Marathon Majors, donde ha competido como parte de su proceso para alcanzar la medalla de las seis grandes maratones.

En ese contexto, el resultado en Boston cobra aún más relevancia. Pero su historia tiene un ángulo menos habitual: no vive del deporte. Es ingeniero industrial y ha construido su rendimiento desde una rutina que combina trabajo y entrenamiento.

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER

En conversación, su tono contrasta con ese logro: habla sin prisa, mide sus respuestas y evita exageraciones. No hay urgencia en su forma de expresarse, ni intención de impresionar.

Cuando se le pide que se defina en una sola idea, no arma una frase elaborada. “Alguien que ha trabajado muy duro por salir adelante… y que quiere seguir superándose”, dice.

Su historia va más por ese lado: constancia, más que grandes discursos. No hay giros dramáticos ni momentos épicos. Hay tiempo invertido, disciplina y una rutina que ha tenido que acomodar entre responsabilidades.

Su relación con el running tampoco empieza con una meta ambiciosa. Comienza en familia. Durante algunos años vivió en Nueva Zelanda, donde el deporte era parte del día a día. Su papá empezó a correr y lo fue involucrando casi sin darse cuenta. “Empecé porque mi papá me metió a correr… incluso para bajar de peso”, cuenta.

.

Al inicio, las distancias eran cortas: 500 metros, un kilómetro, avanzar poco a poco. Pero más allá del ejercicio, había algo más importante. “Era un momento especial para compartir con mi papá”, recuerda. Ahí empezó todo, sin presión ni expectativas.

Con los años, ese hábito creció. Sin dejar su carrera profesional, Tarragó fue subiendo el nivel hasta competir fuera del país. Lo de Boston, Berlín y Chicago no responde a momentos aislados, sino a un proceso sostenido.

No hay una fórmula secreta en lo que cuenta. Más bien, una forma de hacer las cosas: entrenar cuando se puede, cumplir en el trabajo y sostener el ritmo. Así, sin mucho ruido, ha logrado hacerse un lugar.

El valor de construir

Con el tiempo, lo que empezó como un acompañamiento se volvió hábito. Y ese hábito, disciplina. No hay un momento exacto en el que decidió tomárselo en serio. Más bien, fue una transición natural. Poco a poco empezó a exigirse más, a probarse, a competir.

Para Tarragó, correr no es un deporte de talento inmediato. Lo repite varias veces. “La corrida premia el esfuerzo y la constancia”, resalta, y lo ha comprobado con los años.

Esa forma de entenderlo también explica por qué insiste en que no empezó siendo “bueno”. “Nadie daba un centavo por mí”, detalla sin incomodidad y reconociendo su punto de partida. Más que generar impacto, esa frase explica por qué todo lo que vino después tiene sentido para él.

Su progreso no fue inmediato. Fue el resultado de repetir, de equivocarse, de ajustar. De entender que correr —como cualquier proceso largo— no es lineal. Hay días buenos, días malos y muchos momentos en los que nada parece avanzar.

Ahí es donde aparece uno de los temas que más repite: la paciencia. Como atleta y como entrenador, reconoce que uno de los errores más comunes es querer resultados rápidos. “La gente lo quiere todo ya”. Para él, correr es exactamente lo contrario a lo inmediato.

.

La maratón de Boston: más que una meta

Cuando la conversación llega a Boston, el enfoque no está en el resultado, sino en lo que representaba. No era solo una carrera importante dentro del circuito internacional. Era una idea que llevaba años presente.

Su papá había soñado con correrla. Después la corrió. Y ese mismo sueño se trasladó a él. “Lo planteamos hace nueve años… y se cumplió”.

Hay algo distinto en su tono cuando habla de ese momento. Como si ese objetivo hubiera estado siempre ahí, acompañando todo el proceso.

El día de la carrera también tiene un peso particular. Recuerda cómo su papá, el año anterior, lo guio en cada detalle: la logística, el recorrido, la dinámica previa. Y ahora, un año después, le tocaba a él estar del otro lado.

El tiempo final —2:27:39— aparece como un dato importante, pero no como el centro de la historia. Lo que realmente resalta es lo que significaba romper una barrera personal. “Para mí bajar 2:30 era imposible”, admite.

Hace una pausa breve después de decirlo. Y luego lo transforma: ahora ya no es una barrera. “Ahora quiero 2:19”, agrega, sin cambiar el tono. Más que presión lo que hay en esa frase es perspectiva.

.

El kilómetro 30

Si hay un momento en el que su discurso cambia, es cuando habla del kilómetro 30. No porque sea el punto más duro físicamente, sino porque es donde todo se vuelve mental. “Empiezan a aparecer muchas voces”, menciona.

Mientras lo explica, hace un gesto leve con la mano, como señalando algo que no se ve. Describe ese momento como una especie de diálogo interno constante. “Uno empieza a buscar… ¿me duele algo?, ¿qué pasa?”. Y luego, casi como una conclusión inevitable, se ríe: “Y muchas veces no hay nada. Es la cabeza”.

Para Tarragó, ese tramo, más que un esfuerzo físico, es un ejercicio de control mental. Saber qué escuchar y qué ignorar. Por eso insiste en algo que repite también con sus atletas: no pensar en todo lo que falta. Dividir la carrera. Ir segmento por segmento. Enfocarse en lo inmediato. Y esa lógica, en realidad, se extiende a todo. No solo al running.

No correr solo

Hay una idea que aparece varias veces durante la conversación, casi sin que se le pregunte directamente: no corre solo.

Habla de su familia, de su equipo, de su comunidad. Y cuando lo hace, su lenguaje corporal cambia. Se mueve más, gesticula, abre las manos. “Nunca corro solo”, repite. Lo dice literal. Detrás de cada carrera hay entrenadores, nutricionistas, amigos, personas que acompañan el proceso.

También está la fe. No entra en detalles ni busca explicarla. Simplemente forma parte de su rutina. Antes de cada maratón va a misa. “Es para agradecer… por poder estar ahí”, explica. Y en ese punto vuelve a una idea clave: la carrera no es lo más importante. “La carrera es la guinda del pastel”.

Lo que realmente importa es todo lo que pasó antes.

.

Más allá del tiempo

Al definir una buena carrera, su respuesta no tiene que ver con el cronómetro. No habla de marcas ni de posiciones, sino de proceso.

Para él, una buena carrera es aquella que refleja lo que construyó previamente. Independientemente del resultado. Es la culminación de un trabajo largo, no un evento aislado.

Esa forma de verlo también cambia cómo entiende la presión. Representar a Guatemala, competir en escenarios internacionales, tener gente pendiente de su rendimiento. Todo eso existe, pero no lo domina. “En el peor escenario, no pasa nada. En el mejor, uno inspira a alguien”.

Correr para celebrar

Hacia el final, la conversación se vuelve más reflexiva. Ya no gira tanto alrededor de carreras específicas, sino de lo que significa correr en su vida.

Habla de disciplina y consistencia. De elegir lo que construye a largo plazo, incluso cuando hay tentaciones más inmediatas.

Y cuando se le pide una frase que lo resuma, no duda demasiado. “Uno no compite para probar que es corredor… compite para celebrar que es corredor”. Lo dice tranquilo, sin levantar la voz

Y en esa idea, más que en cualquier tiempo o marca, queda claro lo que define todo su recorrido. Porque para Juan Fernando Tarragó, correr nunca ha sido solo avanzar más rápido. Ha sido, sobre todo, entender por qué vale la pena seguir haciéndolo.

No vive del deporte, pero brilló en Boston: la historia de Juan Fernando Tarragó

Fotos: Diego Cabrera / República
Alicia Utrera
03 de mayo, 2026

El nombre de Juan Fernando Tarragó empezó a circular con fuerza tras su paso por la Maratón de Boston, una de las pruebas más exigentes del calendario internacional, donde registró el mejor tiempo entre los corredores centroamericanos. No es una carrera cualquiera para Guatemala: el 19 de abril de 1952, Doroteo Guamuch —Mateo Flores— ganó el primer lugar con un tiempo de 2:31:53 y se convirtió en el primer latinoamericano en lograrlo. Ese antecedente coloca en perspectiva la actuación reciente y ayuda a dimensionar su alcance.

Pero lo de Boston no es un hecho aislado. Tarragó ya había marcado un precedente en la edición 2025 del Maratón de Berlín, donde se convirtió en el primer guatemalteco y el primer centroamericano en cruzar la meta en esa competencia. Su recorrido también incluye el Maratón de Chicago, una de las pruebas clave dentro del circuito de los World Marathon Majors, donde ha competido como parte de su proceso para alcanzar la medalla de las seis grandes maratones.

En ese contexto, el resultado en Boston cobra aún más relevancia. Pero su historia tiene un ángulo menos habitual: no vive del deporte. Es ingeniero industrial y ha construido su rendimiento desde una rutina que combina trabajo y entrenamiento.

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER

En conversación, su tono contrasta con ese logro: habla sin prisa, mide sus respuestas y evita exageraciones. No hay urgencia en su forma de expresarse, ni intención de impresionar.

Cuando se le pide que se defina en una sola idea, no arma una frase elaborada. “Alguien que ha trabajado muy duro por salir adelante… y que quiere seguir superándose”, dice.

Su historia va más por ese lado: constancia, más que grandes discursos. No hay giros dramáticos ni momentos épicos. Hay tiempo invertido, disciplina y una rutina que ha tenido que acomodar entre responsabilidades.

Su relación con el running tampoco empieza con una meta ambiciosa. Comienza en familia. Durante algunos años vivió en Nueva Zelanda, donde el deporte era parte del día a día. Su papá empezó a correr y lo fue involucrando casi sin darse cuenta. “Empecé porque mi papá me metió a correr… incluso para bajar de peso”, cuenta.

.

Al inicio, las distancias eran cortas: 500 metros, un kilómetro, avanzar poco a poco. Pero más allá del ejercicio, había algo más importante. “Era un momento especial para compartir con mi papá”, recuerda. Ahí empezó todo, sin presión ni expectativas.

Con los años, ese hábito creció. Sin dejar su carrera profesional, Tarragó fue subiendo el nivel hasta competir fuera del país. Lo de Boston, Berlín y Chicago no responde a momentos aislados, sino a un proceso sostenido.

No hay una fórmula secreta en lo que cuenta. Más bien, una forma de hacer las cosas: entrenar cuando se puede, cumplir en el trabajo y sostener el ritmo. Así, sin mucho ruido, ha logrado hacerse un lugar.

El valor de construir

Con el tiempo, lo que empezó como un acompañamiento se volvió hábito. Y ese hábito, disciplina. No hay un momento exacto en el que decidió tomárselo en serio. Más bien, fue una transición natural. Poco a poco empezó a exigirse más, a probarse, a competir.

Para Tarragó, correr no es un deporte de talento inmediato. Lo repite varias veces. “La corrida premia el esfuerzo y la constancia”, resalta, y lo ha comprobado con los años.

Esa forma de entenderlo también explica por qué insiste en que no empezó siendo “bueno”. “Nadie daba un centavo por mí”, detalla sin incomodidad y reconociendo su punto de partida. Más que generar impacto, esa frase explica por qué todo lo que vino después tiene sentido para él.

Su progreso no fue inmediato. Fue el resultado de repetir, de equivocarse, de ajustar. De entender que correr —como cualquier proceso largo— no es lineal. Hay días buenos, días malos y muchos momentos en los que nada parece avanzar.

Ahí es donde aparece uno de los temas que más repite: la paciencia. Como atleta y como entrenador, reconoce que uno de los errores más comunes es querer resultados rápidos. “La gente lo quiere todo ya”. Para él, correr es exactamente lo contrario a lo inmediato.

.

La maratón de Boston: más que una meta

Cuando la conversación llega a Boston, el enfoque no está en el resultado, sino en lo que representaba. No era solo una carrera importante dentro del circuito internacional. Era una idea que llevaba años presente.

Su papá había soñado con correrla. Después la corrió. Y ese mismo sueño se trasladó a él. “Lo planteamos hace nueve años… y se cumplió”.

Hay algo distinto en su tono cuando habla de ese momento. Como si ese objetivo hubiera estado siempre ahí, acompañando todo el proceso.

El día de la carrera también tiene un peso particular. Recuerda cómo su papá, el año anterior, lo guio en cada detalle: la logística, el recorrido, la dinámica previa. Y ahora, un año después, le tocaba a él estar del otro lado.

El tiempo final —2:27:39— aparece como un dato importante, pero no como el centro de la historia. Lo que realmente resalta es lo que significaba romper una barrera personal. “Para mí bajar 2:30 era imposible”, admite.

Hace una pausa breve después de decirlo. Y luego lo transforma: ahora ya no es una barrera. “Ahora quiero 2:19”, agrega, sin cambiar el tono. Más que presión lo que hay en esa frase es perspectiva.

.

El kilómetro 30

Si hay un momento en el que su discurso cambia, es cuando habla del kilómetro 30. No porque sea el punto más duro físicamente, sino porque es donde todo se vuelve mental. “Empiezan a aparecer muchas voces”, menciona.

Mientras lo explica, hace un gesto leve con la mano, como señalando algo que no se ve. Describe ese momento como una especie de diálogo interno constante. “Uno empieza a buscar… ¿me duele algo?, ¿qué pasa?”. Y luego, casi como una conclusión inevitable, se ríe: “Y muchas veces no hay nada. Es la cabeza”.

Para Tarragó, ese tramo, más que un esfuerzo físico, es un ejercicio de control mental. Saber qué escuchar y qué ignorar. Por eso insiste en algo que repite también con sus atletas: no pensar en todo lo que falta. Dividir la carrera. Ir segmento por segmento. Enfocarse en lo inmediato. Y esa lógica, en realidad, se extiende a todo. No solo al running.

No correr solo

Hay una idea que aparece varias veces durante la conversación, casi sin que se le pregunte directamente: no corre solo.

Habla de su familia, de su equipo, de su comunidad. Y cuando lo hace, su lenguaje corporal cambia. Se mueve más, gesticula, abre las manos. “Nunca corro solo”, repite. Lo dice literal. Detrás de cada carrera hay entrenadores, nutricionistas, amigos, personas que acompañan el proceso.

También está la fe. No entra en detalles ni busca explicarla. Simplemente forma parte de su rutina. Antes de cada maratón va a misa. “Es para agradecer… por poder estar ahí”, explica. Y en ese punto vuelve a una idea clave: la carrera no es lo más importante. “La carrera es la guinda del pastel”.

Lo que realmente importa es todo lo que pasó antes.

.

Más allá del tiempo

Al definir una buena carrera, su respuesta no tiene que ver con el cronómetro. No habla de marcas ni de posiciones, sino de proceso.

Para él, una buena carrera es aquella que refleja lo que construyó previamente. Independientemente del resultado. Es la culminación de un trabajo largo, no un evento aislado.

Esa forma de verlo también cambia cómo entiende la presión. Representar a Guatemala, competir en escenarios internacionales, tener gente pendiente de su rendimiento. Todo eso existe, pero no lo domina. “En el peor escenario, no pasa nada. En el mejor, uno inspira a alguien”.

Correr para celebrar

Hacia el final, la conversación se vuelve más reflexiva. Ya no gira tanto alrededor de carreras específicas, sino de lo que significa correr en su vida.

Habla de disciplina y consistencia. De elegir lo que construye a largo plazo, incluso cuando hay tentaciones más inmediatas.

Y cuando se le pide una frase que lo resuma, no duda demasiado. “Uno no compite para probar que es corredor… compite para celebrar que es corredor”. Lo dice tranquilo, sin levantar la voz

Y en esa idea, más que en cualquier tiempo o marca, queda claro lo que define todo su recorrido. Porque para Juan Fernando Tarragó, correr nunca ha sido solo avanzar más rápido. Ha sido, sobre todo, entender por qué vale la pena seguir haciéndolo.

¿Quiere recibir notificaciones de alertas?