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Nasralla en zugzwang

.
Reynaldo Rodríguez
18 de enero, 2026

El cenit de las elecciones hondureñas se fraguó en la reciente crisis poselectoral. El sistema electoral del país es débil: permitió los alegatos de fraude desde múltiples sectores de poder, pues la victoria se alcanzó a través de márgenes minúsculos. El contexto geopolítico, a pesar de proveer el último empujón hacia la victoria al presidente electo, Nasry Asfura, también polarizó las elecciones y sus resultados. En este contexto, el mayor perdedor no es el oficialismo – a pesar de encontrarse en una posición política precaria –, sino que fue el que abanderó por una década el descontento poblacional: Salvador Nasralla.  

 

¿Quién engañó a Roger Rabbit?  

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Salvador Nasralla fue el buen viento para el Partido Liberal, consiguiendo ampliar sustancialmente su presencia en el Congreso. El Partido Liberal, astutamente, se prestó como plataforma para el excandidato. El resultado se tradujo en un crecimiento de aproximadamente 100 % en votos para escaños legislativos comparados con la última elección. No obstante, las élites del partido también dependían de una derrota de Nasralla. Así, podrían revivir un partido muerto con el management anterior.  

Como Roger Rabbit, la pregunta central para los actores con poder no es quién fue Nasralla para las elecciones, sino quién debe ser ahora. Washington lo declara un comunista, el Partido Liberal como un estorbo desestabilizador y Libre, el partido oficialista, como un agente con diferentes fines, pero medio común – la deslegitimación electoral –. Mientras Nasralla pelea por alcanzar una victoria ansiada, un nuevo consenso tácito se forjó: el sistema expulsó al actor que latigó al oficialismo, pero no es útil para consolidar la gobernabilidad del siguiente ciclo político.  

El Partido Liberal y el Partido Nacional ya han concordado en un nuevo equilibrio. El Ejecutivo será controlado por el ungido desde Washington, parte de la estrategia general de alienación operacional de Estados Unidos, mientras que el Congreso debe ser repartido entre las fuerzas históricas del país. La prioridad principal de los partidos será establecer una Presidencia del Congreso con las élites que conocen las formas políticas de negociación, mientras que los operadores políticos de Nasralla serán relegados a posiciones secundarias.  

 

Entre malas jugadas... y peores 

El presentador de televisión hecho político se encuentra en zugzwang: obligado a escoger movimientos que únicamente empeoran su situación. Al haber perdido las elecciones, cuyos resultados han sido vastamente promovidos como legítimos nacional e internacionalmente, para poder aferrarse al poder debe o desestabilizar el veredicto del árbitro electoral o manejar a las élites internas del partido para manejar el partido desde el Congreso.

La primera opción, la deslegitimación de los resultados electorales a través del recurso de impugnación, no surtió efecto. Además, narrativamente lo empuja a estar del lado del oficialismo, el cual utiliza a Luis Redondo, el actual presidente del Congreso, para no ser perseguidos retroactivamente en el siguiente ciclo político. Mientras Luis Redondo empuja a través del Legislativo la anulación electoral, Nasralla lo hace a través de su capacidad mediática. Esto lo ha enemistado con Washington y las nuevas conformaciones políticas que no desean revisar las elecciones, so pena de perder sus curules en una elección con márgenes mínimos.

Por otro lado, Nasralla se apropió momentáneamente del Partido Liberal por su utilidad sin escalar a través de las formas disciplinarias de un partido. Tuvo derecho al uso del partido, pero no tiene derecho al goce de este. Por tanto, las élites internas del Partido deben eliminarlo y reestablecer el control después de la bonanza electoral que han recogido. Su intento de dominar las estructuras del partido solo lo aleja más de este.

A Nasralla solo le queda una jugada: quedar relegado a las sombras, moviéndose para la siguiente elección. En ese caso, perdería la única plataforma estructurada electoral, el Partido Liberal, que puede llevarlo al poder – a menos que pretenda crear una desde cero en 4 años –. Además, después de la limpieza narrativa del Partido Nacional y asumiendo una buena administración de Asfura, ya no tendría la bandera que lo llevó a la fama: la cruzada anticorrupción.

Del repertorio de jugadas, todas son malas. El problema: tener que mover de nuevo.  

Nasralla en zugzwang

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Reynaldo Rodríguez
18 de enero, 2026

El cenit de las elecciones hondureñas se fraguó en la reciente crisis poselectoral. El sistema electoral del país es débil: permitió los alegatos de fraude desde múltiples sectores de poder, pues la victoria se alcanzó a través de márgenes minúsculos. El contexto geopolítico, a pesar de proveer el último empujón hacia la victoria al presidente electo, Nasry Asfura, también polarizó las elecciones y sus resultados. En este contexto, el mayor perdedor no es el oficialismo – a pesar de encontrarse en una posición política precaria –, sino que fue el que abanderó por una década el descontento poblacional: Salvador Nasralla.  

 

¿Quién engañó a Roger Rabbit?  

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Salvador Nasralla fue el buen viento para el Partido Liberal, consiguiendo ampliar sustancialmente su presencia en el Congreso. El Partido Liberal, astutamente, se prestó como plataforma para el excandidato. El resultado se tradujo en un crecimiento de aproximadamente 100 % en votos para escaños legislativos comparados con la última elección. No obstante, las élites del partido también dependían de una derrota de Nasralla. Así, podrían revivir un partido muerto con el management anterior.  

Como Roger Rabbit, la pregunta central para los actores con poder no es quién fue Nasralla para las elecciones, sino quién debe ser ahora. Washington lo declara un comunista, el Partido Liberal como un estorbo desestabilizador y Libre, el partido oficialista, como un agente con diferentes fines, pero medio común – la deslegitimación electoral –. Mientras Nasralla pelea por alcanzar una victoria ansiada, un nuevo consenso tácito se forjó: el sistema expulsó al actor que latigó al oficialismo, pero no es útil para consolidar la gobernabilidad del siguiente ciclo político.  

El Partido Liberal y el Partido Nacional ya han concordado en un nuevo equilibrio. El Ejecutivo será controlado por el ungido desde Washington, parte de la estrategia general de alienación operacional de Estados Unidos, mientras que el Congreso debe ser repartido entre las fuerzas históricas del país. La prioridad principal de los partidos será establecer una Presidencia del Congreso con las élites que conocen las formas políticas de negociación, mientras que los operadores políticos de Nasralla serán relegados a posiciones secundarias.  

 

Entre malas jugadas... y peores 

El presentador de televisión hecho político se encuentra en zugzwang: obligado a escoger movimientos que únicamente empeoran su situación. Al haber perdido las elecciones, cuyos resultados han sido vastamente promovidos como legítimos nacional e internacionalmente, para poder aferrarse al poder debe o desestabilizar el veredicto del árbitro electoral o manejar a las élites internas del partido para manejar el partido desde el Congreso.

La primera opción, la deslegitimación de los resultados electorales a través del recurso de impugnación, no surtió efecto. Además, narrativamente lo empuja a estar del lado del oficialismo, el cual utiliza a Luis Redondo, el actual presidente del Congreso, para no ser perseguidos retroactivamente en el siguiente ciclo político. Mientras Luis Redondo empuja a través del Legislativo la anulación electoral, Nasralla lo hace a través de su capacidad mediática. Esto lo ha enemistado con Washington y las nuevas conformaciones políticas que no desean revisar las elecciones, so pena de perder sus curules en una elección con márgenes mínimos.

Por otro lado, Nasralla se apropió momentáneamente del Partido Liberal por su utilidad sin escalar a través de las formas disciplinarias de un partido. Tuvo derecho al uso del partido, pero no tiene derecho al goce de este. Por tanto, las élites internas del Partido deben eliminarlo y reestablecer el control después de la bonanza electoral que han recogido. Su intento de dominar las estructuras del partido solo lo aleja más de este.

A Nasralla solo le queda una jugada: quedar relegado a las sombras, moviéndose para la siguiente elección. En ese caso, perdería la única plataforma estructurada electoral, el Partido Liberal, que puede llevarlo al poder – a menos que pretenda crear una desde cero en 4 años –. Además, después de la limpieza narrativa del Partido Nacional y asumiendo una buena administración de Asfura, ya no tendría la bandera que lo llevó a la fama: la cruzada anticorrupción.

Del repertorio de jugadas, todas son malas. El problema: tener que mover de nuevo.  

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