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Marisol Sánchez: “No se necesita un lazo de sangre para ser mamá”

Foto: Diego Cabrera /República.
Ana González
10 de mayo, 2026

A los 37 años, Marisol Sánchez tomó una decisión que transformó su vida: formalizó la custodia de cinco hermanos que habían quedado solos y asumió la responsabilidad de criarlos como sus hijos. Con los años, quienes alcanzaron la mayoría de edad también realizaron el trámite para llevar sus apellidos. Hoy, a sus 43 años, habla de los desafíos y aprendizajes de una maternidad que llegó de forma inesperada. Durante la entrevista, una de sus hijas permaneció a su lado, atenta a cada recuerdo y ayudándole a no perder ningún detalle en sus respuestas. Entre ambas, la cercanía era evidente: la llamaba “mamá” con total naturalidad.

¿Qué sintió al convertirse en mamá de varios niños al mismo tiempo?

—Pues es bonito, porque es una experiencia que solo las mamás pueden explicar lo que se siente. Claro que también ha sido difícil, porque ser mamá soltera no es fácil, pero conforme pasa el tiempo ellos van creciendo y también le van ayudando a uno. Entonces, al final, es algo muy bonito.

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¿Cómo cambió su vida desde el momento en que estos niños llegaron a usted?

—Bastante, porque cuando yo era soltera salía donde yo quería, pero ya estando ellos ya no se puede.

¿Qué le enseñó su propia historia sobre la forma de construir una familia?

—Pienso que depende de la educación que uno les dé, de los buenos hábitos, del ejemplo y de lo que los antepasados le enseñan a uno. Mire, mi abuelita todavía vive. Tiene 97 años y, aunque educó a sus hijos de una manera muy estricta, todos crecieron siendo buenos hijos. Entonces, yo pienso que así se construye la confianza entre los hijos y la mamá, dependiendo de cómo uno los educa y la confianza que uno les transmite. Y el ejemplo, más que todo el ejemplo. Yo, por ejemplo, tal vez fui a discotecas, pero nunca tomé porque sabía que algo malo le podía pasar a uno. Mis amigas tomaban, pero yo las cuidaba. Bailábamos y todo, pero jamás les enseñaba cosas malas.

¿Cómo empezó la historia con los niños que después se convertirían en su familia?

—Los conocí porque me pidieron que fuera madrina de ellos. El más pequeño era un bebé, tenía como dos o tres añitos. Después fui madrina del otro y luego de la otra nena que ahora trabaja conmigo. Yo los bauticé y todo. En ese tiempo la familia todavía estaba junta, pero poco a poco se fue destruyendo por completo. Primero se fueron a Estados Unidos el papá y uno de los hijos. Luego la mamá se quedó aquí y después también decidió irse.

Marisol junto a sus cinco hijos: Daniel y Cristofer, los más pequeños; Karla, Daniela y Carolina.

¿Qué sintió cuando descubrió que los niños habían quedado completamente solos?

—Cuando la mamá decidió irse, dejó a la nena y a otro varoncito solos en la casa. A nosotros nos avisaron. Ese día yo estaba de vacaciones y le dije a ella: “Vámonos a ver a los niños”. Cuando llegamos los encontramos bien apretaditos, pero completamente solos. Nadie sabía que los habían dejado ahí. Una señora fue la que me avisó y me dijo: “Véngase porque ya se van a quedar solos”. Yo no lo podía creer.

¿Cómo recuerda a esos pequeños que encontró abandonados aquel día?

—La nena tenía nueve años y Danielito tenía seis. Sí, eran pequeños. El bebé se había ido con la mamá cuando tenía entre dos y tres años.

¿Qué relación había construido con ellos antes de convertirse en su madre?

—Ya teníamos como dos años de conocernos y nosotros los íbamos a visitar cada quince días. También hablábamos por teléfono porque los niños me llamaban y me decían: “Madrina, ¿cómo está?, venga a traernos, ¿cuándo va a venir?”. Ellos vivían en Carrizal, como yendo a San Pedro de Ayampuc.

Foto: Diego Cabrera /República.

¿En qué momento comprendió que ya no podía dejarlos solos otra vez?

—Yo no sabía realmente la situación en la que ellos vivían. Pensé que era una familia normal, feliz y todo. Pero con el tiempo uno se va enterando de cosas: que el papá tomaba, que maltrataba a la mamá. Incluso yo le dije una vez a ella: “Venga, yo le pago un cuarto y usted trabaja”, pero no quiso. Entonces decidió irse a Estados Unidos y dejar a los niños.

¿Cómo fue asumir la responsabilidad de criar a cinco hermanos bajo un mismo techo?

—Son diez hermanos, pero cinco viven conmigo. Al principio, cuando la mamá se fue a Estados Unidos, me dejó a dos de los niños y se llevó al más pequeño. Después regresó y me los quitó. Me dijo: “Ellos son míos”. Yo se los entregué, pero al poco tiempo los mismos niños me llamaban y me decían: “Venga a traernos, yo ya no quiero estar aquí”. Ellos a veces estaban sin desayunar, sin bañarse. La mamá no compartía con ellos como yo comparto. Entonces, cuando ella volvió a decir que se iba, pensé: “Este es el momento de hacerlo con papeles”.

¿Qué sintió al tomar la decisión definitiva de convertirse en su mamá?

—Yo hablé con ella y también con la hija mayor, porque sabía que sola no iba a poder. Mi prima, que es licenciada, nos ayudó con toda la papelería. La mamá no sabe leer ni escribir, entonces yo le leí todo el documento. Le preguntamos varias veces si estaba segura y dijo que sí. Ella firmó con su huella y yo corrí con todos los gastos. Después me pidió dinero porque se iba a Estados Unidos. A mí me partió el corazón porque yo jamás tendría el valor de dejar abandonados a unos hijos. Pero ella se fue.

Foto: Diego Cabrera /República.

¿Cómo vivió el temor de que pudieran arrebatárselos nuevamente? 

—Como un año después, ella presentó una denuncia para recuperarlos. La licenciada ya me había advertido que el papá podía venir a reclamarlos, porque parte de la custodia todavía seguía a nombre de él. Incluso había audios donde ella decía que podía quitármelos cuando quisiera. Pero con el tiempo eso ya no pasó. Hasta la fecha no los ha vuelto a ver, aunque sí ha tratado de averiguar cómo están y cómo vivimos. Gracias a Dios hemos salido adelante. Yo trabajo, la otra muchacha también trabaja y entre las tres nos hacemos responsables de todo.

¿Cómo aprendieron a salir adelante juntos en medio de tantas responsabilidades?

—Nos organizamos entre todas. Gracias a Dios y a mi papá tenemos un busito. En las mañanas nos íbamos a trabajar y otra de las muchachas se quedaba pendiente de los niños y de las refacciones. Después los llevábamos al colegio y yo regresaba a hacer el mercado, el almuerzo y todo lo de la casa. Más tarde iba a traerlos y así nos distribuíamos las tareas entre todas.

¿Qué le decían las personas al verla asumir una responsabilidad tan grande sola?

—La gente me dice que me admira, porque yo nunca había estado embarazada. Pero yo siempre les digo que ellos son un regalo de Dios. Yo no tenía hijos y nunca lo pensé realmente. Pero cuando se dio la oportunidad, así pasó.

Foto: Diego Cabrera /República.

¿Antes de conocerlos había renunciado a la idea de convertirse en madre?

—Sí, porque la vida de uno ha traído sufrimiento y yo decía: “¿Para qué traer hijos a sufrir?”. Por eso pensaba que no quería tener hijos. Mi papá me preguntaba: “¿Y usted no piensa casarse?”. Y yo siempre le respondía que no. A veces la gente decía: “Se quedó para vestir santos”, pero no. Mire, ahora tengo cinco retoños.

¿Cómo fue la primera vez que escuchó a esos niños llamarla “mamá”?

—Fue cuando rompimos el vínculo con la mamá y firmamos los papeles. Como al año empezaron a decirme mamá, aunque a veces todavía se les sale decirme madrina.

¿Qué siente cuando comparte con ellos celebraciones como el Día de la Madre?

—Ellos se emocionan mucho. A veces me hablan al oído para contarme las sorpresas que están preparando. Por ejemplo, ayer uno me dijo: “Mamá, mañana te van a pedir un ticket”. Yo ya sabía para qué era. Yo trato de participar en todo lo que ellos me invitan para el Día de las Madres y esas actividades.

Foto: Diego Cabrera /República.

¿Qué le diría a quienes sienten miedo, pero desean darle un hogar a un niño?

—Yo pienso que hay muchas personas que desean tener hijos y no pueden. Y hay tantos niños que necesitan una oportunidad. Incluso le digo a una de las muchachas: “Si no puede tener hijos, adopta”. Porque uno no sabe si esos niños viven bien o viven mal. Aquí mismo, sin ir tan lejos, dejaron abandonado un bebé en un picop. Entonces yo digo que, si uno puede darles una oportunidad, hay que hacerlo.

¿Cuáles son esos momentos simples que hoy le dan sentido a su familia?

—Nosotros nos sentamos los seis a desayunar, almorzar y cenar juntos. Ahí empezamos a platicar y yo les hago preguntas para ver qué han aprendido en el colegio. Les pregunto, por ejemplo, cuántos huesos tiene el cuerpo o cuántos viajes hizo Cristóbal Colón, y ellos se quedan pensando. Los fines de semana vemos películas y siempre tratamos de hacer todo en familia. Eso es lo que yo les he enseñado: que siempre debemos permanecer unidos. Y eso nadie me lo enseñó a mí. Yo sola he ido aprendiendo en la vida cómo educar y cómo ser madre.

¿Cuál ha sido el momento más difícil y también el más hermoso de este camino?

—Lo más difícil ha sido cuando se enferman. Una de las niñas tiene una bacteria en el cuerpo y ha sido un proceso largo. Hemos vivido muchas situaciones complicadas con ella. También el pequeño tiene problemas respiratorios y las primeras veces que le daban ataques yo me asustaba muchísimo porque nunca había visto a alguien con asma. Pero lo más gratificante es que ellos son un regalo. Un regalo que Dios me dio.

Un pequeño erizo también forma parte de la familia y se ha convertido en una de sus mascotas más queridas.

¿Qué cree que convierte realmente a una mujer en madre más allá de la sangre?

—Yo pienso que es el amor.

¿Qué quisiera que las personas comprendieran sobre el amor de una madre adoptiva? —Que no necesariamente una madre tiene que dar a luz para amar a un hijo como propio. Lo que me pasó a mí es raro, pero también muy bonito. No se necesita un lazo de sangre para ser mamá. Si Dios le regala a uno una vida, hay que aceptarla. Eso es lo que pienso.

En este Día de la Madre, ¿qué palabras nacen de su corazón para sus hijos?

—Que para mí son todo. Son el regalo más grande que Dios me regaló y estoy muy agradecida porque siempre me apoyan. Somos una familia.

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