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Marcos Godoy y sus cenas inmersivas: cuando la gastronomía cuenta historias

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Alicia Utrera
01 de marzo, 2026

Hay cocineros que buscan el plato perfecto. Otros persiguen la técnica. Marcos Godoy parece estar detrás de algo distinto: un momento.

Hablar con él es entender que su cocina no empieza en la cocina. Empieza mucho antes, en un recuerdo. En una voz familiar llamando desde otra habitación: “a la mesa”. Ese ritual doméstico —simple, cotidiano— terminó convirtiéndose en la esencia de todo lo que hoy crea.

Para Godoy, la comida nunca fue solo alimento. Es un vehículo. Un puente entre personas, emociones y memorias. Algo que une cuerpos, pero también espíritus. Por eso sus cenas no funcionan como restaurantes tradicionales, sino como experiencias donde el plato es apenas el inicio de una historia compartida.

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La idea nació casi sin planearse. Entre conversaciones nocturnas con su amigo Alejandro Amarre, ambos fanáticos de Julio Cortázar, apareció una pregunta que cambiaría todo: ¿qué pasaría si un cuento pudiera comerse? No era solo cocinar inspirado en literatura.

Era interpretar una obra, leerla en voz alta, crear dinámicas artísticas entre plato y plato y convertir al comensal en parte activa del relato. Así surgieron las primeras cenas temáticas que, con los años, evolucionaron hacia universos completos donde conviven música, arte plástico, cine y gastronomía. Antes que chef, Godoy se reconoce artista.

Y quizá esa sea la clave. Su cocina funciona como un lenguaje creativo más. Una forma de traducir cómo ve el mundo. No separa roles: el cocinero y el director creativo son la misma persona, un macrocosmos hecho de pequeños universos que se mezclan constantemente. Cada menú es una obra interpretativa, no una receta fija.

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Curiosamente, no busca provocar una emoción específica. Ni sorpresa, ni nostalgia, ni incomodidad. Lo que le interesa es algo más difícil: crear las condiciones para que cada persona viva su propia experiencia.

Habla del desapego como una regla fundamental del oficio. Cocinar durante horas un estofado o un locro argentino implica aceptar que, cuando el plato llega a la mesa, ya no pertenece al cocinero. Pertenece a quien lo recibe. Igual que una obra de arte cuando encuentra a su espectador.

Las ideas de sus cenas comienzan lejos del sabor. Primero llega la emoción. Cuando trabaja sobre una obra literaria o una película, se permite vivirla como fan antes que como chef. Lee, investiga, se deja conmover. Después aparece la pregunta inevitable: ¿cómo convertir esa sensación en algo que pueda comerse?

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El proceso puede tomar hasta cuatro meses. A veces más. La cena inspirada en IT, de Stephen King, implicó atravesar un libro de más de 1,600 páginas, rastrear referencias emocionales y construir platos que conectaran con la historia sin caer en el cliché del terror. El miedo, entendió, no estaba en el payaso, sino en la amistad, en la infancia y en los recuerdos compartidos.

Otras veces el desafío es aún mayor. Adaptar El jardín de las delicias, de El Bosco, significó interpretar una obra sin explicaciones del propio artista. Microuniversos dentro de un cuadro que terminaron transformándose en platos invertidos, texturas inesperadas y hasta una ensalada líquida. No se trataba de reproducir la pintura, sino de habitarla.

Las cenas se diseñan casi como una obra teatral. El comensal no observa: viaja. Entra al mundo del artista homenajeado, descubre procesos creativos, escucha historias detrás de discos o libros y participa activamente del relato mientras come.

Y, sin embargo, Godoy insiste en algo que parece contradictorio: la comida no es el centro.

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Lo importante es la experiencia. La sobremesa. Ese instante posterior en el que la conversación se alarga y la noche se vuelve recuerdo. Si semanas después alguien recuerda cómo se sintió —más que lo que comió—, entonces el objetivo está cumplido. No trabaja pensando en expectativas. Cree que planear demasiado el resultado puede romper la magia.

Prefiere fluir, permitir que cada cena sea un organismo vivo donde cada asistente aporta algo distinto. Para él, cada comensal es un universo independiente que completa la obra. Las confirmaciones llegan después, en pequeños gestos: un mensaje diciendo que alguien compró el libro del autor homenajeado, que escuchó nuevamente un disco o que algo se movió por dentro. Más que aplausos, lo que lo convence de seguir es una sonrisa al final de la noche o un abrazo inesperado.

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En Guatemala, asegura, existe un momento gastronómico especial. Una escena diversa, curiosa y abierta a nuevas formas de entender la cocina. Cree que el público está listo para asumir la gastronomía como experiencia artística y no solo como servicio. Cuando se le pide definirse, no duda demasiado. No se reconoce únicamente como chef. Se siente narrador.

Porque, al final, cocinar para él es contar historias. Alimentar más allá del cuerpo. Repetir, de alguna manera, el gesto ancestral de las abuelas y las madres que cocinan para cuidar.

Una alquimia silenciosa donde la comida deja de ser comida y se convierte en memoria compartida. Y donde cada cena empieza igual que siempre empezó todo: alguien llamando a reunirse alrededor de una mesa.

Marcos Godoy y sus cenas inmersivas: cuando la gastronomía cuenta historias

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Alicia Utrera
01 de marzo, 2026

Hay cocineros que buscan el plato perfecto. Otros persiguen la técnica. Marcos Godoy parece estar detrás de algo distinto: un momento.

Hablar con él es entender que su cocina no empieza en la cocina. Empieza mucho antes, en un recuerdo. En una voz familiar llamando desde otra habitación: “a la mesa”. Ese ritual doméstico —simple, cotidiano— terminó convirtiéndose en la esencia de todo lo que hoy crea.

Para Godoy, la comida nunca fue solo alimento. Es un vehículo. Un puente entre personas, emociones y memorias. Algo que une cuerpos, pero también espíritus. Por eso sus cenas no funcionan como restaurantes tradicionales, sino como experiencias donde el plato es apenas el inicio de una historia compartida.

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La idea nació casi sin planearse. Entre conversaciones nocturnas con su amigo Alejandro Amarre, ambos fanáticos de Julio Cortázar, apareció una pregunta que cambiaría todo: ¿qué pasaría si un cuento pudiera comerse? No era solo cocinar inspirado en literatura.

Era interpretar una obra, leerla en voz alta, crear dinámicas artísticas entre plato y plato y convertir al comensal en parte activa del relato. Así surgieron las primeras cenas temáticas que, con los años, evolucionaron hacia universos completos donde conviven música, arte plástico, cine y gastronomía. Antes que chef, Godoy se reconoce artista.

Y quizá esa sea la clave. Su cocina funciona como un lenguaje creativo más. Una forma de traducir cómo ve el mundo. No separa roles: el cocinero y el director creativo son la misma persona, un macrocosmos hecho de pequeños universos que se mezclan constantemente. Cada menú es una obra interpretativa, no una receta fija.

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Curiosamente, no busca provocar una emoción específica. Ni sorpresa, ni nostalgia, ni incomodidad. Lo que le interesa es algo más difícil: crear las condiciones para que cada persona viva su propia experiencia.

Habla del desapego como una regla fundamental del oficio. Cocinar durante horas un estofado o un locro argentino implica aceptar que, cuando el plato llega a la mesa, ya no pertenece al cocinero. Pertenece a quien lo recibe. Igual que una obra de arte cuando encuentra a su espectador.

Las ideas de sus cenas comienzan lejos del sabor. Primero llega la emoción. Cuando trabaja sobre una obra literaria o una película, se permite vivirla como fan antes que como chef. Lee, investiga, se deja conmover. Después aparece la pregunta inevitable: ¿cómo convertir esa sensación en algo que pueda comerse?

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El proceso puede tomar hasta cuatro meses. A veces más. La cena inspirada en IT, de Stephen King, implicó atravesar un libro de más de 1,600 páginas, rastrear referencias emocionales y construir platos que conectaran con la historia sin caer en el cliché del terror. El miedo, entendió, no estaba en el payaso, sino en la amistad, en la infancia y en los recuerdos compartidos.

Otras veces el desafío es aún mayor. Adaptar El jardín de las delicias, de El Bosco, significó interpretar una obra sin explicaciones del propio artista. Microuniversos dentro de un cuadro que terminaron transformándose en platos invertidos, texturas inesperadas y hasta una ensalada líquida. No se trataba de reproducir la pintura, sino de habitarla.

Las cenas se diseñan casi como una obra teatral. El comensal no observa: viaja. Entra al mundo del artista homenajeado, descubre procesos creativos, escucha historias detrás de discos o libros y participa activamente del relato mientras come.

Y, sin embargo, Godoy insiste en algo que parece contradictorio: la comida no es el centro.

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Lo importante es la experiencia. La sobremesa. Ese instante posterior en el que la conversación se alarga y la noche se vuelve recuerdo. Si semanas después alguien recuerda cómo se sintió —más que lo que comió—, entonces el objetivo está cumplido. No trabaja pensando en expectativas. Cree que planear demasiado el resultado puede romper la magia.

Prefiere fluir, permitir que cada cena sea un organismo vivo donde cada asistente aporta algo distinto. Para él, cada comensal es un universo independiente que completa la obra. Las confirmaciones llegan después, en pequeños gestos: un mensaje diciendo que alguien compró el libro del autor homenajeado, que escuchó nuevamente un disco o que algo se movió por dentro. Más que aplausos, lo que lo convence de seguir es una sonrisa al final de la noche o un abrazo inesperado.

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En Guatemala, asegura, existe un momento gastronómico especial. Una escena diversa, curiosa y abierta a nuevas formas de entender la cocina. Cree que el público está listo para asumir la gastronomía como experiencia artística y no solo como servicio. Cuando se le pide definirse, no duda demasiado. No se reconoce únicamente como chef. Se siente narrador.

Porque, al final, cocinar para él es contar historias. Alimentar más allá del cuerpo. Repetir, de alguna manera, el gesto ancestral de las abuelas y las madres que cocinan para cuidar.

Una alquimia silenciosa donde la comida deja de ser comida y se convierte en memoria compartida. Y donde cada cena empieza igual que siempre empezó todo: alguien llamando a reunirse alrededor de una mesa.

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