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La sonrisa de mi padre

.
Marcos Jacobo Suárez Sipmann
14 de junio, 2026

Creo que conocí de verdad a mi padre cuando dejé de vivir con él. 

Mi padre era médico. Trabajaba mucho, nunca faltaba a la consulta y sostenía a la familia con una mezcla de responsabilidad y disciplina que entonces me parecía natural. Había cariño, sí, pero no era una figura cercana. 

Nuestra educación quedó casi por completo en manos de mi madre. Tiempo después entendí que aquella distancia tenía otra explicación. 

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El hombre detrás del padre 

Había tenido una infancia difícil. Mi abuelo fue un hombre severo. Las circunstancias de su vida arrojan luz sobre muchas cosas. Mi padre, como me confesó, le tenía miedo de niño. 

Con los años hablaron de ello y fui testigo de ese entendimiento, así como de la relación afectuosa que construyeron. 

Aquella severidad dejó huella. Años después estudió Medicina en Salamanca, una ciudad de la que conservó un recuerdo entrañable. Los estudios avanzaron, digamos, a un ritmo menos satisfactorio para mi abuelo. Hace unos años encontré una carta de 1953 en la que uno de sus profesores trataba de tranquilizarlo: 

“He inquirido sobre Isaías. Asiste asiduamente a clases y prácticas y se distrae menos. En fin, creo que podremos hacer algo con él”. 

Confieso que me produjo cierta ternura descubrir que quien más tarde sería un médico respetado también había sido una preocupación académica. 

Por eso tomó una decisión que entonces no comprendí. Le dijo a mi madre que fuera ella quien se encargara de educarnos a mi hermano Fernando y a mí. Prefería mantenerse en segundo plano por temor a equivocarse. Una forma extraña de amor, quizá imperfecta, pero sincera. 

Esa fue mi infancia. Durante años acepté aquella distribución sin preguntarme demasiado por sus razones. 

Conversaciones, amigos y asturianadas 

Era un hombre campechano y sociable. Podía entablar conversación con cualquiera. Le gustaban las largas sobremesas y el intercambio de opiniones. Disfrutaba de un buen vino tanto como de una comida. La amistad era una de las cosas que más valoraba y que mejor sabía cultivar. 

Sentía una curiosidad genuina por la gente. Escuchaba sus historias, discutía de política y comentaba la actualidad. Con los años se convirtió más en un hombre de periódicos que de libros. Se formaba su propia opinión y la defendía, aunque no siempre tuviera razón, como nos ocurre a todos. 

Tenía carácter. A veces se enfadaba, aunque rara vez le duraba mucho. Era de los que explotaban rápido y olvidaban antes. Nunca cultivó el rencor o el resentimiento, estaba demasiado ocupado viviendo. 

Era un fumador empedernido. Dos cajetillas al día. Hasta que alguien —probablemente mi madre, que le ayudaba en la consulta— le hizo notar que un médico aconsejando dejar el tabaco mientras encendía un cigarrillo enviaba un mensaje algo contradictorio. Demostró una determinación notable: lo dejó de un día para otro, sin parches, sin terapias y sin ninguna de las ayudas que hoy parecen imprescindibles. Ganó algunos kilos y puso a prueba la paciencia de la familia durante una temporada. Pero jamás volvió a fumar. 

Como buen asturiano, le entusiasmaba cantar. Asturianadas, por supuesto. Él estaba convencido de su talento; el jurado popular de la familia nunca llegó a emitir un veredicto favorable. 

También nos transmitió dos herencias duraderas: el respeto por los demás y el amor por la tierra propia, en su caso Asturias y, por extensión, España. 

Viajes, vinos y regresos  

Ese amor no era retórico. Amaba Asturias, su tierra, con una intensidad difícil de explicar a quien no haya sentido algo parecido por el lugar donde nació. Sus paisajes, la sidra, las canciones y, sobre todo, sus gentes. Había en él una nostalgia permanente de Asturias, incluso cuando la vida lo llevó lejos. 

Conservó un afecto especial por Alemania. Nuestra temprana vuelta a España obedeció a una razón muy sencilla: los idiomas no fueron lo suyo. Le costaba desenvolverse con soltura en alemán y aquella dificultad acabó pesando demasiado. Aun así, siempre disfrutó regresando. 

Cuando mi hermano y yo estudiábamos en Pamplona le gustaba visitarnos. Durante mis años de labor en la Oficina Comercial Española de Düsseldorf, Alemania, vino a verme con frecuencia. Más tarde, cuando trabajé en la promoción de los vinos de Ribera del Duero, compartí con él algunos de los momentos más felices. A veces venía solo y otras acompañado de mi madre. Pasábamos varios días juntos, con mi compañera de entonces, recorriendo bodegas, probando vinos y conversando. No ocurría nada memorable. Precisamente por eso los recuerdo tan bien. 

Recuerdo, asimismo, algunas escapadas por Asturias y por las tierras de Castilla. Fueron viajes tranquilos, sin grandes acontecimientos, dedicados sobre todo a conversar, recordar y disfrutar de la compañía mutua. Con los años he comprendido su verdadero valor. 

Fue entonces cuando conocí al hombre que había detrás del padre. 

El arte de llevar la contraria 

Si tuviera que resumirlo en un rasgo, hablaría de su espíritu rebelde.  

 

Era un hombre al que le gustaba llevar la contraria. 

Durante el franquismo había mantenido opiniones que no encajaban en el discurso oficial. Con la democracia pasó a criticar a los gobernantes de turno. Algunos interpretaron aquellos cambios como contradicciones. Yo no lo vi así. Creo que respondían a su independencia y espíritu libre. 

La ideología no fue importante para él. Lo que sí tenía era una desconfianza casi instintiva hacia cualquier verdad demasiado cómoda. Recelaba de las verdades oficiales, de las modas intelectuales y de las opiniones de la mayoría. 

He heredado una parte de esa forma de estar en el mundo. No soy gregario. Odio las etiquetas. Necesito conservar mi propia voz, aunque a veces me equivoque. Y cuando me descubro cuestionando una opinión simplemente porque todos parecen compartirla, reconozco de inmediato de dónde viene esa costumbre. 

La sonrisa de mi padre 

Muchos años después de su muerte viví una escena que todavía hoy recuerdo con nitidez. 

Estaba en una tienda cuando alguien me tocó suavemente el hombro. Me giré y vi a una señora mayor que me observaba con una combinación de curiosidad y afecto. 

—¿Es usted Jacobo Suárez? 

La pregunta me sorprendió. Prácticamente nadie me llama así. 

—Sí, señora, soy yo. 

—Disculpa, ¿puedo tutearte? 

—Por supuesto. 

Entonces me hizo una pregunta que despertó mi interés. 

—¿Sabes cómo te he reconocido? 

Negué con la cabeza. 

—Por tu sonrisa. Es la misma. 

Aquella mujer lo había tratado muchos años atrás y, de alguna manera, había encontrado en mi cara un rastro suyo. Estuvimos hablando unos minutos. Me contó algunas cosas de él que yo desconocía y me dijo una frase que aún hoy me acompaña. 

—Tu padre fue un buen médico y mejor persona. 

Cuando se marchó, me dedicó una última sonrisa y se despidió en valenciano. 

—¡Adeu, cariñet! 

El Mirador del Fitu  

Siempre había dicho que quería que sus cenizas descansaran en Asturias, aunque no especificó un lugar. Después de su muerte, mi madre, mi hermano y yo viajamos allí para cumplir su deseo. 

La elección fue sorprendentemente sencilla. Al poco de llegar encontramos un lugar que nos pareció perfecto: el Mirador del Fitu. Hacia el norte se abre el Cantábrico; hacia el sur se levantan los Picos de Europa. Es uno de esos paisajes que parecen resumir toda Asturias en una sola vista. 

Mientras mi hermano abrazaba a mi madre, abrí la urna y esparcí las cenizas desde un saliente del mirador. Y entonces ocurrió algo que nunca he olvidado. Justo en ese momento un pájaro levantó el vuelo y atravesó el paisaje. 

Mi madre lo siguió con la mirada y dijo con sencillez: 

—Allí va el alma de vuestro padre. 

Todavía recuerdo, 30 años después, aquel pájaro alejándose entre el mar y las montañas de Asturias. Seguramente fue una coincidencia, aunque en aquel instante me impresionó. Lo más probable es que no significara nada. Pero algunas imágenes encuentran la manera de quedarse con nosotros. 

Lo que importa es que, tres décadas después, sigo hablando de él. Y seguiré haciéndolo con María, con Pablo y con Teo, para acercarles la figura de su abuelo Isaías. 

Quería conocer a sus nietos. La muerte llegó demasiado pronto. Pero quizá exista una forma modesta de desafiar el olvido. Contarles a mis sobrinos quién fue. Hablarles de sus virtudes y sus defectos, de su espíritu rebelde, de su amor por Asturias, de sus amigos, de sus viajes y de aquella sonrisa que una desconocida reconoció muchos años después. 

Porque la memoria no vence a la muerte. Pero a veces consigue discutir con ella durante bastante tiempo. 

La sonrisa de mi padre

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Marcos Jacobo Suárez Sipmann
14 de junio, 2026

Creo que conocí de verdad a mi padre cuando dejé de vivir con él. 

Mi padre era médico. Trabajaba mucho, nunca faltaba a la consulta y sostenía a la familia con una mezcla de responsabilidad y disciplina que entonces me parecía natural. Había cariño, sí, pero no era una figura cercana. 

Nuestra educación quedó casi por completo en manos de mi madre. Tiempo después entendí que aquella distancia tenía otra explicación. 

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El hombre detrás del padre 

Había tenido una infancia difícil. Mi abuelo fue un hombre severo. Las circunstancias de su vida arrojan luz sobre muchas cosas. Mi padre, como me confesó, le tenía miedo de niño. 

Con los años hablaron de ello y fui testigo de ese entendimiento, así como de la relación afectuosa que construyeron. 

Aquella severidad dejó huella. Años después estudió Medicina en Salamanca, una ciudad de la que conservó un recuerdo entrañable. Los estudios avanzaron, digamos, a un ritmo menos satisfactorio para mi abuelo. Hace unos años encontré una carta de 1953 en la que uno de sus profesores trataba de tranquilizarlo: 

“He inquirido sobre Isaías. Asiste asiduamente a clases y prácticas y se distrae menos. En fin, creo que podremos hacer algo con él”. 

Confieso que me produjo cierta ternura descubrir que quien más tarde sería un médico respetado también había sido una preocupación académica. 

Por eso tomó una decisión que entonces no comprendí. Le dijo a mi madre que fuera ella quien se encargara de educarnos a mi hermano Fernando y a mí. Prefería mantenerse en segundo plano por temor a equivocarse. Una forma extraña de amor, quizá imperfecta, pero sincera. 

Esa fue mi infancia. Durante años acepté aquella distribución sin preguntarme demasiado por sus razones. 

Conversaciones, amigos y asturianadas 

Era un hombre campechano y sociable. Podía entablar conversación con cualquiera. Le gustaban las largas sobremesas y el intercambio de opiniones. Disfrutaba de un buen vino tanto como de una comida. La amistad era una de las cosas que más valoraba y que mejor sabía cultivar. 

Sentía una curiosidad genuina por la gente. Escuchaba sus historias, discutía de política y comentaba la actualidad. Con los años se convirtió más en un hombre de periódicos que de libros. Se formaba su propia opinión y la defendía, aunque no siempre tuviera razón, como nos ocurre a todos. 

Tenía carácter. A veces se enfadaba, aunque rara vez le duraba mucho. Era de los que explotaban rápido y olvidaban antes. Nunca cultivó el rencor o el resentimiento, estaba demasiado ocupado viviendo. 

Era un fumador empedernido. Dos cajetillas al día. Hasta que alguien —probablemente mi madre, que le ayudaba en la consulta— le hizo notar que un médico aconsejando dejar el tabaco mientras encendía un cigarrillo enviaba un mensaje algo contradictorio. Demostró una determinación notable: lo dejó de un día para otro, sin parches, sin terapias y sin ninguna de las ayudas que hoy parecen imprescindibles. Ganó algunos kilos y puso a prueba la paciencia de la familia durante una temporada. Pero jamás volvió a fumar. 

Como buen asturiano, le entusiasmaba cantar. Asturianadas, por supuesto. Él estaba convencido de su talento; el jurado popular de la familia nunca llegó a emitir un veredicto favorable. 

También nos transmitió dos herencias duraderas: el respeto por los demás y el amor por la tierra propia, en su caso Asturias y, por extensión, España. 

Viajes, vinos y regresos  

Ese amor no era retórico. Amaba Asturias, su tierra, con una intensidad difícil de explicar a quien no haya sentido algo parecido por el lugar donde nació. Sus paisajes, la sidra, las canciones y, sobre todo, sus gentes. Había en él una nostalgia permanente de Asturias, incluso cuando la vida lo llevó lejos. 

Conservó un afecto especial por Alemania. Nuestra temprana vuelta a España obedeció a una razón muy sencilla: los idiomas no fueron lo suyo. Le costaba desenvolverse con soltura en alemán y aquella dificultad acabó pesando demasiado. Aun así, siempre disfrutó regresando. 

Cuando mi hermano y yo estudiábamos en Pamplona le gustaba visitarnos. Durante mis años de labor en la Oficina Comercial Española de Düsseldorf, Alemania, vino a verme con frecuencia. Más tarde, cuando trabajé en la promoción de los vinos de Ribera del Duero, compartí con él algunos de los momentos más felices. A veces venía solo y otras acompañado de mi madre. Pasábamos varios días juntos, con mi compañera de entonces, recorriendo bodegas, probando vinos y conversando. No ocurría nada memorable. Precisamente por eso los recuerdo tan bien. 

Recuerdo, asimismo, algunas escapadas por Asturias y por las tierras de Castilla. Fueron viajes tranquilos, sin grandes acontecimientos, dedicados sobre todo a conversar, recordar y disfrutar de la compañía mutua. Con los años he comprendido su verdadero valor. 

Fue entonces cuando conocí al hombre que había detrás del padre. 

El arte de llevar la contraria 

Si tuviera que resumirlo en un rasgo, hablaría de su espíritu rebelde.  

 

Era un hombre al que le gustaba llevar la contraria. 

Durante el franquismo había mantenido opiniones que no encajaban en el discurso oficial. Con la democracia pasó a criticar a los gobernantes de turno. Algunos interpretaron aquellos cambios como contradicciones. Yo no lo vi así. Creo que respondían a su independencia y espíritu libre. 

La ideología no fue importante para él. Lo que sí tenía era una desconfianza casi instintiva hacia cualquier verdad demasiado cómoda. Recelaba de las verdades oficiales, de las modas intelectuales y de las opiniones de la mayoría. 

He heredado una parte de esa forma de estar en el mundo. No soy gregario. Odio las etiquetas. Necesito conservar mi propia voz, aunque a veces me equivoque. Y cuando me descubro cuestionando una opinión simplemente porque todos parecen compartirla, reconozco de inmediato de dónde viene esa costumbre. 

La sonrisa de mi padre 

Muchos años después de su muerte viví una escena que todavía hoy recuerdo con nitidez. 

Estaba en una tienda cuando alguien me tocó suavemente el hombro. Me giré y vi a una señora mayor que me observaba con una combinación de curiosidad y afecto. 

—¿Es usted Jacobo Suárez? 

La pregunta me sorprendió. Prácticamente nadie me llama así. 

—Sí, señora, soy yo. 

—Disculpa, ¿puedo tutearte? 

—Por supuesto. 

Entonces me hizo una pregunta que despertó mi interés. 

—¿Sabes cómo te he reconocido? 

Negué con la cabeza. 

—Por tu sonrisa. Es la misma. 

Aquella mujer lo había tratado muchos años atrás y, de alguna manera, había encontrado en mi cara un rastro suyo. Estuvimos hablando unos minutos. Me contó algunas cosas de él que yo desconocía y me dijo una frase que aún hoy me acompaña. 

—Tu padre fue un buen médico y mejor persona. 

Cuando se marchó, me dedicó una última sonrisa y se despidió en valenciano. 

—¡Adeu, cariñet! 

El Mirador del Fitu  

Siempre había dicho que quería que sus cenizas descansaran en Asturias, aunque no especificó un lugar. Después de su muerte, mi madre, mi hermano y yo viajamos allí para cumplir su deseo. 

La elección fue sorprendentemente sencilla. Al poco de llegar encontramos un lugar que nos pareció perfecto: el Mirador del Fitu. Hacia el norte se abre el Cantábrico; hacia el sur se levantan los Picos de Europa. Es uno de esos paisajes que parecen resumir toda Asturias en una sola vista. 

Mientras mi hermano abrazaba a mi madre, abrí la urna y esparcí las cenizas desde un saliente del mirador. Y entonces ocurrió algo que nunca he olvidado. Justo en ese momento un pájaro levantó el vuelo y atravesó el paisaje. 

Mi madre lo siguió con la mirada y dijo con sencillez: 

—Allí va el alma de vuestro padre. 

Todavía recuerdo, 30 años después, aquel pájaro alejándose entre el mar y las montañas de Asturias. Seguramente fue una coincidencia, aunque en aquel instante me impresionó. Lo más probable es que no significara nada. Pero algunas imágenes encuentran la manera de quedarse con nosotros. 

Lo que importa es que, tres décadas después, sigo hablando de él. Y seguiré haciéndolo con María, con Pablo y con Teo, para acercarles la figura de su abuelo Isaías. 

Quería conocer a sus nietos. La muerte llegó demasiado pronto. Pero quizá exista una forma modesta de desafiar el olvido. Contarles a mis sobrinos quién fue. Hablarles de sus virtudes y sus defectos, de su espíritu rebelde, de su amor por Asturias, de sus amigos, de sus viajes y de aquella sonrisa que una desconocida reconoció muchos años después. 

Porque la memoria no vence a la muerte. Pero a veces consigue discutir con ella durante bastante tiempo. 

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