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La noche afuera del hospital: dolor, espera y un gesto de humanidad

.
Ana González
18 de enero, 2026

Carolina recibió una llamada que nunca quiso recibir. Al otro lado de la línea le avisaron que su esposo había fallecido. Treinta años de vida compartida se resumieron en una frase breve, imposible de asimilar. La causa de muerte: choque séptico y neumonía, le dijeron. No hubo más explicaciones, solo la instrucción de llegar al Hospital General de Enfermedades del Seguro Social lo antes posible.

La noche ya estaba avanzada cuando llegó. El frío golpeaba con fuerza en la zona 9 y las luces blancas del hospital no daban abrigo. En la entrada, el primer paso fue cumplir el protocolo: dar sus datos al guardia de seguridad, explicar el parentesco, esperar autorización. Le indicaron que solo dos personas podían ingresar a la morgue, una medida pensada, quizá, para brindar apoyo si la realidad resultaba insoportable.

El ingreso fue breve. Dentro, la persona encargada del lugar intentó ser lo más empática posible. No hacía falta decir mucho. Sabía exactamente el momento que Carolina estaba viviendo. Probablemente lo enfrenta todos los días: acompañar a quienes llegan a despedirse sin haber tenido tiempo de prepararse.

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Cuando vio el cuerpo, Carolina lloró. Gritó y se derrumbó. El llanto salió sin control. Apenas un día antes lo había visitado en ese mismo hospital. Aunque era consciente de que el diagnóstico no era esperanzador, se aferraba a un milagro: a la posibilidad de que su esposo y padre de sus tres hijos —el más pequeño, de apenas 13 años— regresara a casa. La realidad llegó de golpe, sin aviso ni tregua.

Hubo que sostenerla por un momento. El protocolo siguió su curso mientras el dolor se desbordaba. No hay forma de prepararse para reconocer el cuerpo de quien fue compañero durante treinta años. Hay escenas que se repiten a diario en ese lugar, pero para quien las vive son únicas e irrepetibles.

Después vino otra espera. En una pequeña capilla, fría y silenciosa, Carolina aguardó el informe médico que permitiría a la funeraria retirar el cuerpo. Las horas avanzaron lentamente. Sentada, con la mirada perdida, intentaba mantener la calma en medio de un dolor que sabía bien la acompañará por mucho tiempo.

Horas más tarde, el personal de la funeraria llegó. Firmas, indicaciones breves, palabras medidas. Carolina seguía ahí, presente pero distante. La viudez no siempre llega con llanto inmediato. A veces llega como una neblina espesa que tarda en disiparse.

Mientras todo eso ocurría dentro, afuera del hospital la noche seguía su curso. Familias enteras esperaban un diagnóstico. Personas que no sabían si la próxima noticia sería una mejoría o una despedida. Algunos permanecían sentados en sillas de plástico; otros, de pie, apoyados en las rejas o en las aceras, compartiendo la misma incertidumbre.

Desde el área de pediatría se veía otro rostro de la madrugada. Taxis que se detenían frente a la entrada y padres que descendían con sus bebés bien abrigados, tratando de protegerlos del frío. Los cargaban con cuidado, apurando el paso. Los llantos rompían el silencio y evidenciaban que la situación los había obligado a buscar atención médica en plena noche.

 

Quienes llegan solo a acompañar

En medio de esa espera, otras personas comenzaron a llegar en pick up. No venían por un diagnóstico ni por un familiar hospitalizado. Bajaban con termos humeantes, bolsas y platos. Caminaban despacio entre quienes aguardaban noticias, ofreciendo café caliente y comida a desconocidos, a los guardias y hasta a las enfermeras que salían un momento a tomar aire. Los saludos eran breves, pero cercanos. Era evidente que no era la primera vez que llegaban así, en plena madrugada, cuando el cansancio y la incertidumbre pesan más.

Más tarde, una pareja de esposos recorrió el lugar preguntando, uno por uno, si alguien deseaba pan con frijoles y una taza de café. No pedían nombres ni historias. Se detenían frente a cada persona, asegurándose de que nadie se quedara sin recibir algo caliente. En medio de la angustia y el frío, esos gestos sencillos no resolvían el dolor, pero ofrecían un respiro, una forma silenciosa de decir: no están solos.

Nadie los grababa. Nadie los entrevistaba. No buscaban reconocimiento. En esas horas, ser calma era suficiente. Mientras el sistema avanzaba con su ritmo lento y la noche se alargaba, estas presencias anónimas llenaban vacíos que no aparecen en ningún informe oficial.

Con el paso de las horas, pocos se levantaron y se fueron. Otros siguieron esperando, aferrados a una respuesta. Afuera del hospital quedaron historias que casi nadie ve: despedidas abruptas, padres angustiados, gestos silenciosos de solidaridad. Carolina se fue con una ausencia imposible de llenar. Y su historia, aunque hoy tenga su nombre, volverá a repetirse en otras familias, en otras madrugadas que nadie mira.

La noche afuera del hospital: dolor, espera y un gesto de humanidad

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Ana González
18 de enero, 2026

Carolina recibió una llamada que nunca quiso recibir. Al otro lado de la línea le avisaron que su esposo había fallecido. Treinta años de vida compartida se resumieron en una frase breve, imposible de asimilar. La causa de muerte: choque séptico y neumonía, le dijeron. No hubo más explicaciones, solo la instrucción de llegar al Hospital General de Enfermedades del Seguro Social lo antes posible.

La noche ya estaba avanzada cuando llegó. El frío golpeaba con fuerza en la zona 9 y las luces blancas del hospital no daban abrigo. En la entrada, el primer paso fue cumplir el protocolo: dar sus datos al guardia de seguridad, explicar el parentesco, esperar autorización. Le indicaron que solo dos personas podían ingresar a la morgue, una medida pensada, quizá, para brindar apoyo si la realidad resultaba insoportable.

El ingreso fue breve. Dentro, la persona encargada del lugar intentó ser lo más empática posible. No hacía falta decir mucho. Sabía exactamente el momento que Carolina estaba viviendo. Probablemente lo enfrenta todos los días: acompañar a quienes llegan a despedirse sin haber tenido tiempo de prepararse.

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Cuando vio el cuerpo, Carolina lloró. Gritó y se derrumbó. El llanto salió sin control. Apenas un día antes lo había visitado en ese mismo hospital. Aunque era consciente de que el diagnóstico no era esperanzador, se aferraba a un milagro: a la posibilidad de que su esposo y padre de sus tres hijos —el más pequeño, de apenas 13 años— regresara a casa. La realidad llegó de golpe, sin aviso ni tregua.

Hubo que sostenerla por un momento. El protocolo siguió su curso mientras el dolor se desbordaba. No hay forma de prepararse para reconocer el cuerpo de quien fue compañero durante treinta años. Hay escenas que se repiten a diario en ese lugar, pero para quien las vive son únicas e irrepetibles.

Después vino otra espera. En una pequeña capilla, fría y silenciosa, Carolina aguardó el informe médico que permitiría a la funeraria retirar el cuerpo. Las horas avanzaron lentamente. Sentada, con la mirada perdida, intentaba mantener la calma en medio de un dolor que sabía bien la acompañará por mucho tiempo.

Horas más tarde, el personal de la funeraria llegó. Firmas, indicaciones breves, palabras medidas. Carolina seguía ahí, presente pero distante. La viudez no siempre llega con llanto inmediato. A veces llega como una neblina espesa que tarda en disiparse.

Mientras todo eso ocurría dentro, afuera del hospital la noche seguía su curso. Familias enteras esperaban un diagnóstico. Personas que no sabían si la próxima noticia sería una mejoría o una despedida. Algunos permanecían sentados en sillas de plástico; otros, de pie, apoyados en las rejas o en las aceras, compartiendo la misma incertidumbre.

Desde el área de pediatría se veía otro rostro de la madrugada. Taxis que se detenían frente a la entrada y padres que descendían con sus bebés bien abrigados, tratando de protegerlos del frío. Los cargaban con cuidado, apurando el paso. Los llantos rompían el silencio y evidenciaban que la situación los había obligado a buscar atención médica en plena noche.

 

Quienes llegan solo a acompañar

En medio de esa espera, otras personas comenzaron a llegar en pick up. No venían por un diagnóstico ni por un familiar hospitalizado. Bajaban con termos humeantes, bolsas y platos. Caminaban despacio entre quienes aguardaban noticias, ofreciendo café caliente y comida a desconocidos, a los guardias y hasta a las enfermeras que salían un momento a tomar aire. Los saludos eran breves, pero cercanos. Era evidente que no era la primera vez que llegaban así, en plena madrugada, cuando el cansancio y la incertidumbre pesan más.

Más tarde, una pareja de esposos recorrió el lugar preguntando, uno por uno, si alguien deseaba pan con frijoles y una taza de café. No pedían nombres ni historias. Se detenían frente a cada persona, asegurándose de que nadie se quedara sin recibir algo caliente. En medio de la angustia y el frío, esos gestos sencillos no resolvían el dolor, pero ofrecían un respiro, una forma silenciosa de decir: no están solos.

Nadie los grababa. Nadie los entrevistaba. No buscaban reconocimiento. En esas horas, ser calma era suficiente. Mientras el sistema avanzaba con su ritmo lento y la noche se alargaba, estas presencias anónimas llenaban vacíos que no aparecen en ningún informe oficial.

Con el paso de las horas, pocos se levantaron y se fueron. Otros siguieron esperando, aferrados a una respuesta. Afuera del hospital quedaron historias que casi nadie ve: despedidas abruptas, padres angustiados, gestos silenciosos de solidaridad. Carolina se fue con una ausencia imposible de llenar. Y su historia, aunque hoy tenga su nombre, volverá a repetirse en otras familias, en otras madrugadas que nadie mira.

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