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Jorge “Chochi” Berger, la voz que hace recordar a toda una generación

.
Alicia Utrera
06 de febrero, 2026

El estudio de Jorge "Chochi" Berger no se siente como una habitación, sino como una vida organizada en estantes. La música ocupa el espacio con una disciplina casi íntima. Torres de CDs, muebles giratorios, anaqueles de madera, cajas apiladas con orden. Cada disco tiene una historia y un lugar exacto donde esperar.

Chochi está sentado allí con calma. Habla sin prisa, no necesita convencer a nadie. A ratos se queda unos segundos callado, buscando el recuerdo correcto. Y cuando lo encuentra, su voz cambia: se vuelve más clara, más segura. La música no es un tema del que hable, es un idioma que domina desde niño.

“Todo empezó con mi papá. Yo tenía cinco o seis años. Él se encerraba en la sala a oír discos de long play. Yo abría la puerta y espiaba. Y lo veía: mi papá dirigía. Había obras que se me metían. Entonces yo me paraba y me ponía a dirigir”.

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El recuerdo está hecho de detalles pequeños. Una puerta apenas abierta. Un niño observando sin interrumpir. Y, sobre todo, un gesto que se volvió una forma de cariño. “Mi papá abría la puerta un poquito y solo decía: pasá. Nunca me dijo que me fuera. Yo entraba, me sentaba en el sillón y me quedaba viendo las carátulas.”

En esa escena ocurre un accidente que, para cualquiera, pudo haber roto la confianza: un disco de pasta cae y se quiebra. Chochi lo cuenta sin dramatismo, pero con una emoción contenida, como si todavía pudiera sentir el miedo de ese instante. “Mi papá estaba oyendo Pedro y el Lobo. Yo agarré el álbum, lo moví y se salió un disco. Se quebró. Y mi papá nunca me regañó. Solo recogió los pedazos y me dijo: Aquí no ha pasado nada”.

No fue solo una reacción tranquila. Fue, sin saberlo, la forma en que la música se convirtió en refugio. En un lugar seguro. En un hábito. “Eso fue muy importante para mí. Que no hubiera enojo. Entonces se volvió un hábito entrar a oír con él música clásica”.

Conciertos para la familia

En su casa no había televisión. Y esa ausencia no fue un vacío, más bien fue un espacio lleno. Había familia, domingos, abuelos, conversaciones, y un niño que se inventó su propio escenario. “Yo hacía mis conciertos. El domingo en la tarde estaban mis abuelos maternos, porque vivíamos con ellos. A las cuatro de la tarde había concierto y a todos les cobraba 10 centavos de entrada”.

Lo cuenta con una ternura que se le nota en la voz. Como si todavía le diera risa ese niño serio que organizaba conciertos familiares con hora fija y taquilla. “Entraban todos los que estaban en la casa. Mi mamá, mi papá, mi abuelo, mi abuela, mi hermana. A veces mis hermanos grandes ya no estaban. Pero los demás entraban. Eran 50 centavos por concierto”.

Y luego lo más increíble: dirigía de memoria. No era un juego. Era una forma de pertenecer. “Ponía el tocadiscos de mi papá y dirigía las obras. Me las sabía de memoria. Hacía mis movimientos con pasos. Dirigía cuatro o cinco obras y terminaba el concierto”.

Ahí se entiende algo esencial: antes de ser locutor, antes de ser médico, antes de ser coleccionista, Chochi ya tenía la música en el cuerpo.

Beethoven, el eje

Cuando Chochi entra a hablar de música clásica, el tono se transforma. Se vuelve más preciso. Más apasionado. Se le nota un entusiasmo distinto, como si esa parte le encendiera una luz interna.

“En música clásica, Beethoven es el eje. Beethoven agarró las reglas de Mozart y de Haydn y las rompió”. Y explica esa ruptura con la emoción de quien no solo la entiende, sino la ha escuchado tantas veces que la siente.

“Beethoven marcó el antes y el después. Por eso se dice que es el último de los clásicos y el primero de los románticos.” En su mundo, la música clásica no es solo belleza. Es una forma de pensamiento. De orden interno. Y lo dice con una frase que parece resumen de toda su vida. “La clásica es para hacer mejoras internas.”

Dos mundos: la estructura y el recuerdo

En el colegio llegaron los 60, los Beatles, Creedence, las fiestas. Chochi estuvo ahí, pero con una distancia natural. Su oído venía educado por otra complejidad. 

“En el colegio iba a las fiestas y todo, pero no tenía idea de qué estaba oyendo ni qué estaba bailando. No me aprendí el nombre de las canciones. Tenía compañeros que sabían todo: carátulas, discos, quién era el baterista, el guitarrista. Yo no llegué a esa profundidad”.

Esa dualidad lo acompañó siempre: la música clásica como estructura, como universo de atención, y la música popular como memoria. Y esa idea terminó siendo el corazón de su programa.

La colección que fue creciendo con los años

La colección empezó con poco. Un rack. Otro. Y luego el momento inevitable en que ya no cabía. “Mi colección empezó en esos racks negros. A cada uno le caben 20 discos. Yo empecé a hacer mi colección de CDs en los 80, como en el 83 o 84. Compré un rack, se llenó, compré otro, y así. Llegó un momento en que tenía tres o cuatro y se fueron llenando”.

Después entraron los muebles de madera y Los spinners. Y con el crecimiento, apareció un cuidado que él mismo se exige: no convertirse en alguien que solo acumula. “Uno tiene que tener cuidado de ser no solo coleccionista, sino listener. Es decir: escuchar la música.”

Incluso se ríe de sí mismo cuando admite que el coleccionismo también tiene trampas. “Me fui a comprar las 104 sinfonías de Haydn. No las tenía completas. Compré las que me faltaban. Tengo la colección… pero si usted me pone una, no le puedo decir cuál es. A menos que sea una de las grandes del final”.

La radio como forma de acompañar

Chochi habla de su programa radial "Ritmos de Nuestra Juventud" como un compromiso personal. No como un trabajo, sino como una manera de compartir lo que tiene. “Mi programa tiene tanto éxito porque es música retro. Esa música arrastra recuerdos. Y el éxito son los recuerdos”.

“‘Con esa bailé. Con esa me dieron mi primer beso. La música transporta”. Cuando lo dice, parece estar oyendo a su audiencia.

Su programa no está construido desde el azar, sino desde el archivo. Por eso cuida la forma en que consigue música, la forma en que la guarda, la forma en que la ordena. No es un locutor que llega a poner canciones, es un coleccionista que administra memoria.

“En mi programa pongo música de mi colección. No pongo música de YouTube. A veces sí, cuando vale la pena. La bajo, la pongo y después la meto a mi computadora. Así se va completando un archivo”. Ese archivo no es una palabra bonita: es su vida.

El programa que lo volvió una voz de todos

Chochi no está en televisión. Su rostro no es lo que la gente reconoce. Lo que lo volvió cercano fue la voz. Y lo cuenta con una sorpresa que todavía no se le ha ido.

“Una vez, en la procesión de la Merced, iba caminando en las filas. Una señora me jaló. Me dijo: ‘¿Usted es Chochi Berger?’ Y yo: ‘Sí, señora’. Me dijo: ‘Le reconocí la voz. Yo soy fan de su programa”.

Después vino el Teatro Nacional. Su hija, Daniela Berger, cantando. Él, orgulloso, acompañándola. Y de pronto, el giro: fans que no solo querían felicitar a la cantante. También estaban esperando al papá.

“Mi hija me dijo: ‘Esas señoras que están ahí me felicitaron, pero creo que es a ti al que están esperando’. Volteé a ver y eran siete señoras. Se quedaron. Me felicitaron. Me abrazaron”. Y una frase lo desarma. No porque sea halago, sino porque es gratitud.

“Una de ellas le dijo a mi esposa: ‘Gracias por dejarlo ir los domingos… nos entretiene, nos da vida, nos hace vivir’.” Ahí se entiende por qué no puede soltarlo. No es un programa. Es compañía.

El miedo inevitable: ¿quién se queda con todo?

En algún momento, la conversación deja de ser alegre. No por tristeza, sino por lucidez. Chochi menciona el paso del tiempo con humor, pero el fondo es serio. “Cuando uno empieza a ver que la taquilla está ahí cerca… la gran pregunta que me hago es: ¿a quién le voy a dar todo esto?”

No quiere que su colección se convierta en lo que fue la de su papá: un archivo colgado al lado de una cama, esperando a que alguien lo escuche.

“Mi papá murió hace 17 años. Los cassettes están colgados al lado de su cama. Nadie se los llevó. Nadie los agarró.”

“Ahora me he dedicado a buscar un patojo… alguien de 30 o 40 que sea realmente un loco por la música clásica”. Por eso busca a alguien que herede lo que, para él, no es un montón de discos: es un legado íntimo.

La familia como la decisión más grande

Cuando Chochi habla de su familia, el tono se le ablanda. Ya no suena a locutor ni a coleccionista, suena a papá. Y hay algo que se siente de inmediato: el orgullo no le sale como discurso, le sale como recuerdo.

“Yo tuve la prioridad de la familia.” Lo dice con una claridad que no necesita explicación. Y cuando se permite mirar hacia atrás, no lo hace para ponerse medallas. Lo hace con la duda humana de quien sabe que pudo haber dado más en otras áreas, pero eligió quedarse.

“Yo pude haber sido mucho más… pude haberme ido fuera, pude haber hecho una especialidad… probablemente sería un brillante investigador… pero lo he canalizado en cosas diferentes. No en mi profesión. Y eso es parte de la duda que a uno le queda siempre: si di todo lo que pude haber dado”.

Sin embargo, esa duda se rompe en cuanto menciona lo que construyó: una casa llena. Una vida que no se sostuvo sola. Una familia grande, de esas que no se improvisan.

“Yo me casé y cuando volteamos a ver con mi esposa, teníamos tres hijos en tres años… logramos sacar siete profesionales”. Lo dice sin victimismo, sin dramatizar; aún le sorprende haberlo logrado. Y ahí aparece el orgullo más íntimo: no el de los títulos, sino el de haberlos visto crecer bien. “Como fuera, les dimos su empujón. Todos salieron brillantes”. Cuenta esa parte con una ternura que no intenta ocultar. La familia no fue un “lado” de su vida: fue la estructura.

“Una de las mejores cosas que me pudo haber pasado en la vida fue poder estar en el mismo equipo de softball con mis cuatro hijos. Los cinco al mismo tiempo.”

La frase cae con una fuerza tranquila. Como si en esa imagen estuviera todo: el hombre que pudo haber sido otra cosa, sí, pero que prefirió estar. El padre que convirtió el deporte en escudo. El coleccionista que guarda música. El locutor que acompaña domingos. El niño que dirigía conciertos en la sala.

Aunque en su casa había música, él reconoce algo que le duele un poco, pero lo dice con humor: esa pasión no se heredó como él hubiera querido. “Ahí sí pequé con la música: ninguno tiene la pasión por la música clásica”.  No lo dice como reproche, sino entendiendo que el amor no se hereda por imposición. Y que la vida —al final— se trata de elecciones.

El legado real: estar

Cuando le preguntan por su legado, Chochi no se disfraza. No finge trascendencia. No busca sonar grande.

“Es obvio que no se trasciende más que en su generación. El día que yo me muera, me van a lamentar los que oyen el programa… pero realmente no le estoy dejando nada al mundo. Estoy haciéndole la vida feliz a los que están contemporáneos conmigo viviendo este momento”.

Pero hay algo que lo contradice sin que él lo diga: lo que hace sí deja huella. No como monumento. Como compañía. Como memoria compartida.

“Después de ver las caras de estas señoras… realmente lo que estoy haciendo vale la pena”. Ahí, en ese punto, Chochi no habla de rating. Habla de sentido. Y vuelve a lo que lo mantiene en pie semana tras semana: el programa como energía, como motor, como lugar donde se siente útil.

“Mi programa me carga baterías. El hecho de que yo vaya a la radio y tenga el programa, eso me carga las baterías para la semana”.

El lema que lo resume todo 

Al preguntarle qué es la música, Chochi no duda. “Es el alimento del alma”. Y luego menciona lo que para él es casi una brújula. No es una frase inventada por marketing. Es un poema que lo describe.

“Yo uso un poema de Humberto Ak’abal. Dice: ‘A veces camino al revés, es mi forma de recordar. Si caminara solo para adelante, podría contarte lo que es el olvido’. Ese poema es brutal, porque es cierto.”

Por eso, cada domingo, su programa empieza igual: con una invitación que es, en realidad, una forma de vida. “Al inicio les digo: ‘Bienvenidos a caminar al revés’. Ese es el reto: atreverse a recordar. Porque caminar al revés es recordar. Y recordar es volver a vivir”.

Chochi Berger, al final, no solo colecciona música. Colecciona formas de volver: a un padre que no regañó, a una casa sin televisión llena de vida, a un programa que acompaña, a una familia que fue prioridad.

Y por eso, cada domingo, cuando invita a “caminar al revés”, no está pidiendo nostalgia. Está ofreciendo algo más difícil: recordar sin miedo.

 

 

 

Jorge “Chochi” Berger, la voz que hace recordar a toda una generación

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Alicia Utrera
06 de febrero, 2026

El estudio de Jorge "Chochi" Berger no se siente como una habitación, sino como una vida organizada en estantes. La música ocupa el espacio con una disciplina casi íntima. Torres de CDs, muebles giratorios, anaqueles de madera, cajas apiladas con orden. Cada disco tiene una historia y un lugar exacto donde esperar.

Chochi está sentado allí con calma. Habla sin prisa, no necesita convencer a nadie. A ratos se queda unos segundos callado, buscando el recuerdo correcto. Y cuando lo encuentra, su voz cambia: se vuelve más clara, más segura. La música no es un tema del que hable, es un idioma que domina desde niño.

“Todo empezó con mi papá. Yo tenía cinco o seis años. Él se encerraba en la sala a oír discos de long play. Yo abría la puerta y espiaba. Y lo veía: mi papá dirigía. Había obras que se me metían. Entonces yo me paraba y me ponía a dirigir”.

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El recuerdo está hecho de detalles pequeños. Una puerta apenas abierta. Un niño observando sin interrumpir. Y, sobre todo, un gesto que se volvió una forma de cariño. “Mi papá abría la puerta un poquito y solo decía: pasá. Nunca me dijo que me fuera. Yo entraba, me sentaba en el sillón y me quedaba viendo las carátulas.”

En esa escena ocurre un accidente que, para cualquiera, pudo haber roto la confianza: un disco de pasta cae y se quiebra. Chochi lo cuenta sin dramatismo, pero con una emoción contenida, como si todavía pudiera sentir el miedo de ese instante. “Mi papá estaba oyendo Pedro y el Lobo. Yo agarré el álbum, lo moví y se salió un disco. Se quebró. Y mi papá nunca me regañó. Solo recogió los pedazos y me dijo: Aquí no ha pasado nada”.

No fue solo una reacción tranquila. Fue, sin saberlo, la forma en que la música se convirtió en refugio. En un lugar seguro. En un hábito. “Eso fue muy importante para mí. Que no hubiera enojo. Entonces se volvió un hábito entrar a oír con él música clásica”.

Conciertos para la familia

En su casa no había televisión. Y esa ausencia no fue un vacío, más bien fue un espacio lleno. Había familia, domingos, abuelos, conversaciones, y un niño que se inventó su propio escenario. “Yo hacía mis conciertos. El domingo en la tarde estaban mis abuelos maternos, porque vivíamos con ellos. A las cuatro de la tarde había concierto y a todos les cobraba 10 centavos de entrada”.

Lo cuenta con una ternura que se le nota en la voz. Como si todavía le diera risa ese niño serio que organizaba conciertos familiares con hora fija y taquilla. “Entraban todos los que estaban en la casa. Mi mamá, mi papá, mi abuelo, mi abuela, mi hermana. A veces mis hermanos grandes ya no estaban. Pero los demás entraban. Eran 50 centavos por concierto”.

Y luego lo más increíble: dirigía de memoria. No era un juego. Era una forma de pertenecer. “Ponía el tocadiscos de mi papá y dirigía las obras. Me las sabía de memoria. Hacía mis movimientos con pasos. Dirigía cuatro o cinco obras y terminaba el concierto”.

Ahí se entiende algo esencial: antes de ser locutor, antes de ser médico, antes de ser coleccionista, Chochi ya tenía la música en el cuerpo.

Beethoven, el eje

Cuando Chochi entra a hablar de música clásica, el tono se transforma. Se vuelve más preciso. Más apasionado. Se le nota un entusiasmo distinto, como si esa parte le encendiera una luz interna.

“En música clásica, Beethoven es el eje. Beethoven agarró las reglas de Mozart y de Haydn y las rompió”. Y explica esa ruptura con la emoción de quien no solo la entiende, sino la ha escuchado tantas veces que la siente.

“Beethoven marcó el antes y el después. Por eso se dice que es el último de los clásicos y el primero de los románticos.” En su mundo, la música clásica no es solo belleza. Es una forma de pensamiento. De orden interno. Y lo dice con una frase que parece resumen de toda su vida. “La clásica es para hacer mejoras internas.”

Dos mundos: la estructura y el recuerdo

En el colegio llegaron los 60, los Beatles, Creedence, las fiestas. Chochi estuvo ahí, pero con una distancia natural. Su oído venía educado por otra complejidad. 

“En el colegio iba a las fiestas y todo, pero no tenía idea de qué estaba oyendo ni qué estaba bailando. No me aprendí el nombre de las canciones. Tenía compañeros que sabían todo: carátulas, discos, quién era el baterista, el guitarrista. Yo no llegué a esa profundidad”.

Esa dualidad lo acompañó siempre: la música clásica como estructura, como universo de atención, y la música popular como memoria. Y esa idea terminó siendo el corazón de su programa.

La colección que fue creciendo con los años

La colección empezó con poco. Un rack. Otro. Y luego el momento inevitable en que ya no cabía. “Mi colección empezó en esos racks negros. A cada uno le caben 20 discos. Yo empecé a hacer mi colección de CDs en los 80, como en el 83 o 84. Compré un rack, se llenó, compré otro, y así. Llegó un momento en que tenía tres o cuatro y se fueron llenando”.

Después entraron los muebles de madera y Los spinners. Y con el crecimiento, apareció un cuidado que él mismo se exige: no convertirse en alguien que solo acumula. “Uno tiene que tener cuidado de ser no solo coleccionista, sino listener. Es decir: escuchar la música.”

Incluso se ríe de sí mismo cuando admite que el coleccionismo también tiene trampas. “Me fui a comprar las 104 sinfonías de Haydn. No las tenía completas. Compré las que me faltaban. Tengo la colección… pero si usted me pone una, no le puedo decir cuál es. A menos que sea una de las grandes del final”.

La radio como forma de acompañar

Chochi habla de su programa radial "Ritmos de Nuestra Juventud" como un compromiso personal. No como un trabajo, sino como una manera de compartir lo que tiene. “Mi programa tiene tanto éxito porque es música retro. Esa música arrastra recuerdos. Y el éxito son los recuerdos”.

“‘Con esa bailé. Con esa me dieron mi primer beso. La música transporta”. Cuando lo dice, parece estar oyendo a su audiencia.

Su programa no está construido desde el azar, sino desde el archivo. Por eso cuida la forma en que consigue música, la forma en que la guarda, la forma en que la ordena. No es un locutor que llega a poner canciones, es un coleccionista que administra memoria.

“En mi programa pongo música de mi colección. No pongo música de YouTube. A veces sí, cuando vale la pena. La bajo, la pongo y después la meto a mi computadora. Así se va completando un archivo”. Ese archivo no es una palabra bonita: es su vida.

El programa que lo volvió una voz de todos

Chochi no está en televisión. Su rostro no es lo que la gente reconoce. Lo que lo volvió cercano fue la voz. Y lo cuenta con una sorpresa que todavía no se le ha ido.

“Una vez, en la procesión de la Merced, iba caminando en las filas. Una señora me jaló. Me dijo: ‘¿Usted es Chochi Berger?’ Y yo: ‘Sí, señora’. Me dijo: ‘Le reconocí la voz. Yo soy fan de su programa”.

Después vino el Teatro Nacional. Su hija, Daniela Berger, cantando. Él, orgulloso, acompañándola. Y de pronto, el giro: fans que no solo querían felicitar a la cantante. También estaban esperando al papá.

“Mi hija me dijo: ‘Esas señoras que están ahí me felicitaron, pero creo que es a ti al que están esperando’. Volteé a ver y eran siete señoras. Se quedaron. Me felicitaron. Me abrazaron”. Y una frase lo desarma. No porque sea halago, sino porque es gratitud.

“Una de ellas le dijo a mi esposa: ‘Gracias por dejarlo ir los domingos… nos entretiene, nos da vida, nos hace vivir’.” Ahí se entiende por qué no puede soltarlo. No es un programa. Es compañía.

El miedo inevitable: ¿quién se queda con todo?

En algún momento, la conversación deja de ser alegre. No por tristeza, sino por lucidez. Chochi menciona el paso del tiempo con humor, pero el fondo es serio. “Cuando uno empieza a ver que la taquilla está ahí cerca… la gran pregunta que me hago es: ¿a quién le voy a dar todo esto?”

No quiere que su colección se convierta en lo que fue la de su papá: un archivo colgado al lado de una cama, esperando a que alguien lo escuche.

“Mi papá murió hace 17 años. Los cassettes están colgados al lado de su cama. Nadie se los llevó. Nadie los agarró.”

“Ahora me he dedicado a buscar un patojo… alguien de 30 o 40 que sea realmente un loco por la música clásica”. Por eso busca a alguien que herede lo que, para él, no es un montón de discos: es un legado íntimo.

La familia como la decisión más grande

Cuando Chochi habla de su familia, el tono se le ablanda. Ya no suena a locutor ni a coleccionista, suena a papá. Y hay algo que se siente de inmediato: el orgullo no le sale como discurso, le sale como recuerdo.

“Yo tuve la prioridad de la familia.” Lo dice con una claridad que no necesita explicación. Y cuando se permite mirar hacia atrás, no lo hace para ponerse medallas. Lo hace con la duda humana de quien sabe que pudo haber dado más en otras áreas, pero eligió quedarse.

“Yo pude haber sido mucho más… pude haberme ido fuera, pude haber hecho una especialidad… probablemente sería un brillante investigador… pero lo he canalizado en cosas diferentes. No en mi profesión. Y eso es parte de la duda que a uno le queda siempre: si di todo lo que pude haber dado”.

Sin embargo, esa duda se rompe en cuanto menciona lo que construyó: una casa llena. Una vida que no se sostuvo sola. Una familia grande, de esas que no se improvisan.

“Yo me casé y cuando volteamos a ver con mi esposa, teníamos tres hijos en tres años… logramos sacar siete profesionales”. Lo dice sin victimismo, sin dramatizar; aún le sorprende haberlo logrado. Y ahí aparece el orgullo más íntimo: no el de los títulos, sino el de haberlos visto crecer bien. “Como fuera, les dimos su empujón. Todos salieron brillantes”. Cuenta esa parte con una ternura que no intenta ocultar. La familia no fue un “lado” de su vida: fue la estructura.

“Una de las mejores cosas que me pudo haber pasado en la vida fue poder estar en el mismo equipo de softball con mis cuatro hijos. Los cinco al mismo tiempo.”

La frase cae con una fuerza tranquila. Como si en esa imagen estuviera todo: el hombre que pudo haber sido otra cosa, sí, pero que prefirió estar. El padre que convirtió el deporte en escudo. El coleccionista que guarda música. El locutor que acompaña domingos. El niño que dirigía conciertos en la sala.

Aunque en su casa había música, él reconoce algo que le duele un poco, pero lo dice con humor: esa pasión no se heredó como él hubiera querido. “Ahí sí pequé con la música: ninguno tiene la pasión por la música clásica”.  No lo dice como reproche, sino entendiendo que el amor no se hereda por imposición. Y que la vida —al final— se trata de elecciones.

El legado real: estar

Cuando le preguntan por su legado, Chochi no se disfraza. No finge trascendencia. No busca sonar grande.

“Es obvio que no se trasciende más que en su generación. El día que yo me muera, me van a lamentar los que oyen el programa… pero realmente no le estoy dejando nada al mundo. Estoy haciéndole la vida feliz a los que están contemporáneos conmigo viviendo este momento”.

Pero hay algo que lo contradice sin que él lo diga: lo que hace sí deja huella. No como monumento. Como compañía. Como memoria compartida.

“Después de ver las caras de estas señoras… realmente lo que estoy haciendo vale la pena”. Ahí, en ese punto, Chochi no habla de rating. Habla de sentido. Y vuelve a lo que lo mantiene en pie semana tras semana: el programa como energía, como motor, como lugar donde se siente útil.

“Mi programa me carga baterías. El hecho de que yo vaya a la radio y tenga el programa, eso me carga las baterías para la semana”.

El lema que lo resume todo 

Al preguntarle qué es la música, Chochi no duda. “Es el alimento del alma”. Y luego menciona lo que para él es casi una brújula. No es una frase inventada por marketing. Es un poema que lo describe.

“Yo uso un poema de Humberto Ak’abal. Dice: ‘A veces camino al revés, es mi forma de recordar. Si caminara solo para adelante, podría contarte lo que es el olvido’. Ese poema es brutal, porque es cierto.”

Por eso, cada domingo, su programa empieza igual: con una invitación que es, en realidad, una forma de vida. “Al inicio les digo: ‘Bienvenidos a caminar al revés’. Ese es el reto: atreverse a recordar. Porque caminar al revés es recordar. Y recordar es volver a vivir”.

Chochi Berger, al final, no solo colecciona música. Colecciona formas de volver: a un padre que no regañó, a una casa sin televisión llena de vida, a un programa que acompaña, a una familia que fue prioridad.

Y por eso, cada domingo, cuando invita a “caminar al revés”, no está pidiendo nostalgia. Está ofreciendo algo más difícil: recordar sin miedo.

 

 

 

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