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Javi Sarmiento, el artista que transforma la obsesión en pinturas

Javi Sarmiento ganó el segundo lugar del premio Juannio en 2025. Foto: Diego Cabrera / República.
María José Aresti
10 de abril, 2026

La pintura no aparece como un impulso lejano ni como una idea solemne del arte de Javi Sarmiento. Más bien se siente cercana, casi física, como una forma de quedarse un poco más tiempo frente a aquello que le despierta curiosidad. Hay personas, historias o comunidades que le quedan dando vueltas hasta volverse imagen. Por eso, cuando intenta explicar qué lo empuja a seguir pintando, siempre termina llegando a la misma palabra: obsesión.  

“Siento que pintar es solo el resultado de esa obsesión”, afirma. La frase no suena calculada. Suena suya. Como si ahí hubiera encontrado una forma bastante precisa de nombrar su proceso.

Los primeros trazos

Su relación con la pintura empezó desde niño. En casa, su mamá vio esa inclinación y decidió alimentarla. Así llegaron Anaí Martínez Montt y Nathan Neyland, dos artistas que le dieron clases cuando él todavía era muy pequeño. En ese momento, Javi no alcanzaba a medir del todo lo que eso significaba. “Lo aprecio mucho. Estaré eternamente agradecido y eternamente inspirado por ellos”, asegura.

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Foto: Diego Cabrera / República.

De Anaí le quedó la composición, la soltura, la idea de que también se puede pintar rompiendo reglas. De Nathan aprendió “la sensibilidad de los rostros”. 

Hay algo especial en cómo lo cuenta. No habla de ellos como simples maestros, sino como personas que dejaron una parte de sí en su forma de mirar y de construir una imagen. Y quizá por eso, sabe que sin duda le gustaría convertirse algún día en alguien así para otro artista.  

Pintar para acercarse 

A lo largo de la conversación, Javi regresa varias veces a una misma idea: pintar también le sirve para acercarse. A veces a una persona, una historia o una inquietud que no termina de resolverse de otra forma.  “Lo veo como una excusa para la obsesión”, reconoce. 

En sus palabras, la pintura no aparece solo como resultado, sino también como una manera de aproximarse. Hay algo que lo intriga, algo que se le mete bajo la piel, y la tela se vuelve el lugar donde esa fijación empieza a tomar cuerpo. 

Foto: Diego Cabrera / República.

Por eso insiste también en la parte material del oficio, en lo que pasa entre una superficie vacía y una imagen que aparece. “La parte material de pintar… convertir poco a poco lo que está en blanco en algo. Que sea algo que hice desde cero, me motiva”, describe. Esa transformación todavía lo sigue atrapando.  

La historia detrás de la historia

Una de las series que más lo marcaron nació a partir de Ana, quien trabajó durante años para su familia y es originaria de San Juan Sacatepéquez. Sus historias se le fueron quedando adentro. Lo importante, sin embargo, es que no lo cuenta como si todo hubiera empezado por la voluntad de abordar un tema social. Lo que primero lo atrapó fue ella. 

“Mi obsesión fue con Ana, mi amiga con la que conecto”, dice. 

A través de ella fue conociendo una comunidad, sus reglas, sus tensiones y la vida de otras mujeres cercanas. Pero el punto de partida seguía siendo íntimo, concreto, humano. Había admiración en esa mirada. “Me encanta ella, su forma de rebelde en esta sociedad”, asegura.

Ahí está una de las claves de su trabajo: no pintar temas, sino personas. Incluso cuando alrededor de esas personas aparece una realidad más amplia, más dura o más compleja, la entrada sigue siendo el vínculo. 

Foto: Diego Cabrera / República.

El ego, dicho sin ruido 

El artista también habla del ego, aunque lo hace sin estridencia. No como arrogancia, sino como esa certeza temprana que a veces también es necesaria desde el impulso artístico. La convicción de que una mirada propia merece ser llevada hasta el final. 

Al escucharlo, lo que aparece es algo simple y reconocible: la confianza inicial de alguien que entendió que tenía una capacidad, una forma de hacer, y decidió seguirla. En él, ese ego no desplaza la curiosidad; convive con ella. No pinta solo para afirmarse, sino también para entender mejor lo que tiene enfrente. 

Por eso, cuando habla de lo que espera provocar en quien mira su obra, no menciona primero el gusto ni la aprobación. Habla de preguntas. “Quiero que se pregunten un poco de ‘qué es esto’ o ‘por qué pinto esto’ o ‘quién es’”. 

Foto: Diego Cabrera / República.

El premio y lo que removió

En 2025, obtuvo el segundo lugar del premio Juannio con su obra Sheily. El hito aparece con orgullo sereno. El premio fue importante no solo por el reconocimiento, sino por lo que movió internamente. “Estaba muy contento y muy orgulloso”, recuerda.

Más que un punto de llegada, parece haber sido una confirmación afectiva. Una forma de asumir con más tranquilidad su vínculo con el país, con su escena artística y con el lugar donde empezó a formarse. “Sí, soy pintor de Guatemala”, dice Javi, y en esa frase ya no hay defensa, sino pertenencia.

Ese lazo también aparece cuando habla de la gente con la que se encuentra aquí, de las conversaciones que logra tener, de la cercanía que siente con ciertas personas. “En Guatemala es donde más me encuentro con la gente que habla mi idioma corporal”. 

La frase tiene peso porque no se queda en el idioma literal. Habla de otra cosa: de una forma más honda de entenderse, reconocerse y conectar sin tanta traducción de por medio. 

Foto: Diego Cabrera / República.

Seguir la curiosidad 

Al final, Javi vuelve a una idea que, en realidad, estuvo ahí desde el principio: la curiosidad. A los artistas jóvenes guatemaltecos que aún sienten que no encuentran su lugar, les invita a comenzar por ahí. “Alimenten su curiosidad”. 

Lo dice sin volverlo consigna. Habla de preguntar, acercarse, interesarse de verdad por los demás y no tener miedo a aprender. También de desconfiar un poco de esas pautas que al comienzo parecen sagradas, pero que muchas veces solo existen en la cabeza propia. “No le pongan tanta atención a las reglas que creen que existen”, agrega. 

Escucharlo decirlo tiene sentido. Buena parte de su camino ha ido justo por ahí: seguir con atención aquello que lo inquieta, lo mueve o se le queda rondando, incluso cuando no entra del todo en un camino claro. 

Javi Sarmiento pinta así: como quien insiste en acercarse a aquello que no termina de entender, pero tampoco quiere soltar. Como quien convierte la fijación en imagen. Como quien aprendió que, a veces, el arte no nace de la certeza, sino de una obsesión que pide quedarse un poco más.

Javi Sarmiento, el artista que transforma la obsesión en pinturas

Javi Sarmiento ganó el segundo lugar del premio Juannio en 2025. Foto: Diego Cabrera / República.
María José Aresti
10 de abril, 2026

La pintura no aparece como un impulso lejano ni como una idea solemne del arte de Javi Sarmiento. Más bien se siente cercana, casi física, como una forma de quedarse un poco más tiempo frente a aquello que le despierta curiosidad. Hay personas, historias o comunidades que le quedan dando vueltas hasta volverse imagen. Por eso, cuando intenta explicar qué lo empuja a seguir pintando, siempre termina llegando a la misma palabra: obsesión.  

“Siento que pintar es solo el resultado de esa obsesión”, afirma. La frase no suena calculada. Suena suya. Como si ahí hubiera encontrado una forma bastante precisa de nombrar su proceso.

Los primeros trazos

Su relación con la pintura empezó desde niño. En casa, su mamá vio esa inclinación y decidió alimentarla. Así llegaron Anaí Martínez Montt y Nathan Neyland, dos artistas que le dieron clases cuando él todavía era muy pequeño. En ese momento, Javi no alcanzaba a medir del todo lo que eso significaba. “Lo aprecio mucho. Estaré eternamente agradecido y eternamente inspirado por ellos”, asegura.

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Foto: Diego Cabrera / República.

De Anaí le quedó la composición, la soltura, la idea de que también se puede pintar rompiendo reglas. De Nathan aprendió “la sensibilidad de los rostros”. 

Hay algo especial en cómo lo cuenta. No habla de ellos como simples maestros, sino como personas que dejaron una parte de sí en su forma de mirar y de construir una imagen. Y quizá por eso, sabe que sin duda le gustaría convertirse algún día en alguien así para otro artista.  

Pintar para acercarse 

A lo largo de la conversación, Javi regresa varias veces a una misma idea: pintar también le sirve para acercarse. A veces a una persona, una historia o una inquietud que no termina de resolverse de otra forma.  “Lo veo como una excusa para la obsesión”, reconoce. 

En sus palabras, la pintura no aparece solo como resultado, sino también como una manera de aproximarse. Hay algo que lo intriga, algo que se le mete bajo la piel, y la tela se vuelve el lugar donde esa fijación empieza a tomar cuerpo. 

Foto: Diego Cabrera / República.

Por eso insiste también en la parte material del oficio, en lo que pasa entre una superficie vacía y una imagen que aparece. “La parte material de pintar… convertir poco a poco lo que está en blanco en algo. Que sea algo que hice desde cero, me motiva”, describe. Esa transformación todavía lo sigue atrapando.  

La historia detrás de la historia

Una de las series que más lo marcaron nació a partir de Ana, quien trabajó durante años para su familia y es originaria de San Juan Sacatepéquez. Sus historias se le fueron quedando adentro. Lo importante, sin embargo, es que no lo cuenta como si todo hubiera empezado por la voluntad de abordar un tema social. Lo que primero lo atrapó fue ella. 

“Mi obsesión fue con Ana, mi amiga con la que conecto”, dice. 

A través de ella fue conociendo una comunidad, sus reglas, sus tensiones y la vida de otras mujeres cercanas. Pero el punto de partida seguía siendo íntimo, concreto, humano. Había admiración en esa mirada. “Me encanta ella, su forma de rebelde en esta sociedad”, asegura.

Ahí está una de las claves de su trabajo: no pintar temas, sino personas. Incluso cuando alrededor de esas personas aparece una realidad más amplia, más dura o más compleja, la entrada sigue siendo el vínculo. 

Foto: Diego Cabrera / República.

El ego, dicho sin ruido 

El artista también habla del ego, aunque lo hace sin estridencia. No como arrogancia, sino como esa certeza temprana que a veces también es necesaria desde el impulso artístico. La convicción de que una mirada propia merece ser llevada hasta el final. 

Al escucharlo, lo que aparece es algo simple y reconocible: la confianza inicial de alguien que entendió que tenía una capacidad, una forma de hacer, y decidió seguirla. En él, ese ego no desplaza la curiosidad; convive con ella. No pinta solo para afirmarse, sino también para entender mejor lo que tiene enfrente. 

Por eso, cuando habla de lo que espera provocar en quien mira su obra, no menciona primero el gusto ni la aprobación. Habla de preguntas. “Quiero que se pregunten un poco de ‘qué es esto’ o ‘por qué pinto esto’ o ‘quién es’”. 

Foto: Diego Cabrera / República.

El premio y lo que removió

En 2025, obtuvo el segundo lugar del premio Juannio con su obra Sheily. El hito aparece con orgullo sereno. El premio fue importante no solo por el reconocimiento, sino por lo que movió internamente. “Estaba muy contento y muy orgulloso”, recuerda.

Más que un punto de llegada, parece haber sido una confirmación afectiva. Una forma de asumir con más tranquilidad su vínculo con el país, con su escena artística y con el lugar donde empezó a formarse. “Sí, soy pintor de Guatemala”, dice Javi, y en esa frase ya no hay defensa, sino pertenencia.

Ese lazo también aparece cuando habla de la gente con la que se encuentra aquí, de las conversaciones que logra tener, de la cercanía que siente con ciertas personas. “En Guatemala es donde más me encuentro con la gente que habla mi idioma corporal”. 

La frase tiene peso porque no se queda en el idioma literal. Habla de otra cosa: de una forma más honda de entenderse, reconocerse y conectar sin tanta traducción de por medio. 

Foto: Diego Cabrera / República.

Seguir la curiosidad 

Al final, Javi vuelve a una idea que, en realidad, estuvo ahí desde el principio: la curiosidad. A los artistas jóvenes guatemaltecos que aún sienten que no encuentran su lugar, les invita a comenzar por ahí. “Alimenten su curiosidad”. 

Lo dice sin volverlo consigna. Habla de preguntar, acercarse, interesarse de verdad por los demás y no tener miedo a aprender. También de desconfiar un poco de esas pautas que al comienzo parecen sagradas, pero que muchas veces solo existen en la cabeza propia. “No le pongan tanta atención a las reglas que creen que existen”, agrega. 

Escucharlo decirlo tiene sentido. Buena parte de su camino ha ido justo por ahí: seguir con atención aquello que lo inquieta, lo mueve o se le queda rondando, incluso cuando no entra del todo en un camino claro. 

Javi Sarmiento pinta así: como quien insiste en acercarse a aquello que no termina de entender, pero tampoco quiere soltar. Como quien convierte la fijación en imagen. Como quien aprendió que, a veces, el arte no nace de la certeza, sino de una obsesión que pide quedarse un poco más.

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