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Ixbalanqué: sobrevivir fuera del Popol Vuh

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Redacción República
24 de mayo, 2026

Soy Ixbalanqué y hace 50 años leí por primera vez el Popol Vuh, que guarda la historia de mi nombre y la de otros héroes mayas. Con la conmemoración del día nacional de este importante libro, salta a mi mente un conflicto que viví durante años por llevar el nombre de un príncipe maya y que marcó mi niñez para siempre.

Antes de nacer ya tenía el nombre Ixbalanqué, el dios humano gemelo del Popol Vuh. El 11 de septiembre de 1969, la trabajadora social del hospital de Antigua Guatemala le pregunta a mi joven madre, María Tula, cuál sería mi nombre, momentos después de que nací. Ella responde: Luis Ixbalanqué. El primer nombre en honor a mi papá y el segundo por el mítico personaje del Popol Vuh, texto que mi padre le había obsequiado antes de que yo fuera concebido. Cuando queda embarazada, afirma para sí que, si nacía varón, el nombre del bebé sería Luis Ixbalanqué, me ha contado con especial ternura.

Mi papá, el escritor Luis de Lión, me enseñó a leer y a escribir en la parte trasera de la puerta de madera de nuestro pequeño cuarto/casa, de apenas unos 3 x 3 metros. Nuestro pequeño paraíso, construido con desechos de madera, en donde vivíamos cuatro personas: mis padres, mi hermana y un servidor. Allá en la colonia Montserrat, otrora zona 19 de Mixco. Éramos pobres, pero mis padres nunca nos hicieron sentir como tales. Nuestra coraza era la cultura.

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Yo no lo sabía, pero cuando me dieron el nombre Ixbalanqué me entregaron también una poderosa capa de identidad, aunque, francamente, al principio de mi vida consciente resultaba un peso intangible, pero peso al fin: era difícil aprender a escribir ese nombre completo, Luis Ixbalanqué de León González, para un niño de cinco años que era diestro con el machete, el trompo y los cincos, pero torpe con el lápiz.

Por si fuera poco, mi “extraño” nombre era objeto de burla constante de mis compañeros de juego, y me decían de todo: “palanque”, “palanca”, “blanca”. Ello ocurrió cuando nos vinimos a vivir a la ciudad capital, luego de que, por fin, mi padre obtuvo una plaza en la urbe y dejamos de pulular por varios departamentos y pueblos lejanos, debido a su profesión de maestro de educación primaria en el Estado.

Venía del interior del país y todo era nuevo para mí. Me apodaron “Tuna” por mi pelo crispado, característica indígena, así como mis gruesos labios y mi gran frente. Aderezado con mi nombre, era un combo perfecto para que los capitalinos se deleitaran con sus burlas. Era el indio de la colonia. Era un infierno.

Antes de ingresar a la escuela primaria guardé silencio sobre este acoso, que con el tiempo normalicé. Cuando comencé a estudiar, finalmente el asunto se hizo peor. Desde los cinco años ya sabía leer y escribir gracias a las enseñanzas de mi padre, pero esa ventaja se convirtió en otro foco de burla, aparte de mi nombre, como dije antes.

Al ingresar a primero primaria tenía siete años, como el resto de compañeros de clases de esa época, allá por 1977. Todos eran analfabetas, menos un servidor. Y encima de todo estudié en la Escuela para Varones Número 11 José Clemente Chavarría, ubicada en la zona 8, cerca de la línea del tren, en donde mi padre era maestro titular. Entonces se burlaban de mi nombre, Ixbalanqué, de mi aspecto indígena y también de que, por “ser hijo del profe”, era mejor estudiante que todos.

Finalmente me armé de valor y les reclamé a mis papás la razón por la cual me habían dado ese nombre. Nadie me decía Luis, inquirí, sino que usaban mi segundo nombre para burlarse, agregué con dolor y lágrimas.

Mi madre me explicó que mi nombre provenía de un semidiós del Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas, y que significaba “pequeña sonrisa de jaguar”; que Ixbalanqué era hijo de los dioses indígenas, tenía el poder de hablar con los animales y derrotó a los gigantes de Xibalbá, el infierno maya. Mi padre me obsequió el libro, el Popol Vuh. Me dijo que lo leyera para que comprendiera la magnitud del nombre que me iba a acompañar toda la vida. En ese momento mi mente comenzó a volar, porque antes de que aprendiera a leer y escribir mi madre me leía todas las noches un cuento del texto El misterio del mundo verde, de Virgilio Rodríguez Macal. Ahí Macal relata las aventuras en las selvas de Petén de Cajcoj, el león; de Quej, el venado; de Gish, el tigre, entre otros.

¡Y entonces mi nombre era el de una persona que podía hablar con los animales y éstos le obedecían! ¡Era posible intervenir en todas las historias de animales que guardaba mi mente, con la voz de mi madre alojada en mi corazón!

Con apenas siete años leí el Popol Vuh con especial aprensión y lo terminé en poco tiempo. Con cada línea de ese texto, mi corazón crecía de orgullo al tener un nombre tan especial; me sentía un príncipe maya. A partir de entonces, cada vez que se burlaban de mi nombre, respondía: “¿Vos sabés qué significa tu nombre? No sabés, ¿verdad? El mío significa pequeña sonrisa de jaguar. Y el jaguar es el animal más poderoso de los mayas”.

Mi respuesta era tan contundente que llegué a perfeccionarla hasta la saciedad. Y como repetía lo mismo una y otra vez, como buen indio necio, gané la partida por agotamiento de mis jóvenes detractores. En la secundaria y luego en el diversificado fue distinto, ya que estudié seis años en la Escuela Normal Central para Varones, en donde asistían varios compañeros del interior del país que tenían apellidos indígenas, así que dejé de ser un objeto potencial de burla. Con el paso del tiempo, y por alguna razón que aún desconozco, mi primer nombre, Luis, comenzó a usarse en todas las áreas de mi vida, excepto en el seno de mi familia, en donde me dicen “Balam” (jaguar), o Ixbalan, o Ixbalanqué. Así que cuando nació mi hermano, cuando yo tenía 21 años, decidí llamarlo Hunahpú, el gemelo de Ixbalanqué. Juntos enfrentaron y derrotaron a los señores de Xibalbá con los poderes que tenían por ser hijos terrenales de los dioses mayas.

Tenía la potestad de darle nombre a mi hermano, porque me convertí en una figura paterna para él desde que compartimos el mismo vientre. Su padre lo dejó en el abandono. En mi caso, mi padre fue secuestrado y desaparecido durante el conflicto armado en Guatemala, cuando yo tenía 14 años; es decir, siete años antes del nacimiento de mi hermano.

Mi hermano tiene 35 años y un servidor 56. Somos Hunahpú e Ixbalanqué. No tenemos superpoderes como los héroes del Popol Vuh, pero luchamos todos los días para dignificar la sangre maya que corre por nuestras venas. Abrazamos la vida como verdaderos hombres de maíz.

Ixbalanqué: sobrevivir fuera del Popol Vuh

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Redacción República
24 de mayo, 2026

Soy Ixbalanqué y hace 50 años leí por primera vez el Popol Vuh, que guarda la historia de mi nombre y la de otros héroes mayas. Con la conmemoración del día nacional de este importante libro, salta a mi mente un conflicto que viví durante años por llevar el nombre de un príncipe maya y que marcó mi niñez para siempre.

Antes de nacer ya tenía el nombre Ixbalanqué, el dios humano gemelo del Popol Vuh. El 11 de septiembre de 1969, la trabajadora social del hospital de Antigua Guatemala le pregunta a mi joven madre, María Tula, cuál sería mi nombre, momentos después de que nací. Ella responde: Luis Ixbalanqué. El primer nombre en honor a mi papá y el segundo por el mítico personaje del Popol Vuh, texto que mi padre le había obsequiado antes de que yo fuera concebido. Cuando queda embarazada, afirma para sí que, si nacía varón, el nombre del bebé sería Luis Ixbalanqué, me ha contado con especial ternura.

Mi papá, el escritor Luis de Lión, me enseñó a leer y a escribir en la parte trasera de la puerta de madera de nuestro pequeño cuarto/casa, de apenas unos 3 x 3 metros. Nuestro pequeño paraíso, construido con desechos de madera, en donde vivíamos cuatro personas: mis padres, mi hermana y un servidor. Allá en la colonia Montserrat, otrora zona 19 de Mixco. Éramos pobres, pero mis padres nunca nos hicieron sentir como tales. Nuestra coraza era la cultura.

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Yo no lo sabía, pero cuando me dieron el nombre Ixbalanqué me entregaron también una poderosa capa de identidad, aunque, francamente, al principio de mi vida consciente resultaba un peso intangible, pero peso al fin: era difícil aprender a escribir ese nombre completo, Luis Ixbalanqué de León González, para un niño de cinco años que era diestro con el machete, el trompo y los cincos, pero torpe con el lápiz.

Por si fuera poco, mi “extraño” nombre era objeto de burla constante de mis compañeros de juego, y me decían de todo: “palanque”, “palanca”, “blanca”. Ello ocurrió cuando nos vinimos a vivir a la ciudad capital, luego de que, por fin, mi padre obtuvo una plaza en la urbe y dejamos de pulular por varios departamentos y pueblos lejanos, debido a su profesión de maestro de educación primaria en el Estado.

Venía del interior del país y todo era nuevo para mí. Me apodaron “Tuna” por mi pelo crispado, característica indígena, así como mis gruesos labios y mi gran frente. Aderezado con mi nombre, era un combo perfecto para que los capitalinos se deleitaran con sus burlas. Era el indio de la colonia. Era un infierno.

Antes de ingresar a la escuela primaria guardé silencio sobre este acoso, que con el tiempo normalicé. Cuando comencé a estudiar, finalmente el asunto se hizo peor. Desde los cinco años ya sabía leer y escribir gracias a las enseñanzas de mi padre, pero esa ventaja se convirtió en otro foco de burla, aparte de mi nombre, como dije antes.

Al ingresar a primero primaria tenía siete años, como el resto de compañeros de clases de esa época, allá por 1977. Todos eran analfabetas, menos un servidor. Y encima de todo estudié en la Escuela para Varones Número 11 José Clemente Chavarría, ubicada en la zona 8, cerca de la línea del tren, en donde mi padre era maestro titular. Entonces se burlaban de mi nombre, Ixbalanqué, de mi aspecto indígena y también de que, por “ser hijo del profe”, era mejor estudiante que todos.

Finalmente me armé de valor y les reclamé a mis papás la razón por la cual me habían dado ese nombre. Nadie me decía Luis, inquirí, sino que usaban mi segundo nombre para burlarse, agregué con dolor y lágrimas.

Mi madre me explicó que mi nombre provenía de un semidiós del Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas, y que significaba “pequeña sonrisa de jaguar”; que Ixbalanqué era hijo de los dioses indígenas, tenía el poder de hablar con los animales y derrotó a los gigantes de Xibalbá, el infierno maya. Mi padre me obsequió el libro, el Popol Vuh. Me dijo que lo leyera para que comprendiera la magnitud del nombre que me iba a acompañar toda la vida. En ese momento mi mente comenzó a volar, porque antes de que aprendiera a leer y escribir mi madre me leía todas las noches un cuento del texto El misterio del mundo verde, de Virgilio Rodríguez Macal. Ahí Macal relata las aventuras en las selvas de Petén de Cajcoj, el león; de Quej, el venado; de Gish, el tigre, entre otros.

¡Y entonces mi nombre era el de una persona que podía hablar con los animales y éstos le obedecían! ¡Era posible intervenir en todas las historias de animales que guardaba mi mente, con la voz de mi madre alojada en mi corazón!

Con apenas siete años leí el Popol Vuh con especial aprensión y lo terminé en poco tiempo. Con cada línea de ese texto, mi corazón crecía de orgullo al tener un nombre tan especial; me sentía un príncipe maya. A partir de entonces, cada vez que se burlaban de mi nombre, respondía: “¿Vos sabés qué significa tu nombre? No sabés, ¿verdad? El mío significa pequeña sonrisa de jaguar. Y el jaguar es el animal más poderoso de los mayas”.

Mi respuesta era tan contundente que llegué a perfeccionarla hasta la saciedad. Y como repetía lo mismo una y otra vez, como buen indio necio, gané la partida por agotamiento de mis jóvenes detractores. En la secundaria y luego en el diversificado fue distinto, ya que estudié seis años en la Escuela Normal Central para Varones, en donde asistían varios compañeros del interior del país que tenían apellidos indígenas, así que dejé de ser un objeto potencial de burla. Con el paso del tiempo, y por alguna razón que aún desconozco, mi primer nombre, Luis, comenzó a usarse en todas las áreas de mi vida, excepto en el seno de mi familia, en donde me dicen “Balam” (jaguar), o Ixbalan, o Ixbalanqué. Así que cuando nació mi hermano, cuando yo tenía 21 años, decidí llamarlo Hunahpú, el gemelo de Ixbalanqué. Juntos enfrentaron y derrotaron a los señores de Xibalbá con los poderes que tenían por ser hijos terrenales de los dioses mayas.

Tenía la potestad de darle nombre a mi hermano, porque me convertí en una figura paterna para él desde que compartimos el mismo vientre. Su padre lo dejó en el abandono. En mi caso, mi padre fue secuestrado y desaparecido durante el conflicto armado en Guatemala, cuando yo tenía 14 años; es decir, siete años antes del nacimiento de mi hermano.

Mi hermano tiene 35 años y un servidor 56. Somos Hunahpú e Ixbalanqué. No tenemos superpoderes como los héroes del Popol Vuh, pero luchamos todos los días para dignificar la sangre maya que corre por nuestras venas. Abrazamos la vida como verdaderos hombres de maíz.

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