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Gustavo Hermelindo Ardiano: “Los libros aún tienen magia para quienes los buscan”

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Gérman Gómez
15 de febrero, 2026

Entre las avenidas que conducen al edificio del Ministerio de Finanzas Públicas (Minfin) y la Corte Suprema de Justicia (CSJ), en la zona 1, destaca la Librería Marquense. Aunque inició en otra ubicación, desde hace más de 40 años tiene su sede en la 8.ª av. 19-55. El comercial comenzó de forma casi accidental y modesta. En la medida de las posibilidades de su fundador, Gustavo Hermelindo Ardiano Fuentes, la librería creció hasta lo que es hoy. 

En un inicio, Gustavo no pensó en vender libros. Ofrecía curiosidades como llaveros, gorras y pequeños artículos de la época. Entre esos productos aparecieron algunos libros. Luego probó con una tienda de abarrotes y refacciones para atender a quienes transitaban por la zona. Los alimentos que tenía a disposición de sus clientes eran agua, pan y sándwiches.  

Ese negocio exigía jornadas largas de trabajo, desde antes del amanecer hasta la noche. Comenzaban a las 4:30 de la mañana y culminaban pasadas las 8 de la noche. “Era muy sacrificado”, recordó. La experiencia duró cerca de un año. El terremoto de 1976 le abrió la oportunidad a Gustavo para iniciar la Librería Marquense. 

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Foto: Gary Alvarado

Gustavo ocupaba un espacio alquilado dentro de una ferretería ubicada en la 8.ª av. 19-55 de la zona 1. El dueño del negocio quedó desmoralizado por los daños del terremoto y decidió retirarse de la industria. Ese hecho permitió que Gustavo localizara a la propietaria del inmueble. Ella aceptó alquilarle la casa con una condición: debía cubrir seis meses de renta atrasada y asumir las reparaciones.  

En ese momento, la renta mensual era de GTQ 125. Con ese acuerdo, obtuvo un lugar estable para su negocio. También decidió dedicarse solo a los libros. Primero vendió la tienda y todo su mobiliario. Con ese dinero empezó a comprar las obras que después vendería a una diversidad de clientes. 

Libros y papelería: un negocio en expansión 

En esos años todavía se podía estacionar frente al local. Poco después, tras el terremoto, varias oficinas públicas se trasladaron a la 8.ª avenida de la zona 1, donde hoy se ubica el Minfin. El flujo de personas aumentó y la librería ganó visibilidad. La demanda de obras creció y, según cuenta Gustavo, muchos profesionales llegaban con pedidos especiales a su librería. 

Con el tiempo, él incorporó artículos de papelería: sobres manila, papel sellado y útiles de oficina. Sin embargo, en el centro del negocio siguieron los libros. Empezó a anunciar que compraba bibliotecas de coleccionistas y familias. La década de 1980 le trajo una oportunidad inesperada. Muchos profesionales salieron del país y, antes de irse, le vendieron sus bibliotecas.  

Gustavo recorrió casas en las zonas 1, 9, 10, 11 y 15. “Yo iba a traer los libros”, explicó. Esa dinámica multiplicó su inventario e incluso las instalaciones de la librería no se daban abasto. Uno de los episodios más importantes ocurrió con una librería de la zona 10, en el edificio Géminis. Su dueño, un extranjero, decidió vender por amenazas y extorsiones. Tenía una sección de arte con libros en inglés y grandes volúmenes ilustrados.  

Foto: Gary Alvarado

No pudo comprar todo el negocio, pero sí la mayoría de los libros. “Parecía poco, pero al empacarlos llenamos un camión”. Esa compra le dio diversidad a su catálogo. El espacio pronto resultó insuficiente. Las paredes mostraban grietas del terremoto. Quitó ventanas y puertas para instalar estanterías. Incluso eliminó una pila grande del patio para ganar lugar. Cada habitación se llenó de libros.  

Además, necesitó mostradores para lápices, borradores y cuadernos. La librería se transformó en un laberinto de estantes. Al frente colocaba mesas con libros de cinco y diez centavos. “La gente se los llevaba por bolsas”, explicó. En ese tiempo, en la capital existían pocas librerías conocidas. Según recordó, era la de Don Pepe, Premio Nobel y Platón. Cuando Don Pepe desapareció, muchos acudieron a la Marquense para vender bibliotecas. 

Libros que viajaron a las universidades 

La acumulación llegó a tal punto que Gustavo alquiló una bodega en las cercanías del parque de San Sebastián, en la zona 1, atrás del actual Tribunal Supremo Electoral (TSE). Allí instaló más estanterías para clasificar los libros. En 1983 decidió salir del local y vender en otros lugares. Probó en la sede de la Universidad de San Carlos (USAC), en Quetzaltenango.  

Los estudiantes agradecieron la llegada de textos de historia y literatura. En muchos pueblos, las librerías vendían más papelería que libros. Por eso, encontrar obras formales les causó sorpresa. En Quetzaltenango conoció al rector de ese entonces de la Universidad Rafael Landívar, quien le dejó su tarjeta. Meses después, Gustavo llevó más libros a esa universidad.  

El resultado fue inesperado para Gustavo: la biblioteca de la universidad le compró cerca del 40% del lote y el rector otro 20% o 25%. Ese éxito lo animó a participar en la Feria Municipal del Libro. También compró el inventario de una librería formada con ediciones argentinas, sobre todo de psicología y literatura crítica. Aunque el precio inicial era alto, llegó a un acuerdo; “fue una compra admirable”. 

Foto: Gary Alvarado / República

Raíces, familia y legado 

Gustavo llegó a la capital desde San Marcos cuando tenía 14 años. Trabajó siete años en un taller de mecánica. Allí aprendió a moverse en la ciudad. Luego conoció a don Francisco Lou Fong, dueño de una pequeña librería llamada Comercial. Lou le ofreció trabajo y le puso una condición: debía seguir con sus estudios.  

Cursó básicos en el Instituto Central Mixto Nocturno y luego se graduó de perito en comercio. “Él fue como mi segundo padre”, recordó con una sonrisa en su rostro. Lou lo impulsó a abrir la miscelánea y puso el negocio a nombre de Gustavo para evitar futuros conflictos familiares. Antes de morir, le pidió que cuidara de sus hijos. 

Esa herencia moral marcó su forma de trabajar. También aprendió a ahorrar. “De cada pago, una parte iba al banco. Ganaba GTQ 75 y GTQ 25 eran para mi guardadito”, recuerda. La librería adoptó varios nombres. Primero se llamó Miscelánea Marqués. Luego funcionó como tienda. Finalmente, quedó como Librería Marquense. El nombre alude a su origen en San Marcos: “es por amor a mi tierra”. 

Aunque sus padres murieron en 2010, él viaja con frecuencia al departamento que lo vio nacer. Su familia también participó en el negocio. Su hermano, maestro y estudiante de Derecho, trabajó diez años con él. Era carismático y atento con los clientes. Murió en un accidente de tránsito a los 28 años, cuando regresaba de una feria del libro en San Pedro, San Marcos. 

“Fue un golpe muy duro. Era mi brazo derecho”, confesó. Además del local central, Gustavo abrió sucursales en San Marcos y en Antigua Guatemala. La de Antigua duró unos doce años y fue próspera gracias a clientes extranjeros, arqueólogos e investigadores. Entre ellos recuerda a Edwin Shook, especialista en el mundo maya.  

Foto: Gary Alvarado / República

Shook le entregaba listas largas de bibliografía sobre Guatemala y Mesoamérica. Gustavo le llevaba cajas completas para que escogiera en su casa, ubicada donde hoy está Casa Santo Domingo. “Me quedé admirado de su biblioteca”, afirmó. Otro cliente destacado fue Miguel Shawcross, a quien mencionó como un comprador constante. 

Sobrevivir a robos, cambios y la digitalización 

El robo de un camión con libros y papelería lo obligó a cerrar la librería de San Marcos. Los viajes eran agotadores. Salía de madrugada y regresaba de noche. La pérdida lo desanimó. En Antigua continuó varios años más, hasta concentrarse solo en la sede de la capital. 

Con el paso del tiempo, la librería se hizo conocida por el boca a boca. “Vayan a la Marquense, ahí lo van a encontrar”, repetían maestros y estudiantes. La exposición al público, las ferias y las ventas en universidades consolidaron su prestigio. Hoy, Gustavo observa con atención el impacto de la digitalización.  

Reconoce que antes la demanda era mayor. En los años setenta y ochenta, los libros se vendían con rapidez. La exhibición en la calle atraía a curiosos. Aún conserva ediciones antiguas de gran calidad: colecciones de Aguilar, clásicos como Don Quijote, ilustraciones en blanco y negro y series completas sobre América. Para él, esos volúmenes muestran una época en que el libro era un objeto artístico. 

Foto: Gary Alvarado / República

Agradece cada entrevista porque considera que el periodismo ayudó a dar a conocer la librería. “Es valioso que vengan”, le dijo al equipo de República que lo entrevistó. Cree que Guatemala posee una bibliografía rica y poco explorada. Por eso insiste en mantener abierta la Marquense en la avenida que lleva al edificio de Finanzas; uno de los lugares más concurridos y transitados de la zona 1. 

En sus palabras, la librería ofrece variedad y atención cercana. Invita tanto a quienes ya la conocen como a quienes nunca han entrado. Para Gustavo, la Marquense demuestra que los libros aún tienen magia para quienes los buscan. 

 

Gustavo Hermelindo Ardiano: “Los libros aún tienen magia para quienes los buscan”

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Gérman Gómez
15 de febrero, 2026

Entre las avenidas que conducen al edificio del Ministerio de Finanzas Públicas (Minfin) y la Corte Suprema de Justicia (CSJ), en la zona 1, destaca la Librería Marquense. Aunque inició en otra ubicación, desde hace más de 40 años tiene su sede en la 8.ª av. 19-55. El comercial comenzó de forma casi accidental y modesta. En la medida de las posibilidades de su fundador, Gustavo Hermelindo Ardiano Fuentes, la librería creció hasta lo que es hoy. 

En un inicio, Gustavo no pensó en vender libros. Ofrecía curiosidades como llaveros, gorras y pequeños artículos de la época. Entre esos productos aparecieron algunos libros. Luego probó con una tienda de abarrotes y refacciones para atender a quienes transitaban por la zona. Los alimentos que tenía a disposición de sus clientes eran agua, pan y sándwiches.  

Ese negocio exigía jornadas largas de trabajo, desde antes del amanecer hasta la noche. Comenzaban a las 4:30 de la mañana y culminaban pasadas las 8 de la noche. “Era muy sacrificado”, recordó. La experiencia duró cerca de un año. El terremoto de 1976 le abrió la oportunidad a Gustavo para iniciar la Librería Marquense. 

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Foto: Gary Alvarado

Gustavo ocupaba un espacio alquilado dentro de una ferretería ubicada en la 8.ª av. 19-55 de la zona 1. El dueño del negocio quedó desmoralizado por los daños del terremoto y decidió retirarse de la industria. Ese hecho permitió que Gustavo localizara a la propietaria del inmueble. Ella aceptó alquilarle la casa con una condición: debía cubrir seis meses de renta atrasada y asumir las reparaciones.  

En ese momento, la renta mensual era de GTQ 125. Con ese acuerdo, obtuvo un lugar estable para su negocio. También decidió dedicarse solo a los libros. Primero vendió la tienda y todo su mobiliario. Con ese dinero empezó a comprar las obras que después vendería a una diversidad de clientes. 

Libros y papelería: un negocio en expansión 

En esos años todavía se podía estacionar frente al local. Poco después, tras el terremoto, varias oficinas públicas se trasladaron a la 8.ª avenida de la zona 1, donde hoy se ubica el Minfin. El flujo de personas aumentó y la librería ganó visibilidad. La demanda de obras creció y, según cuenta Gustavo, muchos profesionales llegaban con pedidos especiales a su librería. 

Con el tiempo, él incorporó artículos de papelería: sobres manila, papel sellado y útiles de oficina. Sin embargo, en el centro del negocio siguieron los libros. Empezó a anunciar que compraba bibliotecas de coleccionistas y familias. La década de 1980 le trajo una oportunidad inesperada. Muchos profesionales salieron del país y, antes de irse, le vendieron sus bibliotecas.  

Gustavo recorrió casas en las zonas 1, 9, 10, 11 y 15. “Yo iba a traer los libros”, explicó. Esa dinámica multiplicó su inventario e incluso las instalaciones de la librería no se daban abasto. Uno de los episodios más importantes ocurrió con una librería de la zona 10, en el edificio Géminis. Su dueño, un extranjero, decidió vender por amenazas y extorsiones. Tenía una sección de arte con libros en inglés y grandes volúmenes ilustrados.  

Foto: Gary Alvarado

No pudo comprar todo el negocio, pero sí la mayoría de los libros. “Parecía poco, pero al empacarlos llenamos un camión”. Esa compra le dio diversidad a su catálogo. El espacio pronto resultó insuficiente. Las paredes mostraban grietas del terremoto. Quitó ventanas y puertas para instalar estanterías. Incluso eliminó una pila grande del patio para ganar lugar. Cada habitación se llenó de libros.  

Además, necesitó mostradores para lápices, borradores y cuadernos. La librería se transformó en un laberinto de estantes. Al frente colocaba mesas con libros de cinco y diez centavos. “La gente se los llevaba por bolsas”, explicó. En ese tiempo, en la capital existían pocas librerías conocidas. Según recordó, era la de Don Pepe, Premio Nobel y Platón. Cuando Don Pepe desapareció, muchos acudieron a la Marquense para vender bibliotecas. 

Libros que viajaron a las universidades 

La acumulación llegó a tal punto que Gustavo alquiló una bodega en las cercanías del parque de San Sebastián, en la zona 1, atrás del actual Tribunal Supremo Electoral (TSE). Allí instaló más estanterías para clasificar los libros. En 1983 decidió salir del local y vender en otros lugares. Probó en la sede de la Universidad de San Carlos (USAC), en Quetzaltenango.  

Los estudiantes agradecieron la llegada de textos de historia y literatura. En muchos pueblos, las librerías vendían más papelería que libros. Por eso, encontrar obras formales les causó sorpresa. En Quetzaltenango conoció al rector de ese entonces de la Universidad Rafael Landívar, quien le dejó su tarjeta. Meses después, Gustavo llevó más libros a esa universidad.  

El resultado fue inesperado para Gustavo: la biblioteca de la universidad le compró cerca del 40% del lote y el rector otro 20% o 25%. Ese éxito lo animó a participar en la Feria Municipal del Libro. También compró el inventario de una librería formada con ediciones argentinas, sobre todo de psicología y literatura crítica. Aunque el precio inicial era alto, llegó a un acuerdo; “fue una compra admirable”. 

Foto: Gary Alvarado / República

Raíces, familia y legado 

Gustavo llegó a la capital desde San Marcos cuando tenía 14 años. Trabajó siete años en un taller de mecánica. Allí aprendió a moverse en la ciudad. Luego conoció a don Francisco Lou Fong, dueño de una pequeña librería llamada Comercial. Lou le ofreció trabajo y le puso una condición: debía seguir con sus estudios.  

Cursó básicos en el Instituto Central Mixto Nocturno y luego se graduó de perito en comercio. “Él fue como mi segundo padre”, recordó con una sonrisa en su rostro. Lou lo impulsó a abrir la miscelánea y puso el negocio a nombre de Gustavo para evitar futuros conflictos familiares. Antes de morir, le pidió que cuidara de sus hijos. 

Esa herencia moral marcó su forma de trabajar. También aprendió a ahorrar. “De cada pago, una parte iba al banco. Ganaba GTQ 75 y GTQ 25 eran para mi guardadito”, recuerda. La librería adoptó varios nombres. Primero se llamó Miscelánea Marqués. Luego funcionó como tienda. Finalmente, quedó como Librería Marquense. El nombre alude a su origen en San Marcos: “es por amor a mi tierra”. 

Aunque sus padres murieron en 2010, él viaja con frecuencia al departamento que lo vio nacer. Su familia también participó en el negocio. Su hermano, maestro y estudiante de Derecho, trabajó diez años con él. Era carismático y atento con los clientes. Murió en un accidente de tránsito a los 28 años, cuando regresaba de una feria del libro en San Pedro, San Marcos. 

“Fue un golpe muy duro. Era mi brazo derecho”, confesó. Además del local central, Gustavo abrió sucursales en San Marcos y en Antigua Guatemala. La de Antigua duró unos doce años y fue próspera gracias a clientes extranjeros, arqueólogos e investigadores. Entre ellos recuerda a Edwin Shook, especialista en el mundo maya.  

Foto: Gary Alvarado / República

Shook le entregaba listas largas de bibliografía sobre Guatemala y Mesoamérica. Gustavo le llevaba cajas completas para que escogiera en su casa, ubicada donde hoy está Casa Santo Domingo. “Me quedé admirado de su biblioteca”, afirmó. Otro cliente destacado fue Miguel Shawcross, a quien mencionó como un comprador constante. 

Sobrevivir a robos, cambios y la digitalización 

El robo de un camión con libros y papelería lo obligó a cerrar la librería de San Marcos. Los viajes eran agotadores. Salía de madrugada y regresaba de noche. La pérdida lo desanimó. En Antigua continuó varios años más, hasta concentrarse solo en la sede de la capital. 

Con el paso del tiempo, la librería se hizo conocida por el boca a boca. “Vayan a la Marquense, ahí lo van a encontrar”, repetían maestros y estudiantes. La exposición al público, las ferias y las ventas en universidades consolidaron su prestigio. Hoy, Gustavo observa con atención el impacto de la digitalización.  

Reconoce que antes la demanda era mayor. En los años setenta y ochenta, los libros se vendían con rapidez. La exhibición en la calle atraía a curiosos. Aún conserva ediciones antiguas de gran calidad: colecciones de Aguilar, clásicos como Don Quijote, ilustraciones en blanco y negro y series completas sobre América. Para él, esos volúmenes muestran una época en que el libro era un objeto artístico. 

Foto: Gary Alvarado / República

Agradece cada entrevista porque considera que el periodismo ayudó a dar a conocer la librería. “Es valioso que vengan”, le dijo al equipo de República que lo entrevistó. Cree que Guatemala posee una bibliografía rica y poco explorada. Por eso insiste en mantener abierta la Marquense en la avenida que lleva al edificio de Finanzas; uno de los lugares más concurridos y transitados de la zona 1. 

En sus palabras, la librería ofrece variedad y atención cercana. Invita tanto a quienes ya la conocen como a quienes nunca han entrado. Para Gustavo, la Marquense demuestra que los libros aún tienen magia para quienes los buscan. 

 

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