Gabriel Arana habla de cine con la misma emoción que aquel día en que lo descubrió. Habla desde la memoria. Desde aquella noche de 1989 en la que vio Aliens junto a sus hermanos mientras su madre estaba en el hospital esperando el nacimiento de su hermana menor. Tenía apenas 6 años y el miedo que sintió entonces sigue siendo, hasta hoy, una de las razones por las que continúa buscando historias en la pantalla.
“Quiero volver a sentir eso”, dice entre risas al recordar las pesadillas que tuvo después de la película.
Más de tres décadas después, el periodista cultural guatemalteco sigue persiguiendo esa misma intensidad, aunque ahora desde otro lugar: el análisis, la escritura y la observación de una industria que conoce desde dentro.
Actualmente, forma parte de los votantes de los Golden Globe Awards desde 2023, experiencia que le ha permitido acercarse a la maquinaria detrás de Hollywood, esa donde el talento no siempre es suficiente.
“Muchas películas deben ser nominadas y premiadas, pero al final gana la que tiene más presupuesto de difusión”, comenta.
Su relación con el cine empezó mucho antes que el periodismo. En realidad, según cuenta, el periodismo apareció casi por accidente. A inicios de los 2000, estudiar cine en Guatemala todavía parecía una idea lejana. No existían carreras especializadas y lo más cercano era Ciencias de la Comunicación. Así terminó en la Universidad Rafael Landívar, intentando mantenerse cerca de las películas, aunque fuera desde otra trinchera.
Con el tiempo encontró en el periodismo cultural una forma de conectar ambas pasiones: contar historias y analizarlas.
Aunque también ha sido docente, escritor y editor, asegura que esta última faceta terminó marcando profundamente su manera de entender el cine. Para Arana, toda gran película nace primero desde la escritura. Desde la claridad de una idea.
“Todo aporte audiovisual primero fue algo escrito”, explica. “La edición te obliga a decir exactamente lo que quieres”.
Esa visión también aparece cuando habla del estado actual de la industria. Arana observa un consumo cada vez más acelerado, moldeado por redes sociales, plataformas digitales y la necesidad constante de captar atención inmediata.
“La sobreoferta hace que se pierdan joyas”, afirma.
Según él, el cine contemporáneo compite constantemente contra el celular. Las películas ya no solo pelean entre sí; también lo hacen contra la distracción permanente. Por eso muchas producciones optan por ritmos frenéticos, escenas rápidas y estímulos constantes. “No terminan de presentar una idea y ya muestran otra”, comenta.
Para explicar esa transformación pone como ejemplo películas recientes basadas en videojuegos o franquicias globales. Producciones, donde, a su criterio, la acción reemplaza muchas veces el desarrollo narrativo.
Sin embargo, Arana evita caer en discursos fatalistas. Más bien entiende que la industria simplemente se adapta a nuevas formas de consumo. Lo que sí le preocupa es la superficialidad con la que muchas veces se habla de cine en redes sociales.
TikTok, sostiene, se ha convertido en uno de los mayores retos para el periodismo cinematográfico. No porque rechace las nuevas plataformas, sino porque considera que alcance y calidad informativa no siempre significan lo mismo.
“No porque alguien tenga miles de seguidores significa que tenga trayectoria o conocimiento”, señala.
Aun así, reconoce que cada creador encuentra su propio público. Él, por ejemplo, decidió alejarse de ciertas dinámicas promocionales de la industria. Ya no asiste a estrenos bajo condiciones implícitas de publicar reseñas positivas. “¿Y si no considero recomendar la película?”, cuestiona.
Su mirada crítica también se extiende hacia Hollywood y los grandes premios internacionales. Desde dentro de los Golden Globes descubrió algo que sospechaba desde hace años: el cine también es una competencia de marketing. Posters, campañas publicitarias, entrevistas y presupuestos millonarios influyen directamente en qué películas logran posicionarse.
Pero incluso en medio de esa maquinaria, Arana sigue creyendo que lo verdaderamente memorable continúa siendo una historia honesta. “El guion es todo”, resume.
Por eso no teme cuestionar producciones gigantescas como algunas películas recientes de Disney, a las que acusa de construir personajes planos y diálogos mediocres pese a tener producciones técnicamente impecables.
Esa honestidad también aparece cuando habla del cine latinoamericano. A diferencia de quienes creen que la región aún busca identidad propia, Arana considera que Latinoamérica siempre la ha tenido. Menciona el cine argentino, brasileño y mexicano como ejemplos de cinematografías sólidas, capaces de competir narrativamente sin necesidad de copiar modelos estadounidenses.
En cuanto a Guatemala, cree que el principal desafío sigue siendo el consumo local. “A veces creo que al guatemalteco no le gusta verse ni escucharse en pantalla”.
Hacia el final de la conversación, inevitablemente aparece el nombre de Marilyn Monroe. El próximo 1 de junio, la actriz cumpliría 100 años y para Arana su permanencia en la cultura popular tiene una explicación clara: Hollywood convirtió a sus estrellas en una especie de realeza moderna.
“EE. UU. no tiene realeza y estas figuras se volvieron eso”, reflexiona.
Sin embargo, también cuestiona cuánto tiempo más sobrevivirá ese mito en generaciones jóvenes que crecieron lejos del Hollywood clásico.
Aun así, Marilyn permanece. Como permanece el cine que marcó a Gabriel Arana cuando era niño y esas películas capaces de provocar miedo, nostalgia o emoción décadas después de haberlas visto. Porque al final, más allá de premios, plataformas y tendencias, él sigue creyendo en lo mismo: una buena historia todavía puede cambiarlo todo.
Gabriel Arana habla de cine con la misma emoción que aquel día en que lo descubrió. Habla desde la memoria. Desde aquella noche de 1989 en la que vio Aliens junto a sus hermanos mientras su madre estaba en el hospital esperando el nacimiento de su hermana menor. Tenía apenas 6 años y el miedo que sintió entonces sigue siendo, hasta hoy, una de las razones por las que continúa buscando historias en la pantalla.
“Quiero volver a sentir eso”, dice entre risas al recordar las pesadillas que tuvo después de la película.
Más de tres décadas después, el periodista cultural guatemalteco sigue persiguiendo esa misma intensidad, aunque ahora desde otro lugar: el análisis, la escritura y la observación de una industria que conoce desde dentro.
Actualmente, forma parte de los votantes de los Golden Globe Awards desde 2023, experiencia que le ha permitido acercarse a la maquinaria detrás de Hollywood, esa donde el talento no siempre es suficiente.
“Muchas películas deben ser nominadas y premiadas, pero al final gana la que tiene más presupuesto de difusión”, comenta.
Su relación con el cine empezó mucho antes que el periodismo. En realidad, según cuenta, el periodismo apareció casi por accidente. A inicios de los 2000, estudiar cine en Guatemala todavía parecía una idea lejana. No existían carreras especializadas y lo más cercano era Ciencias de la Comunicación. Así terminó en la Universidad Rafael Landívar, intentando mantenerse cerca de las películas, aunque fuera desde otra trinchera.
Con el tiempo encontró en el periodismo cultural una forma de conectar ambas pasiones: contar historias y analizarlas.
Aunque también ha sido docente, escritor y editor, asegura que esta última faceta terminó marcando profundamente su manera de entender el cine. Para Arana, toda gran película nace primero desde la escritura. Desde la claridad de una idea.
“Todo aporte audiovisual primero fue algo escrito”, explica. “La edición te obliga a decir exactamente lo que quieres”.
Esa visión también aparece cuando habla del estado actual de la industria. Arana observa un consumo cada vez más acelerado, moldeado por redes sociales, plataformas digitales y la necesidad constante de captar atención inmediata.
“La sobreoferta hace que se pierdan joyas”, afirma.
Según él, el cine contemporáneo compite constantemente contra el celular. Las películas ya no solo pelean entre sí; también lo hacen contra la distracción permanente. Por eso muchas producciones optan por ritmos frenéticos, escenas rápidas y estímulos constantes. “No terminan de presentar una idea y ya muestran otra”, comenta.
Para explicar esa transformación pone como ejemplo películas recientes basadas en videojuegos o franquicias globales. Producciones, donde, a su criterio, la acción reemplaza muchas veces el desarrollo narrativo.
Sin embargo, Arana evita caer en discursos fatalistas. Más bien entiende que la industria simplemente se adapta a nuevas formas de consumo. Lo que sí le preocupa es la superficialidad con la que muchas veces se habla de cine en redes sociales.
TikTok, sostiene, se ha convertido en uno de los mayores retos para el periodismo cinematográfico. No porque rechace las nuevas plataformas, sino porque considera que alcance y calidad informativa no siempre significan lo mismo.
“No porque alguien tenga miles de seguidores significa que tenga trayectoria o conocimiento”, señala.
Aun así, reconoce que cada creador encuentra su propio público. Él, por ejemplo, decidió alejarse de ciertas dinámicas promocionales de la industria. Ya no asiste a estrenos bajo condiciones implícitas de publicar reseñas positivas. “¿Y si no considero recomendar la película?”, cuestiona.
Su mirada crítica también se extiende hacia Hollywood y los grandes premios internacionales. Desde dentro de los Golden Globes descubrió algo que sospechaba desde hace años: el cine también es una competencia de marketing. Posters, campañas publicitarias, entrevistas y presupuestos millonarios influyen directamente en qué películas logran posicionarse.
Pero incluso en medio de esa maquinaria, Arana sigue creyendo que lo verdaderamente memorable continúa siendo una historia honesta. “El guion es todo”, resume.
Por eso no teme cuestionar producciones gigantescas como algunas películas recientes de Disney, a las que acusa de construir personajes planos y diálogos mediocres pese a tener producciones técnicamente impecables.
Esa honestidad también aparece cuando habla del cine latinoamericano. A diferencia de quienes creen que la región aún busca identidad propia, Arana considera que Latinoamérica siempre la ha tenido. Menciona el cine argentino, brasileño y mexicano como ejemplos de cinematografías sólidas, capaces de competir narrativamente sin necesidad de copiar modelos estadounidenses.
En cuanto a Guatemala, cree que el principal desafío sigue siendo el consumo local. “A veces creo que al guatemalteco no le gusta verse ni escucharse en pantalla”.
Hacia el final de la conversación, inevitablemente aparece el nombre de Marilyn Monroe. El próximo 1 de junio, la actriz cumpliría 100 años y para Arana su permanencia en la cultura popular tiene una explicación clara: Hollywood convirtió a sus estrellas en una especie de realeza moderna.
“EE. UU. no tiene realeza y estas figuras se volvieron eso”, reflexiona.
Sin embargo, también cuestiona cuánto tiempo más sobrevivirá ese mito en generaciones jóvenes que crecieron lejos del Hollywood clásico.
Aun así, Marilyn permanece. Como permanece el cine que marcó a Gabriel Arana cuando era niño y esas películas capaces de provocar miedo, nostalgia o emoción décadas después de haberlas visto. Porque al final, más allá de premios, plataformas y tendencias, él sigue creyendo en lo mismo: una buena historia todavía puede cambiarlo todo.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: