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Francisco Escobedo: "El principal enemigo del bosque es que no valga nada"

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Luis Gonzalez
19 de abril, 2026

Francisco Escobedo, ingeniero agrónomo graduado de Zamorano y máster en Economía Forestal por la Universidad de Dresden, Alemania, se desempeña actualmente como director ejecutivo de la gremial forestal de Guatemala. En esta entrevista reflexiona sobre la visión de Guatemala como un país de árboles, la evolución del sector forestal, los desafíos que enfrenta Petén y el mercado de los bonos de carbono. A partir de datos, contexto y experiencia técnica, Escobedo propone una narrativa distinta en torno al bosque: concebirlo como una riqueza renovable y un motor de desarrollo. 

Guatemala ha sido llamada históricamente “tierra de árboles”. ¿Sigue siendo válida esa denominación?
—Ese nombre se le puso porque cuando llegaron los españoles. Encontraron una riqueza natural excepcional. Y la verdad es que todavía hoy un europeo o un estadounidense viene a Guatemala y lo primero que ve es que es un país muy verde. Somos un país húmedo, con condiciones espectaculares para la actividad forestal. Pero eso puede cambiar. Está en nosotros decidir si seguimos siendo el país de los árboles o si dejamos de serlo.

¿Qué ha cambiado en las últimas décadas respecto al manejo del bosque?
—Durante muchos años tomamos decisiones que iban en la dirección contraria. Se cambiaba indiscriminadamente el uso del suelo para otras actividades y no se reponía el recurso forestal. A partir de 1996, cuando entra en vigencia la Ley Forestal, Guatemala decide revertir esa tendencia. Se incorporan prácticas que buscan que el bosque tenga un valor económico real para la población.

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¿Por qué es tan importante que el bosque tenga valor económico?
—Porque el principal enemigo del bosque es que no valga nada. Cuando un dueño de tierra siente que el bosque no le genera ningún beneficio, lo elimina para dedicarse a otra actividad. El reto es hacer convivir el sistema ambiental con el sistema económico. En la medida en que el bosque le genere beneficios reales a la gente, vamos a tener más bosques.

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¿Ese enfoque ha dado resultados concretos?
—Sí. Hoy estamos vendiendo no solo productos forestales, sino también servicios ambientales. Vendemos fijación de carbono, por ejemplo. Eso le da más valor al bosque y hace que más personas quieran entrar a la actividad forestal. Cuando el bosque vale, se protege.

¿Cómo se relaciona el sector forestal con otros sectores, como la construcción?
—El sector forestal es altamente transversal. Tiene que ver con biodiversidad, agua, cambio de uso de suelo y, por supuesto, con la construcción. Ahí vemos una gran oportunidad. En Europa hoy se diseñan edificios estructurales de hasta 18 o 20 niveles hechos de madera. Aquí todavía vemos la madera solo como material para pérgolas o casas de recreo.

¿Se está avanzando en ese sentido en Guatemala?
—Sí. Estamos por lanzar la primera norma de construcción con madera de Centroamérica y el Caribe. Esto abre una nueva posibilidad para ingenieros y arquitectos, porque amplía en un 33 % la disponibilidad de materiales estructurales. Ya no será solo concreto y acero, sino también madera.

¿Y qué ocurre cuando un proyecto urbano implica tala de árboles?
—El desarrollo no se puede detener. La ley forestal no prohíbe el uso del recurso; lo que busca es que, si se cambia la cobertura forestal, se reponga. Durante décadas deforestamos sin reponer, pero el bosque es un recurso renovable. Eso representa una oportunidad enorme de empleo y generación de riqueza si se hace bien.

Hay resistencia ciudadana cuando se tala un bosque urbano. ¿Cómo lo ve?
—Muchas veces la gente no quiere que se toque un bosque que ve desde su ventana, pero no considera que la casa donde vive también se construyó sobre lo que antes fue un bosque. El ordenamiento territorial municipal es clave aquí. El objetivo debe ser usar el recurso sin perder la cobertura forestal total.

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Con datos en mano, ¿se ha revertido la deforestación en Guatemala?
—Sí. Antes de la Ley Forestal, se perdía cerca del 3 % de la cobertura forestal anualmente. Esa cifra bajó al 2 %, luego al 1 %, y hoy estamos alrededor del 0.3 % anual. Estamos cerca de una tasa de deforestación cero, y el siguiente paso es revertir esa tendencia.

¿Qué herramientas han sido clave para lograrlo?
—Los incentivos forestales. Son una coinversión entre el Estado y el propietario de la tierra. En los últimos 30 años se han invertido más de tres mil millones de quetzales, lo que ha generado empleo, pago de impuestos y desarrollo local.

¿Qué pasaría si no existieran las plantaciones forestales?
—La población sigue demandando puertas, camas, muebles, pisos. Si no existieran plantaciones forestales, todo eso saldría del bosque natural. Las plantaciones han sido una válvula de escape que ha reducido enormemente la presión sobre los bosques naturales.

¿Cuál es la mayor ventaja de Guatemala como país forestal?
—El clima. En otras latitudes, un árbol tarda entre 80 y 100 años en crecer. Aquí puede tardar entre 5 y 25 años. Tenemos condiciones excepcionales que debemos aprovechar para renovar el recurso forestal y generar riqueza.

Petén suele verse como el epicentro del problema forestal. ¿Qué sucede allí?
—Petén tiene una dinámica distinta por su tamaño y ubicación. Además, gran parte del territorio es área protegida y se rige por la Ley de Áreas Protegidas administrada por el CONAP, que es una ley antigua y con muchos retos.

¿Cuáles son esos retos principales?
—La gobernanza. El CONAP es una secretaría de la Presidencia y no un ente autónomo, lo que provoca falta de continuidad. Además, el 33 % del territorio nacional es área protegida, pero el presupuesto no es acorde a esa responsabilidad.

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¿Existen modelos de éxito en Petén?
—Sí, las concesiones forestales comunitarias. Son 12 concesiones reconocidas a nivel mundial. Cada árbol está certificado, geoposicionado y su aprovechamiento es controlado. Las comunidades se convirtieron en los guardianes del bosque.

¿Qué ocurre en las áreas no concesionadas?
—Falta presencia del Estado, se dan invasiones, narcotráfico y actividades ilegales. En esas zonas el bosque prácticamente desaparece. Es una paradoja: las áreas de uso múltiple concesionadas parecen zonas núcleo, y algunas zonas núcleo están devastadas.

¿Hay forma de revertir ese daño?
—Sí. El bosque es renovable. En veinte años esas zonas podrían tener otra cara si se empieza hoy. El problema es que no se está haciendo y el marco legal es un obstáculo importante.

¿Cómo funciona el mercado de bonos de carbono?
—Funciona bajo oferta y demanda. Muchos países o empresas están obligados a compensar las emisiones que generan. Si no las pueden reducir, las pagan. Y el bosque, de forma natural, fija carbono durante su crecimiento.

¿Qué ocurrió recientemente en Guatemala?
—Guatemala logró, a través de un programa intermediado por el Banco Mundial, unir a muchos productores para ofrecer una cantidad significativa de carbono en el mercado internacional.

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¿Cuántas toneladas se negociaron?
—Se negociaron 4.8 millones de toneladas correspondientes al año 2020, a un precio de cinco dólares por tonelada.

¿Quién recibe ese dinero?
—Directamente las personas y comunidades que tienen la actividad forestal donde se fijó el carbono. El dinero llega al área rural, donde más se necesita inversión.

Algunos ven esto como algo abstracto. ¿Qué les diría?
—Es completamente real. En la fotosíntesis, el árbol transforma dióxido de carbono en biomasa. Antes nadie imaginaba que ese servicio ambiental se iba a pagar. Hoy es una industria que genera ingresos, protege el bosque y abre oportunidades para el país.

¿Con qué reflexión cerraría esta conversación?
—No podemos seguir fatalizando el estado del planeta sin preguntarnos qué estamos haciendo para cambiarlo. Desde el sector forestal sabemos que tenemos un plan, que estamos invirtiendo y hacia dónde vamos. El bosque, bien gestionado, es riqueza y es futuro.

Francisco Escobedo: "El principal enemigo del bosque es que no valga nada"

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Luis Gonzalez
19 de abril, 2026

Francisco Escobedo, ingeniero agrónomo graduado de Zamorano y máster en Economía Forestal por la Universidad de Dresden, Alemania, se desempeña actualmente como director ejecutivo de la gremial forestal de Guatemala. En esta entrevista reflexiona sobre la visión de Guatemala como un país de árboles, la evolución del sector forestal, los desafíos que enfrenta Petén y el mercado de los bonos de carbono. A partir de datos, contexto y experiencia técnica, Escobedo propone una narrativa distinta en torno al bosque: concebirlo como una riqueza renovable y un motor de desarrollo. 

Guatemala ha sido llamada históricamente “tierra de árboles”. ¿Sigue siendo válida esa denominación?
—Ese nombre se le puso porque cuando llegaron los españoles. Encontraron una riqueza natural excepcional. Y la verdad es que todavía hoy un europeo o un estadounidense viene a Guatemala y lo primero que ve es que es un país muy verde. Somos un país húmedo, con condiciones espectaculares para la actividad forestal. Pero eso puede cambiar. Está en nosotros decidir si seguimos siendo el país de los árboles o si dejamos de serlo.

¿Qué ha cambiado en las últimas décadas respecto al manejo del bosque?
—Durante muchos años tomamos decisiones que iban en la dirección contraria. Se cambiaba indiscriminadamente el uso del suelo para otras actividades y no se reponía el recurso forestal. A partir de 1996, cuando entra en vigencia la Ley Forestal, Guatemala decide revertir esa tendencia. Se incorporan prácticas que buscan que el bosque tenga un valor económico real para la población.

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¿Por qué es tan importante que el bosque tenga valor económico?
—Porque el principal enemigo del bosque es que no valga nada. Cuando un dueño de tierra siente que el bosque no le genera ningún beneficio, lo elimina para dedicarse a otra actividad. El reto es hacer convivir el sistema ambiental con el sistema económico. En la medida en que el bosque le genere beneficios reales a la gente, vamos a tener más bosques.

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¿Ese enfoque ha dado resultados concretos?
—Sí. Hoy estamos vendiendo no solo productos forestales, sino también servicios ambientales. Vendemos fijación de carbono, por ejemplo. Eso le da más valor al bosque y hace que más personas quieran entrar a la actividad forestal. Cuando el bosque vale, se protege.

¿Cómo se relaciona el sector forestal con otros sectores, como la construcción?
—El sector forestal es altamente transversal. Tiene que ver con biodiversidad, agua, cambio de uso de suelo y, por supuesto, con la construcción. Ahí vemos una gran oportunidad. En Europa hoy se diseñan edificios estructurales de hasta 18 o 20 niveles hechos de madera. Aquí todavía vemos la madera solo como material para pérgolas o casas de recreo.

¿Se está avanzando en ese sentido en Guatemala?
—Sí. Estamos por lanzar la primera norma de construcción con madera de Centroamérica y el Caribe. Esto abre una nueva posibilidad para ingenieros y arquitectos, porque amplía en un 33 % la disponibilidad de materiales estructurales. Ya no será solo concreto y acero, sino también madera.

¿Y qué ocurre cuando un proyecto urbano implica tala de árboles?
—El desarrollo no se puede detener. La ley forestal no prohíbe el uso del recurso; lo que busca es que, si se cambia la cobertura forestal, se reponga. Durante décadas deforestamos sin reponer, pero el bosque es un recurso renovable. Eso representa una oportunidad enorme de empleo y generación de riqueza si se hace bien.

Hay resistencia ciudadana cuando se tala un bosque urbano. ¿Cómo lo ve?
—Muchas veces la gente no quiere que se toque un bosque que ve desde su ventana, pero no considera que la casa donde vive también se construyó sobre lo que antes fue un bosque. El ordenamiento territorial municipal es clave aquí. El objetivo debe ser usar el recurso sin perder la cobertura forestal total.

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Con datos en mano, ¿se ha revertido la deforestación en Guatemala?
—Sí. Antes de la Ley Forestal, se perdía cerca del 3 % de la cobertura forestal anualmente. Esa cifra bajó al 2 %, luego al 1 %, y hoy estamos alrededor del 0.3 % anual. Estamos cerca de una tasa de deforestación cero, y el siguiente paso es revertir esa tendencia.

¿Qué herramientas han sido clave para lograrlo?
—Los incentivos forestales. Son una coinversión entre el Estado y el propietario de la tierra. En los últimos 30 años se han invertido más de tres mil millones de quetzales, lo que ha generado empleo, pago de impuestos y desarrollo local.

¿Qué pasaría si no existieran las plantaciones forestales?
—La población sigue demandando puertas, camas, muebles, pisos. Si no existieran plantaciones forestales, todo eso saldría del bosque natural. Las plantaciones han sido una válvula de escape que ha reducido enormemente la presión sobre los bosques naturales.

¿Cuál es la mayor ventaja de Guatemala como país forestal?
—El clima. En otras latitudes, un árbol tarda entre 80 y 100 años en crecer. Aquí puede tardar entre 5 y 25 años. Tenemos condiciones excepcionales que debemos aprovechar para renovar el recurso forestal y generar riqueza.

Petén suele verse como el epicentro del problema forestal. ¿Qué sucede allí?
—Petén tiene una dinámica distinta por su tamaño y ubicación. Además, gran parte del territorio es área protegida y se rige por la Ley de Áreas Protegidas administrada por el CONAP, que es una ley antigua y con muchos retos.

¿Cuáles son esos retos principales?
—La gobernanza. El CONAP es una secretaría de la Presidencia y no un ente autónomo, lo que provoca falta de continuidad. Además, el 33 % del territorio nacional es área protegida, pero el presupuesto no es acorde a esa responsabilidad.

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¿Existen modelos de éxito en Petén?
—Sí, las concesiones forestales comunitarias. Son 12 concesiones reconocidas a nivel mundial. Cada árbol está certificado, geoposicionado y su aprovechamiento es controlado. Las comunidades se convirtieron en los guardianes del bosque.

¿Qué ocurre en las áreas no concesionadas?
—Falta presencia del Estado, se dan invasiones, narcotráfico y actividades ilegales. En esas zonas el bosque prácticamente desaparece. Es una paradoja: las áreas de uso múltiple concesionadas parecen zonas núcleo, y algunas zonas núcleo están devastadas.

¿Hay forma de revertir ese daño?
—Sí. El bosque es renovable. En veinte años esas zonas podrían tener otra cara si se empieza hoy. El problema es que no se está haciendo y el marco legal es un obstáculo importante.

¿Cómo funciona el mercado de bonos de carbono?
—Funciona bajo oferta y demanda. Muchos países o empresas están obligados a compensar las emisiones que generan. Si no las pueden reducir, las pagan. Y el bosque, de forma natural, fija carbono durante su crecimiento.

¿Qué ocurrió recientemente en Guatemala?
—Guatemala logró, a través de un programa intermediado por el Banco Mundial, unir a muchos productores para ofrecer una cantidad significativa de carbono en el mercado internacional.

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¿Cuántas toneladas se negociaron?
—Se negociaron 4.8 millones de toneladas correspondientes al año 2020, a un precio de cinco dólares por tonelada.

¿Quién recibe ese dinero?
—Directamente las personas y comunidades que tienen la actividad forestal donde se fijó el carbono. El dinero llega al área rural, donde más se necesita inversión.

Algunos ven esto como algo abstracto. ¿Qué les diría?
—Es completamente real. En la fotosíntesis, el árbol transforma dióxido de carbono en biomasa. Antes nadie imaginaba que ese servicio ambiental se iba a pagar. Hoy es una industria que genera ingresos, protege el bosque y abre oportunidades para el país.

¿Con qué reflexión cerraría esta conversación?
—No podemos seguir fatalizando el estado del planeta sin preguntarnos qué estamos haciendo para cambiarlo. Desde el sector forestal sabemos que tenemos un plan, que estamos invirtiendo y hacia dónde vamos. El bosque, bien gestionado, es riqueza y es futuro.

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