Ha dedicado buena parte de su vida a investigar las zonas más incómodas del poder en Nicaragua y Latinoamérica. Periodista y escritor, ha entrevistado a presidentes, militares, revolucionarios y dictadores, siempre con una mirada obsesiva hacia aquello que los discursos oficiales intentan ocultar. Su trabajo mezcla investigación documental, memoria histórica y una narrativa cercana a la literatura, sin abandonar nunca el rigor periodístico.
Marcado por el somocismo, la revolución sandinista, el exilio y el regreso autoritario de Daniel Ortega, ha convertido la historia reciente de Nicaragua en el eje de sus libros y reportajes. Admirador de García Márquez, Kapuscinski y Sergio Ramírez, defiende un periodismo capaz de narrar la realidad con profundidad humana. En tiempos de censura y propaganda, insiste en que la memoria sigue siendo el mayor enemigo de cualquier dictadura.
¿Cuál fue la lección más inesperada que descubrió sobre el poder tras entrevistar dictadores y presidentes durante tantos años?
— El poder casi nunca se parece a los discursos con los que se presenta. Cuando uno se acerca demasiado a esos personajes que desde la planicie parecen gigantes en su tribuna, descubre otra cosa: miedo. Miedo a perder el control, miedo a la traición, miedo al ridículo, miedo a la memoria. Miedo a parecer los hombres normales que son.
He visto comandantes y presidentes que hablaban como estadistas y tomaban decisiones como hombres asustados. También he visto dictadores que parecían invencibles y terminaban obsesionados con detalles mínimos: una caricatura, un titular, una frase dicha en voz baja.
El poder envejece mal porque termina desconfiando de todo. También aprendí que el poder tiene una relación enfermiza con la realidad. Al inicio intenta manipularla; después termina creyéndose su propia propaganda. Ahí comienza la decadencia. En Nicaragua lo hemos visto muchas veces.
¿Se puede escribir y narrar Nicaragua manteniendo distancia emocional frente a tanto dolor acumulado?
—Yo intento mantener una disciplina narrativa y documental muy rigurosa, pero sería deshonesto decir que uno sale intacto después de escuchar a madres de asesinados, presos políticos, exiliados o antiguos revolucionarios destruidos por aquello en lo que creyeron.
Sobre todo, porque mi vida misma está signada por aquello de lo que suelo escribir. Yo viví el somocismo, la revolución de los años 80, la llegada de doña Violeta y, ahora, el regreso de Ortega. Cada una de esas etapas me afectó profundamente.
No he sido solo testigo, sino también protagonista indirecto de eventos que determinaron mi vida. El compromiso con los lectores es, sin embargo, no convertir lo que escribo en un panfleto o una catarsis personal, sino mantener tanta objetividad como sea posible.
¿Qué conserva todavía aquel periodista que empezó hace tres décadas y terminó desapareciendo para sobrevivir?
—Queda la curiosidad. Creo que eso es lo más importante para un periodista: la capacidad de seguir haciendo preguntas, incluso cuando las respuestas incomodan. También queda cierta obsesión por los detalles pequeños.
Pero también desaparecieron cosas. La ingenuidad, por ejemplo. Hace 30 años todavía creía que los hechos bastaban para cambiar algunas realidades. Hoy sé que vivimos tiempos donde incluso la verdad compite contra la propaganda organizada.
Y claro, el exilio y la persecución te obligan a cambiar. Hay una parte de uno que aprende a vivir alerta. No es una forma sana de vivir, pero muchos periodistas nicaragüenses hemos tenido que acostumbrarnos a eso.
¿Por qué la realidad latinoamericana parece exigir herramientas narrativas más cercanas a la novela que al reportaje clásico?
—Es que la realidad que vivimos supera muchas veces la ficción más fértil. Hay personajes, situaciones y contradicciones que parecen inventadas. Daniel Ortega, por ejemplo, es un personaje profundamente literario: guerrillero, preso político, revolucionario triunfante y luego dictador.
Esa transformación contiene una tragedia política y humana enorme. Pero el reto para nosotros, los periodistas, está en contar como novela la realidad, sin recurrir a la ficción. Construir el relato exclusivamente con hechos reales.
La región tiene una tradición de cronistas que entendieron eso muy bien: que el periodismo también puede tener respiración literaria sin abandonar el rigor documental.
¿Qué autores moldearon su mirada para aprender a observar la realidad y no solo informar hechos?
—Muchísimos. Yo llegué a los libros leyendo comics y novelas de bolsillo cuando era niño. Luego pasé, por evolución natural, a los grandes. García Márquez me enseñó la importancia del ritmo narrativo y la atmósfera.
Kapuscinski, la capacidad de observar los márgenes del poder. Tomás Eloy Martínez, la mezcla entre investigación y construcción narrativa. Y Sergio Ramírez, una mirada muy aguda sobre la memoria y el poder, además de escribir de una forma sencilla.
También me marcó la tradición oral nicaragüense. Los nicaragüenses somos muy dados al sarcasmo, al doble sentido y a una musicalidad muy propia. A veces uno aprende más escuchando a un campesino o a un viejo militante que leyendo un tratado académico.
¿Qué episodio considera que Nicaragua todavía no ha conseguido narrar completamente y por qué sigue pendiente?
—Creo que Nicaragua todavía no ha contado completamente la historia íntima del sandinismo. Hemos contado la revolución como epopeya o como fracaso político, pero todavía falta narrar el costo humano interno: las lealtades rotas, las culpas, los silencios y las traiciones familiares.
Hay una actitud vergonzante hacia esa etapa. También siento que aún no terminamos de entender abril de 2018. Sabemos mucho sobre la represión, pero todavía falta reconstruir cómo una generación joven perdió el miedo.
Y cómo el poder decidió responder con violencia extrema. Falta escribirlo desde la objetividad que puede dar la distancia o el tiempo.
¿El exilio transforma realmente la escritura de un país o solamente intensifica la nostalgia inevitable?
—El exilio cambia la mirada. La distancia obliga a reconstruir el país desde la memoria, las llamadas telefónicas, los testimonios y nostalgias. Uno empieza a fijarse en cosas que antes parecían normales: una manera de hablar, un olor, una canción, una costumbre mínima.
El país se vuelve más intenso en la memoria. Pero también hay un riesgo: idealizarlo. Yo trato de evitar eso. Nicaragua no necesita nostalgia romántica, sino comprensión profunda.
El exilio también da perspectiva. Desde afuera uno puede ver conexiones políticas y procesos históricos que dentro del ruido cotidiano pasan inadvertidos. Aunque siempre queda una sensación extraña: escribir sobre un país al que no puedes volver libremente.
¿La escritura de libros fue para usted una forma de refugio personal o una extensión del periodismo?
—Los libros que he publicado son una prolongación de mi trabajo periodístico. Solo son reportajes en otro formato. Nacen de mi propia curiosidad por conocer capítulos de nuestra historia que han sido mal contados o deformados por la censura.
Yo escribo para contestarme las preguntas que yo mismo me hago. El libro sobre Daniel Ortega nació porque un día me pregunté cómo era posible saber tan poco de alguien que ha determinado nuestras vidas durante 40 años.
Cómo fue su niñez, sus años de cárcel, su llegada al poder o su vida en la guerrilla. Así fui halando el hilo de su vida durante cinco años, hasta tener un retrato más o menos completo.
¿Qué le interesa más descubrir de un personaje poderoso: aquello que proclama públicamente o lo que intenta ocultar?
—Me interesa mucho más lo que intentan esconder. Los personajes suelen revelar quiénes son precisamente en aquello que quieren ocultar. A veces una reacción desproporcionada dice más que una declaración oficial.
En Nicaragua hemos visto funcionarios capaces de soportar acusaciones gravísimas, pero incapaces de tolerar una burla o una verdad incómoda sobre su pasado. Ahí aparece el verdadero personaje.
Muchas veces el poder no se revela en los discursos, sino en sus fragilidades, en sus obsesiones y en sus silencios más incómodos.
¿Existe actualmente en Centroamérica una literatura marcada por el desencanto político y la pérdida de utopías colectivas?
—Sí, claramente. Centroamérica produjo durante décadas una literatura atravesada por la revolución, la guerra y la utopía. Hoy aparece otra sensibilidad distinta: la del desencanto, el exilio y la migración.
También la violencia y la desconfianza hacia los grandes relatos políticos. Es una literatura menos épica y más íntima, más marcada por las fracturas personales que por las consignas colectivas.
Esa transformación refleja también el desgaste histórico de una región que pasó de imaginar revoluciones a convivir con el desencanto cotidiano.
¿Qué escena elegiría para explicar la Nicaragua contemporánea a un lector extranjero que nunca ha visitado el país?
—Un grupo de jóvenes que protesta es perseguido por policías y paramilitares y termina refugiado en una iglesia. Les impiden el acceso al agua y la comida para doblegarlos. Piden socorro.
Un joven de 15 años ve en redes sociales la situación y siente que tiene que hacer algo. Con el dinero que sus padres le dieron para comer algo en el colegio, compra dos botellas de agua y se dirige hacia el lugar.
No llega. Un disparo, presuntamente de un francotirador, le impacta en la garganta. Lo llevan a un hospital y les cierran las puertas porque es un joven que no simpatiza con el régimen. Lo trasladan a otro hospital, pero ya es demasiado tarde. Muere.
Qué considera que teme más una dictadura contemporánea: ¿el periodismo, la literatura o la memoria colectiva?
—Creo que teme a las tres, pero especialmente a la memoria. El periodismo puede denunciar el presente y la literatura interpretar emocionalmente una época, pero la memoria impide que los autoritarios reescriban completamente la historia.
Las dictaduras necesitan imponer una versión única de la realidad. Por eso persiguen archivos, periodistas, libros, universidades y testimonios.
Saben que mientras existan personas capaces de recordar y contar, el control nunca será absoluto.
La Prensa cumple 100 años en 2026. ¿Qué significado tiene alcanzar ese centenario en medio del exilio y la censura política?
—El centenario de La Prensa es, sobre todo, una celebración de resistencia. Es llegar a esa fecha después de confiscaciones, censura, cárcel, exilio y persecución. Muy pocos periódicos latinoamericanos han atravesado tantas confrontaciones y siguen existiendo.
Llegar a los 100 años desde el exilio tiene algo doloroso, pero también profundamente digno. Significa que el régimen pudo ocupar el edificio, pero no logró silenciar la redacción.
La Prensa actual está golpeada, pero mantiene intacto el espíritu de las generaciones anteriores que la mantuvieron pese a censuras, cárceles, exilios, asesinatos y bombardeos.
¿La literatura nicaragüense actual escribe principalmente contra el olvido histórico o contra la resignación social?
—Creo que escribe contra ambas cosas. Contra el olvido porque Nicaragua tiene una historia llena de intentos de borrar lo incómodo. Y contra la resignación porque la literatura todavía conserva una capacidad de cuestionar e imaginar futuros distintos.
La literatura nicaragüense siempre ha dialogado intensamente con la realidad política. Desde Rubén Darío hasta los autores contemporáneos existe una tensión constante entre belleza y desastre histórico.
Tal vez porque Nicaragua obliga a sus escritores a convivir permanentemente con la fractura nacional y con una memoria siempre en disputa.
Después de tantos años escribiendo sobre memoria, poder y fracturas nacionales, ¿qué libro le gustaría todavía escribir?
—No creo que haya un libro que pueda, por sí solo, explicar Nicaragua al mundo, y sería muy pretencioso creer que soy yo el llamado a escribirlo. A Nicaragua se le entiende leyendo a muchos de sus autores y versiones encontradas.
Desde José Dolores Gámez y Darío, e incluso al dictador Anastasio Somoza García, que publicó un libro sobre Sandino, hasta Sergio Ramírez, Gioconda Belli y Ernesto Cardenal. Las distintas miradas terminan construyendo el mosaico completo de un país profundamente contradictorio.
Tal vez el gran libro pendiente de mi generación sería uno que explique cómo Nicaragua pasó de soñar revoluciones a terminar atrapada otra vez en el miedo. Explicar no solo qué ocurrió, sino por qué ocurrió y cómo evitar repetirlo.
Ha dedicado buena parte de su vida a investigar las zonas más incómodas del poder en Nicaragua y Latinoamérica. Periodista y escritor, ha entrevistado a presidentes, militares, revolucionarios y dictadores, siempre con una mirada obsesiva hacia aquello que los discursos oficiales intentan ocultar. Su trabajo mezcla investigación documental, memoria histórica y una narrativa cercana a la literatura, sin abandonar nunca el rigor periodístico.
Marcado por el somocismo, la revolución sandinista, el exilio y el regreso autoritario de Daniel Ortega, ha convertido la historia reciente de Nicaragua en el eje de sus libros y reportajes. Admirador de García Márquez, Kapuscinski y Sergio Ramírez, defiende un periodismo capaz de narrar la realidad con profundidad humana. En tiempos de censura y propaganda, insiste en que la memoria sigue siendo el mayor enemigo de cualquier dictadura.
¿Cuál fue la lección más inesperada que descubrió sobre el poder tras entrevistar dictadores y presidentes durante tantos años?
— El poder casi nunca se parece a los discursos con los que se presenta. Cuando uno se acerca demasiado a esos personajes que desde la planicie parecen gigantes en su tribuna, descubre otra cosa: miedo. Miedo a perder el control, miedo a la traición, miedo al ridículo, miedo a la memoria. Miedo a parecer los hombres normales que son.
He visto comandantes y presidentes que hablaban como estadistas y tomaban decisiones como hombres asustados. También he visto dictadores que parecían invencibles y terminaban obsesionados con detalles mínimos: una caricatura, un titular, una frase dicha en voz baja.
El poder envejece mal porque termina desconfiando de todo. También aprendí que el poder tiene una relación enfermiza con la realidad. Al inicio intenta manipularla; después termina creyéndose su propia propaganda. Ahí comienza la decadencia. En Nicaragua lo hemos visto muchas veces.
¿Se puede escribir y narrar Nicaragua manteniendo distancia emocional frente a tanto dolor acumulado?
—Yo intento mantener una disciplina narrativa y documental muy rigurosa, pero sería deshonesto decir que uno sale intacto después de escuchar a madres de asesinados, presos políticos, exiliados o antiguos revolucionarios destruidos por aquello en lo que creyeron.
Sobre todo, porque mi vida misma está signada por aquello de lo que suelo escribir. Yo viví el somocismo, la revolución de los años 80, la llegada de doña Violeta y, ahora, el regreso de Ortega. Cada una de esas etapas me afectó profundamente.
No he sido solo testigo, sino también protagonista indirecto de eventos que determinaron mi vida. El compromiso con los lectores es, sin embargo, no convertir lo que escribo en un panfleto o una catarsis personal, sino mantener tanta objetividad como sea posible.
¿Qué conserva todavía aquel periodista que empezó hace tres décadas y terminó desapareciendo para sobrevivir?
—Queda la curiosidad. Creo que eso es lo más importante para un periodista: la capacidad de seguir haciendo preguntas, incluso cuando las respuestas incomodan. También queda cierta obsesión por los detalles pequeños.
Pero también desaparecieron cosas. La ingenuidad, por ejemplo. Hace 30 años todavía creía que los hechos bastaban para cambiar algunas realidades. Hoy sé que vivimos tiempos donde incluso la verdad compite contra la propaganda organizada.
Y claro, el exilio y la persecución te obligan a cambiar. Hay una parte de uno que aprende a vivir alerta. No es una forma sana de vivir, pero muchos periodistas nicaragüenses hemos tenido que acostumbrarnos a eso.
¿Por qué la realidad latinoamericana parece exigir herramientas narrativas más cercanas a la novela que al reportaje clásico?
—Es que la realidad que vivimos supera muchas veces la ficción más fértil. Hay personajes, situaciones y contradicciones que parecen inventadas. Daniel Ortega, por ejemplo, es un personaje profundamente literario: guerrillero, preso político, revolucionario triunfante y luego dictador.
Esa transformación contiene una tragedia política y humana enorme. Pero el reto para nosotros, los periodistas, está en contar como novela la realidad, sin recurrir a la ficción. Construir el relato exclusivamente con hechos reales.
La región tiene una tradición de cronistas que entendieron eso muy bien: que el periodismo también puede tener respiración literaria sin abandonar el rigor documental.
¿Qué autores moldearon su mirada para aprender a observar la realidad y no solo informar hechos?
—Muchísimos. Yo llegué a los libros leyendo comics y novelas de bolsillo cuando era niño. Luego pasé, por evolución natural, a los grandes. García Márquez me enseñó la importancia del ritmo narrativo y la atmósfera.
Kapuscinski, la capacidad de observar los márgenes del poder. Tomás Eloy Martínez, la mezcla entre investigación y construcción narrativa. Y Sergio Ramírez, una mirada muy aguda sobre la memoria y el poder, además de escribir de una forma sencilla.
También me marcó la tradición oral nicaragüense. Los nicaragüenses somos muy dados al sarcasmo, al doble sentido y a una musicalidad muy propia. A veces uno aprende más escuchando a un campesino o a un viejo militante que leyendo un tratado académico.
¿Qué episodio considera que Nicaragua todavía no ha conseguido narrar completamente y por qué sigue pendiente?
—Creo que Nicaragua todavía no ha contado completamente la historia íntima del sandinismo. Hemos contado la revolución como epopeya o como fracaso político, pero todavía falta narrar el costo humano interno: las lealtades rotas, las culpas, los silencios y las traiciones familiares.
Hay una actitud vergonzante hacia esa etapa. También siento que aún no terminamos de entender abril de 2018. Sabemos mucho sobre la represión, pero todavía falta reconstruir cómo una generación joven perdió el miedo.
Y cómo el poder decidió responder con violencia extrema. Falta escribirlo desde la objetividad que puede dar la distancia o el tiempo.
¿El exilio transforma realmente la escritura de un país o solamente intensifica la nostalgia inevitable?
—El exilio cambia la mirada. La distancia obliga a reconstruir el país desde la memoria, las llamadas telefónicas, los testimonios y nostalgias. Uno empieza a fijarse en cosas que antes parecían normales: una manera de hablar, un olor, una canción, una costumbre mínima.
El país se vuelve más intenso en la memoria. Pero también hay un riesgo: idealizarlo. Yo trato de evitar eso. Nicaragua no necesita nostalgia romántica, sino comprensión profunda.
El exilio también da perspectiva. Desde afuera uno puede ver conexiones políticas y procesos históricos que dentro del ruido cotidiano pasan inadvertidos. Aunque siempre queda una sensación extraña: escribir sobre un país al que no puedes volver libremente.
¿La escritura de libros fue para usted una forma de refugio personal o una extensión del periodismo?
—Los libros que he publicado son una prolongación de mi trabajo periodístico. Solo son reportajes en otro formato. Nacen de mi propia curiosidad por conocer capítulos de nuestra historia que han sido mal contados o deformados por la censura.
Yo escribo para contestarme las preguntas que yo mismo me hago. El libro sobre Daniel Ortega nació porque un día me pregunté cómo era posible saber tan poco de alguien que ha determinado nuestras vidas durante 40 años.
Cómo fue su niñez, sus años de cárcel, su llegada al poder o su vida en la guerrilla. Así fui halando el hilo de su vida durante cinco años, hasta tener un retrato más o menos completo.
¿Qué le interesa más descubrir de un personaje poderoso: aquello que proclama públicamente o lo que intenta ocultar?
—Me interesa mucho más lo que intentan esconder. Los personajes suelen revelar quiénes son precisamente en aquello que quieren ocultar. A veces una reacción desproporcionada dice más que una declaración oficial.
En Nicaragua hemos visto funcionarios capaces de soportar acusaciones gravísimas, pero incapaces de tolerar una burla o una verdad incómoda sobre su pasado. Ahí aparece el verdadero personaje.
Muchas veces el poder no se revela en los discursos, sino en sus fragilidades, en sus obsesiones y en sus silencios más incómodos.
¿Existe actualmente en Centroamérica una literatura marcada por el desencanto político y la pérdida de utopías colectivas?
—Sí, claramente. Centroamérica produjo durante décadas una literatura atravesada por la revolución, la guerra y la utopía. Hoy aparece otra sensibilidad distinta: la del desencanto, el exilio y la migración.
También la violencia y la desconfianza hacia los grandes relatos políticos. Es una literatura menos épica y más íntima, más marcada por las fracturas personales que por las consignas colectivas.
Esa transformación refleja también el desgaste histórico de una región que pasó de imaginar revoluciones a convivir con el desencanto cotidiano.
¿Qué escena elegiría para explicar la Nicaragua contemporánea a un lector extranjero que nunca ha visitado el país?
—Un grupo de jóvenes que protesta es perseguido por policías y paramilitares y termina refugiado en una iglesia. Les impiden el acceso al agua y la comida para doblegarlos. Piden socorro.
Un joven de 15 años ve en redes sociales la situación y siente que tiene que hacer algo. Con el dinero que sus padres le dieron para comer algo en el colegio, compra dos botellas de agua y se dirige hacia el lugar.
No llega. Un disparo, presuntamente de un francotirador, le impacta en la garganta. Lo llevan a un hospital y les cierran las puertas porque es un joven que no simpatiza con el régimen. Lo trasladan a otro hospital, pero ya es demasiado tarde. Muere.
Qué considera que teme más una dictadura contemporánea: ¿el periodismo, la literatura o la memoria colectiva?
—Creo que teme a las tres, pero especialmente a la memoria. El periodismo puede denunciar el presente y la literatura interpretar emocionalmente una época, pero la memoria impide que los autoritarios reescriban completamente la historia.
Las dictaduras necesitan imponer una versión única de la realidad. Por eso persiguen archivos, periodistas, libros, universidades y testimonios.
Saben que mientras existan personas capaces de recordar y contar, el control nunca será absoluto.
La Prensa cumple 100 años en 2026. ¿Qué significado tiene alcanzar ese centenario en medio del exilio y la censura política?
—El centenario de La Prensa es, sobre todo, una celebración de resistencia. Es llegar a esa fecha después de confiscaciones, censura, cárcel, exilio y persecución. Muy pocos periódicos latinoamericanos han atravesado tantas confrontaciones y siguen existiendo.
Llegar a los 100 años desde el exilio tiene algo doloroso, pero también profundamente digno. Significa que el régimen pudo ocupar el edificio, pero no logró silenciar la redacción.
La Prensa actual está golpeada, pero mantiene intacto el espíritu de las generaciones anteriores que la mantuvieron pese a censuras, cárceles, exilios, asesinatos y bombardeos.
¿La literatura nicaragüense actual escribe principalmente contra el olvido histórico o contra la resignación social?
—Creo que escribe contra ambas cosas. Contra el olvido porque Nicaragua tiene una historia llena de intentos de borrar lo incómodo. Y contra la resignación porque la literatura todavía conserva una capacidad de cuestionar e imaginar futuros distintos.
La literatura nicaragüense siempre ha dialogado intensamente con la realidad política. Desde Rubén Darío hasta los autores contemporáneos existe una tensión constante entre belleza y desastre histórico.
Tal vez porque Nicaragua obliga a sus escritores a convivir permanentemente con la fractura nacional y con una memoria siempre en disputa.
Después de tantos años escribiendo sobre memoria, poder y fracturas nacionales, ¿qué libro le gustaría todavía escribir?
—No creo que haya un libro que pueda, por sí solo, explicar Nicaragua al mundo, y sería muy pretencioso creer que soy yo el llamado a escribirlo. A Nicaragua se le entiende leyendo a muchos de sus autores y versiones encontradas.
Desde José Dolores Gámez y Darío, e incluso al dictador Anastasio Somoza García, que publicó un libro sobre Sandino, hasta Sergio Ramírez, Gioconda Belli y Ernesto Cardenal. Las distintas miradas terminan construyendo el mosaico completo de un país profundamente contradictorio.
Tal vez el gran libro pendiente de mi generación sería uno que explique cómo Nicaragua pasó de soñar revoluciones a terminar atrapada otra vez en el miedo. Explicar no solo qué ocurrió, sino por qué ocurrió y cómo evitar repetirlo.
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