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Estados Unidos y el control de la energía mundial

.
Reynaldo Rodríguez
03 de mayo, 2026

El conflicto geopolítico en el Estrecho de Ormuz es el eje primordial de una transformación tectónica en la geoeconomía global. Más allá de la narrativa de la relación de poderes entre los países del Cercano Oriente e Israel - el proxy de seguridad estadounidense -, el bloqueo del nodo logístico de Ormuz y la eliminación de infraestructura de producción energética funge como el catalítico de una restructuración de la producción energética global. Estados Unidos, aprovechando su posición favorable como potencia energética, está forzando un desplazamiento de la demanda mundial hacia el gran espacio americano, buscando alterar el equilibrio de fuerzas mundial.

Ormuz: un punto crítico

El control de Ormuz funciona como un punto de estrangulamiento para India y China, los gigantes asiáticos. La fricción logística en la ruta encarece o inutiliza los flujos tradicionales del Golfo y ralentiza la producción industrial de los Estados orientales. Además, la destrucción de infraestructura energética reduce sustancialmente la capacidad de exportación de los países árabes, obligándolos a redirigir capital hacia reconstrucción en el futuro para alcanzar la producción habitual.

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Si bien este escenario beneficia a Rusia - un enemigo debilitado que sobrevive fiscalmente a través de los precios altos del crudo -, para los EE. UU. esta concesión es aceptable. Lo primordial, entonces, es la contención de China e India, obligándolas temporalmente a operar bajo una estructura de costos energéticos con primas altas que debilita su estabilidad manufacturera y la previsibilidad en sus cadenas de suministro debido a la posibilidad de que estas migren fuera del Cercano Oriente.

Hacia dónde se mueve el mundo

A través del caos calculado en Oriente, EE. UU. busca la consolidación de un bloque hemisférico de energía bajo la lógica del nearshoring. La arquitectura de este nuevo orden se basa en el despliegue masivo de capital estadounidense en puntos estratégicos y el apoyo político condicionado.

El foco de la proyección de poder es Sudamérica. La reactivación de operaciones de gigantes como Chevron y el auge petrolero en Venezuela y Guyana esperan recuperar a largo plazo el control sobre las reservas más grandes del mundo, asegurando un suministro seguro y cercano para las refinerías estadounidenses, especializadas en el procesamiento de crudo pesado. Se planifica, además, explotar el potencial de Argentina en Vaca Muerta como cobertura a través de gas y crudo no convencional, blindando al continente contra choques externos, especialmente después del fallo a favor de la empresa petrolera YPF. Por último, internamente, la desregulación de los mercados energéticos en Norteamérica ha permitido que el país actúe como el productor equilibrador del globo, capaz de inundar o restringir el mercado según sus necesidades geopolíticas.

Esta integración garantiza que el centro de gravedad de la inversión energética se desplace del eje Pérsico al eje Atlántico, consolidando un espacio de seguridad donde la energía fluye sin las interferencias de regímenes hostiles.

El dólar como ancla de la dominación energética

El propósito del control de la energía es dual: la presión de alineación de Estados y el mantenimiento de la inflación debido al déficit comercial americano. La moneda estadounidense no es solo un medio de intercambio, también es la infraestructura financiera obligatoria para el acceso a los recursos vitales. La dependencia estructural del dólar para contratos de energía crea una demanda con bajísima elasticidad. Los países no compran dólares porque quieren, sino porque los necesitan para que sus economías no se detengan.

Al mantener la matriz energética mundial atada a transacciones en dólares, Estados Unidos logra exportar su inflación y sostener un déficit que, de otro modo, sería insostenible. Mientras el petróleo sea el motor del mundo y el dólar sea el medio hegemónico para obtenerlo, la demanda de la divisa americana permanecerá constante, independientemente de las fluctuaciones del mercado interno estadounidense.

Por ello, la destrucción de la infraestructura en el Este es el preludio de la construcción de una hegemonía energética en Occidente. En este escenario, América no es solo un actor secundario, sino el nuevo tablero donde se decidirá quién controla el flujo del mundo en las próximas décadas.

Estados Unidos y el control de la energía mundial

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Reynaldo Rodríguez
03 de mayo, 2026

El conflicto geopolítico en el Estrecho de Ormuz es el eje primordial de una transformación tectónica en la geoeconomía global. Más allá de la narrativa de la relación de poderes entre los países del Cercano Oriente e Israel - el proxy de seguridad estadounidense -, el bloqueo del nodo logístico de Ormuz y la eliminación de infraestructura de producción energética funge como el catalítico de una restructuración de la producción energética global. Estados Unidos, aprovechando su posición favorable como potencia energética, está forzando un desplazamiento de la demanda mundial hacia el gran espacio americano, buscando alterar el equilibrio de fuerzas mundial.

Ormuz: un punto crítico

El control de Ormuz funciona como un punto de estrangulamiento para India y China, los gigantes asiáticos. La fricción logística en la ruta encarece o inutiliza los flujos tradicionales del Golfo y ralentiza la producción industrial de los Estados orientales. Además, la destrucción de infraestructura energética reduce sustancialmente la capacidad de exportación de los países árabes, obligándolos a redirigir capital hacia reconstrucción en el futuro para alcanzar la producción habitual.

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Si bien este escenario beneficia a Rusia - un enemigo debilitado que sobrevive fiscalmente a través de los precios altos del crudo -, para los EE. UU. esta concesión es aceptable. Lo primordial, entonces, es la contención de China e India, obligándolas temporalmente a operar bajo una estructura de costos energéticos con primas altas que debilita su estabilidad manufacturera y la previsibilidad en sus cadenas de suministro debido a la posibilidad de que estas migren fuera del Cercano Oriente.

Hacia dónde se mueve el mundo

A través del caos calculado en Oriente, EE. UU. busca la consolidación de un bloque hemisférico de energía bajo la lógica del nearshoring. La arquitectura de este nuevo orden se basa en el despliegue masivo de capital estadounidense en puntos estratégicos y el apoyo político condicionado.

El foco de la proyección de poder es Sudamérica. La reactivación de operaciones de gigantes como Chevron y el auge petrolero en Venezuela y Guyana esperan recuperar a largo plazo el control sobre las reservas más grandes del mundo, asegurando un suministro seguro y cercano para las refinerías estadounidenses, especializadas en el procesamiento de crudo pesado. Se planifica, además, explotar el potencial de Argentina en Vaca Muerta como cobertura a través de gas y crudo no convencional, blindando al continente contra choques externos, especialmente después del fallo a favor de la empresa petrolera YPF. Por último, internamente, la desregulación de los mercados energéticos en Norteamérica ha permitido que el país actúe como el productor equilibrador del globo, capaz de inundar o restringir el mercado según sus necesidades geopolíticas.

Esta integración garantiza que el centro de gravedad de la inversión energética se desplace del eje Pérsico al eje Atlántico, consolidando un espacio de seguridad donde la energía fluye sin las interferencias de regímenes hostiles.

El dólar como ancla de la dominación energética

El propósito del control de la energía es dual: la presión de alineación de Estados y el mantenimiento de la inflación debido al déficit comercial americano. La moneda estadounidense no es solo un medio de intercambio, también es la infraestructura financiera obligatoria para el acceso a los recursos vitales. La dependencia estructural del dólar para contratos de energía crea una demanda con bajísima elasticidad. Los países no compran dólares porque quieren, sino porque los necesitan para que sus economías no se detengan.

Al mantener la matriz energética mundial atada a transacciones en dólares, Estados Unidos logra exportar su inflación y sostener un déficit que, de otro modo, sería insostenible. Mientras el petróleo sea el motor del mundo y el dólar sea el medio hegemónico para obtenerlo, la demanda de la divisa americana permanecerá constante, independientemente de las fluctuaciones del mercado interno estadounidense.

Por ello, la destrucción de la infraestructura en el Este es el preludio de la construcción de una hegemonía energética en Occidente. En este escenario, América no es solo un actor secundario, sino el nuevo tablero donde se decidirá quién controla el flujo del mundo en las próximas décadas.

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