Bióloga y científica, con más de cuatro décadas de experiencia en el Estado y en organismos internacionales, la doctora Enma Díaz ha sido testigo y protagonista de la construcción de la institucionalidad ambiental en Guatemala. Desde parques nacionales y la creación de CONAMA y CONAP, hasta la representación del país en foros globales y su actual gestión al frente de AMSA, su trayectoria permite leer la historia ambiental del país desde dentro. En esta conversación repasa los hitos, los avances y los retrocesos, y ofrece un diagnóstico crítico del momento ambiental que vive Guatemala. Su conclusión es clara: la crisis actual es acumulada, estructural y requiere acción colectiva y decisiones de largo plazo.
¿Cuál es su trayectoria, doctora Díaz?
—Empecé a trabajar en parques nacionales en 1980, cuando este tema estaba bajo la tutela del Instituto Nacional Forestal, INAFOR, que dependía del Ministerio de Agricultura. Era un instituto con cierta autonomía y ahí estuve hasta 1986. Luego me trasladé a la Comisión Nacional del Medio Ambiente.
¿Qué significó llegar a CONAMA en ese momento?
—CONAMA fue la primera plataforma ambiental formal del país, creada en 1986. Entré como asesora en el tema de diversidad biológica, y eso hizo que me tocara representar a Guatemala cuando aún no existían las convenciones internacionales. Primero trabajamos la estrategia nacional de diversidad biológica y luego la estrategia regional. Participé en los comités ad hoc a nivel internacional.
Estuvo en momentos fundacionales a nivel global.
—Me tocó la primera reunión del comité ad hoc de diversidad biológica en Nairobi. Ahí se constituyó formalmente el comité y, a partir de eso, representaba al país en ese tema. Era un gran orgullo, pero también una gran responsabilidad.
¿Por qué una gran responsabilidad?
—Porque Guatemala muchas veces iba sola. En otros países participaban Cancillería, el ministerio correspondiente y abogados. Eso fortalece muchísimo. Ahí se toman decisiones técnicas y políticas, se vota, se respaldan posiciones. Llevar una visión país sin ese acompañamiento institucional es complejo.
¿Cómo influyó esa etapa en su carrera?
—Fue un crecimiento profesional enorme, porque uno se foguea en grandes ligas. También tuve el privilegio de que las autoridades confiaran en mi capacidad profesional. Eso marcó mi trayectoria.
Desde CONAMA se empieza a gestar CONAP.
—Sí. En 1987 ya se visibilizaba la creación del Consejo Nacional de Áreas Protegidas. En 1989 sale el decreto de creación de CONAP, y por haber estado en parques y en CONAMA, me integraron al proceso de creación de la ley.
¿Cómo fue ese proceso?
Se conformó un grupo importante de profesionales. Abogados como Noé Ventura, técnicos, académicos. Éramos pocas personas, pero había claridad. Tuve el privilegio de participar directamente en el marco jurídico.
¿Guatemala iba adelantada en conservación?
—En algunos aspectos, sí. Desde el siglo XIX ya existía la intención de conservar áreas. La finca La Aurora, por ejemplo, era toda un área verde extensa; el aeropuerto ni siquiera existía. Era una visión muy avanzada para su época.
Suele pensarse que la conservación es reciente.
—No lo es. Antes de Yellowstone ya existían áreas de conservación en el mundo. Estados Unidos sistematiza el concepto, pero las iniciativas vienen de mucho antes. En Guatemala también.
Con la Ley de Áreas Protegidas se consolida el sistema.
—La ley reconoce las áreas ya existentes y establece nuevas áreas estratégicas. Aparecen volcanes, ecosistemas especiales, territorios de interés nacional. El objetivo era tener muestras representativas de los ecosistemas del país.
¿Qué protege esa ley?
—Protege la vida marina, lacustre, terrestre y aérea. Todo lo que se mueve en el mar, en los ríos, en la tierra y en el aire. Se estima que alrededor del 33 % del territorio nacional quedó bajo algún régimen de conservación.
Guatemala incorpora una categoría propia.
—Incluimos la categoría de biotopo, que no existe en la categorización de la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza). Es un legado de Mario Dary, quien fue mi catedrático y un pionero ambientalista.
¿Dónde se conserva mejor el bosque hoy?
—En las áreas protegidas, sin duda. La Reserva de la Biosfera Maya, pese a todos sus problemas, sigue siendo una de las mayores extensiones forestales, aunque ha perdido cobertura aceleradamente por invasiones y cambio de uso del suelo.
¿Y otros ejemplos?
—La Sierra de las Minas es clave. Produce al menos dieciocho ríos. Es una máquina productora de agua.
Después de CONAP, ¿cómo continúa su carrera?
—La mayor parte de mi vida la hice en el Ministerio de Ambiente. Fui dos veces viceministra y dos veces secretaria ejecutiva de CONAP. También fui enlace técnico del Corredor Biológico Mesoamericano, contratada por la GTZ.
—¿Qué significó ese proyecto?
Logramos dejar una unidad institucionalizada con presupuesto dentro del ministerio. Eso me satisface mucho, porque son logros que trascienden administraciones.
Su trayectoria combina Estado y cooperación.
—Sí. He trabajado con FAO, PNUD, GTZ, BID, Energía y Minas, Comunicaciones y SEGEPLAN. Muchos años como consultora, a nivel nacional e internacional.
Usted se define como científica.
—Lo soy. Mi tesis como bióloga fue sobre los efectos hemorrágicos y mionecróticos de serpientes venenosas de Guatemala. Buscaba un antídoto más efectivo. Me tomó dos años y se quedó archivada, dice con tono de desilusión.
Con esa experiencia, ¿cómo ve hoy al país?
—No son las mismas selvas donde yo hacía conteo de guacamayas en Petén. Los volcanes están deforestados, quemados, sembrados. El cambio ha sido acelerado y no para bien.
¿Qué está detrás de ese deterioro?
—La deforestación. Estudios concluyen que en Guatemala es más peligrosa que el cambio climático. Es un ciclo: cambio de uso del suelo, incendios, pérdida acelerada de ecosistemas.
¿Y la responsabilidad?
—Nos gusta transferirla. Decimos que es culpa del gobierno, de los de arriba, de otros. No asumimos lo que nos corresponde. Falta identidad con los bienes naturales.
¿Cómo se refleja eso?
—En el uso del agua, por ejemplo. Pagamos por el servicio, no por el recurso. Usamos el agua para todo y aun así no la cuidamos.
Usted impulsó las concesiones forestales comunitarias.
—Sí. Cuando fui secretaria ejecutiva de CONAP se crearon. La lógica era clara: si usted no le da valor al bosque para las comunidades, no va a lograr que lo conserven.
¿Funcionan?
—Funcionan muy bien. Integran manejo forestal, chicle, xate y pimienta. A nivel internacional han replicado el modelo.
Hoy dirige AMSA. ¿Cómo llega a esta institución?
—Fue un proceso que parece fortuito. Me empecé a involucrar en residuos sólidos, tomé cursos, hice una visita a Taiwán en 2017 sobre manejo de desechos. Luego, por coincidencias profesionales, la vicepresidenta Karin Herrera me invitó.
¿Qué representa AMSA para usted?
—Es el reto más grande de mi vida. El vertedero y el lago representan una crisis nacional. Aunque no siempre se vea, se han logrado cambios importantes. Esto no es gasto público, es inversión de largo plazo.
¿Qué necesitaría Guatemala para revertir el daño?
—Decisiones de Estado, acción colectiva y visión de largo plazo. No solo demandar, sino preguntarnos qué hacemos desde casa. El día que hagamos eso, empezaremos a cambiar la historia ambiental del país.
Bióloga y científica, con más de cuatro décadas de experiencia en el Estado y en organismos internacionales, la doctora Enma Díaz ha sido testigo y protagonista de la construcción de la institucionalidad ambiental en Guatemala. Desde parques nacionales y la creación de CONAMA y CONAP, hasta la representación del país en foros globales y su actual gestión al frente de AMSA, su trayectoria permite leer la historia ambiental del país desde dentro. En esta conversación repasa los hitos, los avances y los retrocesos, y ofrece un diagnóstico crítico del momento ambiental que vive Guatemala. Su conclusión es clara: la crisis actual es acumulada, estructural y requiere acción colectiva y decisiones de largo plazo.
¿Cuál es su trayectoria, doctora Díaz?
—Empecé a trabajar en parques nacionales en 1980, cuando este tema estaba bajo la tutela del Instituto Nacional Forestal, INAFOR, que dependía del Ministerio de Agricultura. Era un instituto con cierta autonomía y ahí estuve hasta 1986. Luego me trasladé a la Comisión Nacional del Medio Ambiente.
¿Qué significó llegar a CONAMA en ese momento?
—CONAMA fue la primera plataforma ambiental formal del país, creada en 1986. Entré como asesora en el tema de diversidad biológica, y eso hizo que me tocara representar a Guatemala cuando aún no existían las convenciones internacionales. Primero trabajamos la estrategia nacional de diversidad biológica y luego la estrategia regional. Participé en los comités ad hoc a nivel internacional.
Estuvo en momentos fundacionales a nivel global.
—Me tocó la primera reunión del comité ad hoc de diversidad biológica en Nairobi. Ahí se constituyó formalmente el comité y, a partir de eso, representaba al país en ese tema. Era un gran orgullo, pero también una gran responsabilidad.
¿Por qué una gran responsabilidad?
—Porque Guatemala muchas veces iba sola. En otros países participaban Cancillería, el ministerio correspondiente y abogados. Eso fortalece muchísimo. Ahí se toman decisiones técnicas y políticas, se vota, se respaldan posiciones. Llevar una visión país sin ese acompañamiento institucional es complejo.
¿Cómo influyó esa etapa en su carrera?
—Fue un crecimiento profesional enorme, porque uno se foguea en grandes ligas. También tuve el privilegio de que las autoridades confiaran en mi capacidad profesional. Eso marcó mi trayectoria.
Desde CONAMA se empieza a gestar CONAP.
—Sí. En 1987 ya se visibilizaba la creación del Consejo Nacional de Áreas Protegidas. En 1989 sale el decreto de creación de CONAP, y por haber estado en parques y en CONAMA, me integraron al proceso de creación de la ley.
¿Cómo fue ese proceso?
Se conformó un grupo importante de profesionales. Abogados como Noé Ventura, técnicos, académicos. Éramos pocas personas, pero había claridad. Tuve el privilegio de participar directamente en el marco jurídico.
¿Guatemala iba adelantada en conservación?
—En algunos aspectos, sí. Desde el siglo XIX ya existía la intención de conservar áreas. La finca La Aurora, por ejemplo, era toda un área verde extensa; el aeropuerto ni siquiera existía. Era una visión muy avanzada para su época.
Suele pensarse que la conservación es reciente.
—No lo es. Antes de Yellowstone ya existían áreas de conservación en el mundo. Estados Unidos sistematiza el concepto, pero las iniciativas vienen de mucho antes. En Guatemala también.
Con la Ley de Áreas Protegidas se consolida el sistema.
—La ley reconoce las áreas ya existentes y establece nuevas áreas estratégicas. Aparecen volcanes, ecosistemas especiales, territorios de interés nacional. El objetivo era tener muestras representativas de los ecosistemas del país.
¿Qué protege esa ley?
—Protege la vida marina, lacustre, terrestre y aérea. Todo lo que se mueve en el mar, en los ríos, en la tierra y en el aire. Se estima que alrededor del 33 % del territorio nacional quedó bajo algún régimen de conservación.
Guatemala incorpora una categoría propia.
—Incluimos la categoría de biotopo, que no existe en la categorización de la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza). Es un legado de Mario Dary, quien fue mi catedrático y un pionero ambientalista.
¿Dónde se conserva mejor el bosque hoy?
—En las áreas protegidas, sin duda. La Reserva de la Biosfera Maya, pese a todos sus problemas, sigue siendo una de las mayores extensiones forestales, aunque ha perdido cobertura aceleradamente por invasiones y cambio de uso del suelo.
¿Y otros ejemplos?
—La Sierra de las Minas es clave. Produce al menos dieciocho ríos. Es una máquina productora de agua.
Después de CONAP, ¿cómo continúa su carrera?
—La mayor parte de mi vida la hice en el Ministerio de Ambiente. Fui dos veces viceministra y dos veces secretaria ejecutiva de CONAP. También fui enlace técnico del Corredor Biológico Mesoamericano, contratada por la GTZ.
—¿Qué significó ese proyecto?
Logramos dejar una unidad institucionalizada con presupuesto dentro del ministerio. Eso me satisface mucho, porque son logros que trascienden administraciones.
Su trayectoria combina Estado y cooperación.
—Sí. He trabajado con FAO, PNUD, GTZ, BID, Energía y Minas, Comunicaciones y SEGEPLAN. Muchos años como consultora, a nivel nacional e internacional.
Usted se define como científica.
—Lo soy. Mi tesis como bióloga fue sobre los efectos hemorrágicos y mionecróticos de serpientes venenosas de Guatemala. Buscaba un antídoto más efectivo. Me tomó dos años y se quedó archivada, dice con tono de desilusión.
Con esa experiencia, ¿cómo ve hoy al país?
—No son las mismas selvas donde yo hacía conteo de guacamayas en Petén. Los volcanes están deforestados, quemados, sembrados. El cambio ha sido acelerado y no para bien.
¿Qué está detrás de ese deterioro?
—La deforestación. Estudios concluyen que en Guatemala es más peligrosa que el cambio climático. Es un ciclo: cambio de uso del suelo, incendios, pérdida acelerada de ecosistemas.
¿Y la responsabilidad?
—Nos gusta transferirla. Decimos que es culpa del gobierno, de los de arriba, de otros. No asumimos lo que nos corresponde. Falta identidad con los bienes naturales.
¿Cómo se refleja eso?
—En el uso del agua, por ejemplo. Pagamos por el servicio, no por el recurso. Usamos el agua para todo y aun así no la cuidamos.
Usted impulsó las concesiones forestales comunitarias.
—Sí. Cuando fui secretaria ejecutiva de CONAP se crearon. La lógica era clara: si usted no le da valor al bosque para las comunidades, no va a lograr que lo conserven.
¿Funcionan?
—Funcionan muy bien. Integran manejo forestal, chicle, xate y pimienta. A nivel internacional han replicado el modelo.
Hoy dirige AMSA. ¿Cómo llega a esta institución?
—Fue un proceso que parece fortuito. Me empecé a involucrar en residuos sólidos, tomé cursos, hice una visita a Taiwán en 2017 sobre manejo de desechos. Luego, por coincidencias profesionales, la vicepresidenta Karin Herrera me invitó.
¿Qué representa AMSA para usted?
—Es el reto más grande de mi vida. El vertedero y el lago representan una crisis nacional. Aunque no siempre se vea, se han logrado cambios importantes. Esto no es gasto público, es inversión de largo plazo.
¿Qué necesitaría Guatemala para revertir el daño?
—Decisiones de Estado, acción colectiva y visión de largo plazo. No solo demandar, sino preguntarnos qué hacemos desde casa. El día que hagamos eso, empezaremos a cambiar la historia ambiental del país.
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